19 de octubre de 2018

Ciudad Real y Almagro

La vida me gusta tranquila y ordenada, lo cual no descarta planes repentinos o de última hora. Eso sí, no me encuentro a gusto entre el sí y el no. Esta vez me decidí por el sí y aparecí en la estación de tren de Ciudad Real sobre las diez y media de la mañana. Un zumo de naranja y limón tras mi desayuno tempranero y para el centro.

La ciudad estaba desierta, no sé si por ser fin de semana o por ser castellana-manchega si más. Sólo al llegar al centro empezaba a haber cierta actividad. La Plaza Mayor está presidida por el ayuntamiento y sus cuatro cristaleras puntiagudas. En el lado opuesto está la estatua de Alfonso X el Sabio tras los chorros de una fuente y la Casa del Arco con su reloj carillón y las figuras autómatas (me recuerdan a los videojuegos "Final Fantasy VIII" y "Syberia", así como al libro "Las Luces de Septiembre") de Miguel de Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza.

Echamos una muy buena mañana en busca de iglesia y catedral; debatiendo y compartiendo temas e informaciones diversas. Hicimos un poco de teatro para hacerle fotos a unos abuelos sin que se dieran cuenta, preguntamos a la policía por un monumento que teníamos al lado y discernimos sobre los niños que mean en los árboles. En la iglesia de San Pedro pudimos entrar en mitad de una misa; en la catedral no, pero rodeamos la plaza entre los invitados de una boda recién terminada la ceremonia.

Estuvimos un rato al lado del coche esperando que dieran las dos para evitar multa, hora que coincidía con la reserva en el "Carmen Carmen Resto-Bar". Decoración original, camareros con tirantes (ellas también), planta baja, sótano y patio interior, carta más que decente y precio final desconocido por mi parte (¡gracias por la elección, reserva e invitación!). Le vi el pito a un abuelo porque el cuarto de baño tenía roto el pestillo.

Tras acercarnos a la Puerta de Toledo para echarle un ojo nos dirigimos por los campos de Castilla, entre tractores y bicicletas, al cercano pueblo de Almagro. Esta vez atravesamos una boda rimbombante, de mucho continente y poco contenido, hasta llegar a la Plaza Mayor. El Corral de Comedias fue fácil de encontrar siguiendo a las multitudes y, entre la discapacidad del visitante y el estrés de la recepcionista, dentro que nos plantamos. Lo esperaba más grande en cuanto a longitud y anchura, pero lo compensaban las dos plantas superiores. Mientras un guía de poca monta contaba la historia de forma soporífera y monótona aprovechamos para echar fotografías.

Nos echaron porque iba a comezar una obra de teatro y nos sentamos en el barecillo de al lado a tomar agua con gas (la sin gas fue usada para refrescar el suelo) y té verde respectivamente (dando por hecho que primero cito a la tercera persona y luego a la primera que está aquí narrando). La intuida estafa de ir al baño cuando realmente era a pagar (no había ni baño) continúo con un paseo entre silenciosas callejuelas con casitas blancas de las que las abuelas sacan las sillas para refrescarse cuando se está yendo el sol.

Después de seguir a una mujer pasota a la que le preguntamos desorientados, descartando el Parador Nacional mas parándonos a mirar por la cristalera un elegante hotel pensando que era él, dedicamos la vuelta a la capital intercambiando ideas y aspiraciones vitales al anochecer.

Once horas que pasaron volando sirvieron para quitar sospechas y dudas de un solo plumazo, más allá de que ahora esté usando bolígrafo y en breve teclado. El tiempo es oro y en qué invertirlo es clave. No sé cómo lo haría en el Banco de España, pero en esta ocasión me forré. Counting down the days!

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23 de septiembre de 2018

Palacio Episcopal

Una de esas mañanas ya cercanas al otoño, pero en las que aún el sol pega con dureza, fui a visitar este histórico edificio malagueño. Construido en el siglo XVIII y reconstruido y rehabilitado en épocas posteriores, se encuentra en el mismo centro de la ciudad, en la Plaza del Obispo y junto a la Catedral de Málaga.

Hay dos zonas al aire libre: un patio al que se accede nada más entrar, más cerrada y menos luminosa; un jardín más al aire libre y con su fuente y árboles. Este último especialmente tranquilo y silencioso a pesar de la cantidad de gente que circunda el entorno. También es un reciento abierto, lógicamente, la cubierta de la catedral, a la que se puede subir comprando la entrada en el mismo palacio.

En la planta baja puede visitarse la exposición permanente del Museo Diocesano del Arte Sacro de Málaga, mientras que en la primera están las exposiciones temporales, siendo la de Francisco Buiza la que yo vi. Todo ello valorando y disfrutando la escalera imperial, cuya subida termina frente a la entrada de la bonita capilla.

