17 de junio de 2012

Los ecoparques.

En mitad de un calendario cargado de visitas a ciudades, playas y ruinas, Xel-Há y Xcaret vinieron a aportar un toque diferente a la agenda viajera por la Península de Yucatán. Desprestigiadas por los mochileros más puristas, las visitas a lugares completamente turísticos son necesarias en aras de obtener una imagen lo más insesgada posible de la zona. Estos ecoparques combinan por igual ocio y descanso con cultura y naturaleza, contentando así a un amplio rango de visitantes y justificando el alto precio de las entradas.

Destacado puerto comercial en la época maya, en la actualidad Xel-Há es un ecoparque situado alrededor de una espectacular caleta, en la que varios pequeños ríos van a desembocar al mar. Esta confluencia de agua dulce y salada supone el hábitat perfecto para decenas de especies de fauna acuática, que son, junto a los pequeños mamíferos, aves y reptiles (no podían faltar las iguanas) que frecuentan los humedales cercanos, los verdaderos protagonistas del parque.


















Las instalaciones y organización son excelentes, incluyendo multitud de servicios que permiten disfrutar de los encantos del parque sin preocuparse absolutamente de nada. Los visitantes disponen de consigna donde guardar sus objetos personales, servicios, duchas, toallas, tumbonas, hamacas, chalecos salvavidas, equipo de esnórquel y un sinfín más de comodidades. La entrada da derecho también a hacer uso de los diferentes restaurantes temáticos y las barras de bebidas sin ningún tipo de limitación, zonas estas amenizadas por las repetitivas fanfarrias de los simpáticos músicos del lugar.

Las actividades que se pueden desarrollar en Xel-Há son variadas, casi todas relacionadas con el agua. Desde las más sencillas como observar peces desde la cristalera submarina de un barco, alimentarlos desde algunos puentes o recorrer los kilómetros de senderos en bicicleta, hasta las más movidas como las ruedas neumáticas, las tirolinas o los saltos desde rocas elevadas, pasando por supuesto por el esnórquel, actividad estrella del parque.

También es posible desmarcarse y perderse por algunas zonas de los alrededores. Unos de los múltiples senderos cubiertos de vegetación desemboca en un claro, donde patos y coatíes beben de un enorme cenote mientras algunos visitantes asombrados los rodean y observan a escasos dos metros de separación, si interferir los unos con los otros.


















Es un placer pasar el día investigando las cuevas y recovecos de los laterales de la caleta con el equipo de esnórquel, lanzarse a los cenotes impulsándose desde una liana o descubrir la rocosa playa del final, todo ello con contínuas visitas a los restaurantes y las hamacas para hidratarse y reponer fuerzas.

Como aspectos negativos pueden citarse lo pequeño del delfinario y la costumbre, endémica en toda la Riviera Maya, de usar sin consideración animales (en este caso guacamayos) para fotografiarse con turistas. Dos detalles que un parque ecológico y que se autodenomina socialmente responsable no debería permitir.

En cualquier caso, y a modo de conclusión, Xel-Há es una experiencia única e inigualable, combinando con destreza actividades físicas al aire libre con descanso y relax, habiéndome hecho disfrutar como hacía años que no lo hacía y permitiéndome pasar uno de los días más divertidos desde que llegué a tierras mexicanas.


















También ubicado sobre un antiguo asentamiento maya, Xcaret es un ecoparque que ofrece un amplio abanico de opciones para los amantes de la naturaleza y la historia mexicana, dando a todo ello un enfoque más museístico y menos interactivo que el recién descrito parque de Xel-Há.

En un parque que se enorgullece de recomendar dos días para visitarlo al completo, debido a su enorme extensión y cantidad de contenidos, es indignante que la entrada básica no incluya ninguna comida. Es más, la entrada superior, la denominada "Xcaret Plus", incluye una sola visita al bufet libre (previa espera de una enorme cola), y sólo una. De este modo, y sin ningún miramiento, obligan al visitante a pagar por el resto de comidas y bebidas que desee durante la jornada, incluida la indispensable agua.

Las actividades acuáticas son meramente testimoniales, reduciéndose a hacer esnórquel por un túnel construído ex profeso en el que no hay ni un solo pez y, aunque lo hubiera, no se vería porque está en la absoluta oscuridad. Además, hay que ir uno detrás de otro, esquivando los aletazos del que te precede y cuidando de no atizarle en la cara al que te sigue, teniéndote que adaptar sin remedio al desesperante ritmo de familias y niños.

