9 de diciembre de 2013

El paraíso.

La salida de Playa del Carmen fue bien entrada la noche. Incapaz de dormir mientras estoy de viaje, no importa el medio de transporte, me llevé esta vez varias películas para poder ir viéndolas durante el camino. Casi un par de horas fueron para "Real steel" ("Acero puro") y otras dos horas en la nada, con todos los pasajeros dormidos, silencio absoluto y casi la total oscuridad.

Llegué a Chetumal aún en la noche y comencé a andar dirección al mar por lo que parecía una ciudad fantasma. Como la caminata era relativamente larga, llegué al centro de la ciudad ya al amanecer y pasé junto al mercado con personas ya trabajando para su apertura.



Chetumal, a pesar de ser la capital del Estado de Quinana Roo, es una ciudad de escaso encanto. Con poca actividad y sin cosas interesantes que ver, me acerqué a ver el paseo marítimo de allí. Parecido al de las ciudades españolas hace treinta años, con sólo una acera donde pasear junto al mar, pero no arena sino directamente el romper de las olas junto a ella.

Con poco más que hacer, cogí el ADO hacia la parada previa a Bacalar, donde atravesando el único edificio existente, un restaurante aún cerrado, me planté en el Cenote Azul. Acostumbrado a los cenotes que visité otras veces, este me impresionó. Tiene un diámetro muy grande y una profundidad de aproximadamente cien metros, con lo que el agua es prácticamente negra. Descubrí que mis escasos y extraños miedos recibían en ese momento a un nuevo inquilino, pues metido en el agua del cenote no duré más de dos o tres minutos, asustado y nervioso por la imposibilidad de ver hacia abajo más allá de la cintura.

Iniciando ya una nueva caminata, esta vez los cuatro kilómetros hacia el pueblo e Bacalar, pude ver las vistas de la zona. En primer plano las oscuras aguas del cenote. Más allá, y separadas por densa vegetación, las casi cristalinas aguas de lo que parecía el mar. Pero no, era la Laguna de Bacalar, hacia donde me dirigía.



Llegué a la plaza central de este nuevo "Pueblo Mágico" y, tras pasar por delante del ayuntamiento, entré a visitar el Fuerte de San Felipe y el Museo de la Piratería que se encuentra en su interior. Mientras disfrutaba desde allí de las espectaculares vistas de la laguna comenzó a caer una tromba de agua que aparecía y desaparecía cada equis tiempo.

De este modo, tras caminar por un embarrado sendero, comenzó a llover con fuerza de nuevo, con lo que fui a almorzar, y de camino refugiarme, a un restaurante situado justo delante de la puerta del Balneario Ecológico. Falta me hacía un buen descanso, pues había estado despierto horas de autobús, pateado la ciudad de Chetumal, visitado el Cenote Azul y atravesado el pueblo de Bacalar...



El balneario es una zona de ocio que da a la increíble Laguna de Bacalar, donde la gente del pueblo echa el día picando y charlando junto a las preciosas aguas del mismo. Cada vez más confiado en el carácter mexicano, pedí a una familia que me guardara la cámara de fotos colgada bajo su sombrilla (allí "palapa").

Andando por la laguna, donde el agua no pasaba más arriba de las piernas, me alejé hacia una zona aún más tranquila y me senté en un pequeño embarcadero. Allí, mientras mi consciencia se olvidaba del cansancio y el propio paso del tiempo, con un relax absoluto y los pies metidos en agua, vi como se acercaba un grupo de jóvenes a donde yo estaba. Lejos del estado de alerta en el que hubiera entrado si estuviera en Málaga, mi tranquilidad se confirmó al preguntarme ellos si se podían sentar conmigo. Estuvimos un buen rato hablando, preguntándome ellos sobre mi país y yo a ellos sobre el suyo. Un buen rato agradable.



Regresé a la zona de las mesas y, tras dar las gracias a la familia por devolverme la cámara, me quedé a pasar media tarde simplemente bebiendo unas cervezas Pacífico y disfrutando la laguna y el ambiente de la zona.

