25 de diciembre de 2018

Parque del Norte

De igual forma que hay mañanas soleadas de otoño o invierno que aprovecho para sacar a Luna, la perra que no saca un vecino/conocido, otras es a una de mis cámaras a quien saco a pasear. Tras darme una buena caminata para recoger una Compact Flash comprada por Internet me planté en la que podemos llamar entrada oficial del parque.

A pesar de haber nacido y pasado mis primeros once años de vida cerca, no fue hasta hace relativamente poco que lo descubrí, sumándole las remodelaciones y mejoras que le han ido haciendo de un tiempo para acá. A la entrada hay una fuente y muchas flores de llamativos y bonitos colores, estropeado por ser donde se reúnen los borrachos con sus litronas a dar las voces que los delatan.

El parque está en cuesta, y continuando hacia arriba hay un parque infantil y un campo de fútbol en el que se puede jugar un partido a campo entero o varios dividiéndolo. Aquella mañana era esto último, con las voces de los entrenadores dando órdenes y de los padres animando. Había espectadores incluso detrás de las gradas y formando todo un ambiente que me recordaba a tiempos mozos. Hay caminos entre césped donde mucha gente saca al perro a pesar del absurdo cartel de "prohibido perros". Si no sacas al perro en un parque ¿dónde lo sacas? Otra cosa son los puercos dueños que no recogen los excrementos, que es tema aparte.

Más allá de eso hay recinto vallado para dejar sueltos a los animales y que se persigan los unos a los otros, etc. Continuando hay caminitos a distintas alturas donde poderse sentar en sol y sombra bajo un árbol a leer, escuchar música o mirar el móvil (esto último es lo que hace la mayoría). En un lateral hay un campo de baloncesto donde había tres gordas veinteañeras escuchando musicón a todo volumen con un altavoz, gritando y voceando mientras comían patatas fritas. Unas tristes y solitarias máquinas para hacer ejercicio dan paso al parque de monopatines. ¡Ups, perdón! Quería decir "skate park".

La verdad es que está bien montado y decorado, tanto para monopatines como bicicletas, incluyendo un bar y lo que parecen las oficinas de la asociación. En fin, más allá de pros y contras (ahora lo están vallando para que no entren drogadictos y chusmones por las noches), es un parque que me encanta, una estupenda zona de esparcimiento, sobre todo para los vecinos y las vistas que pueden disfrutar desde los bloques altos que rodean todo el recinto.

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30 de noviembre de 2018

Marsella (3)

Como ocurrió en Marrakech, el vuelo de vuelta salía por la tarde (otra cosa fue nosotros), con lo que teníamos toda la mañana para hacer visitas y pasear por Marsella. Por la estatua de la virgen situada tras hotel y estación nos incorporamos a una avenida de lo más vulgar, con talleres de coches, institutos, etc. Es por ello que llama la atención encontrarse un monumento tan importante e impresionante como el Parc Longchamp a la vuelta de la esquina.

La simetría es mi deleite, y esta construcción también lo fue. Dos edificios a los lados conteniendo un museo cada uno de ellos, unas imponentes estatuas, chorros y cascadas de agua (tsss, que podrían ser de chocolate, por ejemplo) y un estanque. Más allá de turistas o viajeros, que tampoco está masificada de ellos la ciudad, había muchos marselleses corriendo y subiendo escalinata por un lado y bajándola por el otro. Un trabajo de piernas más que reseñable.

Ya en la parte techada los toros nos ofrecían una nueva vista de la ciudad, con torres y picos salpicados por aquí y por allá a lo largo de la misma. Despidiéndonos de Notre-Dame en la distancia dimos una vuelta al parque trasero, entre adultos vagabundeando o reflexionando y niños saltando o persiguiendo gatos. Tocaron relax e infusión, silencio y brazos cruzados frente/de espaldas a Longchamp muy a lo Geroge Stobbar en Le Tricolore.

