23 de noviembre de 2016

The Legend of Zelda: Symphony of the Goddesses























La visita a Madrid no fue únicamente por la feria de videojuegos a la que dediqué la mañana, sino también para acudir por la noche a un concierto filarmónico sobre la banda sonora de The Legend of Zelda como colofón. Descubrí la saga allá por mi adolescencia y, grabada desde entonces en mi mente sin posibilidad de extracción quirúrgica, no dudé ni un momento a la hora de hacerme con las entradas.

El Pabellón de Vistalegre se encuentra en Carabanchel, ese barrio que, retrocediendo aún más en mi pasado, Elvira Lindo me hacía imaginar con todo pintado de rosa. Pero no, y extrapolando ahora esas experiencias noventeras a la misma noche del concierto, la caóticamente organizada cola de frikis alineados (que no "alienados", no quisiera ser repetido) tenía un público comepipas en balcones y ventanas comentando lo que les venía en gana a voces y con poca educación.

En fin, una vez descubierto el porqué de la elección de ese barrio por parte de "El Coletas" para sus mítines populistas, la decepción ya nombrada de Manolito Gafotas no se repitió sobre Link y su amada Zelda. Una muy buena orquesta arropada por una gran pantalla que mixturaba distintos momentos de la saga, haciendo disfrutar a mis sentidos de casi dos espasmódicas y orgásmicas horas, culminadas por el retumbar de los platos hollywoodianos sobre la mesa.

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9 de noviembre de 2016

Madrid Gaming Experience


























Los videojuegos y yo nacimos a la vez. De hecho, mi primera consola (llamémosle así) apareció en este mundo el mismo año que yo; ella en las tiendas y yo en el hospital. Ya antes había realizado ciertas pruebas jugando en casa de mi abuela al PONG de Atari, pero fue cuando llegó a mis manos el Spectrum ZX cuando comencé a disfrutar como un enano (nunca mejor dicho) con mitos tales como Phantomas, Freddy Hardest o Pijamarama.

Tras un período de transición en el que combinaba fútbol callejero con recreativas en los bares por cinco duros, y como no hay mal que por bien no venga, toqué la campanita para cambiar neumonía por Mega Drive. Ahí empezó todo, y como en Bobobó un pato jura amor eterno a un calzoncillo, yo hice lo mismo pero con los videojuegos.

Fui directo a la parte retro nada más entrar en la feria, emocionándome con consolas como la Saturn y la Dreamcast. Me arrepiento de haberme deshecho de ellas, supongo que locura realizada por el vacío de mis bolsillos en mi época veinteañera. Es más, me estoy planteando hacerme de nuevo con la última citada a pesar de los precios prohibitivos a los que se encuentran por Internet reliquias tales como Skies of Arcadia, Blue Stinguer o Carrier.

Dentro de ese mismo área me gustó la ristra de mesas con sus consolas y televisores sobre ellas, con juegos ya insertados, todo listo para sentarse y ponerse a jugar a maravillas como Resident Evil 2. Continué recorriendo el pabellón por delante de dos grandes pantallas y muchos público. La primera era una conferencia de no sé qué tema retransmitiéndose en "streaming" ante unos asistentes atentos y en silencio. Había también partes que encajaban presente y futuro próximo/alternativo con espectaculares juegos de baile, inquietante realidad virtual e independientes/emergentes desarrolladores nacionales. La segunda intercambiaba fragmentos de un concierto de la banda sonora de The Legend of Zelda con anuncios de otros juegos. En este caso, los espectadores estaban en modo díscolo y alborotador, gritando y golpeando con fuerza y estrépito esos globos duros y alargados que aparecen en mítines políticos y partidos de baloncesto. ¡Ah! ¡Y ahora que me acuerdo! ¡Vi una ocarina en venta!

Ya poco más, que no es poco. Tiroteos con balas de pintura en una esquina, muy a lo Counter Strike, y exposición de coches representativos en la contraria, muy a lo Collin McRae. Punto y aparte (aunque lo esté escribiendo seguido) para los frikis, esos seres alienados. Me topé con una interminable cola que me hizo pensar que, como mínimo, Sonic y Mario estaban firmando autógrafos recién llegados al mundo real. Pero no, sólo esperaban con ansia y desesperación para probar unos tallarines finos que un puestecillo servía sobre un cartón. Más allá de las vestimentas y el anime/manga del que proceda semejante acto, opino que un zombi pasaría más desapercibido con las manos en los bolsillos y silvando entre los estands.

Reconozco que me ha gustado mucho la feria, animándome a retomar/continuar con una afición proveniente de tiempos remotos con este ocio que representan los videojuegos. Sólo tengo una pega. Y es que, más allá de los frikis (es cuestión de gustos, pero no molestan a nadie), no encontré nada de Fringe ni de Bobobó...