Tras merendar unas tortitas de chocolate en la plaza del pueblo, y ya subiendo hacia la Carretera Federal para coger el ADO de vuelta a Playa, me paré y entré en una pequeña iglesia rodeada por un acogedor patio. Allí, sentado en uno de los bancos de madera, se me acercó un niño y se me quedó mirando a tres o cuatro metros de mí. Le llamaba la atención el que estuviera revisando las fotos de la cámara y empecé a hablarle y a enseñárselas en la pantalla. Cuano me fuí se despidió supercontento y alegre. ¡Más lo estaba yo!

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29 de noviembre de 2013

Mi ciudad preferida.

El día siguiente de las ruinas de Palenque y las Cascadas de Agua Azul me fui bien temprano al ADO de al lado del hotel para comprar el billete al próximo destino. De este modo, y tras una excesiva espera, conseguí sentarme pegado a uno de los cristales del autobús, una de mis necesidades básicas a la hora de viajar.

Mientras el resto de viajeros se entretenían viendo la película que habían puesto en la pantalla del autobús, mi disfrute consistía en mantener la cabeza pegada al citado y empañado cristal. Doy por hecho que no está entre las carreteras más seguras del mundo, pero la belleza de los paisajes lo deja más que compensado. Atravesando grandes montañas, carretera arriba y carretera abajo, curvas cerradas pegadas a abismos hacia la rebozante vegetación, tupidos bosques de cedros rojos y caobas...



La soleada mañana a través de tan impresionante naturaleza tuvo parada para desayunar en Ocosingo y continuación a través de pequeños pueblos a los lados de la carretera, con el inolvidable cartel de madera clavado en tierra con el texto: "ESTÁ USTED EN TERRITORIO ZAPATISTA EN REBELDÍA. Aquí Manda el Pueblo y el Gobierno Obedece."

Emocionante recuerdo mientras escribo esto en la calidez de casa, preocupante tensión durante el propio viaje. Así fue la última hora de camino, atravesando empinadas cuestas y curvas extremas bajo una torrencial lluvia sobre el bosque que nos cubría. Mi corazón en un puño.



Hubo que esperar un buen rato en el interior de la estación de ADO, pues la fuerte tormenta y los grandes charcos no animaban a nadie a pisar el exterior. Aproveché para dejar mi mochila en la estación y salir de la misma cuando ya apenas chispeaba. Ya estaba allí, en una "Ciudad Mágica", en la ciudad más bonita que he visto en mis cuatro meses en México, la ciudad de San Cristóbal de las Casas.

La calle que lleva hasta el centro estaba plagada de personas pegadas a las paredes para evitar las gotas de los tejados, estrechas calles invadidas de coches, preciosas y coloristas iglesias, un hombre trasteando el motor de su estropeado "vocho", farolas callejeras totalmente forradas de carteles de anuncios, típicos negocios en los bajos de antiguos edificios...



Los habitantes deben estar más que acostumbrados a estas casi inundaciones, dando ello lugar a un curioso relajado caos, donde la vida diaria fluye como en cualquier otro dia podría ocurrir. Cafeterías con soportales, vendedores ambulantes de ropa, familias con sus niños saltando charcos y persiguiendo palomas, policías dando información a ciudadanos en la puerta del ayuntamiento, alocadas risas en la paradas coches de caballo...

Callejeando por zonas más tranquilas y descubriendo pequeñas iglesias ocultas terminé llegando por casualidad a una tremenda zona de mercados callejeros. Estaban unidos todos entre sí, mezclándose puestos de distintas temáticas, cocinando en plena calle, autobuses a velocidades casi nulas a través de vías infestadas de gente. Desconocidas frutas de intensos colores, llamativas prendas de ropa colgando de cientos de perchas, conversaciones en cada esquina. Mercadillos colocados bajo tejados de edificios, entre numerosos coches aparcados en descampados, a los pies de una iglesia en obras, por estrechos callejones...



