30 de abril de 2017

Centre Pompidou Málaga


Lo hago porque me gusta escribir y actualizar mi blog regularmente, pero que conste en acta que el tiempo que voy a invertir en ello vale mucho más que la propia entrada al museo. Lejos de la sorpresa, tampoco ha sido una decepción, sino una confirmación. Masoca yo, era precisamente lo que buscaba.

El arte comtemporáneo no es más que un negocio en el que los creadores se vanaglorian y enriquecen a costa de una alienada sociedad. Un hombre bocabajo y con la cabeza metida en un cubo representa lo que el visitante se va a encontrar en la bajada a un estafador inframundo "artístico" cuyo cubo realmente valioso se encuentra en el exterior. Cuando te tienen que explicar el significado de una obra de arte es que no es arte.

Más allá de los habituales retrasos y discusiones en las administraciones públicas, no se tardó demasiado en casar al continente con el contenido. Doy por hecho que lo mismo está ocurriendo con el edificio de los cines de la Plaza de la Merced, cruzando los dedos para que no tenga el mismo desenlace. Ya sería el tercer caso si incluimos al CAC, también un edificio al que se le aplicó uso alternativo. De todas formas, la comparación entre CPM y CAC sería injusta porque, si bien ambos centros tienen como exposiciones permanentes pura bazofia, en cuanto a las temporales no hay color; este último me ha maravillado a lo largo del tiempo con verdaderos artistas como Vik Muniz, Erwin Olaf o Mark Ryden, muy distintos entre ellos.

Ahora bien, desde el punto de vista mercadotécnico, la creación de estos museos la veo estupenda (punto y aparte son los resultados en la práctica). Realzan la imagen de Málaga a nivel internacional, situados en puntos claves como el CPM, fácilmente visible y visitable nada más salir de los cruceros. En cualquier caso, si yo fuera crucerista ávido de arte y cámara en mano, preferiría ametrallar fotográficamente la tienda de pintura de paisajes y monumentos malagueños situada justo antes de llegar al museo, a la derecha.

¡Menuda jugada maestra y post mortem la que le hicieron a Monsieur Pompidou!

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4 de abril de 2017

Edimburgo (2)

El día siguiente se inició con el mismo trayecto en tren, aunque a través de las ventanas no lo llegaba a parecer. La nieve se había derretido, dando lugar a verdes terrenos arbolados y agrícolas de tono resplandeciente.

Repetí también la subida desde la estación de destino a la entrada del castillo, estableciendo The Hub como punto inicial. Se trata de una imponente iglesia cuyo interior ya no es para fines religiosos, sino para albergar la sede del Festival Internacional de Edimburgo.

La Royal Mile es la arteria de la capital escocesa, teniendo a ambos lados numerosas tiendas de mantas y maltas (entendiéndose whisky). La St. Giles´ Cathedral posee preciosas y numerosas vidrieras que colorean todo con luces a través.

Entre propuestas para visitar pasadizos, mazmorras y catacumbas del tipo "City of the Dead Tour" o "Edimburgh Underground Ghost Tour", llegué al Royal Mile Market, una pequeña iglesia también rehabilitada, esta vez para un mercadillo.

Había retratos de mujeres, fotografías de medio cuerpo y a tres cuartos con un tone sepia. Lo llamativo eran materiales pegados encima en modo "collage", con marcos. Unas obras de arte de estilo elegante pero informal, con un fondo de coloridas vidrieras (sí aquí también) eclesiásticas, un resultado explosivo. Lo detallo mucho porque ha sido lo que mas ha quedado en la memoria, no sólo en la de la cámara, sino en la de mi mente. Para gustos, colores ¡Que para eso se viaja!

Me despedí de mi viejo amigo Adam Smith y continué calle abajo, ya más despejada. Ahora un nuevo mercadillo, esta vez al aire libre y de comida ecológica, todo muy "urban". Cierto es que fue lo más sano que comí por allí; un pollo cocido con curry picante y rúcula. Don Quijote de La Mancha estaba allí.

La Royal Mile termina en el Palacio Holyroodhouse, centro histórico de la ciudad y considerado Patrimonio de la Huanidad. Y es extraño esto último, pues allí también se encuentra el Parlamento de Escocia, un terrorismo arquitectónico obra de un catalán.