Ya a la hora de comer y fuera del palacio visité el museo o sala de exposiciones recientemente abierto Ifergan Colleccion, situado en una paralela trasera al Mercado Central. Es pequeño y coqueto, pero tiene mucho que ofrecer en lo referido a historia y arte, rematando la oferta con un porcentaje de descuento en el restaurante de al lado (Snack Jerusalem) y, posiblemente, del mismo dueño. Ofrece comida mediterránea y especialmente judía de buen sabor y precio, con unos cuadros temáticos que merecen que se les eche un vistazo.

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7 de septiembre de 2018

Estambul (5)

Cuanto más sabes o conoces de la ciudad más lugares te vas apuntando para visitar. En esta lista, aparte del Palacio de Dolmabahce, había varios museos que me causaban cierto interés, como el Museo Arqueológico, el Museo de Arte Turco e Islámico o el Museo de Arte Moderno. De todas formas, si el día anterior preferí innovar e irme a Uskudar, en esta ocasión me atraía visitar las Islas Príncipe de las que me enteré de su existencia de refilón.

Elegí de forma prácticamente aleatoria, entre las cuatro islas pobladas de las ocho existentes, la de Heybeliada. El viaje en ferry es de una hora y media, llamándome la atención el hombre que lo recorría con su bandeja de zumos de naranja e infusiones entre viajeros, pasillos y meneos de la navegación. Pero el verdadero espectáculo era el de otro hombre que ponía su mesita ante todas las bancas para llevar a cabo la demostración de lo maravilloso que era su pelador de frutas y verduras. Cada vez sacaba una más grande de la bolsa y la cortaba a la voz de "¡¡¡ooohhh!!!" como exclamación de sorpresa. El público, lejos de ignorarlo o aburrise, respondía con el mismo grito de admiración e incluso aplaudía. Y no sólo eso, sino que cuando terminó su exhibición más de la mitad del pasaje se acercó a comprarle el producto.

Nada más bajarme di con una tiendecilla callejera del que colgaban decenas de lo que precisamente quería comprar para dos personas en particular y a precios de risa respecto a la ciudad. Comencé la visita a la isla en sentido opuesto a la agujas del reloj y pagando por entrar en un parque natural. A la izquierda eran todos pinos y a la derecha áreas de sol y sombra a donde llevarse el tape y echar el día.

Disfrutando de las muy bonitas vistas al mar, las islas de alrededor e incluso de Estambul a lo lejos (sobre todo la parte asiática) comencé a colarme entre coloridas construcciones otomanas. A pesar del turismo, este sólo deambulaba por la calle principal o central, surgiendo de ella cuestas con más casitas y tranquilidad. Llegué a una bifurcación en la que un perro (de los grandes, como todos los de allí) aprovechaba su puesto de sombra, comida y agua.

Terminé dando con lo que parecía un cuartel militar y terminó siendo un colegio/instituto. Había rodeado la parte noreste de la isla y me senté a almorzar en la zona del puerto donde desembarqué. Tras echarle un ojo al mapa, me lancé a darle la vuelta a la otra parte de Heybeliada recién comida una hamburguesa y bajo el solano de las tres de la tarde, esta vez sí en la dirección de las agujas del reloj. Por aquí había menos turismo (aparte de los que iban en los alocados carromatos de caballo) y más viajeros con ganas de trabajar piernas de lo lindo.

Durante la considerable caminata que me di (de antemano y en el móvil me parecía más ligerita) pasé por al lado de una playa de acceso privado con guiris/chusmones tumbados vuelta y vuelta con multitud de yates y veleros anclados frente a ellos. Continué cruzándome o adelantando a algún que otro grupo de aventureros hasta llegar a un asentamiento de caserones destartalados, con una pared de cemento, otra de madera y un techo de uralita. Allí es donde parecían vivir tanto los caballos como los dueños/conductores de los autos locos que rodeaban toda la isla con turistas del montón.

Con la botella de agua más que vacía y mi estado físico en alarma continué mi senderismo siempre acompañado por las chicharras. Por suerte, fui precavido y llevaba gorra y gafas de sol, lo que me permitió alcanzar la zona otomana, bajar esta hacia el puerto, echar un rato a la sombra, aguantar al vendedor del pelador de frutas y verduras y plantarme en tierra firme y continental.