Los puestos de comida callejera son irresistibles, y bajando por la calle principal merendé dos veces en escasos diez minutos. Aproveché también para comprar una prenda de abrigo, pues la temperatura empezaba a ser muy fría. Me senté un buen rato en el interior de la catedral y retomé la visita rumbo a El Cerrito.

En el camino me paré a ver un grupo de jóvenes dando clases de baile sobre una tarima situada en la plaza de la iglesia de La Merced. El profesor les ponía y quitaba la música que se mezclaba con las risas mientras aprendían y lo pasaban bien.



Para llegar a esta pequeña iglesia hay que subir una tremenda escalinata que recompensa más que de sobra el esfuerzo con unas preciosas vistas desde lo más alto. El casi anochecer me permitió disfrutar de la imagen del centro de la ciudad ya con las luces encendidas, salpicado de iglesias y con toda la ciudad rodeada de montañas y niebla.

Ya de nuevo en el centro de la ciudad descubrí como, lejos de vaciarse, se encontraba casi más ambientado que a la luz del día. Me acerqué a ver el Arco Torre del Carmen y vi que justamente al lado estaba la Casa de la Cultura, así que aproveché para entrar a su patrio central, desde el que se veían las distintas aulas. De una de ellas estaban saliendo chicas vestida de baile. Una de las esquinas tenía una pequeña sala de exposiciones, donde mientras veía los cuadros puse atención a la conversación de las otras dos personas en su interior, hablando en profundidad sobre el arte de la pintura. En otra, la más cercana a la salida, había muchísimos jóvenes echando apasionadas partidas de ajedrez. Salí del edificio sorprendido por muchos de los jóvenes de la ciudad, bien distintos a los de la mía...



Casi llegando de vuelta al ADO me encontré abierto el Mercado de las Artesanías, un edificio grande de dos plantas lleno de tiendas de ropa, decoración, etc. Nada especial, con lo que recogí mi mochila en la estación para plantarme en una hora en una nueva estación, esta vez en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez.

Mientras esperaba entre la mucha gente y ruido de esta enorme estación, aproveché para relajarme al reflexionar sobre como había sido el intenso día. San Cristóbal de las Casas es una ciudad mágica, y lo pongo en minúsculas porque no me refiero esta vez al Programa Pueblos Mágicos de la Secretaría de Turismo, si no a la sensación que me transmitió.



Aunque he escrito ya bastantes entradas sobre lugares de México en este blog, tenía muchas ganas de que el orden cronológico que estoy siguiendo para ello me trajera de nuevo a esta ciudad. Sin embargo, una vez que me he puesto a escribir sobre ella y a pesar de haberse convertido esta entrada en relativamente extensa, soy incapaz de expresar todo lo que me impresionó. San Cristóbal de las Casas se ha quedado bien marcada en mi memoria, habiendo entrado en una de las ciudades "top five" de mis viajes por el mundo y habiéndome dejado bien convencido de que tengo que volver.


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17 de agosto de 2013

En verano, pero fresquito.







































La mañana fue apasionante pero dura, pues ví las ruínas de Palenque tras muchas horas de viaje y pocas horas de sueño. Aún así, si existía la posibilidad de dedicar la tarde para dormir, fue automáticamente descartada. A la misma vuelta de comer, calle principal hacia abajo, cogí la "van" con dirección a Ocosingo y que tenía una parada a medio camino, a la altura de Agua Azul.



















Conocí a un taxista que me llevó desde la misma carretera hasta la zona baja, donde realmente estaban las lagunas. Por el camino, aparte de comprobar que era tan amable y sevicial como casi todos los mexicanos, descubrí la cantidad de dialectos que hay en Chiapas. Él hablaba conmigo lógicamente en español y con un compañero por la radio del vehículo en uno de esos dialectos.

















El comienzo de la zona de Agua Azul lo esperaba mucho más vació de lo que se encontraba. La zona estaba totalmente acondicionada al turismo, habiendo a la llegada un gran llano para aparcar los vehículos y rodeado de tiendas, etc.

















