22 de noviembre de 2017

Zaragoza (2)

La ventana de la habitación la usé tanto la tarde como la noche del día anterior, y ahora por la mañana no iba a ser menos. Unas fotografías con esa luz anaranjada del amanecer, gimnasia, ducha, desayuno en el sótano y a la calle de nuevo con mochila. Un poco American Psycho, ¿no?

Recto por la calle Mayor llegué al Museo de Goya, que me resultó gratuito y exclusivo, pues no había nadie. Un edificio de hace unos quinientos años que expone unas quinientas obras de entre las más de siete mil que posee. Muchas no eran del autor que da nombre al museo, aunque sí los grabados. Una sala oscura de luces tenues que invita a invertir algo más de tiempo. "El sueño de la razón produce monstruos" es mi preferida. No sólo por la imagen y su significado, sino porque allá por los años 90 la revista Hobby Consolas puso esa frase como subtítulo en el análisis del juego Tenka. Y es que, a pesar del paso del tiempo, se me quedo grabada (como no...). En el sótano, junto a unos restos arqueológicos, echaban un vídeo sobre la historia de Goya en modo dibujo animado, estética clara y sencilla, para todos los públicos.

Esta vez no había boda sino misa, pero el caso es que, al menos en fin de semana, hay ligeras trabas para ver la Basílica del Pilar. Fui hacia el pie de una de las torres más cercanas al Ebro desde donde se coge un ascensor. Lo típico: no apto para personas con miedo a las alturas. Aún se puede subir más por escalones que rodean maquinarias (supongo que del propio ascensor) y que me recordaba a la Catedral Anglicana de Liverpool. Pero sí, aún se puede subir más, esta vez por una estrecha escalera de caracol. Lo importante e impresionante son las vistas de 360 grados de unas de las ciudades más grandes de España. Cuando eres realmente consciente de donde estás la experiencia y el disfrute aumentan exponencialmente.

Me adentré de nuevo en el centro a través de Alfonso I y sus callejones. La luz del día no mejora la zona, sino que la cambia. Esquivé la tremenda cola de una administración de loterías, compré frutas de Aragón y terminé en la Plaza de San Felipe. Tenía decidido no visitarlo, pero sí que me encontré de frente el Museo de Pablo Gargallo. Eso sí, en la plaza había mucha actividad, como grupos bailando y pintores que no sólo vendían sino que pintaban allí mismo. Zaragoza es una ciudad con mucha personalidad, no englobada en esa estandarización que se expande con rapidez.

La noche anterior me dí la vuelta antes del comienzo de la Gran Vía, pero en esta ocasión sí la recorrí. Me gustan las avenidas donde lo peatonal va por medio y lo de los vehículos por los laterales. Me desvié a la izquierda para seguir por el río Huerva, esta vez en sentido de su nacimiento. En un cruce donde llamaba la atención un gran edificio de forma peculiar (Cámara de Comercio e Industria de Zaragoza) me entró la duda. Pregunté a un grupo de personas mayores dónde podía comer por la zona, respondiéndome y recomendándome que en la parte más alta del Parque Primo de Rivera. Bueno, ahora se llama Parque José Antonio Labordeta, que España huye de su historia.

Me pedí unas tapas de croquetas de jamón, croquetas de setas y pimientos fritos en la barra del merendero. Los que también comían allí estaban pendientes de la televisión, donde se mostraba en directo una marcha de un millón de personas en Barcelona, a favor de la unidad y en contra del independentismo.

Dí toda una vuelta por la parte alta del parque, bajando casi por donde entré y continuando río arriba, ahora más cuidado por donde rodea al parque citado y volviéndome a introducir en él. Una cafetería llamada "La Rosaleda" a pocos metros de "La Romareda", trenecito y alquiler de vehículos sin motor, monumentos y estatuas, un puente antiguo y unas casetas.

