17 de octubre de 2017

Estocolmo (2)

























Todavía no sé por qué en la plaza de la estación central hay una bandera sueca con el asta totalmente doblado. Supongo que es a cosa hecha, pero habría que confirmarlo en la oficina de turismo que está justo al lado. La cosa es que desde ahí partimos hacia el centro histórico, la isla conocida como Gamla Stan, aunque fue sólo pasar bajo los arcos del parlamento y darnos la vuelta, pues la torre del ayuntamiento nos animó a recorrer la ciudad de izquierda a derecha partiendo desde él.

En el interior, más allá de su enorme patio central, puede visitarse la Sala Azul (donde se hace el banquete de los Premios Nobel) y disfrutar de las vistas desde la torre de las Tres Coronas. Frente a la entrada arqueada hay unos escalones bajos que hacen como grada, permitiendo sentarse a observar el barrio de Söder al otro lado de las aguas y entre las desnudeces.

Caminando por el borde del lago Mälaren y uno de los múltiples atracaderos huele a río, a mar, a agua más que limpia para estar en plena ciudad. Adentrándonos en la isla de Kungsholmen tocó almorzar en un coreano que hacía esquina, cerca de un bonito puesto de flores. Los bares y restaurantes de Estocolmo tienen jarras de agua para que el cliente se sirva a su gusto.

La sobremesa la pasamos en el Kronobergsparken que, a pesar del complicado y desagradable nombre para los latinos, es estupendo para tumbarse a leer, charlar o hacer la digestión. Entre niños haciendo actividades extraescolares al aire libre y cuesta abajo está la estación de Radhuset, que lleva de vuelta a la estación central.

De nuevo ante el asta curvado tocó esta vez a la izquierda, entrando en la zona más comercial de la ciudad, esa que menos me gusta siempre que viajo. Edificios modernos, avenidas amplias e invasoras franquicias. Poco de lo que hablar más allá de la plaza de Hötorget, donde se encuentra la Sala de Conciertos de Estocolmo y los controvertidos y sosos rascacielos. Una de las arterias de la ciudad (Berger Jarbgatan) termina en el parque presidido por la Biblioteca Nacional de Suecia, aunque aquella tarde la gente estaba en el bar de copas al aire libre que le precede. El viajar y dar caminatas urbanas me encanta, pero cada cierto tiempo o espacio hay que descansar. En esta ocasión nos desplomamos en uno de los clones de la cadena Espresso House, clon y competencia a su vez de otras cadenas como Starbucks o Costa Coffe. Lo dicho, una invasión.

Saliendo del bullicio nos encontramos el Dramate, el teatro más importante del país. En una de sus esquinas exteriores tiene la estatua de Margarete Lasson, cuya peculiaridad es la aplicación de calor interior, fácil de comprobar nada más tocarla. No recuerdo exactamente para qué era, creo que para que no pasara frío por la noche o, al menos, ese es el concepto.

Encaramos el bulevar Strandvägen (Calle de la Costa), construido para la Exposición Universal de Estocolmo de 1897, caminata de algo más de un kilómetro que permite prestarle atención a las construcciones, especialmente a la Casa Bünsow y sus elaborados patrones de ladrillo. Todo el recorrido está presidido por la llamativo Museo Nórdico; imponente, majestuoso e incluso siniestro. Me encanta.

Termina en una rotonda partida que permite cruzar hacia su derecha el puente de las esculturas que lleva hacia la isla de Djurgården, con grandes extensiones de naturaleza donde los holmenses echan parte de su tiempo libre. De todas formas ya era casi de noche y poco se podía disfrutar en él, con lo que tomamos la rotonda partida hacia la izquierda para encarar la avenida del Museo de Historia Sueca a un lado y la Iglesia de Oscar al otro, finalizando en la plaza o parque de Karlaplan.

Mi mente plantea relaciones y parecidos a lo largo de los viajes que, si bien pueden ser más o menos lógicos o correctos, cierto es que denotan crecimientos sinápticos. En este caso, tanto el último puente citado como la última plaza también citada me recordaron a París, concretamente al puente de Alejandro XIII y al lago octogonal a la entrada del Jardín de las Tullerías respectivamente. Si eres historiador, arquitecto o similar pasa página.

