9 de enero de 2017

Cracovia



Hice un intermedio varsoviano que dediqué a visitar Cracovia, esa ciudad que, según las siniestras estadísticas, fue de las menos bombardeadas por la Luftwaffe. Ello conlleva, supuestamente, que tiene más patrimonio histórico y, consecuentemente, turismo.

Durante el camino de la estación de tren al centro hay contraste entre edificios nuevos de empresas/universidades con otros casi derruidos y con sus terrenos en venta. Algo parecido ocurre, por ejemplo, con los tranvías, quedándome en este caso con los antiguos.

Muchos de los puntos de interés se concentran en la Plaza del Mercado y sus alrededores, dando también el dato de que esta es la más grande de Europa en cuanto a estilo medieval, con 40.000 metros cuadrados. En la parte central se encuentra la Lonja de Paños, actualmente un mercadillo turístico, aunque no por ello poco interesante.

En el lateral noreste está la Basílica de Santa María, de estilo también gótico/barroco y con dos torres desiguales. En la más alta aparece cada hora un trompetista para rememorar un hecho histórico relacionado con la invasión mongola.

Voy a contar, por más que me pese, el ligeramente vergonzoso hecho que me acaeció. Ya me ocurrió a principios de año en la parisina Basílica del Sagrado Corazón, donde un hombre mayor  me pidió que me quitara el gorro nada más entrar. Aquí me volvió a ocurrir, sólo que me lo vino a indicar el mismo cura, un hombre de unos 40 años, 2 metros de altura y todo vestido de negro, que impone más. En mi defensa he de decir que, tras muchas horas con la prenda puesta y casi sellada por el tremendo frío, uno se olvida de ella. No por ello dejé de pedir disculpas en ambos casos.

Más cosas que hay en esta plaza: una parada de coches de caballo, conductores de vehículos eléctricos ofreciendo rutas urbanas, puestecillos de comidas muy calientes y calóricas, etc. Destacar también la Torre del Antiguo Ayuntamiento y la estatua de Adam Mickiewicz. Este último era poeta y patriota a inicios del Romanticismo. Ya que el apellido es difícil de recordar y para que nos entendamos: lo que en España es hoy en día un facha para parte de los partidos políticos (valga la redundancia).

Huyendo del oxímoron creado por el infernal frío, entre atestadas áreas comerciales y ruidosas obras, alcancé los medios de transporte para salir de la ciudad. Entre que ambas estaciones tienen zonas en común y que mi polaco es nulo, terminé comprando para la vuelta billete de autobús y no de tren. Cinco horas y media de paradas intermedias y rotondas interminables. Eso sí, me permitió/obligó a disfrutar de las modernas estaciones de metro de la capital.

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7 de enero de 2017

Varsovia (2)



La soleada y gélida mañana comenzó hacia el sur, pasando bajo una avenida cuyas columnas de sostén tenían grafitis de dudosa estética, y dejando la Embajada de España a la izquierda, con grandes fotografías de lugares representativos en su vallado.

El Parque Lazienki es el más extenso de Varsovia, una zona de exparcimiento como puede ser El Retiro. Pero, al contrario de este último, a poca gente se ve paseando por él. Un grupo de ancianos conversando y un par de mujeres paralizadas, disfrutando hasta el último rayo de sol. Lo que sí hay son muchas aves. Los reyes de allí son los patos, durmiendo o patinando sobre los estanque helados, aunque había un pájaro de varios colores que me encantó.

Entre palacetes y estatuas dos cosas me llamaron la atención. La primera fue una valiente madre corriendo mientras empujaba el carrito de su hijo, con todo muy adaptado a deporte y clima en cuanto a abrigo y ergonomía. La segunda se refiere al comportamiento de las encantadoras ardillas, que no sólo no huyen sino que se acercan descarada e inocentemente. También es cierto que yo estoy acostumbrado a las de El Morlaco, donde chusmas saltan la valla por las noches para hacer botellón, romper mobiliario, etc.

Me tomé una infusión en una taza de tres piezas que llamó mucho mi atención y con la que ya me he hecho al recibirla como regalo de Navidad. Cruzando por arriba una muy congestionada avenida caminé paralelo a la ribera del río y sus embarcaderos. Llegué al barrio de Praga por el puente del mismo nombre, haciendo parada al lado del reciente y moderno estadio del Legia de Varsovia.