Preguntamos a un joven (más que nosotros) dónde estaba el Jardin Zoologique, quien correcta y educadamente nos indicó usando Google Maps. Le hicimos caso a medias para no cruzar de nuevo donde acabábamos de estar y conocer lo máximo de la urbe. Justo al lado de una parada de metro estaba la entrada a este original zoológico. Y digo esto porque, mas allá de estar enjaulados, los animales eran de plástico. La casa de Hansel y Gretel, un edificio de apariencia árabe que me recordó al del Jardín Majorelle y a buscar comida.

Del Parc Longchamp parte una avenida amplia pero poco concurrida y cuyo movimiento más destacado es el del silencioso y uniforme paso del tranvía por medio de la misma. Estuvimos probando sin éxito el almorzar por varios restaurantes con muy buena pinta y estética, pero el tema de los horarios nos volvió a jugar una mala pasada y terminamos en un bar digamos que de carretera, para entendernos. Filete de ternera con patatas fritas, más vasos que bebidas, el telediario en un soporte en la pared y mucha amabilidad en La Cerise.

Que la lluvia continuara era un plus para despedirnos de Marsella caminando paraguas en mano hacia la estación, en la cual cobran para entrar al servicio. Eso también me ha pasado en Marruecos y Barcelona (que cada uno tome sus conclusiones). También me llamaron la atención, en esta caso más positivamente, los trenes de dos plantas de la SNCF, los mismos que me llevaron de Mónaco a Niza hace más de diez años.

A la hora de valorar la ciudad de Marsella pongo en el lado malo de la balanza al tipo de público que te encuentras por barrios diversos y el ritmo de vida europeo de por allí, incluyendo los horarios de comida y demás. En el lado bueno de las cosas, éstas se me acumulan en la mente al salir como las ovejas de su redil. Las mañanas soleadas en el puerto, las tardes lluviosas sobre la hojarasca, el relax de cafés e infusiones en terrazas de bistrós y pastelerías, los ateliers a través de sus cristaleras y los áticos abuhardillados. ¡Tomo nota!

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Marsella (2)

Los hoteles no solamente están para dormir u otras actividades relajantes, sino que siempre está la opción de subir a la última planta en busca de buenas panorámicas. En esta ocasión estaba situado muy en alto, pudiendo captar torres de iglesias, vías de tren, obreros por los tejados y aves sobrevolando muy al estilo de la intro de Broken Sword.

Esta vez giramos a la izquierda en vez de a la derecha como la mañana anterior. Llegamos a la iglesia de Saint-Vicent de Paul, de estilo neogótico y construida donde antes había una capilla de los Agustinos Reformados. Silencio y bella luz a través de los coloridos rosetones en el interior, Juana de Arco presidiendo el exterior. Retomamos nuestro camino hacia el sur incorporándonos cual afluente a la arteria de Canabière y desembocando, como no podía ser de otra forma, en el mar. Más específicamente, en el puerto.

Una fila de puestecillos de pescado fresco y reciente, tras los cuales llegaban pescadores sonrientes por un amanecer provechoso u otros con el bocadillo de media mañana. El sol era radiante y creaba unos preciosos reflejos de los barcos en el agua. Fuimos bordeando por la parte este en paralelo a tareas como unir cabos o reforzar pinturas exteriores.

Tras terminar el puerto y atravesar un pequeño parque y un gran césped llegamos al Palais du Pharo. Un entorno para grupos escolares, personas sentadas en bancos de frente para disfrutar las vistas y otras sentadas de espalda para poder leer (libros, no móviles) sin dejarse la vista. Enfrente se veía la parte visitada la tarde anterior como una caja de diapositivas, con elementos como fuerte, museo, abadía, catedral y rascacielos, desde lo más cercano a lo más lejano.

Ya escarmentados, comenzamos a buscar dónde comer en modo previsor. Lo que había en una plaza hexagonal no nos convencía, comenzando por un restaurante con la carta en español pero sin chicha ni limoná, hasta un bareto de porretas y perroflautas. Arriesgándonos a quedarnos sin almorzar encaramos la Avenida de la Corse.