Cuando se ve un partido del Zaragoza en la TV aparece una mole enfrente, resultando ser un hospital El estadio en sí no es alto desde el exterior, por lo que doy por hecho que el césped no está a ras de suelo. Está sucio y destartalado, como La Rosaleda antes de su remodelación.

Continué caminando y caminando en la sobremesa de ese domingo, entre bloques de hasta quince plantas y calles desiertas. Sólo un abuelo cojeando y yo camino de ello pasábamos por la puerta del Parque de las Delicias, terminando en la Avenida de Madrid. Si también estaba desierto, al menos había tiendas y escaparates que llamaban la curiosidad. En fin, una tarde y una mañana para dar una vuelta completa a la quinta o sexta ciudad española, terminando en el punto inicial: la Aljafería. Es cierto que pensaba visitar su interior, pero entre su hora de apertura cercana a la salida del tren y un cuerpo para el arrastre, terminé por sentarme a descansar y escribir.

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16 de noviembre de 2017

Zaragoza (1)


























La estación de Las Delicias no es tan fea y sosa como había leído, pero sí que es excesivamente grande para una ciudad que parece más de tránsito entre Madrid y Barcelona que como destino final. Además, está más alejada de la cuenta respecto al centro de la ciudad. Tiene pinta de haber sido hecha para la exposición del 2008 y sin pensar en el futuro.

El Mercado Central de Zaragoza o de Lanuza era la prioridad, pues cerraba a las dos de la tarde. Dejé a un lado la Aljafería con la intención de verla a la vuelta y me desvié un poco a la derecha para pasar entre la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo y La Misericordia, la segunda plaza de toros más antigua de España (tras la de Béjar) y la primera en estar cubierta. Entre moros y pintadas me reincorporé a Conde de Aranda y terminé en el citado mercado.

Lo imaginaba más grande, pero lo compensaban las preciosas fachadas. Nada de turistas en el interior, sino tres pasillos repletos de zaragozanos decidiendo qué comer en sus casas o qué servir en sus restaurantes. La parte de atrás luce menos entre bloques, pero la de delante llama más la atención, presidida por la estatua de César Augusto y las Murallas Romanas. Un grupo de alumnos de la Universidad de Zaragoza lo plasmaban sentados en sus sillas plegables con reposabrazo.

La Plaza del Pilar es uno de los lugares urbanos más bonitos e impresinantes de España y el mundo. Es rectangular y alargada, con la Iglesia de San Juan de los Panetes a un lado y la Catedral del Salvador en el otro, con la Fuente de la Hispanidad y el Museo del Foro Caesaraugusta delante de cada uno de forma respectiva. Por suerte, hay otros elementos que compensan, como la Bola del Mundo y los monumentos a Francisco de Goya y a la familia Goicochea, estos dos últimos en la Plaza la Seo.

Más allá de eso y a pesar del alto valor histórico, religioso o estético de iglesia y catedral, lo que se va a ver en Zaragoza es la Basílica del Pilar, una maravilla tanto por fuera como por dentro. Esa mañana de sábado había boda, con lo que sólo se podía visitar una mitad, suficiente para ver el camarín de la Virgen del Pilar y tocar el supuestamente desgastado propio pilar, a partir del cual dicen comenzó la construcción.

Callejeando de nuevo entre público irónicamente selecto y lavado de cara del ayuntamiento con frases y pinturas al estilo Lagunillas, tocaba poner los pies en alto en el hotel. Y bien altos, pues esa octava planta regalaba exclusivas e inesperadas vistas. Un mar urbano del que surgían las torres de la basílica y de Santa María Magdalena.

Por la tarde me alejé del centro para atravesar el Parque Bruil hasta el río Huerva y seguirlo hasta su desembocadura en el Ebro, continuando en paralelo a él. Por el camino un hombre descubrió que le estaba haciendo una foto con su perro y me pidió que ya se la hiciera "en condiciones", posando. Le di mi página web por si quería verse y me respondió que él también era fotógrafo y desde más de treinta años. No sé si era mi mala interpretanción del acento mañico o que él estaba subidito de tono. En fin, a mí me da igual. Crucé el río por el Puente del Pilar y lo volví a cruzar por el Puente de Piedra.