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7 de octubre de 2017

Estocolmo (1)


























Hay cosas que se quedan marcadas aunque no tengan relación directa con el viaje en cuestión, y es que en la cola del aeropuerto de Málaga no sé cómo se nos acopló una sueca de avanzada edad que no paraba de hablarnos sobre la situación de su país en temas de inmigración. Yo iba con la mosca detrás de la oreja tras haberme informado con antelación sobre guetos de árabes y negros, así como por donde se pasaban las leyes y culturas de los países nórdicos. Pues esta mujer se me pegó como una lapa conforme avanzaba lentamente la cola, criticando la inmigración legal pero que debería ser ilegal, la ilegal como tal, los refugiados y, según ella, la invasión que estaba sufriendo su país. Yo, aunque entendiendo y compartiendo muchas de sus ideas, crucé los dedos para no tenerla cerca en el avión, pues era un poco cotorra. De todas formas, todo lo que escuche de ella lo tengo muy en cuenta, pues hablaba con sentido y propiedad.

El lento descenso permitía disfrutar de un anochecer sobre bosques e islas dispersas. Una hora de autobús nos plantó en la estación central, en la que está incluida la de metro. Esta, como muchas otras de la ciudad, más allá de estar muy profundas (lógico, tienen que pasar bajo el mar), son de estética lúgubre y fría, como cuevas de viaje al centro de la tierra. Lo compensó el metro que cogí, muy antiguo pero muy bonito y relativamente cuidado. Otra cosa era el público presente...

La última parada de la línea azul es Akalla, un barrio o área en el que nada más salir te sientes un extraño, y no sólo por estar en un país distinto, sino porque los rasgos caucásicos llaman la atención en plena Suecia. Como suelo comprobar en viajes y no viajes, mi orientación es buena, pero en aquella ocasión cometí el error de tomar como referencia una única salida de la estación, cuando realmente había dos. Era plena noche y lo que quedaba por las calles eran grupos de jóvenes sentados en los respaldos de los bancos y levantando la mirada al paso de los visitantes.

Con todos los negocios cerrados, entré al único que aún tenía luz. El dueño, árabe, hay que reconocer que fue correcto. Puso interés, le dio unas pocas vueltas al mapa que le entregamos y se lo pasó a otro que estaba solo en una mesa, pero no sabían donde estaba el hotel (era el único de la zona).

Tras caminatas sin rumbo por las solitarias calles dimos con un hombre con uniforme de trabajo y paso directo hacia un aparcamiento subterráneo. Se paró con expresión de sorpresa e inseguridad, la cual fue cambiando conforme veía que no había mala intención. Terminó intuyendo el hotel en el mapa, diciendo que tenía prisa, que tenía que coger el coche para el trabajo y que si queríamos nos acercaba. Ahora los de las sospechas éramos nosotros, dándole las gracias y continuando las caminatas sin dirección.

Nos plantamos delante de un pequeño hospital o clínica, o al menos eso indicaban las tenebrosas letras rojas en la oscuridad, muy a lo Silent Hill. En la explanada de delante había un único taxi, de esos tipo furgoneta con ocho o diez plazas. El conductor estaba viendo un programa en una cadena árabe en la tableta con soporte pegado al cristal.

Al acercarnos, bajó la ventanilla no más de dos dedos. La escena tuvo cierto parecido a las anteriores, cogiendo nuestro mapa pero combinándolo esta vez con su GPS, explicándonos más o menos cómo llegar. Le dimos las gracias y nos dimos la vuelta para volver a perdernos en la oscuridad. A los pocos pasos nos llamó por la ventanilla ahora del todo bajada, diciendo que nos subiéramos y que nos llevaba. De nuevo el traspaso de inseguridades, diciéndole que no teníamos dinero y demás. Ante su insistencia aceptamos. Durante el corto viaje nos contó que era de Siria  y alguna que otra peripecia ininteligible. Paró al lado del hotel, sin más. Ligeramente avergonzado por mis suposiciones y consciente de que destaparía mi mentira, le pregunté que cuanto era. Dijo que nada, que nada.