El ya nombrado distrito fue de los menos bombardeados por los alemanes, mezclando hoy en día lo comunista con lo bohemio. De hecho, se me acercó un polaco para contarme en español sus frecuentes visitas a Andalucía para temas de flamenco, demostrando la combinación.

La luz del anochecer a la entrada en Praga y la iluminación urbana a la salida eran bien diferentes, pero ambas tenían en común la espectacularidad que aportaban al "skyline" de Varsovia en la otra orilla del Vístula. Dejando atrás la impresionante catedral de San Miguel Arcángel y San Florián, así como la iglesia ortodoxa de Santa María Magdalena, aparecí de nuevo en la Ciudad Vieja a través del puente de Slasko-Dabrowski.

De nombre parecido para hispanohablantes, pero de construcción bien distinta para arquitectos, por la mañana dejé atrás el puente de Swietokrzy hacia el museo de Chopin. Había desechado el Museo de Copérnico por haberme informado de su parecido con el Parque de las Ciencias de Granada, con un entorno  interactivo al que había que echarle horas. Además, me picaba la curiosidad por el videojuego Eternal Sonata, en el que el músico tiene protagonismo. Pff, mi gozo en un pozo, no merece ni descripción. Y es que hay que darle muchas vueltas a la cabeza para hacer un museo de música, y no un decepcionante robo de tiempo y dinero a los turistas en vez de un poco de interactividad a la competencia.

Ya en busca de refugio para los frioleros me topé con una manifestación fluyendo por la Ruta Real. Desconozco las reclamaciones/quejas/sugerencias que llevaban consigo por no entender el clamor, pero era fácil de percibir la única presencia de banderas polacas y, quizá, alguna europea. Llevo un rato pensando como explicar lo que quiero decir pero, al fin y al cabo, creo que a todo el mundo se le ha encendido la bombilla nada más leerlo. No es un mensaje entrelíneas, sino sobre ellas.

El tiempo restante hasta el vuelo lo pasé encerrado en un establecimiento de la cadena Costa Coffe que, si bien es conocida mi animadversión a las franquicias, esta en concreto fue mi salvavidas a lo largo del viaje. Y allí estaba, reflexionando sobre Varsovia, una ciudad que ha superado mis expectativas. Los inesperados rápidos anocheceres y la persistente niebla, unidos a mi grave error a la hora de elegir el objetivo para la reflex (me llevé el más petardo), son excusa perfecta para volver a Warszawa.

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3 de enero de 2017

Varsovia (1)



La llegada fue de lo más directa y cómoda, dejándome el autobús en la explanada que hay a los pies del hoy denominado Palacio de Cultura y Ciencia. Llama la atención que una ciudad tan alabada por su rápida reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial mantenga con tan mala imagen un lugar tan céntrico y concurrido. Dar con el alojamiento era sencillo, pues sólo había que hacer caminata runtástica todo recto hasta el río y girar a la derecha.

Ya con la energía recargada y la escasa luz que atravesaba la densa niebla, la ruta postdesayuno no fue por la "L" recientemente descrita, sino callejeando hasta volver al también ya citado edificio más alto de Varsovia. A medio camino hice una parada para el indispensable cambio de moneda.

Fue un regalo de la URSS al pueblo polaco, parte del cual aún no termina de asimilarlo. Es curioso que en España haya sido al revés, con el socialismo imponiendo el sesgo de la "memoria histórica". La historia es inamovible y manipularla para próximas generaciones es deplorable.

La parte más alta era imposible de discernir más allá de los cientos de tétricos paneles (cuadrados como las fichas del Tetris + hechos por rusos como el mismo Tetris + la siniestra imagen que provocaban) pero sin perder un fuerte atractivo a poco que se active la imaginación. Estoy seguro de que Wiston Smith hizo sus prácticas aquí antes de trabajar en Gran Hermano.

Dos cincuentonas autómatas manejaban sus casi propios ascensores para transportar a poca gente y nulo turismo, una para arriba y otra para abajo, recordándome a la aventura gráfica "Syberia" (no tan lejos me encontraba) o a la novela "Las luces de septiembre" (aún estando en diciembre). Las potenciales vistas desde la planta treinta y tres eran truncadas por el apalancado telón de niebla (que no de acero). Una muy caliente infusión en las alturas de aquella lóbrega y circunspecta ciudad terminó por asentar en mi memoria tan imponente construcción.