La Plaza del Pilar, ahora sábado por la tarde/noche, ya estaba realmente ambientada. La calle Alfonso I de Zaragoza es la calle Larios de Málaga, aunque con más tiendas tradicionales y menos franquicias. Termina en la Plaza de España, en la que ondeaba una enorme bandera nacional. Sí, esa que falta en la plaza del mismo nombre de Madrid. Los alcaldes de ambas ciudades son podemitas, pero la Sra. Carmena se lleva la palma en lo que a impresentabilidad e ineptitud se refiere.

De ahí el Paseo de la Independencia con cierto toque señorial. Edificios de cierta antigüedad con cines, teatros o grandes almacenes incrustados, soportales y catenarias. Pasa por la plaza de Aragón (también con su bandera correspondiente) y terminando en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, con exposiciones temporales en la planta baja y el Museo de Ciencias Naturales en el sótano, todo con una estética renovada y elegante. En resumidas cuentas, una avenida que parte del centro y atraviesa España, Aragón y Zaragoza, ese decir, país, comunidad autónoma y ciudad. A ver si todos nos aprendemos ese orden.

El Teatro Romano es de pago para atravesarlo por su pasarela interior, pero es perfectamente visible desde el exterior, tanto a través de su vallado como desde la terraza e interior de su cafetería. Es por ello que se le puede echar un ojo en cinco minutos. De todas formas ya era la hora de cenar, habiéndome decidido de antemano por La Republicana, en pleno Tubo, la zona de tapas por antonomasia. También había leído opiniones diversas, tanto buenas como malas, dándole yo más de un simple aprobado. Bohemia y castiza, tanto la decoración como la comida, sin guiris sino maños. Cené tapas de ensaladilla rusa, mudéjar, migas con huevo frito y bomba. Del establecimiento me gustó todo menos su nombre.

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13 de noviembre de 2017

Oslo (3)


























Me gusta visitar algún museo o galería en cada ciudad en la que me alojo y, además, el hotel estaba a escasos 700 metros del Museo Nacional de Arte, Arquitectura y Diseño. Hay muy buenas obras, pero no nos engañemos: la mayoría de los visitantes van por El Grito de Edward Munch. Se encuentra en una sala exclusiva para el pintor. La mañana de sábado en la que estuvimos había un pequeño grupo con música clásica. Por cierto, dicho pintor tiene museo propio en otra zona de la ciudad, pero eso, sin su obra más conocida. Aparte del arte como tal, había una sala que invitaba a dibujar, con muchas hojas de papel pegadas con fixo a la pared con la figura de una madre con su hijo, representando la escultura que presidia. Buena la estética del restaurante.

Los Hard Rock tenían el encanto de su exclusividad, pues solían estar en las capitales o grandes ciudades de algunos países, pero ahora empiezan a ser comunes por más lugares por su expansión capitalista, casi a lo McDonald´s. A pesar de eso, la comida continúa sana y rica. Más allá de la Original Legendary Burguer, el salmón (noruego y en Noruega) con bimi es una maravilla. Eso sí, la clavada de 75€ para dos personas duplica el precio de cualquier otro visitado de la cadena, dificultándome la digestión.

Noruega es famosa por los espectaculares fiordos de más al norte, pero no por ello Oslo es despreciable, pues está en un pequeño fiordo salpicado de pequeñas y atractivas islas. Nos sacamos la tarjeta completa, la que permitía visitar todas y, aunque no dio tiempo, incluso tirando algo de dinero, mereció la pena. Fuimos primero a Hovedøya, una de las más grades. Una estupenda sobremesa tirados en la hierba, adormilados bajo un suave sol y con Oslo justo enfrente. Continuamos entre naturaleza y restos de un monasterio hasta llegar al punto inicial y volver a la capital. Recargamos fuerza en uno de los "food tracks" (camiones de comida) y vuelta al embarcadero, esta vez con destino a Gressholmen.