Pero sí que ganó. Es más, ganamos. Él tenía cara de orgullo por la obra benéfica y nosotros por una redención ante las sospechas más o menos infundadas por un lado; la de maligno y dañino por el otro. Aquella noche fue de gorilas selváticos con osos polares. Unas relaciones lentas y poco fluidas, guardando las distancias pero sin llegar a poner un muro, terminando en buen puerto.

La puntilla fue la entrada al hotel, cuya recepción cerraba a las diez de la noche y había que teclear un código para entrar. Menos mal que había habitaciones en la planta baja, por lo que se pudo llamar con los nudillos en una ventana con luz. A la primera miró en silencio y a la segunda ya respondió saliendo de su habitación y abriéndonos la puerta del hotel para que, al menos, no nos quedáramos en la calle y pudiéramos dormir en el salón de la entrada. Pero, como decían en Shakespeare in Love, "todo saldrá bien, aunque no sé por qué, pues todo es un misterio". Y así fue, pues investigando la recepción terminé dando con un sobre con mi nombre y apellidos. La tarjeta de la habitación en su interior.

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7 de agosto de 2017

Frigiliana


























Me llevaron a Frigiliana muy de chico, quedándome únicamente en la memoria una calle estrecha, cuesta arriba, con casas blancas y luminosas, con plantas y flores llenas de color.

Unos quince años después, en los veranos entre curso y curso de la universidad, transportaba personas y materiales en el ámbito de los conciertos. Hubo uno en el campo de fútbol de Chayanne, nocturno y al aire libre que me encantó. Más allá del pseudocantante soberbio y arrogante (no permitió que se le recogiera en furgoneta, sólo admitía coche de lujo) al que desde el "backstage" se le descubría su patético "playback", lo que activó mis recuerdos fue el entorno, con río, montes, árboles y estrellas que incluso se veían.

Cuando terminé mis estudios de imagen hice una sesión de intercambio a una conocida en la Casa de Apero, que había sido recientemente remodelada para albergar el Museo Arqueológico. Mientras reponía fuerzas en un bar-restaurante típico con comida casera se me reactivó (que no "activó") mi memoria axárquica.

A pesar de mis diversas visitas a Frigiliana a lo largo de los años, nunca había ido con mi madre, que siempre había estado deseando descubrir dicho pueblo. Y qué mejor que en su cumpleaños.

La parte derecha conforme se entra es la del museo y el campo de fútbol, con muchas personas mayores pasando la tarde sentadas a la sombra. Si uno se dirige a ellos dan palique y más palique, no por ello dejando de ser encantadores.

El centro del pueblo está presidido por una escultura representativa de las cuatro religiones más comunes. Cuarenta y cinco minutos en coche para encontrarse esto nada más llegar. No recuerdo símbolos cristianos cuando estuve por Marruecos. Los españoles somos muy hospitalarios, sí, pero también masocas y estúpidos.

En la zona de tiendas de regalos y recuerdos es donde los guiris toman cerveza frente a sol y mar, sin importarles nada más. Ello es una suerte, porque detrás de ellos está lo más atractivo de Frigiliana. Presididas por el escudo de armas, comienzan las cuestas y escaleras, sombras y silencios. La tranquilidad. Los pocos niños que habitan este tipo de pueblos juegan con juguetes (no, no es una redundancia, pues sorprende que no estén pegados a móviles), trabajadores descansan tras su jornada y ancianos dejan pasar el tiempo. Me encanta ver perros echando la siesta en los balcones echando mirada indiferente sobre los viandantes. Gatos durmiendo por escalones y bancos y escalones, sin miedo a las personas. Nada que ver con ciudades y pueblos grandes, donde huyen de cualquiera. La experiencia es un grado.