En cualquier caso, las vistas que allí ofrece la naturaleza fueron espectaculares. Me quedé un rato apoyado en unas de las barandillas, no haciendo nada más que mirar la caida del agua y disfrutar de su espectacular estruendo.

















Empecé a subir y subir, esquivando turistas y visitantes, pasando ante pequeñas tiendas y puestecillos, buscando más paz y tranquilidad. Conseguí llegar a una zona donde no había casi nadie, donde el agua era menos espectacular pero mucho más calmada.

















Me metí en el agua un buen rato, donde se estaba super a gusto evitando el sofocante calor de la tarde. Luego pedí una ligera merienda en un tranquilísimo barecito de la zona y ya inicié la vuelta hacia la carretera.

















En dicha carretera, tras esperar un buen rato un "van", terminé subiéndome en una pequeña furgoneta donde ya iban subio dos o tres personajes de la zona. Digo personajes porque, durante una hora y media aproximadamente que duraba el camino, iban todos en absoluto silencio mientras escuchaban la radio del vehículo, donde un extraño locutor adoraba a Dios y daba instrucciones y órdenes a todos sus oyentes. No podía remediarlo, para mí era bastante cómica la situación...

















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29 de mayo de 2013

El legado de la Reina Roja.

En una de mis visitas a Cancún descubrí una tienda de libros usados regentada por una amable argentina, donde terminé haciendo algunas compras. Una de ellas fue el libro "La Reina Roja: los secretos de los mayas de Palenque", de Adriana Malvido.



Al principio lo tuve olvidado en el cajón de la mesita de noche, pero uno de estos encierros obligados por dos o tres días de incesante diluvio caribeño comencé a leerlo. Nunca he sido un apasionado de la cultura maya, pero la cosa es que me fue enganchando el tema conforme iba leyendo.


















La Reina Roja tuvo en sus manos la civilización maya durante la época dorada de ésta. No se sabe si en primera persona o manejando los hilos desde un segundo plano, pues se desconoce exactamente si era la mujer de Pakal "El Grande", la madre, la bisabuela,... Es algo muy complicado de averigüar, pues es imposible hacer un estudio genético de los restos debido al cinabrio con el que los mayas acostumbraban a cubrir los restos de los muertos.

















La ciudad de Palenque nunca estuvo en mis planes de viaje durante mi estancia en México, además de que las visitas a ruinas mayas habían quedado teóricamente finalizadas con Tulum, Chichen Itzá y Cobá. Pero la Reina Roja me atrapó de tal  manera que acabé atravesando los 800 kms desde mi estudio de Playa del Carmen a través de las muy mejorables carreteras mexicanas.

















Esperaba un viaje mucho más pesado de lo que en realidad fue, pues todo era de noche y ya se sabe mi total imposibilidad de dormir en autobuses, aviones o sucedáneos. El paisaje no iba a ser ningún entretenimiento, pues mirase a donde mirase se veía la más absoluta oscuridad. Por suerte, mientras todo el autobús dormía, yo me dedicaba a ver películas en el móvil y a terminarme el libro.

















Tras una parada intermedia en Escárcega, llegamos a la ciudad de Palenque sobre las 6:30 de la mañana. Tuve la gran idea de buscarme donde dormir en el edificio colindante a la estación de ADO, con lo que a la media hora estaba ya durmiendo. No duró mucho el sueño, pues a las dos horas ya estaba en una combi camino de las ruinas, emocionado por estar a punto de ver la que fue la casa de la Reina Roja.


















Lo primero que encuentra uno al acceder a las ruinas es una gran explanada con cuatro templos a la derecha, uno al lado de otro. El Templo de la Calavera (tiene una calavera grabada en la piedra), el Templo XII, el Templo XIII y el Templo de las Inscripciones. En el último de ellos están los restos del Pakal "El Grande". El Templo XIII es ahora llamado el "Templo de la Reina Roja", pues es ahí donde se encontraron sus restos y donde ahora, despúes de como 15 años, acaban de volver tras su estudio en México DF (casualidades de la vida). Es también el único templo que tenía un buen número de arqueólogos del INA (Instituto Nacional de Antropología e Historia) trabajando sobre él, protegidos del sol por rudimentarias lonas.