Y, como para ganar hay que arriesgar, terminamos dando con un local de comida a lo "prêt-à-porter" pero también con una larga y única mesa para comer allí. Lógicamente elegimos esta segunda opción, sentándonos entre una familia medio numerosa y una pareja mayor. Una comida deliciosa compuesta por un par de "Quiche Lorraine" y una ensalada de quinoa, todo compartido y rematado con un vino tinto.

La encantadora y angelical pareja de al lado fue sustituida por una mujer de unos cincuentaitantos. De físico gordo y de personalidad prepotente, hablaba por teléfono en español y más alto de la cuenta para demostrarnos su supuesta valía. Interrumpió nuestra conversación para contarnos que era dueña de una galería de arte cercana y que estaba esperando al artista en cuestión; un sesentañero sevillano, mas residente en Madrid, tranquilo, sencillo y agradable. La francesa nos dio el folleto de la expo, invitándonos a pasarnos un rato mientras ellos comenzaban a montarla. Tras comprobar que el sevillano era de los de tirar un cubo de pintura contra el lienzo y que la marsellesa pintaba de invitación lo que era petición de mano de obra gratuita, le respondí con mi positivo e irónico "hiii, hiii" de boca abierta y dentadura cerrada. Pagamos y salimos tras la singular pareja para tomarles fotos traicioneras y por la espalda antes de girar a la derecha y encarar la digestión cuesta arriba y sin freno de mano.

En un programa de los #DedondeseanEnElMundo aparecía un personaje diciendo que las distancias entre los puntos de interés eran imposibles de recorrer a pie y que las cuestas eran mortales. Ni una cosa ni la otra, menos aún para quien levanta ochenta y cinco kilos en sentadillas, ¡jojo! Hay tremendas escalinatas por China o Venezuela que quizá algún día compruebe, pero con las de Marsella nos plantamos en Notre-Dame en un plis-plas.

La ciudad tiene muchos emplazamientos desde donde disfrutar de buenas vistas gracias a lo poco llana que es la misma, pero no hay duda de que las mejores son las de aquí. Trescientos sesenta grados que cubren, lógicamente, todo. El puerto y el centro que ya habíamos recorrido, el mediterráneo y sus costas, las montañas que recogen y envuelven la ciudad, el State de Vélodrome y el Châteaun d´If se aprecian a primera vista.

Aparte del interior de la basílica y sus dos santuarios superpuestos, la cripta (sin misterio ni embrujo) y la iglesia (con una mujer ofreciendo Ferrero Rocher y barcos voladores a lo Skies of Arcadia), por el exterior me dediqué a captar discreta (e incluso indiscretamente) a un fotógrafo con sospecha, un joven a lo afro y a Mlle. Brigitte entre monedas y deseos.

La bajada la hicimos por una calle alternativa, muy tranquila salvo por ser la hora de salida de un colegio allá por la sobremesa. Me vinieron a la cabeza la bajada del Bastión de los Pescadores de Budapest y la de Üsküdar hacia la Torre de Leandro en Estambul. La parada y el descanso fueron sentados en la primera fila de la tranquila y silenciosa abadía de Saint-Victor. Muy vacía y acogedora para convertir a coristas en roqueros; a lo celestial en material.

A la salida nos llamaron la atención interminables y enormes bandadas de pájaros pequeños y negros de sudoeste a noreste. Fuimos bordeando lo que parecía un idílico circuito para videojuego de F1, con grandes pistas rodeando un atracadero. Tras jugarnos la vida para cruzar un túnel de F1, esta vez no parecido pero sí cercano (el monegasco, para quien no lo pille), comprobamos que el Fort Saint-Nicolas estaba cerrado por obras.