El simple sonido del agua refresca, terminando la caminata pueblerina dejando a un lado la Fuente Vieja y bajando una escalinata con un pequeño canal central por el que fluía ese oro transparente y menospreciado (ya nos arrepentiremos), y recordándome a la Alcazaba o la Alhambra. Y es que había tiempos en los que los árabes aportaban...

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20 de julio de 2017

Madrid (2): Valle de los Caídos


























"Uh, ha ido al Valle de los Caídos, ¡qué facha!". Si piensas eso o algo mínimamente parecido te recomiendo que dejes de leer. Si, al contrario, estás más allá de ese estándar cuando lees experiencias y opiniones, bienvenido.

A pesar de ser principios de Junio, de camino al Valle de los Caídos y acercándome a la Sierra de Guadarrama, el cielo se puso realmente oscuro y comenzó a diluviar, Más allá de las precauciones al volante, adoro la fuerza de la naturaleza.

El aparcamiento estaba casi vacío y continuaba lloviendo. Me planté delante de la basílica, quedándome tan inmóvil como la misma estructura, majestuosa e imponente. Lo típico, una imagen vale más que mil palabras, pero si la imagen es en persona, aún más.

La sola presencia de los vigilantes y meditadores de los ángeles custodios da aviso de que el respeto a todo el recinto es obligatorio. La libertad de creencias religiosas, políticas y de demás índoles van en ambos sentidos. Quien no entienda o comparta que se vaya a las barricadas a hacer manifestaciones/botellones/orgías pensando en argonautas con banderas de un par de herramientas o divertidos colorines.

La gran nave es colosal, dejando casi sin palabras y respiración. Avanzando por ella y entre las seis vírgenes se llega al crucero, presidido por Cristo crucificado y donde se encuentran las tumbas de Francisco Franco y Primo de Rivera.

No voy a centrarme mas en detalles, pues todo está en Internet. Pero, por favor, eviten páginas web de información sesgada o manipulada, con la Wikipedia vale para empezar.

Con dificultades para apartar la mirada de la embriagadora cúpula y dirigiéndome de espaldas hacia la salida, nunca olvidaré la sensación de haber visitado esta explosión de historia y arte, de respeto y honor hacia los más de treintamil españoles caídos por ambos bandos.

Rodeando el monumento bajo la mirada de una cruz de 150 metros de altura, evangelistas y símbolos, me puse a almorzar en la Abadía de la Santa Cruz, un nombre como anillo al dedo dado lo que la preside en la distancia. Y familias con risas pero sin voces, escuchándose poco más que el piar de los pájaros en un entorno natural, tranquilo, relajado y saludable. Tampoco olvidar que fue repoblado y por quién (como tantos entornos españoles que hoy en día están siendo quemados y/o construidos).

Después de una curiosa e interesante conversación con una de las camareras de origen indio, eché un ojo a las habitaciones situadas en la planta superior. Un ambiente seco y sencillo con poco más de una buena limpieza y estupenda iluminación.

Entre la basílica y la abadía/hospedería hay árboles, plantas y pequeños estanques, permitiendo disfrutar la cruz desde atrás, donde muestra el mismo o incluso más esplendor. Zonas de ocio y esparcimiento como campo de fútbol y mesas para merendar, la Sierra de Guardamuros ofrece senderismo através de un bosque de pinos, cipreses, abetos, etc.

Las mentes lobotomizadas por la decadente educación o manipuladas por grupos mediáticos (Prisa, Atresmedia, etc) creo que se sentirán más a gusto haciéndose "selfies" de perfil, una pierna semidoblada, manos en la cintura y labios atrayentes ante héroes pacificadores presidiendo Los Inválidos o Trafalgar Square, por citar algunos con ironía.

En fin, porque recordar, narrar y escribir asienta los viajes, pero cruzo los dedos para que poca gente lea esto, continuando el Valle de los Caídos como un lugar reconciliación y paz. Por cierto, me queda por ver el cercano Monasterio de San Lorenzo del Escorial.