Adelanté a un trío sospechoso en una escalinata que me encantó (ironía OFF), atravesé por enésima y última vez Taksim y bajé hasta el hotel. Allí, supercansado, tumbado y mirando al techo, me animé a convertir aquel punto y final en un punto y aparte, no terminando el viaje aún. Así, con mis ansias de ver sitios nuevos y aprovechar el tiempo, continué descansando durante veinte o treinta minutos sentado en un taxi a través de la megalópolis. El modo "Outrun" ya citado en mi primera entrada sobre Estambul se convirtió en barrios de cuestones y callejones tras cruzar el Cuerno de Oro. El taxista tuvo que preguntar un par de veces hasta llegar al bistró de Pierre Loti, nombre y estética que me retrotrajeron a la primera localización tras la intro de Broken Sword, pero sin templarios, payasos o explosiones. Una larga fila de mesitas con mantel de cuadros blancos y rojos para tomar cafés e infusiones al anochecer.

Rápidamente huí del mirador de abajo y de mi misma faz tras foto que pedí que me hicieran. La bajada era otro mundo; el de los muertos concretamente. Más silencioso y relajado anduve a través del cementerio. Nunca había estado en uno musulmán, sin cruces pero con muchas flores sobre las tumbas. También se podía considerar el hábitat de los gatos, muy dispuestos y acostumbrados a ser fotografiados con lo que tenía allí colgado. Me inventaba e imaginaba una película de Disney donde las decenas de gatos que vivían en el cementerio hablaban y comentaban sus historietas hasta que ocurría lo inesperado. Resulta que acabo de poner en Google "la ciudad de los gatos" y... ¡sorpresa! Lo primero que me aparece es "ESTAMBUL, la ciudad de los gatos". En fin, quizá hasta me denuncie Pérez-Reverte por esto de humanizar animales urbanos o de compañía.

Desemboqué en la concurrida plaza de Eyup, mismo nombre del cementerio y de la mezquita que se encuentra en ella y, en general, de todo el barrio o distrito. Y ahí terminó mi viaje, entre el taxi que me llevó esa noche al hotel y el que me recogió a la mañana siguiente en el mismo. Un viaje en el que no se cumplió el primer plan que tenía (o más bien, que no tenía) en mi cabeza ni me acompañó la persona que deseaba (y que también tenía en ella). Nada de esto implica que el viaje haya sido un fracaso, sino, más bien, todo lo contrario. Sólo toca cambiar el punto de vista o perspectiva para valorar la ciudad extranjera en la que más tiempo he estado, más kilómetros he recorrido y más cantidad y variedad de sitios he visitado. Con todo esto la incluyo en el Top10, e incluso Top5, de mis ciudades preferidas y en las que no me importaría vivir. La próxima vez me llevo a Chuky.

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31 de agosto de 2018

Estambul (4)

A poco de alejarme de Taksim hacia el norte todo estaba más calmado, dando ejemplo de ello el Macka Park (también Demokracy Park). Nada más entrar me crucé con un grupo de jardineros cargados de utensilios y manos a la obra, y es que los parques de la ciudad están muy cuidados. Este es alargado y ligeramente inclinado, con zonas tanto de esparcimiento y relax como de recreo infantil. Me hicieron gracia las fuentes grandes y circulares, situadas en cascada una respecto a las otras, donde los niños disfrutaban como si de piscinas se tratara. Quién diría que hace año y medio hubo un atentado allí, con policías y civiles como víctimas mortales.

Dirigiéndome hacia el nivel del mar dejé a mi derecha el estadio del Besiktas, uno de los principales  equipos de fútbol de Estambul junto al Galatasaray y el Fenerbahce. Con "sólo" cruzar la carretera de la costa (hay que poner en riesgo la integridad física) me planté bajo/ante la Torre del Reloj perteneciente y precedente al Palacio de Dolmabahce. Con el mismo nombre del palacio y su torre también se encuentra la mezquita adyacente. Por suerte, no eran mis objetivos del día, pues me apetecía algo diferente a taquillas, colas y esperas.

Mi plan era pisar Asia por primera vez en mi vida, para lo que fui a la terminal de ferris de Kabatas. Me dijeron que allí era para las Islas Príncipe, que para Uskudar (la parte asiática de Estambul) partían desde el otro lado del palacio. Hacia allí me dirigí, con una pared muy continuada y con plantas colgantes a mi izquierda y el Museo Marítimo a mi derecha. Uhm... Eso de Islas Príncipe se me quedó archivado y pendiente de consulta.

Tras disfrutar la sensación de poner pie en suelo asiático continué, como comencé la mañana, caminando hacia el norte pero desde el otro lado del Estrecho del Bósforo. Y sí que había camino, mas me hacía masoca al andar. Mientras me pasaban continuamente taxis y autobuses por un lado y calles muy brasileñas por el otro. Sí, de esas en las que las aceras están al mismo nivel que la calzada empedrada, todo con casas coloridas y árboles frondosos. Me entraron ganas de bailar samba como Bobobo (vean la imagen en Google). ¡Ay! Los efectos de patearme Estambul bajo el sol del  mediodía...