Necesitábamos comer, y entre ataques de risa sin recordar por qué y brazos cruzados sin saberlo tampoco, entre ratas comiendo en las mesas de un McDonald (cierto y lógico) y mujer teletransportada, hicimos parada en lo que parecía una franquicia pizzera y disfrute de gresca entre el camarero y una ladrona de servilletas (#LaLadronaDeLasServilletas: un título estupendo para Eduardo Mendoza e incluso para mí).

He de reconocer que, por mucho gimnasio al que estés acostumbrado, el cansancio tras kilómetros y horas de caminata es inevitable. Atravesamos el tétrico, recogido y totalmente circular Jardin de la Rotonde (un nombre de lo más currado) y que me recordó al Parque Karlaplan de Estocolmo (salvando las distancias, tanto físicas como de parecido), y también a otra de Roma a rebuscar en mi memoria. Unos pasos más al hotel y a dormir o lo que se tercie.

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29 de noviembre de 2018

Marsella (1)

La habitual matraca de trenes, autobuses y aviones se compensó ligeramente con la cercanía del alojamiento respecto a la estación, concretamente la Gare de Saint-Charles. Nada más bajar la escalera monumental comienza una larga avenida de la que salimos unos metros a la derecha. La fama de la ciudad no tardó en confirmarse con la totalidad de ciudadanos y negocios de origen árabe mientras callejeábamos hacia la Porte d´Aix, recordando y disfrutando a lo largo de la misma de nuestro viaje a Marrakech.

Ya casi llegando al mar me quedé prendado al girar mi cabeza y descubrir lo que había al final de una calle llena de obras y furgonetas de reparto. Se trataba de la Catedral de Marsella, concretamente la parte trasera o cabecera de la conocida como La Major. La bordeamos por la derecha, dando al puerto, y nos introdujimos en su interior.

El barrio de al lado es ese de muchas ciudades que era olvidado y recientemente tenido en cuenta, un típico soho de restaurantes alternativos, talleres originales y pintadas artísticas, todo combinado con yonkis y descampados. La cosa es que accedimos a él en busca de comida, pero descubrimos que en Francia, por muy al sur que estés, se come a horario guiri (me recuerda a Génova). Acompañados por los retortijones, y tras buscar cerca del MuCEM (Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo), terminamos almorzando perrito caliente y en lo último que quedaba abierto. Y porque hablo portugués...

El Fort Saint-Jean es más bien pequeño, pero aún así hicimos eso de salir por un lado de la plaza central y aparecer por otro repetidas veces, hasta por fin recorrernos todo el laberinto creado en nuestras mentes. Tanto la torre del propio fuerte como la parte superior del museo al que se llega por un puente metálico ofrecen vistas del puerto, la fortaleza de enfrente y Notre-Dame en las alturas.

Dejando a izquierda y derecha la iglesia de Saint-Laurence y una estatua de dudoso significado respectivamente, terminamos por bajar al puerto. Paseando por el lateral norte y pasando por la noria, encaramos la calle o avenida de Canebière, por fin una zona no tan desierta como el resto. No sólo que había muchas tiendas y transeuntes, sino que con sólo meterse por una calle perpendicular se aparecía en esa frustrada aspiración a medina quedada en un gueto sin más. Si en sus países y ciudades de origen tienen su encanto, en Europa es la enésima confirmación de su falta de respeto e integración. Plazoletas llenas de puestecillos, basura por el suelo, gritos y mal olor.

El lado positivo de aquello era que, tras hacer unas compras en un supermercado ecológico, aprovechamos esa falta de adaptación de los moros a los horarios franceses para cenar un decente kevap al lado de la Porte d´Aix y cercanos al hotel. Tenían hasta un compi para atender en español, el cual se llevó las manos a la cabeza cuando le pregunté si lo de una foto de la carta era cerdo. No, encima tengo que ser yo quien esté pendiente de sus costumbres, ¡no te digo!