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18 de septiembre de 2016

Barranco Blanco



Pocos días después de mi caminata por el río Alaminos (afluente del río Fuengirola) comencé a escribir esta entrada, pero mi enfado por algunas cosas vistas me hicieron dejarlo para más adelante, concretamente para hoy. Ya con más calma y respiración profunda, voy a no entrar en detalles u opiniones sobre temas tales como los restos del gran incendio (provocado) de 2012, las construcciones (ilegales/corruptas) dispersas metastásicamente o el comportamiento incívico de la gente (chusma). Borrón en el borrador (del blog), valga la redundancia, y cuenta nueva.

Son muchas las formas de explicar cómo llegar a Barranco Blanco, siendo para mí la más sencilla el tomar como referencia a Coín. No hay más que preguntar dónde está el Cuartel de la Guardia Civil y, desde allí, seguir la MA-3303. Tras pasar sobre la relativamente reciente A-355 hay que estar ojo avizor hacia el lado derecho. Aunque no tiene pérdida, en caso de llegar al Castillo de la Mota sin haber encontrado la entrada, se da la vuelta (a empezar) en la rotonda de la gasolinera.

Hay que darse una paseo de unos veinte minutos cuesta abajo mientras te van apartando del camino coches tuneados con reguetón que quieren estacionar casi en la misma rivera, muy campestres ellos. Para la vuelta, lógicamente, hay que invertir más tiempo, pero las multas en los limpiaparabrisas de los citados vehículos resultan celestiales. En fin, ya estamos en el río como tal.

Es posible hacer la ruta por un sendero que va de un lado a otro del río cruzando el cauce del mismo. De todas formas, si no vas en modo dominguero, lo suyo es meterse en este último, siendo más deportivo, divertido y refrescante. Eso sí, aparte de proteger los dispositivos electrónicos (no me llevé cámara réflex ni activé Runtastic Pro), hay que llevar un calzado apto para saltos de agua y rocas mohosas. Mis heridas y cardenales así lo atestiguan tras tremendo guarrazo (perdón por la palabra mimetizadora). Eso sí, las agujetas en los glúteos en los días posteriores son prácticamente inevitables.

El agua de acuíferos, a pesar de ser verano, está realmente fría. No es recomendable estar mucho tiempo a la sombra porque el tembleque de cuerpo entero, más allá de no ser agradable, impide escalar con ayuda de una soga la cascada final. Tras la misma ya no hay remansos de agua con gitanos lanzándose en bomba desde las alturas (te recomiendo, querido lector, añadir espectadores barrigones comiendo patatas fritas en las gradas calizas de tu imagen mental), sino remansos de paz. Es a partir de ahí donde, aparte de la flora, se puede disfrutar de la fauna, refiriéndome ahora a la autóctona.

Después de pasar bajo un precioso túnel natural el río es más estrecho y menos caudaloso, yendo el recorrido a parar a su surgencia, conocida como El Nacimiento. En el punto de inicio, y una vez hecho el camino de vuelta, hay una gran cascada que también merece la pena ver para poner fin a la jornada. Una jornada que, a pesar de las críticas que al principio prometí no hacer pero que sí he hecho de soslayo, me encantaría repetir.

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21 de julio de 2016

Lisboa (3)



La mañana del último día me di una caminata de este a oeste por la parte norte de la ciudad, desde el hotel donde me alojaba hasta cerca del hotel donde estuve la anterior vez, muy cercano a la Praça de Espanha y junto a donde se encuentran la Fundaçao Caloste Gulbenkian y el Centro de Arte Moderna José de Azeredo Perdigão. Yo no tuve duda y fui directamente al Museu Caloste Gulbenkian, pues sabiendo un mínimo de turismo y arte la elección es fácil.

Mi intuición no falló y me encantaron ya de entrada las instalaciones, un edificio moderno y sobrio rodeado de una vegetación exuberante con patos a sus anchas. Los interiores eran muy neutros, siendo las colecciones lo que destacaban aparte de, desgraciadamente, un grupo de españolas (posiblemente madrileñas) que iban dando la nota.

Las obras expuestas son un pequeño porcentaje de lo que dispone la fundación, estando ordenadas cronológicamente y representando distintas culturas históricas. El creador de la fundación, y quien le da nombre a la misma, fue un caucásico armenio que invirtió gran parte de su fortuna relacionada con el petróleo en temas de arte y filantropía. El libro del museo me espera en la estantería para ser leído en portugués.

Fotografías (Museu Calouste Gulbenkian) -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157671354241115

El almuerzo fue en el Hard Rock, uno más tachado de la casi interminable lista de los que aún me faltan por visitar. Ya recargadas las fuerzas con un plato de salmón con bimi dediqué la tarde a pasear por el centro de la ciudad y la Alfama, descubriendo y disfrutando las diferencias entre el día extremadamente lluvioso de la llegada con el estupendo sol que hacía. De camino, entre las innumerables opciones que hay, me acerqué a lugares como la Sé de Lisboa o el Miradouro de Santa Luzia (donde llaman "suco natural" a zumo de bote).