Toca girar a la izquierda y empezar a subir cuesta, con un cementerio entre tejados casi a los pies y el pico del Artur´s Seat al otro lado de la ciudad. Más arriba se pasa cerca del New Parlamient House, de imponentes figuras humanas sobre su entrada. Ahora bien, ¿por qué este es el "nuevo" siendo mucho más antiguo que el citado en el párrafo anterior? Es más, ¿por qué me viene a la cabeza Blade Runner al recordar las estatuas citadas dos frases atrás? ¿dónde está Wally? Viajar hacer trabajar el cerebro.

La parte superior es Calton Hill, la zona más alta de la ciudad junto a la del castillo, y ofreciendo por lo tanto unas vistas panorámicas en trescientos sesenta grados. Todo lo que hay por allí se puede consultar en las guías, pero quiero nombrar The Nelson Momument. Puede verse desde toda la ciudad, pero merece la pena hacerlo de cerca.

Y casi sin darse cuenta se planta uno en pleno centro neurálgico de la ciudad. Si antes bajamos por la arteria ahora aparecemos por en la vena, conocida como Princes Street, donde turista y no turista va a parar. Terminemos con la terminología médica y corporal definiendo a la estación de trenes como el corazón urbano, escupiendo multitudes hacia una infinita acera de tiendas. Por suerte, por atrás hay calles peatonales algo mas calmadas. 

Que no se me olviden dos construcciones. En primer lugar, lo que estuve creyendo los dos días que era parlamento, gobierno, ayuntamiento o sucedáneo terminó siendo un hotel de lujo, concretamente The Balmoral. En segundo lugar está el muy alto Scott Momument, al que por lo visto se puede subir. Dos gaiteros hacían el cambio de turno.

No me explayo más, pues con textos y fotografías he representado y aportado de sobra mis vivencias por Escocia. Me gustaría haberme acercado a Aberdeen, pero demasiado comprimida en el tiempo estaba ya la escapada. De todas formas, hay vuelto directo desde mi ciudad. Otra vez será.

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27 de marzo de 2017

Edimburgo (1)


























Es mucho más caro alojarse en Edimburgo que hacerlo en Glasgow y hacer ida/vuelta en tren un par de veces desde esta última. Además, estar en un cálido vagón disfrutando de preciosos paisajes nevados es una muy buena forma de iniciar el día.

Desde la céntrica estación no hay más que comenzar a subir cuesta, curva a la izquierda y curva a la derecha, para plantarse en el Edimburgh Castle. No escribo en el blog para hablar de historia, cultura y arte, sino para narrar mis peripecias por el mundo. Es por ello que, aprovechando que tengo a mi lado la guía con la que me hice en el mismo castillo, puedo resumirlo como una construcción antigua sobre una loma de base y origen volcánico, con usos reales y militares. Y tal cual es, habiendo entre las murallas salones de aristocracia y museos/cárceles de hazañas bélicas.

Situado en las alturas para poder vigilar y defender la ciudad, hoy es un lugar, como ya ocurrió en el cementerio de Glasgow, para disfrutar, en esta ocasión, de una maravillosas vistas de Edimburgo. Detalles entre detalles, destacar "el cañón de la una en punto" (que a pesar de encontrarme allí a esa hora no lo escuché) y el curioso cementerio de perros.

Me pareció cara la entrada al castillo, pero a la salida ya había cambiado de opinión. No sólo es grande, sino que tiene mucho que ver en su interior, animando a invertir casi todas las horas de luz natural en él.

Ya de vuelta hacia la estación con el objetivo del día ya cumplido, bajé por Grassmarket, destacando la cuesta de bajada. En ella hay edificios tan bellos y antiguos como los del resto de la ciudad, pero lo que la hace aparecer en las guías no es eso, sino el tener pintados sus bajos con colores llamativos, a lo que no acabo de verle atractivo alguno.

Tuve el atrevimiento de comer en un Fish and Chips, no llevándome con ello decepción alguna, siendo lo que esperaba: Fucking Shit! Ya no sólo que el pescado pueda ser la misma panga desechada por los supermercados o que las patatas estén refritas, sino lo impresentable de las cocineras/camareras, que entre rebuzno y rebuzno lo mismo se llevaban las manos a la cabeza por no aceptar el ketchup y la mayonesa como que decían no te echaras mucho...