La zona de playa está atestada de visitantes que parecen no saber que en el Caribe hay playas gratuitas, no teniendo la necesidad de pagar la entrada a Xcaret si lo que desean es broncearse. Con ello, como última actividad acuática, queda por hacer esnórquel por una minúscula caleta plagada de erizos como puños y rematada por un cartel en el que el parque elude responsabilidades ante cualquier posible lesión "por las especiales características del área natural".


















En cuanto a las atracciones de temática relacionada con la historia de México bien es cierto que la cosa mejora. De la antigua civilización maya se pueden visitar un juego de pelota y diferentes ruinas, vestigios estas según parece del asentamiento sobre el que está construido el parque. Un encanto especial tiene el área del cementerio, la iglesia y la casa de los murmullos, en la que una encantadora anciana te invita a probar el mágico efecto que adquieren las palabras al ser pronunciadasen su interior.

Relacionado con la fauna, el parque ofrece un gran número de especies. Destacan panteras y jaguares, aunque también veremos monos, venados, mapaches y hasta un tapir. Realmente, todo se limita a caminar mirando a un lado y otro del sendero, intercalando alguna parada para escudriñar entre la vegetación dónde se ha podido meter el animal. El acuario también es un mero trámite y lo más interesante que veremos será el cómo alimentan a las tortugas al atardecer.


















Mención aparte merece el mariposario, una enorme jaula de malla metálica que las mariposas han hecho su reino de agua y vegetación. Algunas revolotean entre los visitantes, otras permanecen inmóviles en troncos y hojas ante el constante acercamiento de lentes y objetivos. Las más espabiladas devoran la fruta que los encargados del parque les van colocando por todo el recinto.

Del conjunto de espectáculos que componen la agenda de Xcaret, me llamó la atención el de las danzas prehispánicas. No fue tanto por las danzas en sí, pues, aunque muy meritorias y llamativas, se pueden ver en muchos otros sitios de México (al igual que los voladores de Papantla). Lo llamativo era el entorno donde se hacían. Entre antorchas, humo y cadencia de tambor, los caracterizados como mayas danzan bajo la atenta mirada del público que abarrota los miradores. La noche comienza a caer sobre Xcaret y un ambiente místico se adueña de la hondonada donde se sitúa su poblado maya.


















Las disintas áreas del parque se van vaciando y los miles de visitantes se agolpan en los alrededores del enorme auditorio para ver el espectáculo nocturno. La primera parte, toda la que ocurre antes del intermedio, es una representación del juego de pelota maya y la posterior conquista de dicha civilización por parte de los españoles. Cuidada al detalle y con una puesta en escena de verdadero lujo, es un gozada estar disfrutando de ese momento mientras fuera del recinto cae un tremendo aguacero tropical.

La segunda parte es diferente, siendo un repaso de las costrumbres de algunos de los estados del país a través de vestimentas, música y bailes típicos de cada región. Un prefabicado show a modo de colofón, orquestado para provocar el aplauso fácil de los estadounidenses que lo presencian como lo más genuinamente mexicano que jamás podrán ver.

Después de tantas horas, se van olvidando los muchos puntos negativos que tiene Xcaret, quedando estos camuflados entre la mareante oferta de cultura y naturaleza que ofrece el parque. No es que uno salga insatisfecho, pues las muchas experiencias de las que se disfruta a lo largo del día valen la pena, pero sí decepcionado. A pesar de la gran publicidad que se le hace a Xcaret, resulta ser una visita prescindible, e incluso sustituible por una visita al sin igual Xel-Há.


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11 de junio de 2012

Una de piedras y arena.

Las expectativas de ver en vivo la típica postal de Tulúm, con un espectacular Mar Caribe de color turquesa, se iban desvaneciendo conforme avanzaba hacia la entrada de las ruinas. La constante lluvia que arreciaba (con repentinos cambios de intensidad incluídos) hacía intuir que, si quería ver ese día las ruinas, me tendría que mojar. Teniendo en cuenta el calor que hacía y que iba en bañador, lo único que faltaba era darle utilidad a la toalla, envolviendo la cámara de forma que sobresaliera tímidamente el objetivo y decidiéndome a salir del techado en el que ya llevaba rato sopesando la situación.