Igual que subí por una bajé por la otra; dos importantes avenidas de la ciudad que son paralelas. Me gustó el diseño de las recientes estaciones de metro que, sin ser una joya, son relativamente originales. Giré a la altura de la estatua de Copérnico y paré a almorzar enfrente de la muy bonita Iglesia de la Santa Cruz. En la sobremesa ya era de noche y fui caminando por la arteria principal y perpendicular, dejando a los lados instituciones públicas, universidades y hoteles de lujo con cierta majestuosidad en su iluminación (más allá de la navideña).

Poco después aparece la llamada Ciudad Vieja, con la Plaza del Castillo (Castillo Real y Columna de Segismundo III) y la Plaza del Mercado (Estatua de la Sirena), teniendo esta última un nombre diferente para cada uno de sus cuatro lados. Pegado a la muralla hay un mercadillo que desemboca en el Monumento al Pequeño Insurgente, un niño armado frente al cual me tomé un té en un bar muy "chic".

Detesto las franquicias, pues suelen ofrecer comida basura además de quitarle encanto al entorno. En este caso, al igual que me ocurrió en Lisboa, di con una de alimentos más que saludables, como tofu, quinoa y todos esos desconocidos por los mortales (casi literalmente). Tenían también purés, cremas y sopas típicas de Polonia que buena falta hacían para entrar en calor.

Crucé la calle y continué cuesta abajo muy Tranquillo Barnetta, con embajadas en ambas aceras tales como las de Canadá, Francia y, por supuesto, la de Suiza, con bloques de pocas plantas y ninguna tienda. El caso es que, sin comerlo ni beberlo (es sólo un dicho de Bel-Air, pues acababa de cenar) desemboqué justo en el hotel.

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23 de noviembre de 2016

The Legend of Zelda: Symphony of the Goddesses























La visita a Madrid no fue únicamente por la feria de videojuegos a la que dediqué la mañana, sino también para acudir por la noche a un concierto filarmónico sobre la banda sonora de The Legend of Zelda como colofón. Descubrí la saga allá por mi adolescencia y, grabada desde entonces en mi mente sin posibilidad de extracción quirúrgica, no dudé ni un momento a la hora de hacerme con las entradas.

El Pabellón de Vistalegre se encuentra en Carabanchel, ese barrio que, retrocediendo aún más en mi pasado, Elvira Lindo me hacía imaginar con todo pintado de rosa. Pero no, y extrapolando ahora esas experiencias noventeras a la misma noche del concierto, la caóticamente organizada cola de frikis alineados (que no "alienados", no quisiera ser repetido) tenía un público comepipas en balcones y ventanas comentando lo que les venía en gana a voces y con poca educación.

En fin, una vez descubierto el porqué de la elección de ese barrio por parte de "El Coletas" para sus mítines populistas, la decepción ya nombrada de Manolito Gafotas no se repitió sobre Link y su amada Zelda. Una muy buena orquesta arropada por una gran pantalla que mixturaba distintos momentos de la saga, haciendo disfrutar a mis sentidos de casi dos espasmódicas y orgásmicas horas, culminadas por el retumbar de los platos hollywoodianos sobre la mesa.

Fotografías (Madrid) -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157644065903817

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9 de noviembre de 2016

Madrid Gaming Experience


























Los videojuegos y yo nacimos a la vez. De hecho, mi primera consola (llamémosle así) apareció en este mundo el mismo año que yo; ella en las tiendas y yo en el hospital. Ya antes había realizado ciertas pruebas jugando en casa de mi abuela al PONG de Atari, pero fue cuando llegó a mis manos el Spectrum ZX cuando comencé a disfrutar como un enano (nunca mejor dicho) con mitos tales como Phantomas, Freddy Hardest o Pijamarama.

Tras un período de transición en el que combinaba fútbol callejero con recreativas en los bares por cinco duros, y como no hay mal que por bien no venga, toqué la campanita para cambiar neumonía por Mega Drive. Ahí empezó todo, y como en Bobobó un pato jura amor eterno a un calzoncillo, yo hice lo mismo pero con los videojuegos.