Al fondo había un gran edificio conocido como el Palacio y, pasando por un puente sobre un pequeño canal, se llegaba a una nueva explanada a modo de plaza, flanqueada por varios templos por sus lados. Me subí primero al Templo de la Cruz, donde aproveché la sombra que había en la cima para sentarme y descansar y, de camino, charlar con una familia mexicana muy agradable, que me hicieron una foto y todo. Las vistas desde allí arriba eran sobrecogedoras, observando como, los que minutos antes eran edificios imponentes desde abajo, no eran más que pequeñas ruinas en mitad de la inmensas montañas y bosques de la zona.


















Emocionado tras haber estado frente al mismísimo templo donde se encontraba la Reina Roja, pero harto de tanto calor y humedad, visité por último el Juego de Pelota y alcancé la salida tras atravesar una bonita zona de caminos y escaleras de piedra entre pequeños arroyos. Allí cogí la combi de vuelta a la ciudad.

















Palenque es, básicamente, una calle principal muy larga (llamada, por supuesto, Benito Juárez), que va desde la rotonda de entrada a la ciudad (con una escultura de cabeza maya, supongo que de Pakal) hasta el Parque Central. Por medio dejamos la zona de la estación de ADO y muchísimas tiendas, con un constante trasiego de personas que daban a la calle un ambiente radicalmente distinto a cuando llegué de madrugada.

















Almorcé mi ración diaria de tacos en un pequeño restaurante cerca de la Iglesia de Santo Domingo, resguardándome del sofocante calor y viendo el ajetreo de gente para arriba y para abajo por el Parque Central. Tras echarme en la cama del hotel una hora escasa y ponerme el bañador, puse rumbo a la que sería mi escapada de la tarde, las cascadas de Agua Azul (véase mi próxima entrada en el blog).


















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25 de mayo de 2013

Campeche.

Después de mis aventuras en la selva relatadas en mi última entrada sobre México, tomé el autobús de Mérida a Campeche, el cual tardó como dos o tres hora en llegar a la capital del estado vecino al de Yucatán.

Me busqué un autobús urbano que me llevara desde la estación de ADO hasta el centro, encontrándome allí una enorme y animada muchedumbre comiendo en los múltiples puestecillos que había, charlando en los bancos y escuchando la música callejera que amenizaba la noche. Crucé todo aquel gentío en busca de mi hotel y, como casi siempre, di con él sin problemas. Otra cosa no sé, pero el sentido de la orientanción lo tengo estupendo.

















El Hotel América está en la Calle 10, a escasos cien metros de la plaza de la catedral, centro neurálgico de casi cualquier ciudad mexicana. Un edificio antiguo, pero en buen estado, con un patio central al que daban las puertas de las habitaciones de las distintas plantas. Habitaciones que eran sencillas y limpias, teniendo el establecimiento buen precio y personal agradable. Recomendable.

Salí a buscar un sitio donde cenar y acabé, cómo no, comiéndome unos tacos en un concurrido y típico restaurante (barecito más bien) en la Plaza de San Martín. Estaban echando no recuerdo qué partido de fútbol y la gente estaba bastante emocionada viéndolo, menos la pareja que tenía al lado, bastante acaramelados ellos.

















A la mañana siguiente salí a descubrir lo que Campeche tiene que ofrecer. Lo primero fue ir a visitar la Catedral de Nuestra Señora de la Purísima Concepción, majestuosa por fuera y sencilla por dentro. Aunque la cosa está disputada, creo que es la cateral que más me ha gustado de mi viaje por México, más que la de Valladolid, Mérida o San Cristobal de las Casas. Tiene adosada la Iglesia de San Francisco, con un único y coqueto patio como separación.

