29 de noviembre de 2013

Mi ciudad preferida.

El día siguiente de las ruinas de Palenque y las Cascadas de Agua Azul me fui bien temprano al ADO de al lado del hotel para comprar el billete al próximo destino. De este modo, y tras una excesiva espera, conseguí sentarme pegado a uno de los cristales del autobús, una de mis necesidades básicas a la hora de viajar.

Mientras el resto de viajeros se entretenían viendo la película que habían puesto en la pantalla del autobús, mi disfrute consistía en mantener la cabeza pegada al citado y empañado cristal. Doy por hecho que no está entre las carreteras más seguras del mundo, pero la belleza de los paisajes lo deja más que compensado. Atravesando grandes montañas, carretera arriba y carretera abajo, curvas cerradas pegadas a abismos hacia la rebozante vegetación, tupidos bosques de cedros rojos y caobas...



La soleada mañana a través de tan impresionante naturaleza tuvo parada para desayunar en Ocosingo y continuación a través de pequeños pueblos a los lados de la carretera, con el inolvidable cartel de madera clavado en tierra con el texto: "ESTÁ USTED EN TERRITORIO ZAPATISTA EN REBELDÍA. Aquí Manda el Pueblo y el Gobierno Obedece."

Emocionante recuerdo mientras escribo esto en la calidez de casa, preocupante tensión durante el propio viaje. Así fue la última hora de camino, atravesando empinadas cuestas y curvas extremas bajo una torrencial lluvia sobre el bosque que nos cubría. Mi corazón en un puño.



Hubo que esperar un buen rato en el interior de la estación de ADO, pues la fuerte tormenta y los grandes charcos no animaban a nadie a pisar el exterior. Aproveché para dejar mi mochila en la estación y salir de la misma cuando ya apenas chispeaba. Ya estaba allí, en una "Ciudad Mágica", en la ciudad más bonita que he visto en mis cuatro meses en México, la ciudad de San Cristóbal de las Casas.

La calle que lleva hasta el centro estaba plagada de personas pegadas a las paredes para evitar las gotas de los tejados, estrechas calles invadidas de coches, preciosas y coloristas iglesias, un hombre trasteando el motor de su estropeado "vocho", farolas callejeras totalmente forradas de carteles de anuncios, típicos negocios en los bajos de antiguos edificios...



Los habitantes deben estar más que acostumbrados a estas casi inundaciones, dando ello lugar a un curioso relajado caos, donde la vida diaria fluye como en cualquier otro dia podría ocurrir. Cafeterías con soportales, vendedores ambulantes de ropa, familias con sus niños saltando charcos y persiguiendo palomas, policías dando información a ciudadanos en la puerta del ayuntamiento, alocadas risas en la paradas coches de caballo...

Callejeando por zonas más tranquilas y descubriendo pequeñas iglesias ocultas terminé llegando por casualidad a una tremenda zona de mercados callejeros. Estaban unidos todos entre sí, mezclándose puestos de distintas temáticas, cocinando en plena calle, autobuses a velocidades casi nulas a través de vías infestadas de gente. Desconocidas frutas de intensos colores, llamativas prendas de ropa colgando de cientos de perchas, conversaciones en cada esquina. Mercadillos colocados bajo tejados de edificios, entre numerosos coches aparcados en descampados, a los pies de una iglesia en obras, por estrechos callejones...



Los puestos de comida callejera son irresistibles, y bajando por la calle principal merendé dos veces en escasos diez minutos. Aproveché también para comprar una prenda de abrigo, pues la temperatura empezaba a ser muy fría. Me senté un buen rato en el interior de la catedral y retomé la visita rumbo a El Cerrito.

En el camino me paré a ver un grupo de jóvenes dando clases de baile sobre una tarima situada en la plaza de la iglesia de La Merced. El profesor les ponía y quitaba la música que se mezclaba con las risas mientras aprendían y lo pasaban bien.



Para llegar a esta pequeña iglesia hay que subir una tremenda escalinata que recompensa más que de sobra el esfuerzo con unas preciosas vistas desde lo más alto. El casi anochecer me permitió disfrutar de la imagen del centro de la ciudad ya con las luces encendidas, salpicado de iglesias y con toda la ciudad rodeada de montañas y niebla.

Ya de nuevo en el centro de la ciudad descubrí como, lejos de vaciarse, se encontraba casi más ambientado que a la luz del día. Me acerqué a ver el Arco Torre del Carmen y vi que justamente al lado estaba la Casa de la Cultura, así que aproveché para entrar a su patrio central, desde el que se veían las distintas aulas. De una de ellas estaban saliendo chicas vestida de baile. Una de las esquinas tenía una pequeña sala de exposiciones, donde mientras veía los cuadros puse atención a la conversación de las otras dos personas en su interior, hablando en profundidad sobre el arte de la pintura. En otra, la más cercana a la salida, había muchísimos jóvenes echando apasionadas partidas de ajedrez. Salí del edificio sorprendido por muchos de los jóvenes de la ciudad, bien distintos a los de la mía...



Casi llegando de vuelta al ADO me encontré abierto el Mercado de las Artesanías, un edificio grande de dos plantas lleno de tiendas de ropa, decoración, etc. Nada especial, con lo que recogí mi mochila en la estación para plantarme en una hora en una nueva estación, esta vez en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez.

Mientras esperaba entre la mucha gente y ruido de esta enorme estación, aproveché para relajarme al reflexionar sobre como había sido el intenso día. San Cristóbal de las Casas es una ciudad mágica, y lo pongo en minúsculas porque no me refiero esta vez al Programa Pueblos Mágicos de la Secretaría de Turismo, si no a la sensación que me transmitió.



Aunque he escrito ya bastantes entradas sobre lugares de México en este blog, tenía muchas ganas de que el orden cronológico que estoy siguiendo para ello me trajera de nuevo a esta ciudad. Sin embargo, una vez que me he puesto a escribir sobre ella y a pesar de haberse convertido esta entrada en relativamente extensa, soy incapaz de expresar todo lo que me impresionó. San Cristóbal de las Casas se ha quedado bien marcada en mi memoria, habiendo entrado en una de las ciudades "top five" de mis viajes por el mundo y habiéndome dejado bien convencido de que tengo que volver.


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