Fui directo a la parte retro nada más entrar en la feria, emocionándome con consolas como la Saturn y la Dreamcast. Me arrepiento de haberme deshecho de ellas, supongo que locura realizada por el vacío de mis bolsillos en mi época veinteañera. Es más, me estoy planteando hacerme de nuevo con la última citada a pesar de los precios prohibitivos a los que se encuentran por Internet reliquias tales como Skies of Arcadia, Blue Stinguer o Carrier.

Dentro de ese mismo área me gustó la ristra de mesas con sus consolas y televisores sobre ellas, con juegos ya insertados, todo listo para sentarse y ponerse a jugar a maravillas como Resident Evil 2. Continué recorriendo el pabellón por delante de dos grandes pantallas y muchos público. La primera era una conferencia de no sé qué tema retransmitiéndose en "streaming" ante unos asistentes atentos y en silencio. Había también partes que encajaban presente y futuro próximo/alternativo con espectaculares juegos de baile, inquietante realidad virtual e independientes/emergentes desarrolladores nacionales. La segunda intercambiaba fragmentos de un concierto de la banda sonora de The Legend of Zelda con anuncios de otros juegos. En este caso, los espectadores estaban en modo díscolo y alborotador, gritando y golpeando con fuerza y estrépito esos globos duros y alargados que aparecen en mítines políticos y partidos de baloncesto. ¡Ah! ¡Y ahora que me acuerdo! ¡Vi una ocarina en venta!

Ya poco más, que no es poco. Tiroteos con balas de pintura en una esquina, muy a lo Counter Strike, y exposición de coches representativos en la contraria, muy a lo Collin McRae. Punto y aparte (aunque lo esté escribiendo seguido) para los frikis, esos seres alienados. Me topé con una interminable cola que me hizo pensar que, como mínimo, Sonic y Mario estaban firmando autógrafos recién llegados al mundo real. Pero no, sólo esperaban con ansia y desesperación para probar unos tallarines finos que un puestecillo servía sobre un cartón. Más allá de las vestimentas y el anime/manga del que proceda semejante acto, opino que un zombi pasaría más desapercibido con las manos en los bolsillos y silvando entre los estands.

Reconozco que me ha gustado mucho la feria, animándome a retomar/continuar con una afición proveniente de tiempos remotos con este ocio que representan los videojuegos. Sólo tengo una pega. Y es que, más allá de los frikis (es cuestión de gustos, pero no molestan a nadie), no encontré nada de Fringe ni de Bobobó...

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18 de septiembre de 2016

Barranco Blanco



Pocos días después de mi caminata por el río Alaminos (afluente del río Fuengirola) comencé a escribir esta entrada, pero mi enfado por algunas cosas vistas me hicieron dejarlo para más adelante, concretamente para hoy. Ya con más calma y respiración profunda, voy a no entrar en detalles u opiniones sobre temas tales como los restos del gran incendio (provocado) de 2012, las construcciones (ilegales/corruptas) dispersas metastásicamente o el comportamiento incívico de la gente (chusma). Borrón en el borrador (del blog), valga la redundancia, y cuenta nueva.

Son muchas las formas de explicar cómo llegar a Barranco Blanco, siendo para mí la más sencilla el tomar como referencia a Coín. No hay más que preguntar dónde está el Cuartel de la Guardia Civil y, desde allí, seguir la MA-3303. Tras pasar sobre la relativamente reciente A-355 hay que estar ojo avizor hacia el lado derecho. Aunque no tiene pérdida, en caso de llegar al Castillo de la Mota sin haber encontrado la entrada, se da la vuelta (a empezar) en la rotonda de la gasolinera.

Hay que darse una paseo de unos veinte minutos cuesta abajo mientras te van apartando del camino coches tuneados con reguetón que quieren estacionar casi en la misma rivera, muy campestres ellos. Para la vuelta, lógicamente, hay que invertir más tiempo, pero las multas en los limpiaparabrisas de los citados vehículos resultan celestiales. En fin, ya estamos en el río como tal.

Es posible hacer la ruta por un sendero que va de un lado a otro del río cruzando el cauce del mismo. De todas formas, si no vas en modo dominguero, lo suyo es meterse en este último, siendo más deportivo, divertido y refrescante. Eso sí, aparte de proteger los dispositivos electrónicos (no me llevé cámara réflex ni activé Runtastic Pro), hay que llevar un calzado apto para saltos de agua y rocas mohosas. Mis heridas y cardenales así lo atestiguan tras tremendo guarrazo (perdón por la palabra mimetizadora). Eso sí, las agujetas en los glúteos en los días posteriores son prácticamente inevitables.