Subí por la misma calle del hotel, recorriendo preciosas calles empedradas con casas pintadas de alegres y vivos colores y no tardando mucho en dar con el Ex Templo de San José (ahora un museo  y que se encontraba cerrado). Especialmente bonita una de las torres, rematada a modo de faro.














Continué avanzando por las tranquilas calles del centro de la ciudad, donde había comercios tradicionales (peluquerías, zapaterias,...) y grupos de campechanos charlando animadamente en las puertas de sus casas, seguramente sobre los temas cotidianos del barrio.

Terminé encontrándome con las murallas de la ciudad, la cual está relativamente bien conservada y rodea el centro histórico. Di con la entrada a las mismas frente a lo que decía ser un "Salón Familiar", pero que no llegué descubrir qué es lo que era realmente, pues tapaban la vista del interior poniendo un biombo en la mismísima puerta. Sospechoso...

















Ya en las murallas, tuve la suerte de que no había nadie, así que pude aprovechar para hacer algunas buenas fotos, tanto de las murallas en sí como de las vistas de la ciudad. Por atrás se veían las alegres casas del centro, las dos torres de la catedral y el mar de fondo. Por el otro lado se veía una gran avenida justo abajo, con un frenético e incesante tráfico.

Tanto me deleité con las vistas y las fotos en las murallas que terminé dándome cuenta de que ya las habían cerrado, no teniendo forma de salir. Tuve que asomarme y llamar, con mucha suerte, a unos de los trabajadores que ya se iba. Amablemente me abrió y me dejó salir.



























Por más que intento recordar, no recuerdo donde comí aquel día. Es un gran dilema el que se me presenta. Por un lado, confío en mi memoria, pues suelo recordar las cosas, más aún en viajes apasionantes como este. Por otro lado, mi estómago no pasa por alto una comida. No sabría decir si es que realmente no me acuerdo o es que no comí...

En cualquier caso, el calor era sofocante, así que crucé la avenida que rodea las murallas, atravesando un hervidero de gente y comercios menos tradicionales pero más del día a día. Puestos de fruta y verdura, tiendas de telefonía y demás. Nada más llegar al paseo marítimo (ya sabemos que se llama malecón por allí) me metí en un Oxxo a tomarme un refresco y disfrutar del aire acondicionado.
 























Estando junto al mar, Campeche recuerda muchísimo a mi ciudad. Las fotos antiguas de Málaga muestran un paseo marítimo sin playas ganadas al mar y sin rocas o espigones para protegerlas. Pues así es actualmente Campeche, con el agua rompiendo directamente casi en el mismo paseo, dando un muy agradable olor a mar.

Conforme se avanza hacia el suroeste comienzan a verse casas más señoriales, algunos pequeños embarcaderos y una zona de colinas rocosas de baja altura que daban por cerrada la bahía de la ciudad. No podía faltar la enorme bandera mexicana sobre un altísimo mástil, común a todas las ciudades del país. Aquí se llama patriotismo y orgullo de ser de donde se es. En España eso se llama ser "facha", esa palabra que los que la usan no saben qué significa pero la utilizan para designar de forma despectiva a todo lo que no se alinee con su forma de pensar. Así es mi país...

En el camino de vuelta hacia el centro me paré de nuevo un rato a tomarme un respiro y refrescarme en la plaza aledaña y homónima a la Iglesia del Cristo Negro de San Román. Es curioso que, mientras en España las compañías de telecomunicaciones imponen su ley, en muchas ciudades mexicanas como Mérida o Campeche hay Wi-Fi gratuito en casi todos los parques públicos.

Llegúe al hotel ya a media tarde y, tras sentarme a descansar en el escalon del portal de justo delante (con ese calor y esas caminatas era necesario y recomendable descansar cada hora u hora y media). Recogí las cosas de mi habitación y cogí el autobús para la estación de ADO.

