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8 de julio de 2017

Madrid (1): El Prado y el Reina Sofía



El veinticinco aniversario de la inauguración del AVE ha hecho que RENFE ofrezca billetes de 25 euros a modo de celebración. Merece la pena estar de madrugada delante del ordenador y luchar pacientemente con la pésima página web si se obtiene una recompensa como una escapada, más aún teniendo alojamiento gratis.

La última vez que estuve en la capital dejé la maleta en Atocha y entré directo al Museo Nacional de El Prado. Inexperto yo en temas museísticos, pensaba que en un par de horas estaría más que visto. Iluso yo, pues llegó la hora de cerrar cuando sólo tenía vista la mitad de las obras. En esta ocasión repetí la operación, pero cambiando las velocidades. Nada más entrar hice un repaso ligero a lo ya visitado e invertí más tiempo en lo que me quedaba por ver.

Llega uno allí para casi cumplir el trámite porque son unos cuadros más que vistos desde la niñez a través de medios de educación o comunicación. Pero no, nada de eso. Plantarte delante de tan espectaculares obras de arte es un "shock" inesperado y positivo. Muchos pintores españoles con otros tantos extranjeros que están entremezclados en una colección compacta y diversa, representando hechos históricos, cumpliendo encargos concretos o dejándolos a la imaginación.

No voy a entrar a valorar (¡Dios me libre!), pero bajo mi humilde opinión y gusto son Velázquez y Goya quienes se llevan la palma, haciéndome parar el tiempo ante obras de incalculable valor como "La Rendición de Breda" o "Los Fusilamientos del 2 de Mayo". Y no dio para más, que no es poco, y teniendo ya el libro del museo, esta vez tocaron marcapáginas.

Cuarenta minutos en metro para el Ensanche de Vallecas, soltar el equipaje y vuelta al centro para hacer un "kit-kat" con arte alternativo. Se trataba de un concierto más que íntimo de Russian Red en el Círculo de Bellas Artes. Una treintañera pija y delicada que canta y versiona de forma psicodélica y somnolienta, contando supuestos y poco interesantes hechos de su vida entre tema y tema. Ya leí en el tren de ida artículos periodísticos que citaban cómo la chica se echaba novios para que le hicieran discos o la llevaran a vivir a Hollywood. Todo con un muy vacío tono "vintage", "chic", "urban" y Pi.

La mañana siguiente la dediqué al Museo Reina Sofía (abreviado). Es un edificio neoclásico del siglo XVIII que era el Hospital General de Madrid. En el centro de su estructura rectangular se encuentra un patio que permite disfrutar de tranquilidad en pleno centro de la urbe y al que dan los pasillos de las distintas plantas. Lo que eran habitaciones para enfermos encamados son ahora salas de exposiciones, haciendo que las obras de arte estén ligeramente dispersas y habiendo que cambiar de sala a pasillo y de pasillo a sala continuamente. Me recuerda, y guardando las distancias, al Hospital Civil de Málaga, aunque este aún conserva sus funciones originales.

Comencé por una exposición pretoriana y temporal de Picasso alrededor del permanente Guernica. Soy consciente de que en la actualidad el informarse es cosa de las minorías y el criticar sin ton ni son de las mayorías. Yo me encuentro en ambas, pues no hay más que consultar la sencilla Wikipedia para asentarse en el área común de ambas circunferencias. Estamos hablando de una obra discutible artísticamente como cualquiera, pero no históricamente. Se trata de un cuadro encargado por los republicanos para dar pena en la Exposición Internacional de París y que poco resultado práctico les dio. Todavía estoy esperando un cuadro de similar impacto social y económico sobre, por ejemplo, el atentado del Hipercor. Claro que nadie tira piedras sobre su propio tejado.

En el resto de cuadros del museo, ya no sólo en los recién nombrados de Picasso sino en general, hay algunos de forma salpicada que me gustan y colgaría en mi salita, pero no más. De todas formas, el fuego capitalista que mantiene este tipo de "arte" no me lo permitiría dado el vacío de mi bolsillo. Pero sí, algunos de Picasso, Dalí, Gris o Miró dan merecimiento a la entrada, sobre todo si es gratis.

