19 de diciembre de 2012

Con Mery en Ronda.
























La última sesión de moda que hice fue en México este verano, con lo que tenía ya unas ganas tremendas de retomar este tipo de fotogafía. Después de un par de bodas este otoño y algunas sesiones de intercambio canceladas, por fin llegó el momento de hacer la primera.

En esta ocasión la modelo fue Mery Guerrero, con quien ya hice una sesión en interiores en su propia casa. Ahora, año y medio después, era el momento de hacerla diferente y mejor, mucho mejor.

En un principio íbamos a pasar la mañana en las ruinas romanas de Acinipo y la tarde en Ronda (ciudad natal de Mery), pero cambiamos los planes sobre la marcha y por la mañana fuimos a la parte baja del Tajo, aprovechando las vistas del puente, la caida de agua, las paredes de piedra y el edificio del Parador Nacional.

Allí, aprovechando los pocos momentos en lo que no había turistas pasando para arriba y para abajo, conseguimos hacer algunas fotos donde modelo y paisaje lucieron estupendamente. Y es que, cuando se conjuntan los elementos adecuados, poco hace falta para obtener un buen resultado.

Como siempre, se fue más tiempo del inicialmente planeado, más aún cuando incluso de vuelta al coche íbamos aprovechando algunos callejones y recovecos del casco antiguo de Ronda para hacer algunas fotos. Por más que intentaba aligerar el paso, siempre terminaba parándome en alguna fuente, plaza o puerta de iglesia para hacer una nueva fotografía. Es lo que tiene Ronda, encuentras algo interesante a cada paso y en cada esquina.

Aún comiendo relativamente rápido, entre el rato del cambio de ropa, el maquillaje, los retoques en el pelo y desplazarnos de nuevo a la parte antigua de la ciudad, se nos fue casi toda la poca luz que dan tardes de invierno como esta. Aún así, conseguimos algunas buenas fotos con la segunda muda de ropa. Un escaparate de juguetería antigua por allí, uno soportales por allá,...

Creo que ya he terminado alguna que otra entrada con estas mismas palabras, pero es la realidad. Una sesión rara vez sale como estaba prevista, y al final casi siempre hay que improvisar en menor o mayor medida. Antes me frustraba con esto, pero ya me he acostumbrado. Ahora uso el que creo que es un buen método para saber si ha merecido la pena, y es preguntarme si las fotos resultantes tienen algo que mejore a las de anteriores sesiones. La respuesta, en este caso, es "sí".



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4 de diciembre de 2012

Mérida artística y cultural.

Tras la decepción de la visita a Cancún, una enorme ciudad dormitorio para los trabajadores de su Zona Hotelera sin alma ni vida propia, y algo saturado de selva y ruinas, encontré en Mérida un enriquecedor y necesario cambio de aires.

Llegué de noche y procedente de Valladolid a la terminal de ADO CAME de Mérida, donde me recogió una amiga en su recién adquirido Nissan Tsuru, uno de los coches más extendidos en México. Tras cenarme un burrito y dar varias vueltas en coche por la ciudad, terminamos encontrando un pequeño hotel bastante confortable y céntrico, donde me decidí alojar tras regatear convenientemente.

Leyendo en mi inseparable móvil en la cama del hotel, descubrí que del henequén, una planta del género de los agaves, se extrae un fibra con numerosas aplicaciones en la producción textil, y a la llamada del dinero acudieron decenas de inversores a finales del siglo XIX y principios del XX. Este florecimiento económico dió lugar a un expansión urbanística de la ciudad, que fue absorbiendo las haciendas de henequén que ya existían.

















Como máximo exponente de este proceso luce majestuoso el Paseo Montejo, una enorme avenida flanqueada de preciosas y señoriales mansiones afrancesadas, convirtiéndola en la principal arteria de la ciudad. Desgraciadamente sólo pude disfrutar de ella de noche, aunque lucía preciosa también.

Actualmente, y pasada ya la fiebre del "oro verde", son muchas las haciendas de henequén las que han sido completamente restauradas y equipadas para uso turístico o ciudadano, como hoteles, paradores, museos o centros sociales.

Sin embargo, no se acomodó Mérida en su nombramiento como Capital Americana de la Cultura en el año 2000, sino que lo aprovechó para seguir potenciando esta vertiente y convertirse en un verdadero referente de arte y cultura.


















Con esto, mi primera mañana la dediqué a pasear por el centro de Mérida y, nada más salir del hotel, descubrí Santa Lucía, una pequeña iglesia situada en una acogdora plaza del mismo nombre donde se suelen reunir jóvenes y mayores para ver actuaciones de música o danza popular.

El centro neurálgico de la ciudad es la Plaza Grande, y de camino a ella se pueden observar edificios como el de la Universidad Autónoma de Yucatán, el Teatro Peón Contreras, el Templo de la Compaía de Jesús (o de la Tercera Orden), el Parque Hidalgo o el Teatro Daniel Ayala. Todo esto en escasos 400 metros, para que podamos hacernos una idea de la concentración de edificios históricos y relacionados de una u otra manera con el arte y la cultura que hay en Mérida.


















El Parque Principal (como también se conoce a la Plaza Grande) está presidido por la catedral de San Ildefonso, la catedral más antigua de México y de toda la América continental. En la puerta había quedado con una modelo y su maquilladora para una sesión de fotos, pero no apareció. Parece que la informalidad no es algo exclusivo de España, aunque sí es donde con más frecuencia se da...

En esta misma plaza, y al  lado del Palacio de Gobierno del Estado de Yucatán, se encuentra el coqueto Pasaje Picheta, una galería de tiendas y cafeterías muy al estilo de las Galerías Goya de Málaga o el Mercado de Fuencarral de Madrid, pero sin ese toque alternativo, sino más bien antiguo. En la parte más alta tenía una pequeña sala de exposiciones de entrada libre.

















Paseando bajo los soportales de la plaza se puede respirar un encantador aire añejo, en una acera salpicada de cafés clásicos, de los de ruidos de cafeteras, voces de camareros, sillas de hierro arrastrando y ancianos con sombrero arreglando el mundo. Un ambiente que me recordó a la Málaga de los 80 o a la mismísima Lisboa actual.

Los otros dos lados de la plaza tienen más edificios ilustres, como el Palacio Municipal o Ayuntamiento, el Centro Cultural Olimpo, el Museo de Arte Contemporáneo y la Casa de los Montejo, antiguos fundadores de la ciudad. Muchos de ellos estaban abarrotados de grupos de niños de visita con sus colegios.


