Esta isla tiene forma de U, cuya parte más curvada y que hace unión es realmente estrecha. Al contrario que la anterior, esta isla estaba desierta, con caminos menos marcados y caminando bosque a través. Llegamos al último punto cuando empezaba a anochecer, con lo que tuvimos que despedirnos del velero que nos atraía cual sirenas en la cuarta prueba, haciendo una vuelta a paso ligero por miedo a la falta de luz, un poco al estilo Depredador. ¿He nombrado tranquilidad y buenas vistas? Pues aún más. Los barcos no sólo llevan a turistas, sino que también son el único medio de transporte para los residentes de las aisladas islas (semiredundancia al canto). Lo representaba una mujer bajándose en una de ellas, con pocas luces y casas salpicadas en la oscuridad, con una bolsa en cada mano rellenas de frutas y verduras traídas de la ciudad. En casi absoluto silencio, con el único ruido del motor, nos acercábamos al nocturno y oslense "skyline".

Ya cité un par de entradas atrás que el viaje de vuelta iba a ser movidito. Un ligero error de 15 minutos desencadenó caos. De entrada perdimos el autobús que salía de la hora correcta, haciéndonos desembocar en la estación de tren a comprar billetes de tal medio. Recalculando tiempo, volvimos minutos después para devolverlos y recibir un tocho de billetes (esta vez de valor económico) y comprar, ahora en la estación de autobús, la siguiente salida, sobrándonos dinero de poco uso en España y cruzando los dedos. De nuevo la puntualidad escandinava  fue exacta, a pesar de tráfico, semáforos y varias paradas. Ahora bien, llegamos al aeropuerto a la misma hora del despegue. El control de seguridad me hacía hervir la sangre, pues no podía pasarlo. El código habitual de la maleta había cambiado y no se podía abrir como pedían. Por fin la pasaron por segunda vez por el escáner, que por lo visto era posible... Atravesamos a la carrera todas las estancias (yo tuve que hacerlo dos veces), llegando al embarque justo cuando lo estaban cerrando y acoplándonos a los últimos pasajeros que subían al santificado Ryanair, esa compañía que incluye retrasos en el mismo precio. ¡Para que luego digan que lo cobran todo!

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8 de noviembre de 2017

Oslo (2)


























El tiempo en esta vida es un recurso limitado y escaso, teniendo todos que elegir opciones y tomar decisiones constantemente, más aún en un viaje. Teníamos delante la entrada a la península de Bygdøy y, a pesar  de tener varias actividades y atracciones, decidimos girar a la izquierda (a la derecha mirando el mapa) para, tras el correspondiente descanso, caminar en paralelo al puerto deportivo. Tiene una autovía a cercana, pero aún así es tranquilo y silencioso, con el Palacio de Oscarshall surgiendo entre frondosas arboledas y el bonito edificio Kongen Marina en primer plano y al final de un embarcadero, recordándome al Santa Mónica Pier de Los Ángeles (bueno, con cierta objetividad no se parece en nada).

El paseo terminaba en un chiringuito de copas y aperitivos, con las mesas sobre arena de playa puesta allí "in espresso" y jarras de agua en la barra para sedientos viajeros como nosotros. Tras ello, cruzamos un puente sobre la citada autovía para evitar el puerto industrial y sus almacenes, introduciéndonos en un barrio nada rimbombante u ostentoso, de familias y no más. Me llamaron la atención aceras en las que todos los coches eran eléctricos y conectados a los sus correspondientes enchufes. Llegada ahora por el otro lateral al Palacio Real para una pausa.