Rodeados en el pasado de densa vegetación selvática, templos y demás construcciones salpican en la actualidad una verde explanada, sin duda resultado de la adaptación de la zona a las visitas turísticas. Como por encargo de los antiguos mayas, numerosas iguanas vigilan desde las edificaciones el contínuo flujo de turistas que cada mañana invade su descanso. Inmóviles, mimetizadas con la roca, controlan con la mirada todo movimiento a su alrededor. Algunas, incluso, se acercan a los caminos, dejándose querer por los visitantes.


















Más allá de su valor histórico o estado de conservación, cada zona arqueológica tiene algo que la hace especial. Incluso para el que ni se ha molestado en recopilar información antes de la visita, es fácil descubrir que en el caso de Tulúm se trata de su espectacular ubicación. Esta atalaya sin igual domina una gran área de costa, rematando desde las alturas una pequeña pero concurrida playa.

La visita terminó alargándose más de lo previsto, y la idea inicial de descubrir las afamadas playas cercanas a las ruinas (no la de las mismas ruinas) se transformó en ir a almorzar a Tulúm pueblo, en un típico sitio de comida mexicana sobre la Carretera Federal. Típico en apariencia, porque la comida corrida (como se le llama al menú del día en México) se componía de una fuente con pollo, mole, ensalada, espaguetis y arroz... Extraña combinación... Al terminar, y aún con tiempo por delante, decidí cambiar el ticket de vuelta del autobús por uno que me dejara en Akumal.


















Akumal, en principio, es una pequeña población con una espectacular playa de arena blanca, donde multitud de palmeras cocoteras dan la bienvenida asomando su copa casi sobre la orilla. Es al meterse en el agua cuando uno descubre que no se encuentra en una playa cualquiera. Las primeras veces pasan por confusión, pero a las siguientes ya uno empieza a sospechar que hay algo más. Lo que parecían ser peces termina revelándose como enormes tortugas marinas asomando la cabeza para respirar y que nadan plácidamente a escasos dos o tres metros del atónito bañista.

Al terminar el día pude ahogar mis penas por no haber tenido equipo de esnórquel con una increíble puesta de sol sobre aquella preciosa playa, mientras un grupo de turistas ahogaban las suyas con un "cold coconut" de elevado contenido alcohólico.


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10 de junio de 2012

Las dos caras de Puerto Morelos.

Fue correcta mi elección de hacer a pie los aproximadamente dos kilómetros que separan Puerto Morelos de la Carretera Federal, evitando de esta forma taxi y colectivo. Demasiado poco andamos en el día a día de nuestras ciudades como para no disfrutar de buenas caminatas cuando estamos conociendo un país que no es el nuestro. Esto, unido a que no me desagrada andar, hizo que pudiera apreciar detalles que de otro modo me hubiera perdido.

Ya desde la carretera que lleva al pueblo se puede apreciar el marcado carácter pesquero que tiene Puerto Morelos. En las orillas de los pocos lagos que el tupido manglar deja al descubierto, madres con sus hijos (los padres y hermanos mayores están en el mar) andan de arriba para abajo con palos, cubos y demás rudimentarios utensilios de pesca.


















La carretera lleva directamente a la plaza del pueblo y el puerto pesquero, con varios embarcaderos y pequeñas barcas amarradas, algunas de ellas para llevar turistas a bucear al arrecife de coral. En esta zona están las tiendas y los sitios para comer, siendo algo más caros los de la misma plaza que los de las calles que desembocan en ella. Aquí encontramos también la clásica estampa de Puerto Morelos, con sus dos faros. El más cercano a la orilla es el símbolo del pueblo, inclinado por un huracán, y el de justo detrás el que hicieron para sustituirlo.


















El pueblo en sí tiene poca historia. Aunque bueno... mejor me explico. Si no atenemos al significado literal de "historia", es de los que más tienen de la zona, pues existía ya antes del desarrollo turístico de la Riviera Maya. Otras poblaciones cercanas, como el mismo Cancún, eran puro manglar hasta hace apenas 40 o 50 años, cuando creció a espaldas de la zona hotelera casi como una ciudad dormitorio de ella.

Aclarado esto, Puerto Morelos tiene poco que ver. Partiendo del embarcadero, y de cara al mar, encontramos una larga playa a nuestra izquierda, con el romper de las olas en el arrecife a escasos doscientos metros. Es tranquila y apacible, ocupada mayormente por mexicanos, en la que los niños montan historias y juegos de piratas sobre las barcas de pesca que sus padres tienen allí amarradas.


















