28 de julio de 2012

Cerca del cielo.

















Encontrarme un Hard Rock casi nada más bajar del ferry es algo que, al menos en mi caso, trastoca cualquier plan previsto. Y eso ocurrió en Cozumel, donde fui a dar de frente con uno nada más salir de la terminal marítima. Eso obligaba a, por muy temprano que fuera, entrar y comer.

Después de dar buena cuenta de una Legendaria (la hamburguesa estrella de la cadena de restaurantes) en el que, tal y como reza un cartel en la puerta, es el más pequeño de los Hard Rock del mundo, volví a la terminal marítima para comenzar la excursión de esnórquel que tenía contratada.

Tres paradas en tres zona distintas del segundo mayor arrefice de coral del mundo. Los primeros minutos los invertí en aprender a no tragar agua con el esnórquel puesto pero, una vez acostumbrado, me lancé a hacer inmersiones relativamente profundas (tanto como dan mis pulmones) para poder nadar entre restos de galeones hundidos y peces de colores. Impresiona ver, como si fueran astronáutas sobre la superficie lunar, grupos de buzos caminano sobre el profundísimo fondo marino mientras iluminan con sus potentes linternas.

En el camino de regreso, entre botellas de agua y refrescos para rehidratar, el instructor estuvo hablando sobre sus años de experiencia en el mundo del buceo y sus peripecias en el mismo. Parte apasionante verdad y parte vacío adorno en busca de la admiración del visitante y la posterior propina.

La isla de Cozumel tiene una increíble oferta de naturaleza, pero el centro de la ciudad poco tiene que ofrecer. Típica plaza central e iglesia cercana, todo convenientemente aderezado por tiendas de recuerdos y artesanía de dudoso valor. Los artículos estrella son todo tipo de piezas relacionadas con el calendario maya y, de camino, también el azteca.

Ya a media tarde decidí, asumiendo un gran riesgo, alquilar una bicicleta para cruzar a lo ancho la isla, ansioso por descubrir sus famosas y paradisíacas playas. Los minutos pasaban y, por más que pedaleaba, la ansiada costa nunca llegaba y los catorce kilómetros parecían no tener fin. Llegado a un punto en el que calculé iba a pasar la noche aislado en medio de la nada, tomé la decisión de regresar. El objetivo de llegar al cielo, como llaman la costa de Cozumel por la casi imperceptible unión de este con el mar, quedó pospuesto.

Son pocas las experiencias de las que no se puedan extraer provecho o conclusiones. En esta disfruté (sobre todo a la ida) de un placentero paseo en bicicleta por una carretera rodeada de selva a ambos lados. También a detenerme lo mínimo, compaginar beber agua con las danzas rusas (esas que levantas un pie y luego otro a máxima velocidad) y reemprender la marcha con celeridad para no ser devorado por cientos de mosquitos.


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21 de julio de 2012

En el centro de Yucatán.

Cuando organicé la visita a la zona arqueológica de Chichén Itzá programé la vuelta de forma que, en vez de ser directa, hiciera un transbordo de autobús en Valladolid. De este modo, disponía de algo más de una hora para visitarla, tiempo que parecía suficiente para ver una ciudad pequeña como esta. Pero llegado el momento me sorprendí, descubriendo que Valladolid ofrece demasiado para poderlo disfrutar en tan poco tiempo. Aproximadamente un mes después tenía un viaje a la ciudad de Mérida, con lo que aproveché para solucionarlo volviendo a parar en Valladolid, esta vez unas cuatro o cinco horas y así  poder ver la ciudad con más calma.

















La ciudad hereda la estructura de la de las ciudades españolas, común hoy en día a muchas otras ciudades mexicanas. El centro es la plaza de Francisco Cantón, parque y punto de reunión para los vallisoletanos, que aprovechan la puesta del sol y la caida de la temperatura para pasear, charlar en los bancos o aprovechar la conexión inalámbrica para llevarse sus portátiles, todo ello aderezado por chucherías y aperitivos (botanas en México) que los vendedores ofrecen desde sus típicos carritos.


















