1 de junio de 2014

De vuelta a México

















El Día de Andalucía está siendo en los últimos años aún más especial de lo que por sí es. Si el año pasado fui a Granada mientras nevaba para hacerle de pseudoguía turístico a una amiga china de Hong Kong, este no ha sido menos. Más de un año sin viajar al extranjero ha sido para mí un verdadero castigo, y si a eso le unimos lo que echaba de menos México, tomar la decisión de hacia donde iba a partir este 28 de Febrero fue bien sencillo.

Maleta hecha y equipo fotográfico preparado, me planté a primera hora de la mañana en la estación María Zambrano de Málaga para coger el AVE destino Madrid. Una vez en la capital y sin salir de la misma estación de Atocha, hice transbordo hacia el aeropuerto usando la Línea C1 del Cercanías.

Ni la ilusión por el viaje ni las pantallas táctiles individuales que ha colocado Iberia en cada uno de los asientos consiguieron hacerme corto el vuelo. Estaba sentado en la parte central del avión, con uno a mi derecha que pedía una cerveza cada no más de media hora y otro viajero a la izquierda que resultó ser un alicantino cámara de vídeo. De charla con él, hablando de trabajo y viajes, fue lo único que me hizo algo menos pesadillesco el vuelo.

No fue un aterrizaje tan idílico como recuerdo Cancún, cuando México me recibió con un precioso atardecer en plena Riviera Maya. Aún así, he de reconocer que fui incapaz de despegarme de la ventana, pues las luces de México D.F. se perdían hasta el infinito y más allá.

Como continuaba dándome palique Antonio Avión (como lo tengo guardado en el móvil), no me pareció la cola de salida del aeropuerto tan interminable como realmente era. A la salida me estaba esperando Paola, una chica que conocí un par de años atrás en Playa del Carmen y quien me iba a dar alojamiento.

Una de las cosas buenas de la noche en México D.F. es que el metro no es tan caótico como dicen que es en las horas puntas. Aún así, en las distintas paradas van subiendo y bajando de los vagones diferentes mendigos, vendedores, filósofos, cantantes y demás. Aunque a otras personas le molesten ese tipo de cosas, yo disfruto cada detalle más tonto e insignificante de cada viaje.

Alternando entre metro y metro en superficie, por fin atravesamos un mercadillo callejero para alcanzar la estación de autobuses Tasqueña, al sur del D.F. Me registraron el equipaje antes de subir al autobús (nunca me había ocurrido en México, pero durante estas semanas iba a ser lo habitual) y, aunque raro en mí, me quedé dormido durante el viaje.

Ya en Cuernavaca bien entrada la madrugada y para rematar este heróico viacrucis de más de treinta horas, cogimos un taxi hacia Jiutepec, donde me esperaba mi base de operaciones. Entre el pésimo estado de las calles, la forma de conducir del taxista y mi tremendo agotamiento, mi cara iba alternando entre la de MA Barracus y la del capitán Hadock, es decir, entre un profundo sueño y una tremenda mala leche. Pero, que más daba, ya estaba en México.

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