17 de septiembre de 2014

La vida en México

















A pesar de que Lomas de Jiutepec es una zona tranquila, situada cerca de la carretera (más bien calle) entre Cuernavaca y el propio Jiutepec, había bastantes cosas que hacer para no aburrirse.

Por las mañanas hacía cuádriceps y glúteos por una considerable cuesta hasta llegar a la ya citada carretera para desayunar. Tacos o quesadillas en barras instaladas en mitad de las aceras con un litro de zumo de naranja que hacía un chaval usando una máquina metálica de apariencia bastante antigua.

Otras mañanas me ahorraba la tremenda subida y me desayunaba un par de tamales en casa. Una señora mayor paseaba por las calles empujando un carro al grito de "¡tamaaaleeeees!", muy al estilo del afilador de cuchillos o el butanero de la España de los años ochenta. Y, ya que estamos, decir que los tamales son una masa de maíz rellena de diferentes carnes, verduras o frutas, todo cocido, y que yo me tomaba con jugo (zumo) de guanábana.

Al centro de Jiutepec fui un par de veces. Una de ellas fue con Delia, la encantadora madre de mi amiga Paola, aunque era feria y en el zócalo prácticamente no se podía estar. Otro día, y ya con el zócalo más despejado, quedé con una chica para tomar una infusión. Los mexicanos se toman la muerte de forma muy natural e incluso la festejan, aunque ella me dio la sobre mesa hablándome de la trágica muerte de su exnovio, la enfermedad de su hijo y la de ya no recuerdo qué otro familiar.

Por fin me dijo que tenía que irse a preparar las maletas para pasar el puente en Acapulco, permitiédome huir de ella y dedicarme a cosas más interesante. De camino a la Iglesia de Santiago Apóstol atravesé el zócalo y el jardín de la entrada, donde tocaba un grupo musical y niños jugaban al fútbol respectivamente. En el interior de la propia iglesia decenas de personas asistían a misa y, en el situado justamente al lado Jardín del Claustro, familias enteras de pocos recursos se preparaban para pasar la noche.

Por último, en una tranquila y soleada (por no decir calurosa) mañana de sábado, me dí una vuelta por los alrededores de mi alojamiento. Es una zona de viveros donde comprar macetas de casi todo tipo de plantas y flores. Casi salteadas entre los viveros había algunas explanadas preparadas para bodas ese mismo día, con pequeñas albercas (piscinas), césped natural y engalanadas mesas y sillas. Esa era la explicación de por qué había carteles publicitarios de diversos fotógrafos a lo largo de la carretera.

Tanto de Jiutepec, como de los otro dos municipios de Morelos de los que ya he hablado (véase Tepoztlán y Cuernavaca), se pueden ver las fotografías aquí:

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/sets/72157653823705468

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

7 de septiembre de 2014

Más casas que personas

















Cuernavaca (capital de Morelos) y Jiutepec son dos ciudades que lindan, con la única separación de un cruce de carreteras y autovías con forma de Scalextric. Si le unimos a eso que casi todas las viviendas son unifamiliares (tanto las de los ricos como las de los pobres), además de que muchos negocios están en construcciones independientes, sin viviendas encima, estas dos ciudades forman una considerable metrópolis sin tantos habitantes como aparenta.

El primer día que bajé a Cuernavaca lo dediqué a visitar los sitios más turísticos, como el Jardín Borda y su museo interior, la catedral y las dos pequeñas iglesias con las que comparte recinto y el palacio municipal (ayuntamiento) situado en el Zócalo.

Subieno por cualquiera de las dos calles principales y casi paralelas llegamos a la unión de ambas, un cruce/plaza cubierta de una maraña de cableado eléctrico (las ciudades de mexicanas son baches por abajo y cables por arriba) y presidida por la imponente Parroquia de San José (conocida también como El Calvario).

Una serie de curvas descendentes rodean la parroquia y, tras visitar el pequeño Museo de Fotografía Antigua, nos lleváron a un parque urbano de considerables dimensiones. Situado bajo los puentes y tráfico de la ciudad, este entorno daba frescura y tranquilidad. Una pena que no estuviera bien cuidado y el riachuelo que lo atravesaba estuviese totalmente contaminado.