Todavía quedaba mas de una hora para el cierre del Palacio Beylerbeyi, aprovechando pues para almorzar en un pequeño muelle o embarcadero. Me pedí un lomo de salmón fresco y recién hecho; vuelta y vuelta y al plato. ¡Salmón sí, siempre salmón! Un lujazo viendo los barcos pasarme por al lado, el otro lado de la ciudad y el enorme puente que acababa de atravesar por un túnel semiartísticamente decorado.

Los jardines del palacio son sosegados, invitando a sentarse a leer como hacía una mujer o a tomarse un café como hacían dos hombres, todo con no más sonido que el del chorro de una fuente de la terraza. Entre monumentos llamativos y estatuas de animales se descubre un portón metálico que da directamente al mar. Aparte de que se le da una capa de pintura cada dos por tres, porque estaría oxidado si no, dibuja en la mente la escena de un burgués poniendo pie en tierra mientras un plebeyo le da la bienvenida y la mano al bajar.

El parque continúa a distintos niveles de altura cual plantación de arroz. Yo, como diría el padre de Bobobo, pasé por al lado de un "prohibido el paso" pelillos a la mar (continuaba con pelo y estaba al lado del mar). Si había poca gente abajo, aún menos arriba. Entre estanques iba fotografiando plantitas y florecitas hasta que se me acercó un policía, desde un grupo de ellos con mirada de malas pulgas, a revisar mis últimas imágenes tomadas y a decirme que me largara. De hecho, hay un protocolo de actuación antirrerorista en la policía turca que dice: - ¡Nos fotografían flores, señor! - Pues revisad cámaras o algo, por Dios!

Entré a echarle un ojo al área recreativa que se encuentra justo al lado del palacio, fotografiando a niños lanzándose al agua como locos e intentando entender lo que me decía un simpático y alegre hombre en turco (¿para qué lo intenté?). Tras ello, di por supuesto que todos los autobuses iban hacia el centro de Uskudar, desde donde comencé la ida. Crucé los dedos para que me quedara dinero en la tarjeta de transporte urbano y poder hacer la vuelta. Todo salió bien.

Cerca de la plaza central, entre supermercados, mezquitas y barcos que vienen y van se encuentra el mercado. Unas terracitas por fuera y conversaciones de puesto a puesto en el interior. Pequeño, coqueto y de barrio. Me compré una mochila de la tan de moda marca Fjallraven. Creo recordar que estaba a unos irresistibles 10€ pero, mientras buscaba monedas en mi cartera, el hombre me dijo que venga, que con 5€ era suficiente. Por lo visto no hay ni que regatear, sino que te rebajan porque sí, sin decirles nada. Creo que salí de allí reflexionando sobre la diferencia de turcos y moros que de Santa Sofía o la Mezquita Azul...

En los alrededores del mercado me crucé con lo que ya era la repanocha. Un puestecito clavado sobre la hierba, con su techo para dar sombra y su comedero y bebedero. Tenía los logos de Uskudar, imágenes de perros y gatos y una frase que venía a decir: "Pequeños amigos; buenos amigos". Delante y a la sombra, un precioso gato callejero sobando en plena siesta (una de las mil que hacen a lo largo del día).

Me zambullí en pleno distrito a sumergirme en su día a día, dejando una línea de bares donde todo el mundo veía el mundial a mi izquierda, comenzando a subir cuestas y más cuestas, con sol y más sol. Las casas otomanas se mezclaban con bloques de los sesenta o setenta, con tiendas, colegios e incluso pequeñas mezquitas e incluso cementerios de por medio. Ya a la vuelta y cuesta abajo, tras atravesar mercadillos callejeros cubiertos con lonas y merendar una de esas tremendas pizzas alargadas tipo turco, presencié una llamativa escena.

En una plaza/parque considerablemente grande y arbolada escuchaba un tumulto y murmullo conforme cruzaba. Resultó ser una pelea entre mujeres intentando matarse literalmente, con patadas y puñetazos a la cara intercalados con tirones de pelo. Un grupo también de mujeres, supongo que de uno y otro bando, no llegué a saber si intentaban separarlas, animarlas o incluso participar. A pesar de que la gente miraba, tampoco es que estuviera especialmente sorprendida. Parece que allí hacen eso en plena calle, no sólo de puertas hacia adentro como más de una vez he vivido personalmente en mi país.