Esta vez no fue tan fácil como a la llegada, pues me pasé la parada de la estación y me ví recorrieno la ciudad  casi entera, llevándome el autobús por barrios alejadísimos de la misma. Zonas inmensas de casas que bañaban colinas enteras, cuesta arriba y cuesta abajo, en un tremendo rodeo que al principio me enfadó y al final terminé disfrutando de poder ver zonas de la verdadera Campeche, más allá de los típicos lugares. Una chica me informó de que había dos estaciones de ADO, por eso no ví la que esperaba ver y me la pasé. Tocó taxi de urgencia para no perder el autobús y embarcarme en un largo viaje de vuelta a Playa del Carmen, con transbordo en Mérida incluído.


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21 de mayo de 2013

Alrededores del Refugio de Juanar.

La idea inicial era hacer una ruta que parte de los pies del castillo de Monda y termina en la Cueva Santa. El caso es que, tras dar algunas vueltas por el pueblo y preguntar a algún aldeano, no terminamos de encontrar el punto de partida de dicha ruta.

















Decidimos continuar por la carretera Monda - Marbella y, al ver una salida que se adentraba en la montaña, decidimos tomarla. Después de cuatro o cinco kilómetros de carretera serpenteante aparecimos en el Refugio de Juanar. Para mí fue toda una sorpresa, pues es un sitio en el que estuve de muy pequeño y del que guardaba bonitos recuerdos.

















Aparcamos el coche un poco más adelante del propio refugio y comenzamos a andar por el sendero que hay tras la valla que corta el camino a los vehículos. La subida es muy ligera, y al poco de comenzar se llega a una bifurcación con señalización hacia dos miradores, a saber, uno a izquierda y otro al frente.

Nos dirigimos hacia el primero de ellos por un camino estrecho y lleno de pedruscos que terminaba en el Mirador del Corzo, desde el que se ven unas estupendas vistas de Ojén justo abajo, Fuengirola algo más lejos y toda la costa y el mar con un precioso color celeste y turquesa.

















Volvimos sobre nuestros pasos y tomamos el segundo de los caminos, de aproximadamente kilómetro y medio y que llevaba hacia el Mirador del Macho Montés. Por medio escudriñamos algunas zonas de campo a través de alrededor, abriéndonos pasos entre los helechos y demás tupida vegetación.

















Desde el Mirador del Macho Montés se ven otras espectaculares vistas, esta vez de la ciudad de Marbella, mucho más chica desde las alturas de lo que parece cuando se callejea por ella o se bordea por la autovía.

















En los dos miradores que visitamos había sendas estatuas representativas de los animales a los que sus nombres hacen referencia, es decir, de un corzo y una cabra montés. Señálese como curiosidad que este segundo mirador tenía el suelo todo cubierto de arena de playa, sin duda traída por el viento desde la costa.

















A la derecha se podía ver una gran montaña con un marcado sendero desde la parte baja hasta la misma cima. Intuimos que era el Puerto Marbella que habíamos ido leyendo en alguna que otra señalización por el camino. Debe ser parte del conjunto de montañas que se ven desde Marbella, entre la que destaca la de la Concha. Sin duda es una gran tentación realizar esa ruta, con lo que no tardaré mucho en volver a esta zona.

















Ya por el camino de vuelta nos cruzamos algunos grupos de personas de diversa índole. Había un grupo de jóvenes haciendo algún tipo de entrenamiento, marchando a paso ligero con troncos a sus espaldas, varios extranjeros paseando con sus perros y, como no, ruidosos domingueros.

















Para finalizar la jornada dimos buena cuenta de un entrecot con patatas en el Refugio de Juanar. En estas fechas tiene poco que ver con como yo lo recordaba, pues en invierno hace honor a su nombre y es un sitio donde protegerse del enorme frío de la zona al lado de la chimenea. En cualquier caso, el lugar es igualmente bonito, con una cuidada decoración campestre y con muchísimas especies de pájaros merodeando por aquí y por allá.



















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12 de mayo de 2013

De Ardales al castillo de Turón.

