18 de julio de 2015

Plata en las alturas


Nada más llegar y empezando a subir cuestas (Taxco está en una montaña) me encontré con un matrimonio español con el que paré a hablar un rato a la sombra. Conversación típica para intercambiar la situación de cada cual, resultando que ellos eran unos jubilados castellanoleoneses haciendo turismo.

La catedral (Templo de Santa Prisca) es recargada por dentro y majestuosa por fuera. Siempre que veo alguna foto de ella en libros/revistas de turismo o redes sociales la reconozco a la primera. La salida por su lateral está a cierta altura y permite tanto ver el mar de tejados de la ciudad como las cocorotas de habitantes y turistas. Aproveché para hacerle una fotografía a una anciana que iba hablando sola y soltando improperios variados. Mientras la imaginaba en cualquier TBO de Mortadelo y Filemón me miró con cara poco amistosa y huí.

Evitando el gentío enfrente de la catedral y todas las joyerías de plata que la rodean comencé a investigar callejones más intransitados y tranquilos, así como zonas algo más alejadas y goteadas por auténticos ranchos mexicanos. Me llamó la atención ver una bandera sueca pegada por el interior de una ventana. Parece que este tipo de guiris no sólo huyen a la Costa del Sol, sino también a tierras lejanas para disfrutar de la buena vida.

Bajé a la zona más plana y menos agotadora para almorzar en un típico y casi estándar restaurante del país. Por suerte me sé casi de memoria los tacos, pues lo que parecía el menú del día sobre la mesa resultó ser una llamativa carta de alguien hacia Dios. Mi religiosidad es nula, pero reconozco que la leí y me gustó. 

Volviendo al centro de la ciudad atravesé un mercado repartido a distintas alturas, mitad al aire libre mitad tapado por telas y en el que había que subir escalera tras escalera para poder atravesarlo. De nuevo en la frontal de la catedral y lo que es la plaza principal de la ciudad cogí un taxi para que me llevara a la zona más alta de la misma, disfrutando de conversación con el conductor y los habituales espectáculos de pseudomagia de como se cruzan dos coches por calles donde sólo cabe uno.

Las vistas son buenísimas y, si no fuera por la falta de mar, la estatua que preside toda la ciudad y a cuyos pies yo me encontraba me hubiera hecho pensar que estaba en Río de Janeiro o incluso Lisboa. Muy simpático el conductor (como casi todos los mexicanos) me fue señalando y explicando algunos sitios, como la mina de plata abandonada o el hotel Montetaxco, frecuentado al parece por la fauna hollywoodiense

Esperé a que llegara la hora del autobús de vuelta descansando y tomándome un té casi enfrente de la estación, dejándome muy buen sabor de boca tanto dicha infusión como la visita a esta ciudad de la plata.