La marca de helados que conocemos en España como Frigo cambia de nombre en casi todos los países que voy visitando. Y aquí no iba a ser menos, llamándose Hening Olson, con cambio incluso de logo. Ups, no, menos mal que me ha dado por confirmarlo, cosa que no ha sido posible. Se trata de una copia barata (es mi deducción) con logo, colores y tipo de letra de gran parecido, pues Frigo en los tres países escandinavos se denomina GB Glace. Y continuando con el tema de nombres de negocios, citar también un café/teatro llamado Chat Noir, que en París tiene cierto atractivo pero no por todo el mundo. En fin, cruzado las vías de los tranvías ("Rima, y juega felíz"), y continuando con mi habitual búsqueda de similitudes, aparecimos en el Muelle Uno de Oslo con un lateral muy Puerto Banús, encontrándonos de frente con el edificio del Premio Nobel de la Paz (sí, parece que Noruega tiene cierta participación en el tema).

El sol comenzaba a despedirse de nosotros, y quisimos aprovechar los últimos rayos atravesando el pequeño parque que precede a la entrada de la Fortaleza Akershus, lugar y momento donde parejas y no parejas disfrutan del anochecer entra gaviotas y cañones. Por cierto, los servicios de plástico y quitipon estaban putrefactos, no sé si por la guarrería de los turistas o por la supuesta (y decepcionante) pulcritud noruega.

Ya sabemos que cuanto más al norte antes cierran los negocios. Aún así, caminando por calles céntricas pero desérticas, me llamó la atención un restaurante de apariencia cara y antigua repleto de una engalanada tercera edad. También la celebración de la apertura o algún cambio significativo en una glamurosa tienda de... ¿café? No sé si no me acuerdo o nunca lo llegué a saber. No me constan imágenes en mi memoria, ni en la cerebral ni en la digital.

Por cierto, habíamos dejado atrás el Museo de Defensa, presidiendo la entrada un tanque. Me hice una fotografía con él, orgulloso de mis conocimientos adquiridos antaño para reconocerlo como un T42 soviético. Pero no, poco me duró la ilusión. Mi padre me paró en seco nada más volver. Era un M48 norteamericano.

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4 de noviembre de 2017

Oslo (1)



El conductor del autobús nos vio extranjeros y cansados, de forma que salió de él el dejarnos en una parada no oficial, es decir, como si fuera un autobús privado, lo más cerca del hotel, en Møllergata. Cenamos en un típico kebab que había enfrente, donde los moros hablaban de esa forma simpática e inocente pero que nos clavaron 30 euros, aprovechado también que éramos extranjeros y cansados. De camino intercambiaban droga en nuestras narices.

A la mañana siguiente desayunamos en la plaza de Youngstorget, y con sólo bajar un poco más la calle nos plantamos delante de la Catedral del Salvador. Si bien no me llamaba la atención especialmente, sí que me gustó el patio trasero, con una forma de U que la abrazaba. Aparecimos en Jenbanetorget, donde se jugaba a voleyplaya en una zona acondicionada, aprovechando nosotros para entrar en la estación central a informarnos de antemano para el viaje de vuelta y evitar así problemas. Pero sí los hubo, sí...

De ahí parte la calle principal de Oslo, cuyo nombre es Jarl Johans, de unos dos kilómetros. Con la catedral ahora a la derecha, fuimos dejando a ambos lados multitud de parques, monumentos, estatuas y demás. Podemos citar algunos como parlamento, teatro nacional y universidad. El paseo termina en el Palacio Real y el Slottsparken que lo rodea, con lagos y céspedes donde relajarse. También la rodeaban jóvenes soldados, un grupo de unos veinte o treinta que se iban parando por cada uno de los laterales con explicaciones de un superior. Al  terminar se metieron en una pequeña casa en un lado del palacio, supongo que para recibir clases. No hace mucho que leí que la mili volvía a ser obligatoria en Noruega y esto pareció confirmarlo.

El barrio de Uranienborg es de casas llamativas y señoriales, con torreones y techos abuhardillados. Construidos alrededor del siglo XIX, burgués y señorial, sin tiendas y la tranquilidad que conlleva. Eso sí, algún que otro bar de copas ambientado a medio día. Terminamos en un mercadillo muy concurrido, de esos en los que sólo un experto sabe diferenciar entre valioso arte, prendas o joyas y simples baratijas.