El agua de acuíferos, a pesar de ser verano, está realmente fría. No es recomendable estar mucho tiempo a la sombra porque el tembleque de cuerpo entero, más allá de no ser agradable, impide escalar con ayuda de una soga la cascada final. Tras la misma ya no hay remansos de agua con gitanos lanzándose en bomba desde las alturas (te recomiendo, querido lector, añadir espectadores barrigones comiendo patatas fritas en las gradas calizas de tu imagen mental), sino remansos de paz. Es a partir de ahí donde, aparte de la flora, se puede disfrutar de la fauna, refiriéndome ahora a la autóctona.

Después de pasar bajo un precioso túnel natural el río es más estrecho y menos caudaloso, yendo el recorrido a parar a su surgencia, conocida como El Nacimiento. En el punto de inicio, y una vez hecho el camino de vuelta, hay una gran cascada que también merece la pena ver para poner fin a la jornada. Una jornada que, a pesar de las críticas que al principio prometí no hacer pero que sí he hecho de soslayo, me encantaría repetir.

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21 de julio de 2016

Lisboa (3)



La mañana del último día me di una caminata de este a oeste por la parte norte de la ciudad, desde el hotel donde me alojaba hasta cerca del hotel donde estuve la anterior vez, muy cercano a la Praça de Espanha y junto a donde se encuentran la Fundaçao Caloste Gulbenkian y el Centro de Arte Moderna José de Azeredo Perdigão. Yo no tuve duda y fui directamente al Museu Caloste Gulbenkian, pues sabiendo un mínimo de turismo y arte la elección es fácil.

Mi intuición no falló y me encantaron ya de entrada las instalaciones, un edificio moderno y sobrio rodeado de una vegetación exuberante con patos a sus anchas. Los interiores eran muy neutros, siendo las colecciones lo que destacaban aparte de, desgraciadamente, un grupo de españolas (posiblemente madrileñas) que iban dando la nota.

Las obras expuestas son un pequeño porcentaje de lo que dispone la fundación, estando ordenadas cronológicamente y representando distintas culturas históricas. El creador de la fundación, y quien le da nombre a la misma, fue un caucásico armenio que invirtió gran parte de su fortuna relacionada con el petróleo en temas de arte y filantropía. El libro del museo me espera en la estantería para ser leído en portugués.

Fotografías (Museu Calouste Gulbenkian) -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157671354241115

El almuerzo fue en el Hard Rock, uno más tachado de la casi interminable lista de los que aún me faltan por visitar. Ya recargadas las fuerzas con un plato de salmón con bimi dediqué la tarde a pasear por el centro de la ciudad y la Alfama, descubriendo y disfrutando las diferencias entre el día extremadamente lluvioso de la llegada con el estupendo sol que hacía. De camino, entre las innumerables opciones que hay, me acerqué a lugares como la Sé de Lisboa o el Miradouro de Santa Luzia (donde llaman "suco natural" a zumo de bote).

Terminé la tarde/noche en un restaurante de comida rápida y sana, correspondiente a una franquicia llamada Vitamina, y tomando una infusión en el histórico Café a Brasileira, un poco más arriba de la calle (en la que se encuentra la histórica Livraria Beltrand) y escuchando en directo a un grupo de Cabo Verde.

El tiempo tuvo un detallazo, pues aunque el viaje de vuelta era lluvia y más lluvia, en la parada en Mérida para almorzar se pudo visitar teatro/anfiteatro romano sin paraguas en mano. A veces uno no es consciente del valor de lugares que se visitan, diciendo un "no es para tanto" cuando se está allí pero un "¡ahí he estado yo!" cuando se ve por la tele. Por suerte, con la experiencia viajera se va corrigiendo eso. Y no tiene más (que no es poco), una ciudad pequeñita con su centro/calles peatonales, su plaza central (Plaza de España) y una fortaleza en la que no llegué a entrar. Dos puentes, uno romano y otro de Santiago Calatrava (ejem...) sobre el río Guadiana.

Fotografías (Mérida) -> https://www.facebook.com/alvaro.martin.fotografia/photos/a.556623587751253.1073741829.331771663569781/1033872570026350/?type=3&theater

En fin, mi querida Lisboa, ya sabes que no hay dos sin tres...

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157668751800172

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