En otras ocasiones que volví a Cuernavaca, ya fuera para matar el tiempo entre escapada y escapada o porque tenía que acercarme a alguna de las estaciones de autobús a comprar algún boleto (billete), hice multitud de descubrimientos a más pequeña escala.

La comida china en México es diferente que en España, con lo que disfruté de ella en un par de ocasiones en un restaurante a pocos metros de la Plazuela de Zacate, donde me quedé con las ganas de visitar el Taller de Arte.

Prácticamente pegado a la catedral se encuentra el Museo Robert Brady, que combina salas/habitaciones alternando diferentes obras del autor con el relax de su piscina y cafetería al aire libre. También por esta zona di con un par de locales donde había buenas infusiones y wi-fi.

De casualidad, como hago casi todos mis descubrimientos en las ciudades, llegué a una pequeña iglesia en la calle Arteaga. Terminé hablando con el encargado (no recuerdo que cargo tenía exactamente) más de una hora, emocionado él por haber estudiado en un colegio de los Hermanos Maristas en México D.F. al igual que hice yo aquí en Málaga.

Las visitas a Cuernavaca las solía terminar entre el Jardín Juárez y el Zócalo, donde descubrí un puesto callejero con mi adorado helado de guanábana, el cual me tomaba viendo bailes de parejas mayores, música en directo o espectáculos de payasos.

Tanto de Cuernavaca, como de los otro dos municipios de Morelos de los que voy hablando (véase Tepoztlán y Jiutepec), se pueden ver las fotografías aquí:

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/sets/72157653823705468

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

6 de septiembre de 2014

¡Empezamos de fiesta!














El tiempo se me echa encima y, a menos de un mes para mi próximo viaje, aún no he terminado de contar mis andanzas por México de éste último invierno. Aunque lo normal en un blog es escribir en orden cronológico, en esta ocasión me saltaré esa supuesta regla para organizar las entradas según los estados mexicanos visitados en estas tres semanas, empezando por Morelos.

Tras haber utilizado siete medios de transporte en treinta interminables y agotadoras horas, y no habiendo dormido mucho tras mi llegada, a la mañana siguiente me puse con mi amiga Paola en dirección a Tepoztlán. Reconocido en México como Pueblo Mágico, se sitúa a los pies de un cerro en cuyas alturas se encuentra el área arqueológica de El Tepozteco, cuya pirámide se ve desde la misma lejanía del pueblo.

A pesar de haber una ruta de senderismo para visitar las ruinas, por suerte preferimos quedarnos en el mismo pueblo, pues horas más tardes se vio un considerable incendio en dicha subida. Así que entramos en el Exconvento de la Natalidad, disfrutando de los bonitos frescos interiores y las espectaculares vistas exteriores.

En una de las calles principales, abarrotada de gente y con toldos de tela para dar sombra, nos sentamos en un puestecillo en el que, más de año y medio después, volvía a comer tacos con agua de Jamaica... ¡éxtasis total!

A modo de sobremesa, nos reunimos con una pareja para tomar unas cervezas en el balcón de un bar. No pude resistirme a una Pacífico mientras oteaba cada detalle de la muchedumbre. Era el día de fiesta, concretamente el Brinco del Chinelo.

Paola se quedó un rato con un grupo de amigos en lo más parecido a una caseta de la Feria de Málaga. Aproveché para darme un paseo por la cuadriculada estructura urbana del pueblo, disfrutando de las familias disfrazadas, gente bailando y tocando instrumentos, cientos de puestos de cosas típicas y, en general, de un estupendo ambiente festivo.

Después de ver el baile en el zócalo mientras yo me tomaba un recién descubierto helado de guanábana, cogimos autobús de vuelta a casa.

Tanto de Tepoztlán, como de los otro dos municipios de Morelos de los que hablaré (véase Cuernavaca y Jiutepec), se pueden ver las fotografías aquí:

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/sets/72157653823705468

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1 de junio de 2014

De vuelta a México

















El Día de Andalucía está siendo en los últimos años aún más especial de lo que por sí es. Si el año pasado fui a Granada mientras nevaba para hacerle de pseudoguía turístico a una amiga china de Hong Kong, este no ha sido menos. Más de un año sin viajar al extranjero ha sido para mí un verdadero castigo, y si a eso le unimos lo que echaba de menos México, tomar la decisión de hacia donde iba a partir este 28 de Febrero fue bien sencillo.