Como ya he dicho alguna que otra vez, es a la vuelta de los viajes cuando realmente me informo más allá de los datos prácticos, evitando así llegar al país de turno con prejuicios. En "Españoles en el mundo" de TVE había un hombre que llevaba al reportero de turno al mismo sitio que acabo de describir. OMG!

En fin, no fue más que una aguja en un pajar, habiéndome encantado ese primer día en la capital de Escocia. Vuelta a Glasgow para dormir y deseando ver el resto de Edimburgo el día siguiente.

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18 de marzo de 2017

Glasgow


























Es la ciudad más grande de Escocia y también la más industrializada. Esto último hace que no sea especialmente atrayente para el turista, pero sí para el viajero. De todas formas, poco puedo contar de la llegada, más que una rápida visita al TESCO (digamos que el Mercadona del Reino Unido) en busca de provisiones y a la cama.

Mi alojamiento estaba a escasos metros del río de la ciudad, el Clyde. El sol de estos países suele ser traicionero porque cuando sales al exterior te llevas una bofetada de aire frío. En cualquier caso, esta combinación de luces rebotadas por las cristaleras del embarcadero y el propio agua daba un toque de vida que contrarrestaba las calles desoladas.

El recientemente construido puente peatonal de Tradeston lleva al sur de la ciudad, donde lo más o menos interesante está relativamente concentrado. La insípida zona de finanzas da paso al centro neurálgico, haciendo como nexo de unión la Glasgow Central Station. No importa donde ni cuando, siempre hay cosas que llaman la atención, como carteles de publicidad perfectamente enmarcados y espaciados contrastando con las sucias y oscuras paredes.

Nada más entrar en Buchanan Street la relacioné con Calle Larios. Es más larga pero, por lo demás, tienen muchas cosas en común: edificios antiguos de pocas plantas y bien cuidados, invasión de franquicias ladronas de encanto, peatonalización y, ahora sí, con mucha gente.

La que hace no mucho tiempo era la cerniente globalización es lo más cotidiano a día de hoy, con las ya citadas franquicias a la cabeza de la misma. Por suerte, no todas son globales o internacionales, pudiendo ser atractivas curiosidades o novedades para los extranjeros. Llamativa también en esta calle es la parada de metro del mismo nombre, transporte que fluye en la misma dirección que los viandantes, pero bajo ellos.

Girando a la izquierda frente a la Glasgow Royal Concert Hall (no sin hacer las casi obligatorias fotografías sobre su escalinata), almorzando en la cadena de comida rápida (y supuestamente sana; lo mas decente que pude encontrar) EAT, rodeando la Buchanan Bus Station y atravesando el pequeño puente frente a la Queen Street Station (sí, son dos estaciones de tren en el mismo centro) se llega a la George Square, una gran plaza presidida por el Ayuntamiento de Glasgow, además de esculturas históricas y elementos representativos. Por allí pasaban tres hombres con la típica falda escocesa, demostrando que no sólo de tocadores de gaitas es la vestimenta, sino más que habitual.

En ambos lados de una larga avenida hay numerosos edificios de construcción reciente o aún pendiente de su finalización, pertenecientes a facultades o residencias universitarias. En la terminación se encuentra la catedral, dando paso a la Necrópolis de Glasgow que se encuentra tras ella. Se trata de una colina que, aparte de las lápidas y demás elementos concernientes a un cementerio, permite disfrutar de unas muy buenas vistas al atardecer (más bien pronto anochecer por aquellos lares).

Ya dirigiéndome a recorrer de nuevo la Buchanan Street en sentido contrario descubrí la imponente Tron Church, haciendo una parada en la The Willow Tearooms, famosa pero apacible, silenciosa por su acristalamiento pero vibrante sobre el "subway". Un buen sitio para descansar con una infusión antes del camino de vuelta. Esquivando a multitud de corredores por las riveras del río, atravesando la ratonera de la urbanización The Waterfront y lleganando hasta el cuartel general enclavado en el Parque Comercial Quay.

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27 de febrero de 2017

Lagunillas


Mi adolescencia la viví en la Plaza de los Monos y alrededores, con una gran parte de mis estudios en un par de colegios privados/concertados de la zona. En los recreos nos acercábamos a Ultramarinos Caferina en busca del desayuno, donde nos terminó por enviciar tener que insistir para que echaran más jamón y queso al bocadillo y partirnos de risa con el careto del rata que nos atendía. En vacaciones y fines de semana el hambre hacía que me despegara temporalmente de la videoconsola para ir a comprar el almuerzo en Asador Padilla, menú de campero, patatas fritas y refresco. Y ahí siguen, al pie del cañón, quince o veinte años después. A día de hoy, como treintañero que soy, valoro detalles diferentes, como la escasa salubridad de locales y alimentos, pero la nostalgia es inevitable.