Las cuatro o cinco cuadras de alrededor de la catedral son un hervidero de gente para acá y para allá, lo que le da una tremenda vida a las calles de la ciudad. Delimitada al sureste por varios arcos de piedra, este área está infestada de tiendas de electrodomésticos que ocupan edificios enteros, talleres artesanales, galerías comerciales en los bajos de los edificios, puestos de comida,... Todo ello salpicado de pequeñas plazas con sus correspondientes iglesias, donde siempre hay espectáculos, mercadillos de artesanía o, simplemente, gente de relax con sus portátiles. Destacar que todas las plazas del centro histórico tienen Internet inalámbrico gratis, de lo cual deberían tomar ejemplo nuestros queridos políticos españoles.

Al igual que cuando visité años atrás la ciudad de Guadalajara, en la otra costa del país, me encontré con un enorme mercado en las inmediaciones del centro. Si bien no llegaba a las descomunales dimensiones del de la ciudad de Jalisco, sí estaba integrado en un gran área comercial, en la que las calles estaban invadidas de puestos y vendedores.

















Ya por la noche me recogió otra amiga en el hotel, esta vez en un Mazda 3 (me gusta analizar los coches que usa la gente de los sitios que visito) y salí a los bares de un centro comercial, que es donde los mexicanos acostumbran a pasar su tiempo libre y tomar copas, ya alejados del centro histórico. Sin embargo, y para mi agradable sorpresa, la siguiente noche pude salir por el centro. Resulta que ciertos días de la semana (no sé cuales) cortan el tráfico a partir de cierta hora para que los bares puedan poner sus terrazas sobre la calzada, creándose un entorno estupendo para charlar o escuchar música en la misma calle.

Por desgracia, poco más pude ver de Mérida, habiéndome perdido muchas cosas de las que ofrece la ciudad. Aún así, volví un par de veces, pero todas de paso, yendo o volviendo de otros pueblos o ciudades, sin ocasión de hacer más visitas. Esto significa que... volveré.


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2 de diciembre de 2012

Desde que llegué.

Como no tiene mucho sentido tener un blog si no se publican entradas con cierta frecuencia, ha llegado la hora de corregir ese error que llevo cometiendo desde que volví a España. Así que... comenzaré diciendo que en los aproximadamente tres meses que llevo por aquí me he dedicado a muchas cosas, pero en lo estrictamente fotográfico he hecho dos bodas que tenía ya cerradas desde principios de año.


















Pepe + Elisa

Esta boda fue realmente genial, pues los novios empezaron siendo como una pareja más pero terminé haciéndome casi amigo de ellos, invitándome Pepe a jugar al fútbol con sus amigos y todo. Además, tuvimos sesión de postboda, lo que te da oportunidad de hablar con ellos más tranquilamente que con las prisas del propio día de la boda. También quedamos después un par de veces para que me dieran su opinión sobre el álbum y pudieran cambiar algunas fotos por otras, así que todo muy bien.  Una gente estupenda.

Respecto al resultado final, pues como siempre me ocurre. Al principio me gusta mucho el trabajo que he hecho y, conforme pasa el tiempo, voy descubriéndole errores  y más errores. Supongo que es parte del proceso de aprendizaje y lo que realmente lleva a mejorar en cada nuevo trabajo que se realiza. Intento no frustrarme con ello y asumirlo como algo natural.


















Gema + Miguel

Todo comenzó como lo hace cualquier boda, es decir, con los preparativos de la novia en su casa. Luego, visita a la habitación del hotel para hacerle algunas fotos también al novio. Aproveché la larga ceremonia para hacerla entera sin flash, cosa que ya probé en la boda de Pepe y Elisa. Salvo en iglesias muy oscuras, las fotografías quedan mucho más bonitas con luz natural. También depende de la cámara, pero mi 7D se comporta a las mil maravillas con ISO 1600 (mérito también para el estabilizador de imagen del objetivo).

Hasta aquí todo normal. Sin embargo, todo se volvió de locos desde el final de la ceremonia. Los novios salieron a la carrera y sin previo aviso de la iglesia. Tanto, que no pude sacar una foto decente del arroz. Es más, casi no hubo arroz porque no le dió tiempo a los invitados que esperaban fuera.

La razón parece ser la cercana hora de cierre del parque donde íbamos a hacer los exteriores, que además es de pago. Después de muchas carreras, coches, semáforos, atascos y descontrol en general, conseguimos algunas buenas fotografías de exteriores tanto en el Molino de Inca como luego en la playa de la Carihuela.

¿Y ahora? Pues en las próximas dos semanas tengo nada menos que cuatro sesiones de moda en Antequera, Ronda, Málaga,... Toca compaginarlo con el cierre de los primeros contratos de boda y comuniones para el año que viene y con mis estudios. Sí, en breve seré también Diplomado en Ciencias Empresariales :)

PD: Prometo continuar publicando entradas sobre mi estancia en México, pues quedan viajes muy interesantes, como la ciudad de Mérida, la cabañas en la selva de Yucatán, las ruinas de Palenque o el pueblo mágico de San Cristóbal de las Casas.


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8 de agosto de 2012

Desde las alturas.

La cantidad de zonas arqueológicas en el sureste de México es innumerable y tratar de verlas todas es casi dedicar la estancia en el país exclusivamente a ello. Es por eso que, a no ser que se sea un apasionado de la temática, es necesario seleccionar cuales ver y cuales no. Se pueden usar criterios como el valor arqueológico, la fama, la cercanía o el simple capricho. En este caso fue la cercanía lo que me llevó a ver Cobá, unas ruinas mayas del periodo clásico a cien kilómetros por carretera de Playa del Carmen.

Con la experiencia de Tulúm y Chichén Itzá, donde el autobús para en lugares tan poco atractivos como el borde de la Carretera Federal y una enorme explanada para autobuses respectivamente, salir del vehículo y encontrarse de frente con la Laguna Cobá es un auténtico espectáculo. De unas dimensiones considerables y rodeada de juncos y otras plantas acuáticas, la laguna se encuentra atravesada en uno de sus extremos por una tirolina de la que, teniendo en cuenta la cantidad de cocodrilos que habitan el humedal, resulta sorprendente su instalación.

















A diferencia también de otras ruinas más concurridas, Cobá está poco acondicionada para el visitante, no habiéndose abierto más que algunos caminos entre las distintas zonas del área. Este respeto a la vegetación selvática en la que se encuentra inmerso y la posibilidad de recorrer los senderos en bicicleta dotan a este enclave de un especial encanto.