El Froner Stadium es una pista de patinaje, aunque a principios de septiembre se usa para fútbol americano, rugby o similar. Nos compramos algunos pasteles típicos de allí en un puestecillo entre las instalaciones deportivas en el que atendía una adolescente con un tremendo pavo. Nos introdujimos en el Frognerparken para encarar el famoso Vigelandparken, cruzando sobre el puente de las esculturas. Cuerpos de hombres y mujeres desnudos a ambos lados del mismo, entre dos estanques, terminando en escalinata y monolito de dudoso gusto.

Más allá continúa el parque con más esculturas cuyo significado desconozco, terminando en un cementerio. Saliendo de los lugares típicos de los asiáticos alienados nos introdujimos en un sendero para ciudadanos de a pie literalmente, pues estaba poco transitado. Entre el silencio y los árboles sólo se escuchaba el fluir de los riachuelos, cruzándonos con alguna que otra pareja a paso ligero.

Era un sábado y los comercios comenzaban a cerrar en la zona poco turística en la que terminamos. Una calle con un par de bares de los que podemos englobar como tipo irlandés llevaba a un polígono industrial. Bueno, que nadie se lleve las manos a la cabeza, no era como el Guadalhorce o el Santa Barbara de Málaga, sino más limpio y decente, con otro tipo de productos, servicios y clientela. Lejos de tirar por otro sitio, lo atravesamos, viendo escaparates de moda con llamativas fotografías, precisamente también un estudio/escuela fotográfica e incluso unas oficinas de Tesla. Tanto a los nórdicos como a mí nos gustan las energías renovables y ecológicas, pero he de decir que esta compañía siempre me recuerda a Command & Conquer, ese videojuego al que tantas horas le eché en mi adolescencia.

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24 de octubre de 2017

Estocolmo (4)


























Las estaciones de los principales medios de transporte están cercanas las unas de las otras, formando un práctico conglomerado. Es por eso que localizamos la estación de autobús, dejamos el equipaje en la de tren y cogimos el metro hacia Södermalm, la isla más poblada de Estocolmo. En su interior está el SoFo, proveniente de "South of Folkungagata", el barrio hipster, cool, chic o como se le quiera llamar.

La calle Götgatan tiene tanto asfalto como aceras, pero aquel día era totalmente peatonal, suponiendo que ello depende de las fechas o las horas. Desemboca en la carretera que rodea la isla y que, caminando entre obras y paredes, hace llegar al Fotografiska un pequeño oasis.

Así como el CAC Málaga era un mercado de abastos, nos encontramos ahora ante un antiguo edificio aduanero, si bien ambos han sido reconvertidos con fines culturales. No es un museo como tal, pues las tres dependencias son para exposiciones temporales. La temática de la primera eran los caballos, ya fueran solos o con humanos. La segunda ya iba decayendo, pues aunque técnicamente no había problema, la temática de las negras africanas amamantando es poco innovadora. La tercera era la peor, las imágenes abstractas tan de moda hoy en día.

La última planta lo compensaba todo. Más allá del propio restaurante y su pequeña sala de conciertos, con un diseño sencillo y moderno, con una comida rica y de la tierra, había una cosa que atraía la mirada: las vistas. No es complicado coger un par de sillas tipo barra de bar, palpar y comprobar la existencia de la pulcra cristalera e invertir el tiempo más valioso en Estocolmo.

Regateando cruceristas y subiendo cuesta hacia la derecha nos volvimos a introducir en la zona neurálgica de la isla, con bicicletas de madera y bares cuyo nombre es el no tenerlo. Regresando al centro de la ciudad para recoger y coger las maletas y el autobús respectivamente, nos plantamos en Arlanda. Trabas tecnológicas y burocráticas típicas de este siglo y las correspondientes peripecias para lidiarlas, compensadas por el retraso del vuelo, nos permitieron relax sobre las nubes.

