31 de marzo de 2013

Aventuras en la selva.


Abandoné mi hotel de la Calle 55 al día siguiente de la visita a Progreso para encaminarme a la Plaza Principal de Mérida, donde había quedado con otra amiga en la puerta del Centro Cultural Olimpo. Mientras esperaba, le eché un vistazo a la librería que hay justo al lado sin encontrar nada especialmente interesante.



Justo al lado de la estación de ADO de Mérida CAME (Central de Autobuses de Mérida) hay una algo más pequeña para trayectos de menor distancia, y allí fue donde cogimos el autobús destino a Chocholá. Entre paradas intermedias y las obras de la autovía, el viaje tardó demasiado para la poca distancia que era (algo habitual en México).



Chocholá es un pueblo tranquilo, donde la gente va a sus quehaceres diarios, los niños montan en bicicleta y el transporte público es una moto con unos asientos adosados a la parte delantera. Precisamente este medio fue el que usamos para llegar a la casa de los abuelos de Cinthia, donde pasaríamos la noche.




Antes de eso, dedicamos la tarde a visitar el Cenote San Ignacio. No es un cenote como tal, sino una cueva con agua acondicionada por una residente extranjera. Era un sitio agradable, donde darse un baño, tomar el sol y hacerle algunas fotos a los animales que había por allí (cabras, cerdos y gallinas sobre todo).


El resto de la tarde la dedicamos a pasear por los alrededores del pueblo, las vias del tren abandonadas, el campo de fútbol, una casa de otros familiares de Cinthia y la tienda de cerveza del pueblo (llamada allí "agencia" si no recuerdo mal).



Ya por la noche pude disfrutar de la riquísima cena y la agradable conversación de los encantadores abuelos de Cinthia en el salón de la casa. Tema distinto fue la hora de dormir, ya que lo habitual allí es colocar tantas hamacas como personas vayan a dormir colgadas de ganchos previamente clavados en la pared. No se puede negar el exotismo del método, pero a mí, nada acostumbrado a eso, me resultó casi imposible dormir y me dediqué a vigilar las sombras de las lagartijas paseándose por paredes y techo.



Por la mañana tocó desayunar con la prima de Cinthia en la plaza principal de Chocholá, en la que se encuentran la iglesia, el mercado y el palacio municipal (ayuntamiento). Tras eso, nos fuimos para Umán en una furgoneta de transporte público (van o combi en México) donde debían recogernos para ir a las cabañas ecológicas de San Antonio Mulix, cerca del pueblo de Cacao.




Mientras llegaban a recogernos aproveché para darme un paseo por el mercadillo callejero que había, comprar agua y Bubulubus en el Oxxo (los mejores pastelitos y supermercados del mundo respectivamente) y echar un ojo al interior de la iglesia del pueblo. Ya por fin y con cierto retraso, nos recogieron y para ir a San Antonio Mulix, no sin antes callejear bastante por Umán y hacer una visita a un supermercado para no se sabe qué.



Fuimos muy bien recibidos por un conocido de Cinthia (ella organizó los dos días, yo sólo me dejaba llevar...) que se encargó de enseñarnos las cabañas y de que nos pusieran el almuerzo. Tras un rato de charla con los encargados del lugar hablando sobre el proyecto de turismo sostenible ("sustentable" en México) nos dispusimos a visitar los dos cenotes de la zona, el X-Batún y el Dzom-Bacal.



El primero de ellos era más grande, con abundante vegetación tipo helechos y nenúfares, con muchas raíces de los árboles de la zona alta colgando sobre el agua del cenote. Duramos poco allí, sin ni siquiera llegar a bañarnos, porque escuchamos como se acercaba un grupo de niños armando un gran revuelo.



El otro cenote era más pequeño, pero también era muy tranquilo y silencioso. El agua era totalmente cristalina y, salvo en las zonas más profundas, permitía ver el fondo con total nitidez. En una de las inmersiones que hice pude ver un pasadizo que llevaba a saber donde, lo cual le daba un halo de misterio considerable al lugar. Se podía saltar desde las rocas de alrededor o simplemente flotar sobre el agua viendo a los murciélagos revolotear por toda la cueva.



La parte más "divertida" del viaje empezaba justo ahora. Hicimos todo el camino de vuelta por el sendero ya casi al anochecer, encontrándonos para nuestra sorpresa que nadie había en la zona de las cabañas. El hombre nos había avisado de que por la tarde se iba y volvía por la noche para la cena, así que, aunque extrañados por la hora que era ya, decidimos esperar en las mesas de la entrada. Y esperar, esperar y esperar,... La cocina estaba cerrada y no llegaba nadie. Con un hambre considerable, Cinthia veía la tele mientras yo me entretenía encerrando pequeños escorpiones (o alacranes, a saber) en vasos de plástico para ver lo que hacían.