La estructura básica de la zona arqueológica es bien sencilla. Nada más acceder al recinto encontramos, a la derecha, una conjunto de edificaciones entre las que destaca la del Juego de Pelota. Continuando por el sendero principal hasta el final del mismo alcanzamos el Grupo Macanxoc, ocho estelas en las que tanto cautivos como personajes de alto rango representan escenas de la vida maya. Como curiosidad, entre las cuatro fechas que aparecen en Cuenta Larga (un tipo de calendario mesoamericano) aparece la del famoso 21 de diciembre de 2012.

















Antes de llegar a esta zona de las estelas, a mediación del camino principal, hay una desviación en el lado izquierdo. Siguiéndola, llegamos, tras pasar por varias edificaciones menores, a la Pirámide de Nohoch Mul, principal atracción de Cobá.

La Pirámie de Nohoch Mul es la más alta de las muchas existentes en la Península de Yucatán, alcanzando los 42 metros de altura. Su ascensión resulta toda una prueba de fuerza motríz y capacidad pulmonar que, sin embargo, no se ve premiada con la recuperación del aliento al alcanzar la cúspide, pues las vistas son absolutamente "breathtaking". En algunos foros comentan que es incluso posible ver la pirámide de Chichén Itzá, situada a más de noventa kilómetros de distancia, pero yo me tuve que conformar con contemplar la imponente selva allá donde miraba y hasta donde me alcanzaba la vista, que no es poco.

























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28 de julio de 2012

Cerca del cielo.

















Encontrarme un Hard Rock casi nada más bajar del ferry es algo que, al menos en mi caso, trastoca cualquier plan previsto. Y eso ocurrió en Cozumel, donde fui a dar de frente con uno nada más salir de la terminal marítima. Eso obligaba a, por muy temprano que fuera, entrar y comer.

Después de dar buena cuenta de una Legendaria (la hamburguesa estrella de la cadena de restaurantes) en el que, tal y como reza un cartel en la puerta, es el más pequeño de los Hard Rock del mundo, volví a la terminal marítima para comenzar la excursión de esnórquel que tenía contratada.

Tres paradas en tres zona distintas del segundo mayor arrefice de coral del mundo. Los primeros minutos los invertí en aprender a no tragar agua con el esnórquel puesto pero, una vez acostumbrado, me lancé a hacer inmersiones relativamente profundas (tanto como dan mis pulmones) para poder nadar entre restos de galeones hundidos y peces de colores. Impresiona ver, como si fueran astronáutas sobre la superficie lunar, grupos de buzos caminano sobre el profundísimo fondo marino mientras iluminan con sus potentes linternas.

En el camino de regreso, entre botellas de agua y refrescos para rehidratar, el instructor estuvo hablando sobre sus años de experiencia en el mundo del buceo y sus peripecias en el mismo. Parte apasionante verdad y parte vacío adorno en busca de la admiración del visitante y la posterior propina.

La isla de Cozumel tiene una increíble oferta de naturaleza, pero el centro de la ciudad poco tiene que ofrecer. Típica plaza central e iglesia cercana, todo convenientemente aderezado por tiendas de recuerdos y artesanía de dudoso valor. Los artículos estrella son todo tipo de piezas relacionadas con el calendario maya y, de camino, también el azteca.

Ya a media tarde decidí, asumiendo un gran riesgo, alquilar una bicicleta para cruzar a lo ancho la isla, ansioso por descubrir sus famosas y paradisíacas playas. Los minutos pasaban y, por más que pedaleaba, la ansiada costa nunca llegaba y los catorce kilómetros parecían no tener fin. Llegado a un punto en el que calculé iba a pasar la noche aislado en medio de la nada, tomé la decisión de regresar. El objetivo de llegar al cielo, como llaman la costa de Cozumel por la casi imperceptible unión de este con el mar, quedó pospuesto.

Son pocas las experiencias de las que no se puedan extraer provecho o conclusiones. En esta disfruté (sobre todo a la ida) de un placentero paseo en bicicleta por una carretera rodeada de selva a ambos lados. También a detenerme lo mínimo, compaginar beber agua con las danzas rusas (esas que levantas un pie y luego otro a máxima velocidad) y reemprender la marcha con celeridad para no ser devorado por cientos de mosquitos.


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21 de julio de 2012

En el centro de Yucatán.

Cuando organicé la visita a la zona arqueológica de Chichén Itzá programé la vuelta de forma que, en vez de ser directa, hiciera un transbordo de autobús en Valladolid. De este modo, disponía de algo más de una hora para visitarla, tiempo que parecía suficiente para ver una ciudad pequeña como esta. Pero llegado el momento me sorprendí, descubriendo que Valladolid ofrece demasiado para poderlo disfrutar en tan poco tiempo. Aproximadamente un mes después tenía un viaje a la ciudad de Mérida, con lo que aproveché para solucionarlo volviendo a parar en Valladolid, esta vez unas cuatro o cinco horas y así  poder ver la ciudad con más calma.

















La ciudad hereda la estructura de la de las ciudades españolas, común hoy en día a muchas otras ciudades mexicanas. El centro es la plaza de Francisco Cantón, parque y punto de reunión para los vallisoletanos, que aprovechan la puesta del sol y la caida de la temperatura para pasear, charlar en los bancos o aprovechar la conexión inalámbrica para llevarse sus portátiles, todo ello aderezado por chucherías y aperitivos (botanas en México) que los vendedores ofrecen desde sus típicos carritos.


















Comí en el Bazar Municipal, aprovechando su techado para huir del agobiante calor durante un buen rato. Dos de los laterales de la plaza se encontraban cortados al tráfico porque en ellos se llevaban a cabo los preparativos para un discurso electoral en esa misma noche. Me aventuré entre trabajadores, camionetas, andamios y un sinfín de sillas de plástico para llegar hasta la catedral, denominada Templo Parroquial de San Gervasio, remodelada y reorientada varios siglos después de su construcción. 



Entonces comenzó la búsqueda de los edificios religiosos. De los muchos de los que dispone Valladolid, decidí visitar la iglesia de San Juan de Dios por cercanía y San Bernardino de Siena por su fama y atractivo. La primera de ellas se encuentra a unas pocas manzanas (cuadras en México) de la plaza central y me llevó poco tiempo llegar a esta ella. Adornada su fachada por los típicos banderines de colores mexicanos, la iglesia preside una plaza mucho menos bulliciosa y más tranquila que la de Francisco Cantón.


















Cerca de esta última se encuentra el Museo de San Roque, un antiguo hospital reconvertido para mostrar la historia del antiguo Zací, lugar donde fue fundada originalmente la ciudad de Valladolid. Aunque la entrada principal se encuentra en una de las calles que parten de la catedral, tuve la suerte de encontrar una entrada alternativa por uno de los laterales y que permite también descubrir el Parque de los Héroes.


