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19 de octubre de 2018

Ciudad Real y Almagro

La vida me gusta tranquila y ordenada, lo cual no descarta planes repentinos o de última hora. Eso sí, no me encuentro a gusto entre el sí y el no. Esta vez me decidí por el sí y aparecí en la estación de tren de Ciudad Real sobre las diez y media de la mañana. Un zumo de naranja y limón tras mi desayuno tempranero y para el centro.

La ciudad estaba desierta, no sé si por ser fin de semana o por ser castellana-manchega si más. Sólo al llegar al centro empezaba a haber cierta actividad. La Plaza Mayor está presidida por el ayuntamiento y sus cuatro cristaleras puntiagudas. En el lado opuesto está la estatua de Alfonso X el Sabio tras los chorros de una fuente y la Casa del Arco con su reloj carillón y las figuras autómatas (me recuerdan a los videojuegos "Final Fantasy VIII" y "Syberia", así como al libro "Las Luces de Septiembre") de Miguel de Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza.

Echamos una muy buena mañana en busca de iglesia y catedral; debatiendo y compartiendo temas e informaciones diversas. Hicimos un poco de teatro para hacerle fotos a unos abuelos sin que se dieran cuenta, preguntamos a la policía por un monumento que teníamos al lado y discernimos sobre los niños que mean en los árboles. En la iglesia de San Pedro pudimos entrar en mitad de una misa; en la catedral no, pero rodeamos la plaza entre los invitados de una boda recién terminada la ceremonia.

Estuvimos un rato al lado del coche esperando que dieran las dos para evitar multa, hora que coincidía con la reserva en el "Carmen Carmen Resto-Bar". Decoración original, camareros con tirantes (ellas también), planta baja, sótano y patio interior, carta más que decente y precio final desconocido por mi parte (¡gracias por la elección, reserva e invitación!). Le vi el pito a un abuelo porque el cuarto de baño tenía roto el pestillo.

Tras acercarnos a la Puerta de Toledo para echarle un ojo nos dirigimos por los campos de Castilla, entre tractores y bicicletas, al cercano pueblo de Almagro. Esta vez atravesamos una boda rimbombante, de mucho continente y poco contenido, hasta llegar a la Plaza Mayor. El Corral de Comedias fue fácil de encontrar siguiendo a las multitudes y, entre la discapacidad del visitante y el estrés de la recepcionista, dentro que nos plantamos. Lo esperaba más grande en cuanto a longitud y anchura, pero lo compensaban las dos plantas superiores. Mientras un guía de poca monta contaba la historia de forma soporífera y monótona aprovechamos para echar fotografías.

Nos echaron porque iba a comezar una obra de teatro y nos sentamos en el barecillo de al lado a tomar agua con gas (la sin gas fue usada para refrescar el suelo) y té verde respectivamente (dando por hecho que primero cito a la tercera persona y luego a la primera que está aquí narrando). La intuida estafa de ir al baño cuando realmente era a pagar (no había ni baño) continúo con un paseo entre silenciosas callejuelas con casitas blancas de las que las abuelas sacan las sillas para refrescarse cuando se está yendo el sol.

Después de seguir a una mujer pasota a la que le preguntamos desorientados, descartando el Parador Nacional mas parándonos a mirar por la cristalera un elegante hotel pensando que era él, dedicamos la vuelta a la capital intercambiando ideas y aspiraciones vitales al anochecer.

Once horas que pasaron volando sirvieron para quitar sospechas y dudas de un solo plumazo, más allá de que ahora esté usando bolígrafo y en breve teclado. El tiempo es oro y en qué invertirlo es clave. No sé cómo lo haría en el Banco de España, pero en esta ocasión me forré. Counting down the days!

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23 de septiembre de 2018

Palacio Episcopal

Una de esas mañanas ya cercanas al otoño, pero en las que aún el sol pega con dureza, fui a visitar este histórico edificio malagueño. Construido en el siglo XVIII y reconstruido y rehabilitado en épocas posteriores, se encuentra en el mismo centro de la ciudad, en la Plaza del Obispo y junto a la Catedral de Málaga.

