9 de diciembre de 2013

El paraíso.

La salida de Playa del Carmen fue bien entrada la noche. Incapaz de dormir mientras estoy de viaje, no importa el medio de transporte, me llevé esta vez varias películas para poder ir viéndolas durante el camino. Casi un par de horas fueron para "Real steel" ("Acero puro") y otras dos horas en la nada, con todos los pasajeros dormidos, silencio absoluto y casi la total oscuridad.

Llegué a Chetumal aún en la noche y comencé a andar dirección al mar por lo que parecía una ciudad fantasma. Como la caminata era relativamente larga, llegué al centro de la ciudad ya al amanecer y pasé junto al mercado con personas ya trabajando para su apertura.



Chetumal, a pesar de ser la capital del Estado de Quinana Roo, es una ciudad de escaso encanto. Con poca actividad y sin cosas interesantes que ver, me acerqué a ver el paseo marítimo de allí. Parecido al de las ciudades españolas hace treinta años, con sólo una acera donde pasear junto al mar, pero no arena sino directamente el romper de las olas junto a ella.

Con poco más que hacer, cogí el ADO hacia la parada previa a Bacalar, donde atravesando el único edificio existente, un restaurante aún cerrado, me planté en el Cenote Azul. Acostumbrado a los cenotes que visité otras veces, este me impresionó. Tiene un diámetro muy grande y una profundidad de aproximadamente cien metros, con lo que el agua es prácticamente negra. Descubrí que mis escasos y extraños miedos recibían en ese momento a un nuevo inquilino, pues metido en el agua del cenote no duré más de dos o tres minutos, asustado y nervioso por la imposibilidad de ver hacia abajo más allá de la cintura.

Iniciando ya una nueva caminata, esta vez los cuatro kilómetros hacia el pueblo e Bacalar, pude ver las vistas de la zona. En primer plano las oscuras aguas del cenote. Más allá, y separadas por densa vegetación, las casi cristalinas aguas de lo que parecía el mar. Pero no, era la Laguna de Bacalar, hacia donde me dirigía.



Llegué a la plaza central de este nuevo "Pueblo Mágico" y, tras pasar por delante del ayuntamiento, entré a visitar el Fuerte de San Felipe y el Museo de la Piratería que se encuentra en su interior. Mientras disfrutaba desde allí de las espectaculares vistas de la laguna comenzó a caer una tromba de agua que aparecía y desaparecía cada equis tiempo.

De este modo, tras caminar por un embarrado sendero, comenzó a llover con fuerza de nuevo, con lo que fui a almorzar, y de camino refugiarme, a un restaurante situado justo delante de la puerta del Balneario Ecológico. Falta me hacía un buen descanso, pues había estado despierto horas de autobús, pateado la ciudad de Chetumal, visitado el Cenote Azul y atravesado el pueblo de Bacalar...



El balneario es una zona de ocio que da a la increíble Laguna de Bacalar, donde la gente del pueblo echa el día picando y charlando junto a las preciosas aguas del mismo. Cada vez más confiado en el carácter mexicano, pedí a una familia que me guardara la cámara de fotos colgada bajo su sombrilla (allí "palapa").

Andando por la laguna, donde el agua no pasaba más arriba de las piernas, me alejé hacia una zona aún más tranquila y me senté en un pequeño embarcadero. Allí, mientras mi consciencia se olvidaba del cansancio y el propio paso del tiempo, con un relax absoluto y los pies metidos en agua, vi como se acercaba un grupo de jóvenes a donde yo estaba. Lejos del estado de alerta en el que hubiera entrado si estuviera en Málaga, mi tranquilidad se confirmó al preguntarme ellos si se podían sentar conmigo. Estuvimos un buen rato hablando, preguntándome ellos sobre mi país y yo a ellos sobre el suyo. Un buen rato agradable.



Regresé a la zona de las mesas y, tras dar las gracias a la familia por devolverme la cámara, me quedé a pasar media tarde simplemente bebiendo unas cervezas Pacífico y disfrutando la laguna y el ambiente de la zona.

Tras merendar unas tortitas de chocolate en la plaza del pueblo, y ya subiendo hacia la Carretera Federal para coger el ADO de vuelta a Playa, me paré y entré en una pequeña iglesia rodeada por un acogedor patio. Allí, sentado en uno de los bancos de madera, se me acercó un niño y se me quedó mirando a tres o cuatro metros de mí. Le llamaba la atención el que estuviera revisando las fotos de la cámara y empecé a hablarle y a enseñárselas en la pantalla. Cuano me fuí se despidió supercontento y alegre. ¡Más lo estaba yo!

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