En la misma acera de la catedral y a pocas cuadras de esta llegamos a la popularmente conocida como Las Cinco Calles, una pequeña plaza que rompe el esquema tradicional mexicano, siendo confluencia de las citadas cinco calles en vez de las cuatro habituales. Atravesándola alcanzamos el barrio de Sisal, donde concurridos parques y áreas verdes rodean el Ex Convento de San Bernardino de Siena. La iglesia es de estilo franciscano aunque el resto de la enorme construcción bien podría confundirse con una fortaleza medieval, con gruesos muros y altas almenas.


















Dado que no quedaba mucho tiempo hasta la salida de mi autobús para Mérida, decidí usar el tiempo restante en callejear por el centro de la ciudad. A diferencia de la mayoría de las ciudades europeas o norteamericanas, Valladolid aún conserva el encanto del comercio tradicional, la mayoría situados individualmente en locales a pie de calle y otros dentro de castizas y acogedoras galerías, como la del Mercado de Artesanía. Aquella tarde pude disfrutar de mezclarme en el bullicio de vallisoletanos camino de sus quehaceres diarios al zapatero, sastre o relojero, lo que, unido a inminente comienzo del citado discurso electoral, hacía de las calles de Valladolid un hervidero de gente inesperado y agradablemente sorpresivo para una pequeña ciudad en mitad de la selva yucateca.


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10 de julio de 2012

El día que Kukulcán despierte...

Es obligada la visita a las ruinas de Chichén Itzá sin importar la razón que haya traido al viajero hasta la Península de Yucatán. Algunos llegan a esta zona arqueológica atraídos por la riqueza de la cultura maya y otros por el morbo de los que han querido ver el fin del mundo en una malinterpretación de su calendario. Los hay que llegan por razones más prosaicas que las anteriores, como aprovechar el paquete vacacional contratado o, simplemente, aprovechar también la pirámide para dar lustre a la imagen de perfil de Facebook. El caso es que allí se dan cita miles de personas cada día y, ese día, allí estaba yo.

Lo primero que uno ve al levantar la cabeza, aún en la explanada de los autobuses, es un enorme cartel que anuncia un mercado de artesanías. Al atravesar el arco sobre el que está colocado comprobamos que, efectivamente, estamos en un mercado de artesanía. Paso ligero durante unos segundos y cara de no entender español para escapar de los siempre agobiantes comerciantes y alcanzar la zona de taquillas. Confusa ella, pues hay que comprar dos entradas diferentes, a saber, una para cada institución de las que gestionan la zona arqueológica.

Una vez pasados los tornos de entrada toca atravesar un largo corredor, flanqueado a ambos lados por más puestos de artesanía, donde más comerciantes te acosan sin piedad hasta la llegada, por fin, a la zona arqueológica propiamente dicha. En esta es donde se reunen los guías, imprescindibles si se quiere salir de allí con la sensación de haber visto algo más que simples piedras.

La estructura de la zona, a grandes rasgos y desde el punto de vista de un no experto en cultura maya, es bien sencilla. Lo primero que se encuentra el visitante es una gran explanada donde se hallan los edificios más reconocibles, los que más aparecen en revistas y postales. El Juego de Pelota a la izquierda, la pirámide de Kukulcán en el centro y el Templo de los Guerreros y de las Mil Columnas a la derecha. Hay más construcciones, pero destacan estas tres.

















Se invierte bastante tiempo en realizar la visita al completo, pues el guía va desgranando cada detalle de las construcciones. El por qué aparece un tipo de animal y no otro, el funcionamiento del juego de pelota maya, la bajada de la serpiente por las escaleras de la pirámide durante el equinoccio o la colocación del Chac Mool. Todo ello lo complementaba con fotografías pegadas en un álbum que, si no tuviuera la absoluta certeza de que los mayas no manejaban cámaras fotográficas, su estado de conservación me hubiera llevado a pensar que eran parte de las mismas ruinas.

Para llegar al segundo área de la zona arqueológica y para moverse entre las distintas partes de la misma hay que hacer un ejercicio de paciencia y saber estar, pues de nuevo decenas de comerciantes esperan a los visitantes apostados a los lados de los senderos. Como si del tren del escobazo se tratara, hay que pasar lo más rápido posible mientras intentan llamar tu atención en todos los idiomas imaginables o imitan el estridente sonido de un jaguar con un artilugio de madera, llegando algunos a mostrar malas formas si no se les presta atención.

















De apariencia más descuidada, esta zona es realmente la de más interés en mi opinión. Esto es debido a que, a diferencia de la zona de la pirámide de Kukulcán, estas edificaciones no han sido restauradas con material nuevo, sino que, aunque se conserven en peor estado, casi no han sido modificadas. Destaca la estructura conocida como El Caracol, un enorme y original edificio usado a modo de observatorio astronómico por los antiguos mayas.

Toque de atención para el gobierno mexicano y, en especial, para el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia). Es comprensible el deseo de explotar económicamente un filón como Chichén Itzá, pero la invasión de puestos de artesanía y el grado de acoso al que someten los comerciantes es desesperante. Se trata de una zona de un enorme atractivo turístico que, con más de un millón de visitantes al año, es de sobra autosostenible desde el mundo de vista económico como para tener que caer en semejante despropósito. Las autoridades tienen la certeza de que esto no va a disuadir a nadie de visitar una de las nuevas siete maravillas del mundo, y seguramente están en lo cierto. Pero deberían buscar en este menosprecio a los efectos de la citada paupérrima organización una de las razones de esa imagen exterior de la que México no sabe cómo deshacerse.

El dedicar tantas líneas a criticar la permisividad de las autoriades con el tema de los puestos de artesanía no significa que Chichén Itzá no tenga más que contar. Consciente de la cantidad de información a la que se puede acceder hoy en día sobre la cultura maya, veo más práctico centrarme en los aspectos más inusitados o llamativos que en la pura descricpción y explicación de las zonas arqueológicas que voy visitando.

Chichén Itzá es un imponente conjunto de construcciones de la antigua civilización maya que, si bien el turismo y todo lo que le rodea nos puede distraer de ello, fue una enorme y poderosa ciudad hace poco más de mil años. Es indescriptible la sensación de encontrarse ante la pirámide de Kukulcán que, más allá del propio valor histórico y cultural que posee, produce un tremendo sobrecogimiento al ser consciente de estar a escasos metros de ese monumento que siempre uno vio en libros de texto del colegio o documentales de Discovery.


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17 de junio de 2012

Los ecoparques.