Los modernos ascensores no desentonan con el edificio, llevándome a la última planta. Me sorprendió gratamente el tomarme un piscolabis franquista al girar una esquina, dándole un toque de sabor a la previa del Valle de los Caídos. Y no por ser lo último es lo que menos me gustó, sino más bien al revés. Una gran cantidad de simples dibujos y otras veces imágenes hechas a modo "collage" (no sé si manual o digitalmente) que, tal y como ya cité en mi viaje a Edimburgo, me encantan, representando/combinando hechos históricos y originalidad.

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24 de mayo de 2017

Entre pasos y casetas





















He perdido la cuenta de las veces que he ido a Sevilla desde que era niño, pero resumiendo aproximadamente de cinco años para acá la he visitado para hacer de guía turístico con amigas extranjeras, ver partidos del Málaga CF, coger vuelos o, simplemente, para salir de fiesta. En la mayoría de los casos ha sido aparcando en los alrededores del Mercado de la Puerta de la Carne, cerca del centro pero sin llegar a estar en el tumulto.

Esta vez fui en tren, comenzando el día en la misma zona al bajarme en la estación de San Bernardo y con desayuno saludable en el mercado ya citado. A pesar de estar en remodelación es accesible y está practicable aunque, eso sí, a pesar de tener techo hay que asegurarse cobertura bajo una lona. ¡Las palomas están dentro y no paran de cagar!

Recuerdo la frase de mi profesor de fotografía cuando la estudiaba hace más de diez años, viniendo a decir que "no hay fotografía mal hecha siempre que seas consciente de haberla hecho mal". Pues tal cual lo hice, llevándome una cámara Full Frame como es la Canon EOS 6D con un objetivo no compatible con Full Frame como es el Tamron AF SP 17-50 mm F/2.8 XR Di II LD Aspherical. El resultado es más que evidente, con imágenes muy angulares y viñeteadas. Me ha encantado el método, lo repetiré con frecuencia.

Era el finde entre la Semana Santa y la Feria de Sevilla, siendo posible visitar la ciudad a pesar de ser un hervidero, con tremendas colas para monumentos como el Real Alcázar de Sevilla o la catedral. Por suerte, ya subí a La Giralda unos años atrás, invitado por una hongkonesa (que no una mexicana...). Da gusto callejear de plaza en plaza por el Barrio de Santa Cruz, terminando por la calle Aire, donde se puede disfrutar de baños, masajes e infusiones.

Me gusta probar lugares y cosas nuevas, pero a la hora de comer en Sevilla suelo ir a tiro fijo. Esta vez, entre Las Columnas y Don Eloy, terminé por elegir esta último. Tienen tapas de toda la vida y un atrayente pastel salado y vegetariano que probé y me decepcionó, siendo el interior lo que le da carisma. Cuido mucho mi alimentación, pero hice un remate final en La Campana.

Dejando a un lado el Pasaje de Villasís, recordándolo como alojamiento familiar en mi visita a la Expo'92 (hace ahora 25 años de ello), me acerqué al Metropol Parasol, más conocido como Setas de Sevilla supongo que por su forma. La última vez continué hacia la Plaza de la Alfalfa, aunque en esta ocasión fui en dirección al río, dejando a los lados la Plaza del Duque de la Victoria y el Museo de Bellas Artes. Este último lo visité con unos doce años, cuando tenía alojamiento familiar en San Diego y me pateaba solito la ciudad. ¡Viajar solo está chupado!

El C.C. Plaza de Armas me llevó cerca de la Plaza de Toros de la Maestranza y a cruzar el Guadalquivir. Y continuando con pinceladas de mi pasado, también tuve alojamiento en el Barrio de Triana, esta vez amistoso y para salida nocturnas. La calle Betis a las tres de la tarde no es ideal ni recomendable, aunque sirve igualmente para descubrir el "skyline" catedralicio de la ciudad.