Estuve hace un tiempo fotografiando los grafitis del Soho, sirviéndome aquello para hacer las, como se suele decir, odiosas comparaciones, pues son los nombrados grafitis lo único en común con Lagunillas. Si bien en el primero de los barrios no fue un simple lavado de cara, sino una auténtica regeneración, en el segundo los cambios son tan necesarios como inexistentes. Un claro ejemplo es la eliminación casi total de la prostitución en el Soho, cuando los vecinos de Lagunillas continúan con la lacra de la drogadicción y el chusmerío que se concentra en la Cruz Verde, una paralela. Pero no todo es malo, es más, hay mucho bueno. Sobre todo la gente. Detalles como que una madre con los niños se detenga para no cruzarse cuando estoy haciendo una fotografía son de muchos quilates, pues la educación cada vez vale y sorprende más porque cada vez hay menos.

Una vez llegados a este punto, poco puedo decir de los grafitis en sí más que mi propia opinión, pues no soy experto en esta materia (pero sí curioso y admirador). Hay de todo, pero si tuviera que poner una nota media sería de notable. Hay algunas creaciones que evidencian mucho trabajo, incluyendo tiempo. Representación de conceptos abstractos, homenajeados/inmortalizados personajes de barrio (no sólo de este) o momentos del día a día. Más allá del arte, también está surgiendo algún que otro negocio de aire original y asociaciones para eventos sociales, educativos, infantiles, etc. ¡Hasta guiris haciendo turismo! No hay más que recorrer toda las calles, callejones y recovecos, sin olvidar mirar también hacia arriba y no perder detalle. Para gustos, colores, y nunca mejor dicho.

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9 de enero de 2017

Cracovia



Hice un intermedio varsoviano que dediqué a visitar Cracovia, esa ciudad que, según las siniestras estadísticas, fue de las menos bombardeadas por la Luftwaffe. Ello conlleva, supuestamente, que tiene más patrimonio histórico y, consecuentemente, turismo.

Durante el camino de la estación de tren al centro hay contraste entre edificios nuevos de empresas/universidades con otros casi derruidos y con sus terrenos en venta. Algo parecido ocurre, por ejemplo, con los tranvías, quedándome en este caso con los antiguos.

Muchos de los puntos de interés se concentran en la Plaza del Mercado y sus alrededores, dando también el dato de que esta es la más grande de Europa en cuanto a estilo medieval, con 40.000 metros cuadrados. En la parte central se encuentra la Lonja de Paños, actualmente un mercadillo turístico, aunque no por ello poco interesante.

En el lateral noreste está la Basílica de Santa María, de estilo también gótico/barroco y con dos torres desiguales. En la más alta aparece cada hora un trompetista para rememorar un hecho histórico relacionado con la invasión mongola.

Voy a contar, por más que me pese, el ligeramente vergonzoso hecho que me acaeció. Ya me ocurrió a principios de año en la parisina Basílica del Sagrado Corazón, donde un hombre mayor  me pidió que me quitara el gorro nada más entrar. Aquí me volvió a ocurrir, sólo que me lo vino a indicar el mismo cura, un hombre de unos 40 años, 2 metros de altura y todo vestido de negro, que impone más. En mi defensa he de decir que, tras muchas horas con la prenda puesta y casi sellada por el tremendo frío, uno se olvida de ella. No por ello dejé de pedir disculpas en ambos casos.

Más cosas que hay en esta plaza: una parada de coches de caballo, conductores de vehículos eléctricos ofreciendo rutas urbanas, puestecillos de comidas muy calientes y calóricas, etc. Destacar también la Torre del Antiguo Ayuntamiento y la estatua de Adam Mickiewicz. Este último era poeta y patriota a inicios del Romanticismo. Ya que el apellido es difícil de recordar y para que nos entendamos: lo que en España es hoy en día un facha para parte de los partidos políticos (valga la redundancia).