En mitad de un calendario cargado de visitas a ciudades, playas y ruinas, Xel-Há y Xcaret vinieron a aportar un toque diferente a la agenda viajera por la Península de Yucatán. Desprestigiadas por los mochileros más puristas, las visitas a lugares completamente turísticos son necesarias en aras de obtener una imagen lo más insesgada posible de la zona. Estos ecoparques combinan por igual ocio y descanso con cultura y naturaleza, contentando así a un amplio rango de visitantes y justificando el alto precio de las entradas.

Destacado puerto comercial en la época maya, en la actualidad Xel-Há es un ecoparque situado alrededor de una espectacular caleta, en la que varios pequeños ríos van a desembocar al mar. Esta confluencia de agua dulce y salada supone el hábitat perfecto para decenas de especies de fauna acuática, que son, junto a los pequeños mamíferos, aves y reptiles (no podían faltar las iguanas) que frecuentan los humedales cercanos, los verdaderos protagonistas del parque.


















Las instalaciones y organización son excelentes, incluyendo multitud de servicios que permiten disfrutar de los encantos del parque sin preocuparse absolutamente de nada. Los visitantes disponen de consigna donde guardar sus objetos personales, servicios, duchas, toallas, tumbonas, hamacas, chalecos salvavidas, equipo de esnórquel y un sinfín más de comodidades. La entrada da derecho también a hacer uso de los diferentes restaurantes temáticos y las barras de bebidas sin ningún tipo de limitación, zonas estas amenizadas por las repetitivas fanfarrias de los simpáticos músicos del lugar.

Las actividades que se pueden desarrollar en Xel-Há son variadas, casi todas relacionadas con el agua. Desde las más sencillas como observar peces desde la cristalera submarina de un barco, alimentarlos desde algunos puentes o recorrer los kilómetros de senderos en bicicleta, hasta las más movidas como las ruedas neumáticas, las tirolinas o los saltos desde rocas elevadas, pasando por supuesto por el esnórquel, actividad estrella del parque.

También es posible desmarcarse y perderse por algunas zonas de los alrededores. Unos de los múltiples senderos cubiertos de vegetación desemboca en un claro, donde patos y coatíes beben de un enorme cenote mientras algunos visitantes asombrados los rodean y observan a escasos dos metros de separación, si interferir los unos con los otros.


















Es un placer pasar el día investigando las cuevas y recovecos de los laterales de la caleta con el equipo de esnórquel, lanzarse a los cenotes impulsándose desde una liana o descubrir la rocosa playa del final, todo ello con contínuas visitas a los restaurantes y las hamacas para hidratarse y reponer fuerzas.

Como aspectos negativos pueden citarse lo pequeño del delfinario y la costumbre, endémica en toda la Riviera Maya, de usar sin consideración animales (en este caso guacamayos) para fotografiarse con turistas. Dos detalles que un parque ecológico y que se autodenomina socialmente responsable no debería permitir.

En cualquier caso, y a modo de conclusión, Xel-Há es una experiencia única e inigualable, combinando con destreza actividades físicas al aire libre con descanso y relax, habiéndome hecho disfrutar como hacía años que no lo hacía y permitiéndome pasar uno de los días más divertidos desde que llegué a tierras mexicanas.


















También ubicado sobre un antiguo asentamiento maya, Xcaret es un ecoparque que ofrece un amplio abanico de opciones para los amantes de la naturaleza y la historia mexicana, dando a todo ello un enfoque más museístico y menos interactivo que el recién descrito parque de Xel-Há.

En un parque que se enorgullece de recomendar dos días para visitarlo al completo, debido a su enorme extensión y cantidad de contenidos, es indignante que la entrada básica no incluya ninguna comida. Es más, la entrada superior, la denominada "Xcaret Plus", incluye una sola visita al bufet libre (previa espera de una enorme cola), y sólo una. De este modo, y sin ningún miramiento, obligan al visitante a pagar por el resto de comidas y bebidas que desee durante la jornada, incluida la indispensable agua.

Las actividades acuáticas son meramente testimoniales, reduciéndose a hacer esnórquel por un túnel construído ex profeso en el que no hay ni un solo pez y, aunque lo hubiera, no se vería porque está en la absoluta oscuridad. Además, hay que ir uno detrás de otro, esquivando los aletazos del que te precede y cuidando de no atizarle en la cara al que te sigue, teniéndote que adaptar sin remedio al desesperante ritmo de familias y niños.

La zona de playa está atestada de visitantes que parecen no saber que en el Caribe hay playas gratuitas, no teniendo la necesidad de pagar la entrada a Xcaret si lo que desean es broncearse. Con ello, como última actividad acuática, queda por hacer esnórquel por una minúscula caleta plagada de erizos como puños y rematada por un cartel en el que el parque elude responsabilidades ante cualquier posible lesión "por las especiales características del área natural".


















En cuanto a las atracciones de temática relacionada con la historia de México bien es cierto que la cosa mejora. De la antigua civilización maya se pueden visitar un juego de pelota y diferentes ruinas, vestigios estas según parece del asentamiento sobre el que está construido el parque. Un encanto especial tiene el área del cementerio, la iglesia y la casa de los murmullos, en la que una encantadora anciana te invita a probar el mágico efecto que adquieren las palabras al ser pronunciadasen su interior.

Relacionado con la fauna, el parque ofrece un gran número de especies. Destacan panteras y jaguares, aunque también veremos monos, venados, mapaches y hasta un tapir. Realmente, todo se limita a caminar mirando a un lado y otro del sendero, intercalando alguna parada para escudriñar entre la vegetación dónde se ha podido meter el animal. El acuario también es un mero trámite y lo más interesante que veremos será el cómo alimentan a las tortugas al atardecer.


















Mención aparte merece el mariposario, una enorme jaula de malla metálica que las mariposas han hecho su reino de agua y vegetación. Algunas revolotean entre los visitantes, otras permanecen inmóviles en troncos y hojas ante el constante acercamiento de lentes y objetivos. Las más espabiladas devoran la fruta que los encargados del parque les van colocando por todo el recinto.

Del conjunto de espectáculos que componen la agenda de Xcaret, me llamó la atención el de las danzas prehispánicas. No fue tanto por las danzas en sí, pues, aunque muy meritorias y llamativas, se pueden ver en muchos otros sitios de México (al igual que los voladores de Papantla). Lo llamativo era el entorno donde se hacían. Entre antorchas, humo y cadencia de tambor, los caracterizados como mayas danzan bajo la atenta mirada del público que abarrota los miradores. La noche comienza a caer sobre Xcaret y un ambiente místico se adueña de la hondonada donde se sitúa su poblado maya.


