Convencidos ya de que no iba a aparecer nadie por allí, tuvimos que atravesar a paso ligero todo el camino hasta nuestra cabaña con la única ayuda de las miles de luciérnagas que iluminaban la zona. La tarea de dormir tampoco fue nada sencilla, pues se escuchaban gritos, chillidos, quejidos, aullidos y toda clase de ruidos extraños de animales, seguramente pequeños, pero que sonaban como si estuviéramos en mitad de Parque Jurásico.


Por la mañana todo volvía a ser idílico, con buen clima, pájaros cantando y duchas ecológicas (de esas con nula presión y sólo un chorrito de agua). Pasamos por la zona de las mesas (donde aún no había nadie) para andar un buen rato hasta una pequeña tienda que había, ya en el camino de vuelta a Cacao, y saciar parcialmente nuestro hambre de unas 15 horas sin comer.



Nos subimos a la parte de atrás de la camioneta de unos amables ancianos de poca conversación para que nos sacaran de allí hasta la carretera principal. Por el camino vimos al que el día antes nos recibiera con amabilidad y hospitalidad y que por la noche nos abandonó a nuestra suerte. Nos saludaba con la mano mientras hacía alguna reparación sobre un vehículo, con una sonrisa de aparente inocencia que a mí me sentó fatal.




Cacao es un pequeño pueblo, consistente básicamente en una calle con una hacienda en ruinas, un par de casas antiguas y una iglesia central rodeadas de las viviendas de los habitantes, que nos miraban con mirada inquietante al pasar. Serán paranoias mias, pero a mí me recordó al principio de Resident Evil 4 (yo siempre con mis similitudes videojueguiles).



Nos despedimos de los amables ancianos que nos acercaron hasta la carretera principal y, tras esperar un rato en la parada de autobús, pusimos rumbo de regreso a Mérida, donde ya pudimos darnos una buena comilona de tacos para recuperarnos de nuestro estado de cuasi inanición. Fin de un par de días de aventuras que, si bien en el momento tuvieron algunas incomodidades, ahora tengo un grandísimo recuerdo de todo aquello. Al fin y al cabo... ¡era la selva!


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29 de marzo de 2013

Escapada a Progreso.


En lo que viene siendo mi línea últimamente, procedo a actualizar mi blog con una nueva entrada casi tres meses después de la anterior. No es cuestión de dejadez, sino de que he estado ocupado con otro tipo de actividades, tales como estudiar para exámenes, hacer de guia turístico por Andalucía, poner un estand en una feria de bodas o trabajar como operador de cámara en PTV Telecom durante la Semana Santa.



Pues bien, esta vez toca continuar narrando mis peripecias por México del año pasado, retomándolas por la escapada de un solo día que hice a Progreso, un pueblo costero dedicado al turismo y a la pesca a menos de una hora de la ciudad de Mérida.



El plan inicial era ir en el coche de una amiga, pero éste decidió estropearse cuando aún ni habíamos salido de Mérida. Así que, mientras llegaban para repararlo, me refugié del sol y el calor en un McDonalds, aprovechando para hacer un almuerzo tempranero mientras veía el Alemania - Italia de la Eurocopa 2012 en el móvil (ya se sabe que estos restaurantes tienen Wi-Fi gratuito).




Revelándose como imposible la tarea de volver a la vida al coche, tocó andar bajo el abrasador sol hasta una parada de autobús de las afueras de Mérida, donde ya iniciamos nuestro viaje de algo menos de una hora a la ciudad de Progreso.



Casi nada más salir de la estación de autobuses y llegar al inicio del paseo marítimo, lo primero que llama la atención es el enorme puente sobre el mar que une la costa con las terminal de cruceros y el muelle de carga. Esto no pudo sino recordarme la visita a Fisherman´s Horizon que se hacía en los primeros compases de Final Fantasy VIII (no voy a poner una imagen del juego aquí, buscadla en Google y comparad vosotros mismos).



La primera parte del paseo marítimo es turística aunque tranquila, con extranjeros fotografiándose en la playa y pequeños puestos ambulantes de comida típica, tanto mexicana como yucateca. Ya conforme se va avanzando comienza una parte de la playa menos transitada y que invita al relax.



El camino de vuelta lo hicimos por las calles interiores del pueblo, pudiendo ver colegios, tiendas y típicas viviendas mexicanas. Por último, y ya antes de coger el autobús, paramos en un restaurante con techo de palapa (de ramas de palmera) a la orilla del mar. Me resultó curioso que practicaran en este sitio la típica costumbre granadina de ponerte una tapa con la bebida a modo de aperitivo (botana en México). En este restaurante demostraron ser especialmente generosos, trayendo un buen número de platos con sólo pedir una cerveza (Montejo, la típica de Mérida).



Y aquí termina mi escapada a Progreso, un pequeño y agradable pueblo, cercano a una gran urbe, donde pasar una tarde de mochilero o toda una vida de jubilado.


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