También lo digo una y otra vez: bloques no muy altos y sin tiendas son mi predilección y debilidad para vivir. Hojas callendo por los balcones, gorriones piando de rama en rama, paredes llenas de sencillos mosaicos y un coche de higo a breva. Otro barrio a apuntar en mi lista de "A donde me mudaré en esta vida o en las posteriores" y desembocando en pleno paseo marítimo, todo un plus.

Entre chiringuito y chiringuito no había arena, sino cuatro o cinco escalones de cemento dando a las rocas y al mar. Empezaba a concentrarse gente por allí, con lo que me apresuré a pillar sitio. Mientra me tomaba con lentitud y calma la infusión que me acababan de traer, iba combinando ratos de fotografiar con otros de pleno relax, mirando a la preciosa Torre de la Doncella (o también de Leandro) en primer plano y a todo el lado europeo de Estambul de fondo. El sol se iba poniendo, la escena tendía a cálida y yo venga a disfrutar como "cuando en tu mente no hay más que lo que ves".

Igual que por la mañana caminé en paralelo al mar hacia el norte desde el muelle, esta vez lo hacía hacia él. Si la ida fue en barco, la vuelta fue a través del túnel submarino más hondo del mundo y por donde pasa el relativamente moderno y nuevo Marmary (Marmara + Ray). Durante travesía salió de un joven que iba con sus amigos el orientarme por las mil vías, paradas, escaleras mecánicas y demás. No recuerdo si sirio o irani, la mar de simpático y agradable, por lo que le di mi número de móvil cuando me lo pidió. Pero, claro, cambiando uno de los números. ¡Nunca te fíes de lo que dice el Tato, que escuchó el Luiii que vio el Mortadelo!

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25 de agosto de 2018

Estambul (3)

En la mañana del tercer día me planté en la Cisterna de la Basílica, el más grande de los aproximadamente sesenta almacenes subterráneos de agua de la ciudad. Por lo visto fue construido hace siglos para asegurarse de tener recursos hídricos más allá de presas y embalses a la vista de los enemigos. No sé si es que no lo han terminado aún o que estaba en obras, pero es un tema que cansa y aburre, sobre todo en plena época turística.

Nada más bajar las escaleras me encontré un hombre, con un disfraz poligonero para despedida de soltero y ofreciendo, sobre todo a los niños, una foto con él. Me recordaba a reyes o pajes navideños en El Corte Inglés, pero con menos clase; o, mejor aún, a las Cuevas de Nerja. Perdón, pero me lo perdí en el modulillo que estudié, ¿qué gracia tiene hacer fotografías a turistas con flashazos en la cara en tenebrosas y oscuras cuevas subterráneas? Pasemos página...

Decenas o cientos de columnas a las que el agua a penas cubría un palmo y entre las cuales había una pasarela para la visita. Luz tenue y cálida para las que se necesitaría trípode y paciencia, de lo que carecía entre "selfies" de pavas, por lo que no he subido fotos de allí. Al final del camino había una profunda cuba con agua donde carpas y/o barbos parecían disfrutar del chorro que les caía. Las dos últimas columnas tienen en la base la grabada cara de Medusa, de forma tumbada y ladeada o bocabajo por temas griegos y gorgonas.

Por la misma avenida pasa el tranvía, siguiendo yo esta vez sus raíles hacia el oeste y encontrándome en el Gran Bazar. Esta vez lo hacía al revés, comenzando por la parte superior y apareciendo por la parte inferior, siempre bajo la atenta mirada del Ojo de Fátima a la enésima potencia.Ya fuera del mercado como tal, pero casi aún más hervidero de personas para acá y para allá, paré a almorzar. La importancia de este hecho fue el pedirme de postre, tras preguntarle a uno de los camareros qué era y qué hacía la máquina que tenía enfrente, un delicioso "ayran" o yogur turco.

En la sobremesa transité por calles con más sombra y silencio, a paso lento y cuesta arriba. Esto de cuesta arriba o abajo lo cito mucho, pero es que se quedan realmente marcadas en cuerpo y mente (sobre todo en lo primero). Creí que me había perdido, pero al mirar Google Maps comprobé que no, que estaba muy cerca de lo que buscaba; la Mezquita de Süleymaniye (Suleiman para los amigos).

Digo de antemano que fue el monumento que más me gustó de todo el viaje. A pesar de ser recomendado en toda guía turística y relativamente cercano a zonas masificadas como el Gran Bazar y el Bazar de las Especias, había muy poca gente. Citar también que, a poco de alejarse de la mezquita, es visible desde cualquier punto de la ciudad. Ello también implica, y desde el punto de vista opuesto, ofrecer vistas espectaculares. Y es en lo primero que me centré.