Comí en el Bazar Municipal, aprovechando su techado para huir del agobiante calor durante un buen rato. Dos de los laterales de la plaza se encontraban cortados al tráfico porque en ellos se llevaban a cabo los preparativos para un discurso electoral en esa misma noche. Me aventuré entre trabajadores, camionetas, andamios y un sinfín de sillas de plástico para llegar hasta la catedral, denominada Templo Parroquial de San Gervasio, remodelada y reorientada varios siglos después de su construcción. 



Entonces comenzó la búsqueda de los edificios religiosos. De los muchos de los que dispone Valladolid, decidí visitar la iglesia de San Juan de Dios por cercanía y San Bernardino de Siena por su fama y atractivo. La primera de ellas se encuentra a unas pocas manzanas (cuadras en México) de la plaza central y me llevó poco tiempo llegar a esta ella. Adornada su fachada por los típicos banderines de colores mexicanos, la iglesia preside una plaza mucho menos bulliciosa y más tranquila que la de Francisco Cantón.


















Cerca de esta última se encuentra el Museo de San Roque, un antiguo hospital reconvertido para mostrar la historia del antiguo Zací, lugar donde fue fundada originalmente la ciudad de Valladolid. Aunque la entrada principal se encuentra en una de las calles que parten de la catedral, tuve la suerte de encontrar una entrada alternativa por uno de los laterales y que permite también descubrir el Parque de los Héroes.


















En la misma acera de la catedral y a pocas cuadras de esta llegamos a la popularmente conocida como Las Cinco Calles, una pequeña plaza que rompe el esquema tradicional mexicano, siendo confluencia de las citadas cinco calles en vez de las cuatro habituales. Atravesándola alcanzamos el barrio de Sisal, donde concurridos parques y áreas verdes rodean el Ex Convento de San Bernardino de Siena. La iglesia es de estilo franciscano aunque el resto de la enorme construcción bien podría confundirse con una fortaleza medieval, con gruesos muros y altas almenas.


















Dado que no quedaba mucho tiempo hasta la salida de mi autobús para Mérida, decidí usar el tiempo restante en callejear por el centro de la ciudad. A diferencia de la mayoría de las ciudades europeas o norteamericanas, Valladolid aún conserva el encanto del comercio tradicional, la mayoría situados individualmente en locales a pie de calle y otros dentro de castizas y acogedoras galerías, como la del Mercado de Artesanía. Aquella tarde pude disfrutar de mezclarme en el bullicio de vallisoletanos camino de sus quehaceres diarios al zapatero, sastre o relojero, lo que, unido a inminente comienzo del citado discurso electoral, hacía de las calles de Valladolid un hervidero de gente inesperado y agradablemente sorpresivo para una pequeña ciudad en mitad de la selva yucateca.


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10 de julio de 2012

El día que Kukulcán despierte...

Es obligada la visita a las ruinas de Chichén Itzá sin importar la razón que haya traido al viajero hasta la Península de Yucatán. Algunos llegan a esta zona arqueológica atraídos por la riqueza de la cultura maya y otros por el morbo de los que han querido ver el fin del mundo en una malinterpretación de su calendario. Los hay que llegan por razones más prosaicas que las anteriores, como aprovechar el paquete vacacional contratado o, simplemente, aprovechar también la pirámide para dar lustre a la imagen de perfil de Facebook. El caso es que allí se dan cita miles de personas cada día y, ese día, allí estaba yo.

Lo primero que uno ve al levantar la cabeza, aún en la explanada de los autobuses, es un enorme cartel que anuncia un mercado de artesanías. Al atravesar el arco sobre el que está colocado comprobamos que, efectivamente, estamos en un mercado de artesanía. Paso ligero durante unos segundos y cara de no entender español para escapar de los siempre agobiantes comerciantes y alcanzar la zona de taquillas. Confusa ella, pues hay que comprar dos entradas diferentes, a saber, una para cada institución de las que gestionan la zona arqueológica.