Las disintas áreas del parque se van vaciando y los miles de visitantes se agolpan en los alrededores del enorme auditorio para ver el espectáculo nocturno. La primera parte, toda la que ocurre antes del intermedio, es una representación del juego de pelota maya y la posterior conquista de dicha civilización por parte de los españoles. Cuidada al detalle y con una puesta en escena de verdadero lujo, es un gozada estar disfrutando de ese momento mientras fuera del recinto cae un tremendo aguacero tropical.

La segunda parte es diferente, siendo un repaso de las costrumbres de algunos de los estados del país a través de vestimentas, música y bailes típicos de cada región. Un prefabicado show a modo de colofón, orquestado para provocar el aplauso fácil de los estadounidenses que lo presencian como lo más genuinamente mexicano que jamás podrán ver.

Después de tantas horas, se van olvidando los muchos puntos negativos que tiene Xcaret, quedando estos camuflados entre la mareante oferta de cultura y naturaleza que ofrece el parque. No es que uno salga insatisfecho, pues las muchas experiencias de las que se disfruta a lo largo del día valen la pena, pero sí decepcionado. A pesar de la gran publicidad que se le hace a Xcaret, resulta ser una visita prescindible, e incluso sustituible por una visita al sin igual Xel-Há.


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11 de junio de 2012

Una de piedras y arena.

Las expectativas de ver en vivo la típica postal de Tulúm, con un espectacular Mar Caribe de color turquesa, se iban desvaneciendo conforme avanzaba hacia la entrada de las ruinas. La constante lluvia que arreciaba (con repentinos cambios de intensidad incluídos) hacía intuir que, si quería ver ese día las ruinas, me tendría que mojar. Teniendo en cuenta el calor que hacía y que iba en bañador, lo único que faltaba era darle utilidad a la toalla, envolviendo la cámara de forma que sobresaliera tímidamente el objetivo y decidiéndome a salir del techado en el que ya llevaba rato sopesando la situación.

Rodeados en el pasado de densa vegetación selvática, templos y demás construcciones salpican en la actualidad una verde explanada, sin duda resultado de la adaptación de la zona a las visitas turísticas. Como por encargo de los antiguos mayas, numerosas iguanas vigilan desde las edificaciones el contínuo flujo de turistas que cada mañana invade su descanso. Inmóviles, mimetizadas con la roca, controlan con la mirada todo movimiento a su alrededor. Algunas, incluso, se acercan a los caminos, dejándose querer por los visitantes.


















Más allá de su valor histórico o estado de conservación, cada zona arqueológica tiene algo que la hace especial. Incluso para el que ni se ha molestado en recopilar información antes de la visita, es fácil descubrir que en el caso de Tulúm se trata de su espectacular ubicación. Esta atalaya sin igual domina una gran área de costa, rematando desde las alturas una pequeña pero concurrida playa.

La visita terminó alargándose más de lo previsto, y la idea inicial de descubrir las afamadas playas cercanas a las ruinas (no la de las mismas ruinas) se transformó en ir a almorzar a Tulúm pueblo, en un típico sitio de comida mexicana sobre la Carretera Federal. Típico en apariencia, porque la comida corrida (como se le llama al menú del día en México) se componía de una fuente con pollo, mole, ensalada, espaguetis y arroz... Extraña combinación... Al terminar, y aún con tiempo por delante, decidí cambiar el ticket de vuelta del autobús por uno que me dejara en Akumal.


















Akumal, en principio, es una pequeña población con una espectacular playa de arena blanca, donde multitud de palmeras cocoteras dan la bienvenida asomando su copa casi sobre la orilla. Es al meterse en el agua cuando uno descubre que no se encuentra en una playa cualquiera. Las primeras veces pasan por confusión, pero a las siguientes ya uno empieza a sospechar que hay algo más. Lo que parecían ser peces termina revelándose como enormes tortugas marinas asomando la cabeza para respirar y que nadan plácidamente a escasos dos o tres metros del atónito bañista.

Al terminar el día pude ahogar mis penas por no haber tenido equipo de esnórquel con una increíble puesta de sol sobre aquella preciosa playa, mientras un grupo de turistas ahogaban las suyas con un "cold coconut" de elevado contenido alcohólico.


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10 de junio de 2012

Las dos caras de Puerto Morelos.

Fue correcta mi elección de hacer a pie los aproximadamente dos kilómetros que separan Puerto Morelos de la Carretera Federal, evitando de esta forma taxi y colectivo. Demasiado poco andamos en el día a día de nuestras ciudades como para no disfrutar de buenas caminatas cuando estamos conociendo un país que no es el nuestro. Esto, unido a que no me desagrada andar, hizo que pudiera apreciar detalles que de otro modo me hubiera perdido.

Ya desde la carretera que lleva al pueblo se puede apreciar el marcado carácter pesquero que tiene Puerto Morelos. En las orillas de los pocos lagos que el tupido manglar deja al descubierto, madres con sus hijos (los padres y hermanos mayores están en el mar) andan de arriba para abajo con palos, cubos y demás rudimentarios utensilios de pesca.


















La carretera lleva directamente a la plaza del pueblo y el puerto pesquero, con varios embarcaderos y pequeñas barcas amarradas, algunas de ellas para llevar turistas a bucear al arrecife de coral. En esta zona están las tiendas y los sitios para comer, siendo algo más caros los de la misma plaza que los de las calles que desembocan en ella. Aquí encontramos también la clásica estampa de Puerto Morelos, con sus dos faros. El más cercano a la orilla es el símbolo del pueblo, inclinado por un huracán, y el de justo detrás el que hicieron para sustituirlo.


















El pueblo en sí tiene poca historia. Aunque bueno... mejor me explico. Si no atenemos al significado literal de "historia", es de los que más tienen de la zona, pues existía ya antes del desarrollo turístico de la Riviera Maya. Otras poblaciones cercanas, como el mismo Cancún, eran puro manglar hasta hace apenas 40 o 50 años, cuando creció a espaldas de la zona hotelera casi como una ciudad dormitorio de ella.

Aclarado esto, Puerto Morelos tiene poco que ver. Partiendo del embarcadero, y de cara al mar, encontramos una larga playa a nuestra izquierda, con el romper de las olas en el arrecife a escasos doscientos metros. Es tranquila y apacible, ocupada mayormente por mexicanos, en la que los niños montan historias y juegos de piratas sobre las barcas de pesca que sus padres tienen allí amarradas.


















Detrás, sólo unas pocas calles con bonitas (y posiblemente caras) casas de extranjeros, relajados centros de operaciones de los negocios inmobiliarios u hosteleros que tienen por toda la Riviera Maya. Esperemos que no acaben conviertiendo Puerto Morelos en un nuevo Playa el Carmen.