La mezquita está rodeada de césped (perdón, estoy acostumbrado a Málaga) o, más bien hierba cuidada y cortada sin más, donde había familias con niños, viajeros más que turista y creyentes lavándose/secándose los pies. Todo muy disperso y diseminado, un aire de tranquilidad y calma. Un japonés revisando a la sombra las últimas fotos tomadas por su cámara y su cañón-obús, un grupo de aparentemente la misma nacionalidad uniformados y de charla y un perro de los grandes presidiendo una de las entradas/salidas del patio de la mezquita. Destacar que estos perros que abundan por la ciudad, lejos de estar a la mano de Dios (Alá en este caso), tienen una chapa en la oreja. Investigando por la red de redes, resulta que no los cogen y los matan en masa en las perreras, sino que los recogen, los castran, los vacunan e incluso los curan, dejándolos de nuevo en las calles pero bajo control. Ojalá fuera así en España. Ya hablaré también de los gatos... ¡Viven como reyes!

En el interior de la mezquita no había obras, ¡aleluya! (ups, término cristiano que no pega por allí). Lejos de la Mezquita Azul, no tanto en distancia como en ambiente, y fuera de la zona de rezo como tal, había personas tiradas por las alfombras reflexionando o leyendo, absorbiendo y a la vez transmitiendo un máximo relax. Experiencia fotosintética muy recomendable.

El diccionario de la RAE, el cual consulto a menudo de forma cibernética, me acaba de explicar que la palabra "chusma" no sólo es ese tipo de persona que abunda en mi ciudad en su Seat León negro, tuneado y con "chimpún", sino que es sinónimo de, entre otras palabras, de tumulto o multitud. Y aquí es donde me iba inmiscuyendo conforme me acercaba al Puente de los Pescadores, todo muy estilo Matrix (una escena muy recurrente para mí) mas sin cruzarme con la chica angelical que veinticuatro horas atrás rompió mi corazón y, sólo temporalmente, mi respiración. Y es que es lo que dice mi amigo Juan: ¡es ahora o nunca!

Los escalones bohemios, artísticos y alternativos que bajé en mi día de exploración los subía ahora con un destino concreto: la Torre de Gálata. Qué decir de la cola que le daba casi la vuelta a esa construcción que hace tiempo era de madera y ahora de hormigón.  Como en toda torre, hay que darle la vuelta en las alturas con turistas que no se mueven o que te meten prisa. Las fotografías pro que aparecen en medios físicos o digitales son hechas por personas que viven en la ciudad de turno, que van expresamente para ello o que tienen mucha paciencia y/o tiempo. Yo no suelo cumplir ninguno de los requisitos en mis viajes. Mas allá de lo relacionado con las lujosas y exclusivas vistas, había restaurante, bar y una madre con su hijo e hija, hablando entre ellos de forma aleatoria en español, ingles y otro que no capté (tenían pinta de la India o alrededores). La madre, cuarentañera y atractiva, fue quien me hizo esa foto en la que siempre salgo como el c*** (rellene usted mismo, querido lector, este muy poco arriesgado ahorcado).

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14 de agosto de 2018

Estambul (2)



Retomando mi entrada anterior y tomando el metro en Taksim, llegó un momento en el que aparecí en superficie cruzando el Cuerno de Oro y comenzando a subir en modo tranvía la cuesta por la que pausé y ahora continúo mis escritos.

Con buena planta y cara me dispuse a visitar tres de las joyas de la ciudad. Comencé con la Basílica de Santa Sofía que, si ya era imponente por fuera, qué decir por dentro. La construcción cristiana y su posterior tuneo musulmán terminaron dando esa maravilla en la que me encontraba. No suelo ponerme a dar datos históricos o arquitectónicos porque, como digo siempre, ahí está la Wikipedia. Lo que no dice esta es la pesadez de los turistas alienados, desde chinos sonrientes sin saber ni donde están hasta chicas pavas poniendo poses que no pegan ni con cola.

Tampoco avisa la Wikipedia de que me iba a encontrar gran parte del monumento en restauración, fastidiando en parte tanto la visión en directo como las fotografías. Hay una primera planta por la que se puede bordear y casi rodear completamente la estancia. Me creí el original de turno tomando fotos de la Mezquita Azul a través de una pequeña ventana, pero a la vuelta me llevé un sopapo al comprobar por redes sociales que no era tan poco común. Tsss, tranquilidad, la excepción que confirma la regla; que soy un crack.

Una vez fuera me coloqué en la fuente central del limpio y cuidado parque para fotografías de minaretes por aquí y por allá, muy en modo Pi. Pero sin horas de retoque posterior, pues tras los viajes sólo doy ligero lavado de cara a las centenas seleccionadas. Aproveché que tenía que esperar un rato a que terminaran los rezos para sentarme en el suelo a la sombra y a descansar.