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19 de octubre de 2017

Estocolmo (3)


























Esta vez sí nos adentramos en Gamba Stan, encontrándonos nada más llegar a la muchedumbre pendiente de la Guardia Real haciendo el correspondiente cambio de guardia presidido por la Catedral de San Nicolás. Aprovechamos para visitar el Palacio Real por dentro, muy recomendable.

La Plaza Mayor es una visita obligada, recordándome a la varsoviana Plaza del Mercado. Destacan los dos edificios uno al lado del otro y de llamativos colores. Está a la derecha la Casa de la Bolsa, construida allá por el siglo XIX y acogiendo en la actualidad el Museo Nobel, entregándose ahí el premio de Literatura. Muy sorprendente y motivadora la idea de que la información vaya moviéndose por el techo cual carrusel de una lavandería. Por último, no centrada en el centro de la plaza, unas gárgolas surten encastradas a su fuente.

Entre callejones, y dejando a un lado una iglesia luterana o alemana, dos cosas me llamaron la atención: la primera fue una especie de cabina de teléfono vistosa y alegre que resultó siendo un meadero. La segunda me sorprendió por haber una guardería o colegio de educación primaria en pleno centro histórico, además coincidiendo con la hora de salida.

Escalera para abajo desembocamos en una calle peatonal algo más ancha, con tiendas de temáticas concretas y  un restaurante llamado Magnus Ludula que fue una decepción. No lo parecía, pero tenía que ser una trampa para guiris, no queda otra. Aparecimos en el lado contrario de la plaza principal, girando la esquina del palacio, dejando a la izquierda el Museo Medieval y su correspondiente parque y encarado el camino hacia dos islas vecinas, una unida a la otra.

Por cierto, mis experiencias viajeras me dicen que los que suelen montar espectáculos bochornosos son moros y negros, guiris borrachos y españoles. En el primero de los casos fue evidente nada más llegar, con negros que salían del metro dándole patadas a los cristales del mismo, mirando con sonrisa provocativa a los que continuaban su viaje. En el segundo no me hubiera hecho falta comprobarlo en Londres, Varsovia y demás, Magaluf me pilla más cerca. El tercero se repitió aquí, con una española de atuendos deportivos, aunque no hacía otra cosa que gritar por el teléfono móvil, puteando a gritos al teleoperador de turno de Vodafone. Todo ello pasando por delante del Grand Hotel, supongo que para que los del Premio Nobel le asignaran el de impresentable.

Las coronas que dan nombre al Puente de las Coronas se pusieron en su momento como decoración, aunque hoy en día son casi emblema de la ciudad. Subiendo y rodeando la iglesia de Skeppsholmen y continuando las esculturas llamémoslas llamativas. Y es que están al lado del Museo Moderno, un edificio antiguo. Te tientan tanto en el mismo museo como por toda la ciudad para visitarlo, pero es cierto que las tiendas de los museos venden lo más representativo de su interior, con lo que el quizás poco ortodoxo método de echarle un ojo a la entrada en vez de a la salida permite calificar. Y no, no visitamos el museo más allá de su tranquila terraza exterior a tomar infusión  y disfrutar de los gorriones.

Si esta isla es de unos 500 metros, la continua es de únicamente 200 metros. Eso no significa que no valga la pena. Nos sentamos en una pequeña loma de roca para regocijarnos de los gritos despavoridos provenientes del parque de atracciones de enfrente: Tivoli Grona Lund con su montaña rusa, caída libre, etc.

Bordeando las dos islas ya de vuelta nos encontramos con casas de postal, construcciones de madera con flores de miles de colores, así como un velero acondicionado en modo bar de copas. Una pareja que estaba cenando entre la iglesia de San Jacobo y la ópera posó ante mi descarada toma. La cena fue en un Zócalo, donde me llevé una grata sorpresa. ¡Primer lugar fuera de México con sabor real mexicano! ¡Aleluya! Repetí, por supuesto, un dos por uno es irrechazable.

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