Volviendo a la plaza del pueblo, pero encaminánonos hacia la derecha, encontramos una playa menos atractiva y apetecible, salpicada de algas y postes de madera para el amarre de las embarcaciones. Es corta, y tras unos cuatrocientos metros nos topamos con el muro del puerto comercial. La garita de vigilancia, contenedores y una valla metálica, entre otras cosas, flanquean el paso, pero no impiden observar el misterioso barco hundido que hay al otro lado.


















En la misma playa, y casi engullidos por la arena, resisten los barracones prefabricados de lo que en su día fue un colegio. Paseando por las instalaciones abandonadas descubrimos unas aulas casi olvidadas por el tiempo, donde las últimas explicaciones de los profesores permanencen escritas en las pizarras, y los murales y dibujos de los niños aún cuelgan de los tablones.

Hacía poco que quedó atrás un grupo de niños recibiendo con entusiasmo la llegada de la barca de su padre y hermanos tras la jornada de pesca. Irrumpieron a la carrera, cubos con pescado en mano, en la zona del colegio para, por la simple evidencia, descubrir yo que vivian en él.

















Ya explorada la carretera de acceso al pueblo en la caminata inicial, tocó usar transporte público de vuelta a la Carretera Federal. Aproveché la espera del colectivo para visitar la iglesia de San José, situada en la misma plaza central. Me pareció curioso, por ser la primera vez que lo veo, que el lateral derecho de la nave central estuviera completamente abierto y dando a un jardín, con lo que la imagen que en él habia estaba completamente al aire libre.


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3 de junio de 2012

Sin pulsera, por favor.

 

El autobús ADO deja en la estación de la 5ª Avenida, lo que permite encontrarse de golpe con el epicentro, motor y razón de ser de la ciudad. Una auténtica amalgama de tiendas, restaurantes y hoteles, temporales vencedores de la feróz lucha por el metro cuadrado que en ella se libra. Atractiva ratonera, en forma de calle comercial, en la que extranjeros pasean sus divisas al sonido de los cantos de sirena que los insistentes relaciones públicas entonan.

Esta es la Playa del Carmen (o simplemente Playa, como se le conoce) que terminan conociendo los turistas, esos para los que la visita a la 5ª Avenida es considerada excursión pues, al fin y al cabo, es una salida del recinto de su hotel de todo incluído.

Afortunadamente, aquellos que buscamos una experiencia diferente al viajar, no tenemos más que andar unos pocos metros en perpendicular al mar para descubrir una ciudad completamente diferente a ese circo de la 5ª y descubrir lo que realmente México nos puede aportar.

Al ser una ciudad muy joven, se pudo elegir como continente de la misma un entramado de calles cuadriculado, copia de las ciudades estadounidenses, que facilita encontrar un lugar si conocemos su dirección, pero convierte en tarea difícil volver a un lugar si no se conoce la misma, pues todas las calles son prácticamente iguales. Sólo algunas y contadas zonas residenciales, el aeródromo, la plaza del ayuntamiento o la misma playa rompen esa monótona telaraña y ayudan a orientarse.

Los  negocios estrella son, sin duda, puestos de comida mexicana, hostales, lavanderías, minisupermercados, inmobiliarias y centros de estética. Los muchos residentes extranjeros en Playa del Carmen, atraídos por las facilidades de inversión y el excelente clima, le aportan un toque distinto respecto a otras ciudades, dotando a esta de un aire especialmente bohemio y cosmopolita. 

Mucha de esta gente se desplaza en bicicleta por la ciudad, mezcla de las costumbres de las zonas rurales de México con las recientemente importadas por europeos, existiendo incluso un muy utilizado carril bici en la Avenida 10, algo casi inaudito en este país, que apenas da sus primeros pasos en la conservación del medio ambiente y el ecologismo.

Para disfrutar de Playa del Carmen hay que adentrarse más allá de la 10ª Avenida, pasear por las maltrechas aceras disfrutando del bullicio de los negocios familiares, tacos y burritos, ceviches y pozoles, el olor a carne y picante, música que escapa de las tiendas, ofertas en cartulinas de colores, compartir el transporte colectivo con los mexicanos y redescubrir su inquebrantable amabilidad.

Playa del Carmen no es una excusa para salir de tu hotel, es un lugar para vivir... aunque sea unos meses.


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21 de mayo de 2012

Un charco muy grande.

















Ya sabemos que más vale tarde que nunca y, como nunca no podía ser, ha tenido que ser tarde. Pero ya estoy aquí, deseando compartir mis experiencias viajeras con todo aquellos a los que les interese, que intuyo no deben ser demasiados.

Pues sí, parecía que no iba a llegar nunca, pero ya ocurrió. Compré el billete de avión en agosto del año pasado, con lo que esto del viaje parecía algo en la distancia y que ahí se mantendría eternamente. Pero resultó ser que no, que fue pasando el tiempo hasta que llegó el momento en el que de quedar meses pasaron a quedar semanas. Ahí comenzaron los nervios, aunque no muchos aún. Empezaron a presentarse diversos problemas laborales, de salud, burocráticos,... En fin, esos problemas que esperan al peor momento para salir. O bueno... quizás al mejor, peor sería que aparecieran una vez plantado en otro país.

Casi como un autómata, y sin querer pensar demasiado, fui cerrando todos los asuntos pendientes antes del viaje. Ya el día antes de la salida lo dediqué a actividades habituales en cualquier fin de semana de mi vida, como jugar a la consola o tapear con mis amigos, como queriendo darle absoluta naturalidad a un momento que, para mi mente complicada, para nada lo era. Incluso pospuse el hacer la maleta para justo la noche antes de la salida, intentando evitar lo inevitable. Suerte que compré el vuelo con antelación, conocedor de mis miedos, para no poder echarme atrás. Aún así, estuve tentando, pero no me lo hubiera perdonado jamás...

El viaje en AVE fue lo de menos, una ligera introducción a la pesadilla que estaba por venir. Eso sí, para amenizarlo, tuve el honor de tener al otro lado del pasillo a José Coronado enseñando a jugar a no sé qué juego a su atractiva acompañante en su fastuoso iPad. No sé si es el acento madrileño, el cual me resulta muy desagradable, quizás el aderezo de su propia personalidad e incluso grave voz, pero me pareció ligeramente petulante.

En Madrid, tras combinar unas pocas líneas de metro y un autobús interno del aeropuerto (me equivoqué de terminal, tuve que volver de la T4 a la T2), conseguí encontrar mi espacio en un rincón, tirado al lado de un enchufe que me permitió morirme de risa con la pésima serie "American Horror Story" (el título hace entender que si me morí de risa no debe de ser muy buena) y mantener cargado mi móvil.