Para entrar en la mezquita hay que quitarse los zapatos para andar por su interior sobre infinidad de alfombras. Siempre hay una línea a partir de la cual sólo pueden o deben pasar los que van a rezar. Sólo pasaban hombres, pues las mujeres tienen en la parte trasera donde hacerlo escondidas/ocultas. Se llama Mezquita Azul, pero también abundan colores que tienden al rojo. Todo una maravilla salvo que, efectivamente, también estaba en obras. Esto, entre otras cosas, limitaba la entrada de luz natural y, por tanto, quitaba vida a los mosaicos.

Esperar, esquivar ineptos, arrancar y parar cada dos pasos para fotografiar termina por cargar piernas y hombros, necesitando otro descanso en la sombra. Esta vez en el parque pero más cercano a la Fuente Alemana, disfrutando de un par de hamburguesas llenas de especias semipicantes, compradas en un puestecillo y en el que, adelanto, al día siguiente repetí.

Antes de entrar en el Palacio de Topkapi como tal hay unos parques y jardines con sus caminitos bien marcados. Aparte de un museo al que descarté entrar por la inoperancia de la mujer de la taquilla frente a los turistas que me precedían, me desvié ligeramente  para visitar la iglesia de Santa Irene. El jardín interior con las puertas cerradas y el interior como tal absolutamente vacío, no pudiéndose disfrutar ni de la cúpula por una redecilla de protección. Por muy barata que sea la lira respecto al euro, ¿cómo se atreven a cobrar por un lugar en el que sólo se está dos o tres minutos porque no hay nada que ver? Además, la de la ventanilla me recordó a la que cobraba por mear/cagar en la estación de autobuses de Esauira; desagradable y sosa.

De nuevo con mis más o menos alocados parecidos razonables de viajes recientes. En primer lugar la entrada al palacio me recordó a la del Castillo de Vajdahunyad de Budapest, pero mejorada por la no presencia del mal personificado. En segundo lugar la desesperante e interminable cola para hacerse con la entrada del palacio, acercándose a la del Jardín Majorelle de Marrakech, pero sin la compañía que acortó aquella espera diurna así como la nocturna. La cara y la cruz de mi sexo opuesto.

Tras estos dimes y diretes conmigo mismo, tanto negativos como positivos respectivamente, paso a resumir el palacio como tal. Se trata de un gran área al aire libre con plantas y árboles, fuentes para adornar y otras para refrescarse/beber. Todo está rodeado por habitaciones y estancias a modo de museo. Exposiciones de prendas, muebles, armas y todo lo relacionado con historia turca/estambulí. También estaba la opción del "hamman" o baño turco, pero la entrada que me compré no lo incluía aunque mi cuerpo bien que lo necesitaba. ¡Más no sólo el cuerno es oro sino que el tiempo aún más!

Al lado del palacio, y ya en espacio público, está el Parque Gülhane que, si bien es zona superturística, en él lo que abundaban eran familias con niños y parejas con tonteo, todo entra estatuas de mayor o menor gusto, fuentes, pérgolas y mucha sombra. En la parte de más abajo ya no hay casi nadie y, callejeando entre cuartel y comisaría, fui en paralelo a las vías hasta llegar a la estación de tren, esta vez atravesándola e informándome de que fue inaugurada como la terminal del Orient Express.

Esta vez no paré aquí, sino que continué hasta el muy concurrido estuario, donde muchas personas se relajaban sentadas con las piernas colgando sobre el agua mientras otras entraban o salían de barcos para turistas o ciudadanos. Lo completaban kiosqueros vendiendo maíz a voces y gatos exigiendo pescado con malas pulgas (ellos, no el pescado).

Las otras tres veces que atravesé el puente (taxi, metro y a pie) daba por hecho que no era más que de paso para transeúntes y de trabajo para pescadores. Sin embargo, ahora que iba acercándome en ángulo de noventa grados, me llevé la sorpresa de que en la parte de abajo había dos pasillos laterales entre los que había decenas de restaurantes abarrotados y ofreciendo pescado fresco.

Un encuentro de miradas de un segundo en un reloj; más de mil años para olvidar lo que ocurrió. Ella andaba y yo la seguía; yo paraba y ella me adelantaba. En el corazón punzadas y latidos que aumentaban. Nos entrelazábamos entre la gente, nos volvíamos a buscar. Nos perdimos en la muchedumbre; todo se quedó atrás. Quizá nada, sólo fantasía. Mucho espacio por liberar; muchas heridas que curar. Echado en la ventanilla y reflexionando en el cristal. Descansar para cenar; dormir para soñar.