Una vez pasados los tornos de entrada toca atravesar un largo corredor, flanqueado a ambos lados por más puestos de artesanía, donde más comerciantes te acosan sin piedad hasta la llegada, por fin, a la zona arqueológica propiamente dicha. En esta es donde se reunen los guías, imprescindibles si se quiere salir de allí con la sensación de haber visto algo más que simples piedras.

La estructura de la zona, a grandes rasgos y desde el punto de vista de un no experto en cultura maya, es bien sencilla. Lo primero que se encuentra el visitante es una gran explanada donde se hallan los edificios más reconocibles, los que más aparecen en revistas y postales. El Juego de Pelota a la izquierda, la pirámide de Kukulcán en el centro y el Templo de los Guerreros y de las Mil Columnas a la derecha. Hay más construcciones, pero destacan estas tres.

















Se invierte bastante tiempo en realizar la visita al completo, pues el guía va desgranando cada detalle de las construcciones. El por qué aparece un tipo de animal y no otro, el funcionamiento del juego de pelota maya, la bajada de la serpiente por las escaleras de la pirámide durante el equinoccio o la colocación del Chac Mool. Todo ello lo complementaba con fotografías pegadas en un álbum que, si no tuviuera la absoluta certeza de que los mayas no manejaban cámaras fotográficas, su estado de conservación me hubiera llevado a pensar que eran parte de las mismas ruinas.

Para llegar al segundo área de la zona arqueológica y para moverse entre las distintas partes de la misma hay que hacer un ejercicio de paciencia y saber estar, pues de nuevo decenas de comerciantes esperan a los visitantes apostados a los lados de los senderos. Como si del tren del escobazo se tratara, hay que pasar lo más rápido posible mientras intentan llamar tu atención en todos los idiomas imaginables o imitan el estridente sonido de un jaguar con un artilugio de madera, llegando algunos a mostrar malas formas si no se les presta atención.

















De apariencia más descuidada, esta zona es realmente la de más interés en mi opinión. Esto es debido a que, a diferencia de la zona de la pirámide de Kukulcán, estas edificaciones no han sido restauradas con material nuevo, sino que, aunque se conserven en peor estado, casi no han sido modificadas. Destaca la estructura conocida como El Caracol, un enorme y original edificio usado a modo de observatorio astronómico por los antiguos mayas.

Toque de atención para el gobierno mexicano y, en especial, para el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia). Es comprensible el deseo de explotar económicamente un filón como Chichén Itzá, pero la invasión de puestos de artesanía y el grado de acoso al que someten los comerciantes es desesperante. Se trata de una zona de un enorme atractivo turístico que, con más de un millón de visitantes al año, es de sobra autosostenible desde el mundo de vista económico como para tener que caer en semejante despropósito. Las autoridades tienen la certeza de que esto no va a disuadir a nadie de visitar una de las nuevas siete maravillas del mundo, y seguramente están en lo cierto. Pero deberían buscar en este menosprecio a los efectos de la citada paupérrima organización una de las razones de esa imagen exterior de la que México no sabe cómo deshacerse.

El dedicar tantas líneas a criticar la permisividad de las autoriades con el tema de los puestos de artesanía no significa que Chichén Itzá no tenga más que contar. Consciente de la cantidad de información a la que se puede acceder hoy en día sobre la cultura maya, veo más práctico centrarme en los aspectos más inusitados o llamativos que en la pura descricpción y explicación de las zonas arqueológicas que voy visitando.

Chichén Itzá es un imponente conjunto de construcciones de la antigua civilización maya que, si bien el turismo y todo lo que le rodea nos puede distraer de ello, fue una enorme y poderosa ciudad hace poco más de mil años. Es indescriptible la sensación de encontrarse ante la pirámide de Kukulcán que, más allá del propio valor histórico y cultural que posee, produce un tremendo sobrecogimiento al ser consciente de estar a escasos metros de ese monumento que siempre uno vio en libros de texto del colegio o documentales de Discovery.


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