Huyendo del oxímoron creado por el infernal frío, entre atestadas áreas comerciales y ruidosas obras, alcancé los medios de transporte para salir de la ciudad. Entre que ambas estaciones tienen zonas en común y que mi polaco es nulo, terminé comprando para la vuelta billete de autobús y no de tren. Cinco horas y media de paradas intermedias y rotondas interminables. Eso sí, me permitió/obligó a disfrutar de las modernas estaciones de metro de la capital.

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7 de enero de 2017

Varsovia (2)



La soleada y gélida mañana comenzó hacia el sur, pasando bajo una avenida cuyas columnas de sostén tenían grafitis de dudosa estética, y dejando la Embajada de España a la izquierda, con grandes fotografías de lugares representativos en su vallado.

El Parque Lazienki es el más extenso de Varsovia, una zona de exparcimiento como puede ser El Retiro. Pero, al contrario de este último, a poca gente se ve paseando por él. Un grupo de ancianos conversando y un par de mujeres paralizadas, disfrutando hasta el último rayo de sol. Lo que sí hay son muchas aves. Los reyes de allí son los patos, durmiendo o patinando sobre los estanque helados, aunque había un pájaro de varios colores que me encantó.

Entre palacetes y estatuas dos cosas me llamaron la atención. La primera fue una valiente madre corriendo mientras empujaba el carrito de su hijo, con todo muy adaptado a deporte y clima en cuanto a abrigo y ergonomía. La segunda se refiere al comportamiento de las encantadoras ardillas, que no sólo no huyen sino que se acercan descarada e inocentemente. También es cierto que yo estoy acostumbrado a las de El Morlaco, donde chusmas saltan la valla por las noches para hacer botellón, romper mobiliario, etc.

Me tomé una infusión en una taza de tres piezas que llamó mucho mi atención y con la que ya me he hecho al recibirla como regalo de Navidad. Cruzando por arriba una muy congestionada avenida caminé paralelo a la ribera del río y sus embarcaderos. Llegué al barrio de Praga por el puente del mismo nombre, haciendo parada al lado del reciente y moderno estadio del Legia de Varsovia.

El ya nombrado distrito fue de los menos bombardeados por los alemanes, mezclando hoy en día lo comunista con lo bohemio. De hecho, se me acercó un polaco para contarme en español sus frecuentes visitas a Andalucía para temas de flamenco, demostrando la combinación.

La luz del anochecer a la entrada en Praga y la iluminación urbana a la salida eran bien diferentes, pero ambas tenían en común la espectacularidad que aportaban al "skyline" de Varsovia en la otra orilla del Vístula. Dejando atrás la impresionante catedral de San Miguel Arcángel y San Florián, así como la iglesia ortodoxa de Santa María Magdalena, aparecí de nuevo en la Ciudad Vieja a través del puente de Slasko-Dabrowski.

De nombre parecido para hispanohablantes, pero de construcción bien distinta para arquitectos, por la mañana dejé atrás el puente de Swietokrzy hacia el museo de Chopin. Había desechado el Museo de Copérnico por haberme informado de su parecido con el Parque de las Ciencias de Granada, con un entorno  interactivo al que había que echarle horas. Además, me picaba la curiosidad por el videojuego Eternal Sonata, en el que el músico tiene protagonismo. Pff, mi gozo en un pozo, no merece ni descripción. Y es que hay que darle muchas vueltas a la cabeza para hacer un museo de música, y no un decepcionante robo de tiempo y dinero a los turistas en vez de un poco de interactividad a la competencia.

Ya en busca de refugio para los frioleros me topé con una manifestación fluyendo por la Ruta Real. Desconozco las reclamaciones/quejas/sugerencias que llevaban consigo por no entender el clamor, pero era fácil de percibir la única presencia de banderas polacas y, quizá, alguna europea. Llevo un rato pensando como explicar lo que quiero decir pero, al fin y al cabo, creo que a todo el mundo se le ha encendido la bombilla nada más leerlo. No es un mensaje entrelíneas, sino sobre ellas.

El tiempo restante hasta el vuelo lo pasé encerrado en un establecimiento de la cadena Costa Coffe que, si bien es conocida mi animadversión a las franquicias, esta en concreto fue mi salvavidas a lo largo del viaje. Y allí estaba, reflexionando sobre Varsovia, una ciudad que ha superado mis expectativas. Los inesperados rápidos anocheceres y la persistente niebla, unidos a mi grave error a la hora de elegir el objetivo para la reflex (me llevé el más petardo), son excusa perfecta para volver a Warszawa.

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