El día se presentaba perfecto para dedicarlo a hacer un poco de senderimo por los campos de los alrededores de la ciudad de Málaga. Así que, decididos a ello, nos dirigimos al pueblo de Ardales, a unos 45 minutos de la ciudad.

El recorrido se inicia en el puente de la Molina, de origen romano y que cruza el rio que se llama igual que el castillo, el rio Turón. Aunque a la ida nos perdimos un poco callejeando por el pueblo, a la vuelta descubrimos que el camino más fácil para llegar a dicho puente es, básicamente, girar a la derecha en la rotonda de entrada al pueblo y luego a la izquierda al llegar al final.



Se puede aparcar el coche en la explanada junto al puente e iniciar desde ahí la ruta. La primera parte del recorrido es sobre asfalto, y no se tarda demasiado en empezar a avistar el castillo sobre una lejana montaña.

No hay que recorrer demasiado para que el camino pase a ser ya de tierra, mientras vamos dejando a los lados algunos corrales con cabras y perros pastores que nos ladraban al pasar. Según nos fuimos alejando del pueblo se podían ver unas vistas más bonitas del mismo, con el castillo de La Peña coronándolo y los molinos eólicos asomando por las montañas de detrás.



Tras aproximadamente una hora de camino, ya prácticamente llegamos a los pies de la montaña donde se encuentra el castillo. Antes de hacer la ruta habíamos leido alguna que otra guía o blog sobre ella, pero en ninguna se especificaba claramente como llegar a la cima. Las alternativas eran seguir el camino, a ver si se podía subir rodeándo la montaña, o subir casi en línea recta campo a través. Finalmente, nos decantamos por esta última opción.



Desviándonos por un camino a la derecha, dejamos a un lado un par de casas rurales aprovechamos para refrescarnos un par de bañeras abandonadas en el campo sobre las que iba a desembocar una pequeña cañería de agua fresca.

Aproximadamente cuando llevávamos ya un tercio de la subida, decidimos parar a almorzar bajo la sombra de uno de los pocos árboles medianamente grandes que había, aprovechando para hacer algunas fotos y recuperar fuerzas para la subida final.



A ratos en línea recta, a ratos haciendo zig zag, fuimos adentrándonos entre rocas y zarzas hasta llegar a una zona relativamente plana que había al entrar ya en el castillo.

La fortaleza está casi derruida, quedando únicamente unas cuatro o cinco torres en pie y algunas paredes aisladas. Eso sí, las vistas desde la cima eran alucinantes. A las ya citadas anteriormente  se unian una nueva zona de molinos eólicos, montañas  y la zona de los grandes embalses al fondo. El día era soleado y luminoso, permitiendo ver con claridad y profundidad el bonito paisaje.



Rodeamos la zona alta de la montaña en busca de un camino alternativo para bajar, pero por todos lados no encontrábamos más que casi verticales paredes de roca. Con esto, decidimos hacer una pequeña curva por un lateral, paralelos a una gran zona de cultivo en la que se encontraba un tractor arando, para luego unirnos al mismo trazado que utilizamos en la subida.



Al bajar fuimos fijándonos en los preciosos campos inundados de flores, creando un paisaje multicolor de amarillas margaritas, moradas lavandas y rojas amapolas entre otras muchas especies. Saludamos a nuestro paso a simpáticos pastores que oteaban tranquilos desde las lomas como sus cabras daban buena cuenta de la verde vegetación de la zona.

Durante casi todo el recorrido vamos paralelo al rio, pero es en esta última parte en la que discurre casi pegado al sendero, aprovechando nosotros para volver a refrescarnos. En algunas de las páginas que consultamos daban la opción de hacer toda la vuelta por el mismo rio, pero hace falta un calzado especial que nosotros no llevábamos



Muy agradable y variado día de campo, con tranquilos caminos, empinadas subidas, preciosas vistas y mucha agua en la que refrescarse. Ahora toca buscar nuevas rutas que descubrir en esta preciosa provincia.



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