Alemania, al menos desde el aire, se muestra como un verdadero cuento de hadas. Todo verdor, a veces interrumpido por perfectamente delineadas carreteras, humo de chimeneas o casitas de pequeñas aldeas. El vuelo en sí no se me hizo muy largo (sobre todo porque no lo era), y lo tomé cual nuevo entremés para el terrible atracón final. Otra cosa no, pero el viaje tenia una curva de dificultad muy lograda.

Una vez en el avión (obviemos la tediosa espera en el aeropuerto de Frankfurt) tuve la suerte de que se me sentó al lado una chica mexicana muy simpática, culta y habladora, con lo que se me hicieron un poco (y sólo un poco) más amenas las tropecientas horas de vuelo.

Resultó que Ingrid, que es como se llamaba la chica, volvía de Dubai tras pasar allí dos años trabajando en espectáculos con delfines. Recibió una oferta a través de un contacto que, si no fuera por el dinero ahorrado, decía arrepentirse de haber aceptado. Se quejaba de la pésima gestión que allí había en el tema de los delfines, del mal trato que se le daba a las mujeres en esa cultura, de las contínuas tormentas de arena, de lo aburrido e impersonal de la ciudad... Total, que abandonó el trabajo, no sin problemas para que le devolvieran su pasaporte, y rumbo a México que se encontraba, deseosa de encontrarse de nuevo con su gente, comida y playas (creo que en ese orden).

Hasta ahora, los vuelos transoceánicos están siendo justos conmigo, y me están compensando el sufrimiento de las horas de vuelo con espectaculares premios al tocar su fin. Si en mi anterior aterrizaje quedé estupefacto con una impresionante e inolvidable vista sobre Chicago y su "skyline", la llegada a Cancún no fue menos. Durante los últimos minutos el avión volaba de forma paralela a la costa y, justo por el lado de mi ventanilla (imaginadme con la naríz pegada al doble cristal), se podía disfrutar de un mar turquesa de mil tonalidades diferentes abrazando Isla Mujeres, colmando Nichupté y bañando toda la Riviera Maya.


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9 de marzo de 2012

Fauna y flora | Fauna and flora



Este fin de semana estuve en el vivero de Valle-Niza y en el parque de La Paloma haciendo fotografías de plantas y aves para mandarlas a Fotolia.



This weekend I was at the Valle-Niza nursery and the La Paloma park taking photos of plants and birds to send them to Fotolia.


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27 de febrero de 2012

En la estación | At the station



Fue cancelada la semana anterior y, a la segunda, fue la vencida. Esta es la última sesión que he hecho hasta ahora, con Jéssica Quintero como modelo y Antonella Costantini como maquilladora y peluquera.

Comenzamos en una estación abandonada del tren de cercanías, aunque el tren pasaba igualmente. Había que tener cuidado con que no se volara el flash con pie incluído, etc. Luego pasamos a un puente que hay sobre las mismas vías y, por último, a otro puente más, este sobre la autovía.

La sesión fue, como me gusta a mí, corta pero productiva. Comprobado está que cuando hago una sesión de demasiado larga el resultado al final es bastante malo (aún no he descubierto por qué...). Prefiero echar dos o tres horas, conseguir 10 buenas fotos, y para casa.



It was canceled last week but, at the second time, it could be done. This is the last shooting I´ve done so far, with Jéssica Quintero as model and Antonella Costantini dealing with makeup and hairdressing.

We began at an abandoned suburban train station, although the train continued passing through, so we had to be careful with the flash and its stand. Then we moved to a bridge over the railway and, at last, to another bridge over the highway.

The shooting was, as I usually like, short but productive. It´s proved that when I do a shooting too long the final result ends up being very bad (I haven´t found out why yet...). I preffer to be two or three hours, get 10 good pics, and go home.


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24 de febrero de 2012

Relax




Esta tarde tocó irse por el puerto, paseo marítimo y playa a hacer fotos, con calma y tranquilidad. | This afternoon was time to take a walk on the port, seaside and beach to take pics, with calm and tranquility.

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Real Aeroclub de Málaga




Ayer retoqué la primera foto de la sesión que hice a principios de mes con Sandra Durán como modelo y Elvira López encargándose del maquillaje y la peluquería. Como digo siempre, la sesión no salió tal y como la tenía planeada, pues nos quedamos sin poder usar el segundo "look" que habíamos preparado. Realmente, la culpa fue mia, pues no supe gestionar bien el tiempo del que disponíamos. Otra cosa más que anotar y corregir en próximas sesiones.

Cuando estábamos terminando, pudimos ver al exjugador del Málaga CF, Salva Ballesta. Es conocida su gran afición a volar, y allí se encontraba, a los mandos de su avioneta haciendo acrobacias.

Quiero mostrar también mis agradecimientos al Real Aeroclub de Málaga y, en especial, a su presidente, Gonzalo Figueroa, por cedernos amablemente las instalaciones. Por supuesto, mis agradecimientos también para Sandra y Elvira, fue un placer trabajar con ellas.



Yesterday I retouched the first photo of the shooting I did at the beginning of the month with Sandra Durán as model and Elvira López dealing with makeup and hairdressing. As I always say, the shooting didn´t go as I planned, so we couldn´t use the second look we prepared. It was all my fault, because I couldn´t manage the time correctly. Another thing to write down and correct.

When we were finishing, we could see the ex Málaga CF player Salva Ballesta. It´s known that he loves fliying, so there he was, piloting his plane and performing acrobatics.

I also want to show my gratitude to the Real Aeroclub de Málaga and specially to Gonzalo Figueroa, its president, for leaving us the facilities. Of course, my gratitude to Sandra and Elvira too, it was a pleasure to work with them.


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1 de enero de 2012

Conduciendo por Málaga | Driving in Málaga

video

Llevo varias semanas probando mi Samsung Galaxy S2 y su estupenda aplicación Lapse It en distintas situaciones para ver hasta donde puede llegar. Hasta ahora, aunque no son resultados profesionales (ni llevan preparación alguna como para que lo sean), la cosa promete.

Está realizado con una toma cada 3 segundos y renderizado a 10 fps. Es por eso que no va todo lo fluído que debería, pero a 25 fps el vídeo iba demasiado rápido (el trayecto del coche es corto y son doscientas y pocas imágenes resultantes).

I´ve been trying out my Samsung Galaxy S2 and its wonderful app Lapse It in many situations to see how far can it go for a few weeks. So far, although they aren´t pro results (there´s no preparations for that), things are promising.

It´s made with a shot every 3 secs and rendered at 10 fps. That´s why it doesn´t go as fluent as it should be, but at 25 fps the video was too fast (the way of the car is short and there are hardly two hundred pics).

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