21 de mayo de 2012

Un charco muy grande.

















Ya sabemos que más vale tarde que nunca y, como nunca no podía ser, ha tenido que ser tarde. Pero ya estoy aquí, deseando compartir mis experiencias viajeras con todo aquellos a los que les interese, que intuyo no deben ser demasiados.

Pues sí, parecía que no iba a llegar nunca, pero ya ocurrió. Compré el billete de avión en agosto del año pasado, con lo que esto del viaje parecía algo en la distancia y que ahí se mantendría eternamente. Pero resultó ser que no, que fue pasando el tiempo hasta que llegó el momento en el que de quedar meses pasaron a quedar semanas. Ahí comenzaron los nervios, aunque no muchos aún. Empezaron a presentarse diversos problemas laborales, de salud, burocráticos,... En fin, esos problemas que esperan al peor momento para salir. O bueno... quizás al mejor, peor sería que aparecieran una vez plantado en otro país.

Casi como un autómata, y sin querer pensar demasiado, fui cerrando todos los asuntos pendientes antes del viaje. Ya el día antes de la salida lo dediqué a actividades habituales en cualquier fin de semana de mi vida, como jugar a la consola o tapear con mis amigos, como queriendo darle absoluta naturalidad a un momento que, para mi mente complicada, para nada lo era. Incluso pospuse el hacer la maleta para justo la noche antes de la salida, intentando evitar lo inevitable. Suerte que compré el vuelo con antelación, conocedor de mis miedos, para no poder echarme atrás. Aún así, estuve tentando, pero no me lo hubiera perdonado jamás...

El viaje en AVE fue lo de menos, una ligera introducción a la pesadilla que estaba por venir. Eso sí, para amenizarlo, tuve el honor de tener al otro lado del pasillo a José Coronado enseñando a jugar a no sé qué juego a su atractiva acompañante en su fastuoso iPad. No sé si es el acento madrileño, el cual me resulta muy desagradable, quizás el aderezo de su propia personalidad e incluso grave voz, pero me pareció ligeramente petulante.

En Madrid, tras combinar unas pocas líneas de metro y un autobús interno del aeropuerto (me equivoqué de terminal, tuve que volver de la T4 a la T2), conseguí encontrar mi espacio en un rincón, tirado al lado de un enchufe que me permitió morirme de risa con la pésima serie "American Horror Story" (el título hace entender que si me morí de risa no debe de ser muy buena) y mantener cargado mi móvil.

Alemania, al menos desde el aire, se muestra como un verdadero cuento de hadas. Todo verdor, a veces interrumpido por perfectamente delineadas carreteras, humo de chimeneas o casitas de pequeñas aldeas. El vuelo en sí no se me hizo muy largo (sobre todo porque no lo era), y lo tomé cual nuevo entremés para el terrible atracón final. Otra cosa no, pero el viaje tenia una curva de dificultad muy lograda.

Una vez en el avión (obviemos la tediosa espera en el aeropuerto de Frankfurt) tuve la suerte de que se me sentó al lado una chica mexicana muy simpática, culta y habladora, con lo que se me hicieron un poco (y sólo un poco) más amenas las tropecientas horas de vuelo.

Resultó que Ingrid, que es como se llamaba la chica, volvía de Dubai tras pasar allí dos años trabajando en espectáculos con delfines. Recibió una oferta a través de un contacto que, si no fuera por el dinero ahorrado, decía arrepentirse de haber aceptado. Se quejaba de la pésima gestión que allí había en el tema de los delfines, del mal trato que se le daba a las mujeres en esa cultura, de las contínuas tormentas de arena, de lo aburrido e impersonal de la ciudad... Total, que abandonó el trabajo, no sin problemas para que le devolvieran su pasaporte, y rumbo a México que se encontraba, deseosa de encontrarse de nuevo con su gente, comida y playas (creo que en ese orden).

Hasta ahora, los vuelos transoceánicos están siendo justos conmigo, y me están compensando el sufrimiento de las horas de vuelo con espectaculares premios al tocar su fin. Si en mi anterior aterrizaje quedé estupefacto con una impresionante e inolvidable vista sobre Chicago y su "skyline", la llegada a Cancún no fue menos. Durante los últimos minutos el avión volaba de forma paralela a la costa y, justo por el lado de mi ventanilla (imaginadme con la naríz pegada al doble cristal), se podía disfrutar de un mar turquesa de mil tonalidades diferentes abrazando Isla Mujeres, colmando Nichupté y bañando toda la Riviera Maya.


http://www.alvaromartinfotografia.com