Detrás, sólo unas pocas calles con bonitas (y posiblemente caras) casas de extranjeros, relajados centros de operaciones de los negocios inmobiliarios u hosteleros que tienen por toda la Riviera Maya. Esperemos que no acaben conviertiendo Puerto Morelos en un nuevo Playa el Carmen.

Volviendo a la plaza del pueblo, pero encaminánonos hacia la derecha, encontramos una playa menos atractiva y apetecible, salpicada de algas y postes de madera para el amarre de las embarcaciones. Es corta, y tras unos cuatrocientos metros nos topamos con el muro del puerto comercial. La garita de vigilancia, contenedores y una valla metálica, entre otras cosas, flanquean el paso, pero no impiden observar el misterioso barco hundido que hay al otro lado.


















En la misma playa, y casi engullidos por la arena, resisten los barracones prefabricados de lo que en su día fue un colegio. Paseando por las instalaciones abandonadas descubrimos unas aulas casi olvidadas por el tiempo, donde las últimas explicaciones de los profesores permanencen escritas en las pizarras, y los murales y dibujos de los niños aún cuelgan de los tablones.

Hacía poco que quedó atrás un grupo de niños recibiendo con entusiasmo la llegada de la barca de su padre y hermanos tras la jornada de pesca. Irrumpieron a la carrera, cubos con pescado en mano, en la zona del colegio para, por la simple evidencia, descubrir yo que vivian en él.

















Ya explorada la carretera de acceso al pueblo en la caminata inicial, tocó usar transporte público de vuelta a la Carretera Federal. Aproveché la espera del colectivo para visitar la iglesia de San José, situada en la misma plaza central. Me pareció curioso, por ser la primera vez que lo veo, que el lateral derecho de la nave central estuviera completamente abierto y dando a un jardín, con lo que la imagen que en él habia estaba completamente al aire libre.


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3 de junio de 2012

Sin pulsera, por favor.

 

El autobús ADO deja en la estación de la 5ª Avenida, lo que permite encontrarse de golpe con el epicentro, motor y razón de ser de la ciudad. Una auténtica amalgama de tiendas, restaurantes y hoteles, temporales vencedores de la feróz lucha por el metro cuadrado que en ella se libra. Atractiva ratonera, en forma de calle comercial, en la que extranjeros pasean sus divisas al sonido de los cantos de sirena que los insistentes relaciones públicas entonan.

Esta es la Playa del Carmen (o simplemente Playa, como se le conoce) que terminan conociendo los turistas, esos para los que la visita a la 5ª Avenida es considerada excursión pues, al fin y al cabo, es una salida del recinto de su hotel de todo incluído.

Afortunadamente, aquellos que buscamos una experiencia diferente al viajar, no tenemos más que andar unos pocos metros en perpendicular al mar para descubrir una ciudad completamente diferente a ese circo de la 5ª y descubrir lo que realmente México nos puede aportar.

Al ser una ciudad muy joven, se pudo elegir como continente de la misma un entramado de calles cuadriculado, copia de las ciudades estadounidenses, que facilita encontrar un lugar si conocemos su dirección, pero convierte en tarea difícil volver a un lugar si no se conoce la misma, pues todas las calles son prácticamente iguales. Sólo algunas y contadas zonas residenciales, el aeródromo, la plaza del ayuntamiento o la misma playa rompen esa monótona telaraña y ayudan a orientarse.

Los  negocios estrella son, sin duda, puestos de comida mexicana, hostales, lavanderías, minisupermercados, inmobiliarias y centros de estética. Los muchos residentes extranjeros en Playa del Carmen, atraídos por las facilidades de inversión y el excelente clima, le aportan un toque distinto respecto a otras ciudades, dotando a esta de un aire especialmente bohemio y cosmopolita. 

Mucha de esta gente se desplaza en bicicleta por la ciudad, mezcla de las costumbres de las zonas rurales de México con las recientemente importadas por europeos, existiendo incluso un muy utilizado carril bici en la Avenida 10, algo casi inaudito en este país, que apenas da sus primeros pasos en la conservación del medio ambiente y el ecologismo.

Para disfrutar de Playa del Carmen hay que adentrarse más allá de la 10ª Avenida, pasear por las maltrechas aceras disfrutando del bullicio de los negocios familiares, tacos y burritos, ceviches y pozoles, el olor a carne y picante, música que escapa de las tiendas, ofertas en cartulinas de colores, compartir el transporte colectivo con los mexicanos y redescubrir su inquebrantable amabilidad.

Playa del Carmen no es una excusa para salir de tu hotel, es un lugar para vivir... aunque sea unos meses.


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