Hay dos zonas al aire libre: un patio al que se accede nada más entrar, más cerrada y menos luminosa; un jardín más al aire libre y con su fuente y árboles. Este último especialmente tranquilo y silencioso a pesar de la cantidad de gente que circunda el entorno. También es un reciento abierto, lógicamente, la cubierta de la catedral, a la que se puede subir comprando la entrada en el mismo palacio.

En la planta baja puede visitarse la exposición permanente del Museo Diocesano del Arte Sacro de Málaga, mientras que en la primera están las exposiciones temporales, siendo la de Francisco Buiza la que yo vi. Todo ello valorando y disfrutando la escalera imperial, cuya subida termina frente a la entrada de la bonita capilla.

Ya a la hora de comer y fuera del palacio visité el museo o sala de exposiciones recientemente abierto Ifergan Colleccion, situado en una paralela trasera al Mercado Central. Es pequeño y coqueto, pero tiene mucho que ofrecer en lo referido a historia y arte, rematando la oferta con un porcentaje de descuento en el restaurante de al lado (Snack Jerusalem) y, posiblemente, del mismo dueño. Ofrece comida mediterránea y especialmente judía de buen sabor y precio, con unos cuadros temáticos que merecen que se les eche un vistazo.

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7 de septiembre de 2018

Estambul (5)

Cuanto más sabes o conoces de la ciudad más lugares te vas apuntando para visitar. En esta lista, aparte del Palacio de Dolmabahce, había varios museos que me causaban cierto interés, como el Museo Arqueológico, el Museo de Arte Turco e Islámico o el Museo de Arte Moderno. De todas formas, si el día anterior preferí innovar e irme a Uskudar, en esta ocasión me atraía visitar las Islas Príncipe de las que me enteré de su existencia de refilón.

Elegí de forma prácticamente aleatoria, entre las cuatro islas pobladas de las ocho existentes, la de Heybeliada. El viaje en ferry es de una hora y media, llamándome la atención el hombre que lo recorría con su bandeja de zumos de naranja e infusiones entre viajeros, pasillos y meneos de la navegación. Pero el verdadero espectáculo era el de otro hombre que ponía su mesita ante todas las bancas para llevar a cabo la demostración de lo maravilloso que era su pelador de frutas y verduras. Cada vez sacaba una más grande de la bolsa y la cortaba a la voz de "¡¡¡ooohhh!!!" como exclamación de sorpresa. El público, lejos de ignorarlo o aburrise, respondía con el mismo grito de admiración e incluso aplaudía. Y no sólo eso, sino que cuando terminó su exhibición más de la mitad del pasaje se acercó a comprarle el producto.

Nada más bajarme di con una tiendecilla callejera del que colgaban decenas de lo que precisamente quería comprar para dos personas en particular y a precios de risa respecto a la ciudad. Comencé la visita a la isla en sentido opuesto a la agujas del reloj y pagando por entrar en un parque natural. A la izquierda eran todos pinos y a la derecha áreas de sol y sombra a donde llevarse el tape y echar el día.

Disfrutando de las muy bonitas vistas al mar, las islas de alrededor e incluso de Estambul a lo lejos (sobre todo la parte asiática) comencé a colarme entre coloridas construcciones otomanas. A pesar del turismo, este sólo deambulaba por la calle principal o central, surgiendo de ella cuestas con más casitas y tranquilidad. Llegué a una bifurcación en la que un perro (de los grandes, como todos los de allí) aprovechaba su puesto de sombra, comida y agua.

Terminé dando con lo que parecía un cuartel militar y terminó siendo un colegio/instituto. Había rodeado la parte noreste de la isla y me senté a almorzar en la zona del puerto donde desembarqué. Tras echarle un ojo al mapa, me lancé a darle la vuelta a la otra parte de Heybeliada recién comida una hamburguesa y bajo el solano de las tres de la tarde, esta vez sí en la dirección de las agujas del reloj. Por aquí había menos turismo (aparte de los que iban en los alocados carromatos de caballo) y más viajeros con ganas de trabajar piernas de lo lindo.