Maleta hecha y equipo fotográfico preparado, me planté a primera hora de la mañana en la estación María Zambrano de Málaga para coger el AVE destino Madrid. Una vez en la capital y sin salir de la misma estación de Atocha, hice transbordo hacia el aeropuerto usando la Línea C1 del Cercanías.

Ni la ilusión por el viaje ni las pantallas táctiles individuales que ha colocado Iberia en cada uno de los asientos consiguieron hacerme corto el vuelo. Estaba sentado en la parte central del avión, con uno a mi derecha que pedía una cerveza cada no más de media hora y otro viajero a la izquierda que resultó ser un alicantino cámara de vídeo. De charla con él, hablando de trabajo y viajes, fue lo único que me hizo algo menos pesadillesco el vuelo.

No fue un aterrizaje tan idílico como recuerdo Cancún, cuando México me recibió con un precioso atardecer en plena Riviera Maya. Aún así, he de reconocer que fui incapaz de despegarme de la ventana, pues las luces de México D.F. se perdían hasta el infinito y más allá.

Como continuaba dándome palique Antonio Avión (como lo tengo guardado en el móvil), no me pareció la cola de salida del aeropuerto tan interminable como realmente era. A la salida me estaba esperando Paola, una chica que conocí un par de años atrás en Playa del Carmen y quien me iba a dar alojamiento.

Una de las cosas buenas de la noche en México D.F. es que el metro no es tan caótico como dicen que es en las horas puntas. Aún así, en las distintas paradas van subiendo y bajando de los vagones diferentes mendigos, vendedores, filósofos, cantantes y demás. Aunque a otras personas le molesten ese tipo de cosas, yo disfruto cada detalle más tonto e insignificante de cada viaje.

Alternando entre metro y metro en superficie, por fin atravesamos un mercadillo callejero para alcanzar la estación de autobuses Tasqueña, al sur del D.F. Me registraron el equipaje antes de subir al autobús (nunca me había ocurrido en México, pero durante estas semanas iba a ser lo habitual) y, aunque raro en mí, me quedé dormido durante el viaje.

Ya en Cuernavaca bien entrada la madrugada y para rematar este heróico viacrucis de más de treinta horas, cogimos un taxi hacia Jiutepec, donde me esperaba mi base de operaciones. Entre el pésimo estado de las calles, la forma de conducir del taxista y mi tremendo agotamiento, mi cara iba alternando entre la de MA Barracus y la del capitán Hadock, es decir, entre un profundo sueño y una tremenda mala leche. Pero, que más daba, ya estaba en México.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums

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22 de febrero de 2014

Isla Mujeres.

















Los conquistadores españoles pusieron este nombre a la isla por la forma de la misma y yo fui a ella a comprobarlo, ya que en un solo día se puede recorrer por toda su costa. De este modo, y cogiendo un barco desde Puerto Juárez, me planté en 15 minutos en la calle principal, donde se sitúan restaurantes, tiendas y servicios turísticos.

De camino a Punta Sur, aparte de hacer una parada para almorzar mientras veía un partido de la selección española de baloncesto en la televisión, pasé por al lado de una zona de "resorts" y también un parque natural situado sobre la segunda barrera de coral  más grande del mundo. En él se pueden hacer actividades como esnórquel, kayak y excursiones por los acantilados. Yo, en vez de realizar alguna de ellas, me dediqué a comer coco fresco a modo de postre en un puesto cercano a la entrada.


En Punta Sur, aparte de una estatua gigante de una iguana donde todos los turistas se hacen fotografías, se encuentra el Santuario de la Diosa Ixchel y unas estupendas vistas con Cancún al fondo.

El camino de vuelta se hizo por la otra orilla de la isla. Por ella, y en este orden, se va pasando por al lado de numerosos chalets, un cementerio y una laguna casi putrefacta rodeada de casas de gente pobre. Más adelante, y ya entrando de nuevo en la zona más turística, se llega a Playa Norte, donde cientos de personas toman el sol y se bañan ante una barrera de sacos de arena que intentan proteger la playa de las corrientes marinas.


















Ya de vuelta en Cancún, y realmente hambriento, tocó cenar en el popular Parque de Las Palapas. Rodeado de cientos de familias y parejas, y a un par de días de mi vuelta a España, reflexioné a modo de resumen sobre mi estancia de cuatro meses en México.

Muchas ganas de volver...

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