La Torre del Oro fue mi torre guía para volver a cruzar el río, bordear el Pabellón de Portugal y llegar a la Plaza de España. No importa cuantas veces vaya, siempre me impresiona lo mismo o más. Y no es porque en ella se rueden o dejen de rodar superproducciones hollywoodienses, sino por su simple magestuosidad. Las tremendas torres, la combinación de colores, las sombras de sus arcos y la simetría en su construcción. "Spain is different"; sin ironía.

El Puente de Buhaira me recuerda a lo que ya no me acuerdo, todo lo contrario que la avenida del mismo nombre, donde tuve mi enésimo alojamiento familiar en forma de hotel de concentración antes de hacer el Camino de Santiago. Vibrante caminata para encarar la estación de Santa Justa, donde hay más gorriones que en los parques. Falto de justicia el ser humano, tiene que reflexionar rápido sobre ello. Dos horas en el AVE.

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9 de mayo de 2017

Caminito del Rey


























Soy yo el que normalmente organiza los viajes y escapadas, pero en esta ocasión tuve la suerte de que, sin comerlo ni beberlo, fueron mis tíos los que me invitaron y se encargaron de todo. ¡Todo un lujo merecedor de agradecimiento!

A pesar de haber hecho hace unos años una sesión fotográfica de moda por aquellos lares, no he sabido hasta hace poco que hay tren de Málaga a Ronda, y menos aún que hacía parada en El Chorro. Poca memoria infantil la mía, pues antes del AVE era el único acceso ferroviario a la capital, habiendo sido usado por mí mismo en tiempos inmemoriales. Es por ello que debería limitarse el acceso de vehículos privados (especialmente turismos) en la entrada y salida, pues también hay un autobús que conecta ambos puntos.

No suelo estar muy de acuerdo con la humanización de entornos naturales, menos aún de este incomparable Parque Natural. Para eso ya tenemos el resurgimiento de la construcción y su implícita ansia de dinero. También debo reconocer que se trata de un caso peculiar, y no me refiero a la nueva seguridad durante el recorrido respecto a la que había antes, pues quien quería (y quiere, pues he visto gente andando por las vías de tren) hacerse la Lara Croft de turno, allá él. Me refiero a la protección del entorno; flora, fauna y parque en general. Hay incluso vigilantes, muy a lo Jellystone Park.

La espera a la hora de entrada se hace corta entre pinos y eucaliptos, ante las aguas de un gran embalse presidido por la conocida como Casa del Ingeniero. De todas formas, te avisan si puedes entrar antes de tiempo, teniendo que cruzar un túnel de unos cientos de metros y escasa iluminación para llegar a la entrada; llamémosle oficial.

No hace falta tener vértigo para que te impresionen las alturas cuando vas por los tramos del Desfiladero de los Gaitanes de reciente construcción. Aún así, creo que la mente humana no termina de ser consciente por más que sepa que va sobre simples maderas, por muy profesional y firmemente que estén soldadas a la roca. Una imagen vale más que mil palabras, e imaginar lo que se vería en un espejo en el lado contrario haría dar un paso atrás a más de uno. Por cierto, me viene a la cabeza, aunque no especialmente relacionada, la caída de Arthur Galt en Acorralado. ¿No has visto la película? ¡Ya tardas!

En los tramos de terreno sólido hay un par de sitios para descansar y comer disfrutando del paisaje, el cual incluye la version antigua y derruida del Caminito del Rey, túneles y vías de tren, casas a modo de refugio e incluso un área concebida como helipuerto para emergencias.

En paralelo a canales de agua con sus camuflados sapos y bajo la atenta mirada de aves rapaces por el desfiladero, se termina llegando a un antiguo acueducto del que aún surge un imponente chorro de agua. A su lado, un moderno puente colgante y suspendido en las alturas que, no sólo es la imagen representativa y casi icónica del recorrido, sino también punto típico para que valientes e inconscientes paren a tomarse fotografías.

Ya no queda más que subir escalera y bajar cuesta al punto inicial. Toca reponerse y descansar en "La Garganta", comentando la jornada de senderismo frente a la central hidroeléctrica y esperando que los tenebrosos y majestuosos túneles escupan nuestro regreso.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157683077383035

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