Durante la considerable caminata que me di (de antemano y en el móvil me parecía más ligerita) pasé por al lado de una playa de acceso privado con guiris/chusmones tumbados vuelta y vuelta con multitud de yates y veleros anclados frente a ellos. Continué cruzándome o adelantando a algún que otro grupo de aventureros hasta llegar a un asentamiento de caserones destartalados, con una pared de cemento, otra de madera y un techo de uralita. Allí es donde parecían vivir tanto los caballos como los dueños/conductores de los autos locos que rodeaban toda la isla con turistas del montón.

Con la botella de agua más que vacía y mi estado físico en alarma continué mi senderismo siempre acompañado por las chicharras. Por suerte, fui precavido y llevaba gorra y gafas de sol, lo que me permitió alcanzar la zona otomana, bajar esta hacia el puerto, echar un rato a la sombra, aguantar al vendedor del pelador de frutas y verduras y plantarme en tierra firme y continental.

Adelanté a un trío sospechoso en una escalinata que me encantó (ironía OFF), atravesé por enésima y última vez Taksim y bajé hasta el hotel. Allí, supercansado, tumbado y mirando al techo, me animé a convertir aquel punto y final en un punto y aparte, no terminando el viaje aún. Así, con mis ansias de ver sitios nuevos y aprovechar el tiempo, continué descansando durante veinte o treinta minutos sentado en un taxi a través de la megalópolis. El modo "Outrun" ya citado en mi primera entrada sobre Estambul se convirtió en barrios de cuestones y callejones tras cruzar el Cuerno de Oro. El taxista tuvo que preguntar un par de veces hasta llegar al bistró de Pierre Loti, nombre y estética que me retrotrajeron a la primera localización tras la intro de Broken Sword, pero sin templarios, payasos o explosiones. Una larga fila de mesitas con mantel de cuadros blancos y rojos para tomar cafés e infusiones al anochecer.

Rápidamente huí del mirador de abajo y de mi misma faz tras foto que pedí que me hicieran. La bajada era otro mundo; el de los muertos concretamente. Más silencioso y relajado anduve a través del cementerio. Nunca había estado en uno musulmán, sin cruces pero con muchas flores sobre las tumbas. También se podía considerar el hábitat de los gatos, muy dispuestos y acostumbrados a ser fotografiados con lo que tenía allí colgado. Me inventaba e imaginaba una película de Disney donde las decenas de gatos que vivían en el cementerio hablaban y comentaban sus historietas hasta que ocurría lo inesperado. Resulta que acabo de poner en Google "la ciudad de los gatos" y... ¡sorpresa! Lo primero que me aparece es "ESTAMBUL, la ciudad de los gatos". En fin, quizá hasta me denuncie Pérez-Reverte por esto de humanizar animales urbanos o de compañía.

Desemboqué en la concurrida plaza de Eyup, mismo nombre del cementerio y de la mezquita que se encuentra en ella y, en general, de todo el barrio o distrito. Y ahí terminó mi viaje, entre el taxi que me llevó esa noche al hotel y el que me recogió a la mañana siguiente en el mismo. Un viaje en el que no se cumplió el primer plan que tenía (o más bien, que no tenía) en mi cabeza ni me acompañó la persona que deseaba (y que también tenía en ella). Nada de esto implica que el viaje haya sido un fracaso, sino, más bien, todo lo contrario. Sólo toca cambiar el punto de vista o perspectiva para valorar la ciudad extranjera en la que más tiempo he estado, más kilómetros he recorrido y más cantidad y variedad de sitios he visitado. Con todo esto la incluyo en el Top10, e incluso Top5, de mis ciudades preferidas y en las que no me importaría vivir. La próxima vez me llevo a Chuky.

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