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7 de agosto de 2018

Estambul (1)

El traslado del aeropuerto al hotel comenzó por una casi interminable carretear/avenida con decenas de puentes para peatones sobre ella. Estilo "Outrun", cambiaba de repente (pero no la música), circulando por curvas y cuestas que se iban combinando entre colinas masificadas de bloques cubiertos de antenas y la luz cálida del anochecer. Una vez soltado el equipaje en la habitación salí en busca de cena con dos almerienses que acababa de conocer. Rodeamos la cercana y céntrica Plaza Taksim, atravesando una feria de no sé qué temática y decidímonos por un restaurante al principio de la caótica calle Istiklal.

Ya por la mañana y después de medio resolver temas médicos y burocráticos en la quinta planta de un edificio de cierto toque futurista me dispuse a encarar la enorme Estambul en modo exploración y avanzadilla respecto al resto de la semana. El comienzo fue donde lo dejé, pasando por esa larga avenida de tiendas de todo tipo y entrando en una perpendicular y saliendo por la siguiente. Más de una hora después me desvié a la altura de la estación de metro de Sishane.

Estaba en una zona más tranquila y menos transitada, de toque bohemio y artístico, con tiendas particulares, galerías de arte y teterías a la sombra, desembocando todo en la Torre Gálata y su habitual cola alrededor. Fui descendiendo por cuestas escalonadas hasta terminar en el Cuerno de Oro y el Puente de los Pescadores. Y el nombre de este último no es turístico o histórico sin más, pues todo el lado derecho estaba lleno de hombres concentrados en su tarea entre cañas, hilos y artilugios variados.

Relativamentte cerca hay otro puente más reciente y ambos, como toda la ciudad, empapelados con la cara de Erdogan. Ya en el lado sur me costó un rato atravesar la alocada avenida, y era por un también masificado y con tiendas túnel subterráneo. Lo más cercano a visitar una vez en superficie era el Bazar de las Especias (también llamado Bazar Egipcio). En su interior bonito y ordenado descubrí que tiene forma de L. En el exterior y en su parte de 90 grados hay un mercadillo de pájaros, peces, etc.

Tanto por el puente como en el bazar comencé a descubrir que no todos los musulmanes son moros o, al menos, no del mismo tipo. A lo largo de mi estancia en Estambul fui confirmado que los turcos son mucho más civilizados, educados y avanzados que los marroquíes. Lo primero que me llamó la atención (no podía ser de otra forma) es que a la hora de hacer fotos en las que salieran no gritaban o ponían la mano delante de la cámara haciendo aspavientos, sino que incluso sonreían o hacían alguna gracieta.

Conforme subía, las calles se iban despejando de turistas y eran más de barrio, con sus tiendas de lencería, costura y demás. De todas formas, no tuve más que preguntar un par de veces para introducirme en el Gran Bazar. El tener las decenas o cientos de calles en paralelo o perpendicular no llega a ser tan laberíntico como una medina, pero también es fácil perderse en él. En cualquier caso, las compras no eran mi interés y, salvo alguna que otra parada en lámparas de colores y juegos de tetera y vasos, terminé por atravesarlo y aparecer en la Plaza Beyazit, donde destacan la universidad politécnica y la torre. Esta última, además de tener el mismo nombre que la plaza, fue construida para temas de incendios y ahora adaptada también para telecomunicaciones.

A partir de ahí, en vez de girar a la izquierda hacia los dos monumentos más famosos de la ciudad como hacía todo el mundo, continué recto y todo cuesta abajo hacia el mar. Toda esta zona es estambulí de pura cepa. Sorprendente que tan cercano a puntos turísticos hubiera tanta diferencia, siendo yo el único al que miraba el mecánico mientras arreglaba un coche o el transportista mientras descargaba una furgoneta.

Entre preciosas e inesperadas casas de estilo otomano y niños jugando o abuelos echando el rato anduve en paralelo a carretera y paseo marítimo, me volví a introducir en la urbe para encarar el Hipódromo de Constantinopla. Ya no funciona como tal, siendo más bien un parque de forma alargada por el que se van dejando a la derecha la Mezquita Azul y la Basílica de Santa Sofía, terminando el trío en el Palacio de Topkapi

Soy consciente de las expectativas generadas, pero la descripción de estos tres monumentos queda para mi próxima entrada. Después de los bien calculados 6,5 kilómetros de esta "ligera internada" por Estambul, Constantinopla, Bizancio o como los próximos le quieran poner, yo me limité a bajar por una calle serpenteante y a la par del tranvía para coger un taxi frente a la estación de tren

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