Terminé la tarde/noche en un restaurante de comida rápida y sana, correspondiente a una franquicia llamada Vitamina, y tomando una infusión en el histórico Café a Brasileira, un poco más arriba de la calle (en la que se encuentra la histórica Livraria Beltrand) y escuchando en directo a un grupo de Cabo Verde.

El tiempo tuvo un detallazo, pues aunque el viaje de vuelta era lluvia y más lluvia, en la parada en Mérida para almorzar se pudo visitar teatro/anfiteatro romano sin paraguas en mano. A veces uno no es consciente del valor de lugares que se visitan, diciendo un "no es para tanto" cuando se está allí pero un "¡ahí he estado yo!" cuando se ve por la tele. Por suerte, con la experiencia viajera se va corrigiendo eso. Y no tiene más (que no es poco), una ciudad pequeñita con su centro/calles peatonales, su plaza central (Plaza de España) y una fortaleza en la que no llegué a entrar. Dos puentes, uno romano y otro de Santiago Calatrava (ejem...) sobre el río Guadiana.

Fotografías (Mérida) -> https://www.facebook.com/alvaro.martin.fotografia/photos/a.556623587751253.1073741829.331771663569781/1033872570026350/?type=3&theater

En fin, mi querida Lisboa, ya sabes que no hay dos sin tres...

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157668751800172

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19 de julio de 2016

Lisboa (2)



Estaba muy soleado al día siguiente y, partiendo desde el Parque Eduardo VII, en el que montaban los puestos para la feria del libro, rodeé la Praça Marques de Pombal y comencé a bajar la arbolada Avenida da Liberdade. Entre tiendas caras, rotativas de periódicos, cines y teatros terminé por desviarme hacia el Bairro Alto.

En la plaza Largo do Carmo hay tanto mesas y sillas fijadas al suelo para que personas mayores jueguen al dominó como bancos de piedra donde turistas paran a descansar o consultar el mapa. En esa misma plaza también está el Museu Guarda Nacional Republicana, en la puerta del cual hay dos garitas con sus respectivos soldados haciendo guardia de forma casi inerte.

La Igreja do Carmo, muy deteriorada por uno de los terremotos de la historia de Lisboa, ahora permite ver la estructura y esculturas del interior, que ha quedado al aire libre. Al final está el Museo Arqueológico Do Carmo. Casi pegado se encuentra el Miradouro de Santa Justa, al cual accedí en mi anterior ocasión usando el elevador, pero esta vez aparecí directamente por la parte superior. Me llamó la atención que una vía de tranvía que terminaba justo ahí, en las alturas, ya no está.

De camino al Largo Chiado se hizo una parada en el Jardim das Cerejas, un restaurante vegetariano (quizás vegano) llevado por árabes que me encantó. En la mesa de atrás había una brasileña que estuvo un buen rato hablando por teléfono, lo cual me hizo atender a la anodina conversación. La razón es que la entendía perfectamente, a diferencia de a los portugueses. Como un oasis en el desierto...

Bajo la catenaria del tranvía, y tras saludar a un inmóvil Fernando Pessoa, giré a mi izquierda en la Praça Luís de Camões para bajar hasta el Tajo por la cuesta Rua do Alecrim, cruzada por numerosas avenidas bajo ella. Mezcla de librerías casi centenarias con tiendas chic que intentaban falsear su antigüedad con patéticos eslóganes tipo "Desde 2015"...

No recordaba muy bien como/donde coger el tranvía hacia el barrio de Belém, así que anduve en paralelo al río durante un buen rato, dejando a mi lado muchas antiguas fábricas reformadas para poder ser en la actualidad discotecas, gimnasios y demás. El tiempo es oro, mucho más que lo que costó el taxi que terminé por coger.

La otra vez no entré en la Torre de Belém y esta tampoco. Estuve por los alrededores intentando hacer fotografías, y digo intentando porque el viento que hacía ya cercano a la desembocadura era tremendo. Donde me decidí a entrar fue en el Padrão dos Descobrimentos, y no me arrepentí. Las vistas desde la parte de arriba eran espectaculares, más que aptas para compensar el miedo a las alturas.

Cruzando la avenida por paso subterráneo le eché un ojo al interior del ya visitado Mosteiro dos Jerónimos y a uno de sus patios interiores. Tras dejar a mi derecha el Planetário Colouste Gulbenkian (me hizo recordar que aún me quedaba por visitar el Museo Calouste Gulbenkian, en la otra punta de la ciudad) hice una breve parada para merendar en un bar típico de barrio que estaba a punto de cerrar.

Continúe atravesando una zona de apariencia pija, muy al estilo El Limonar/Cerrado de Calderón de mi ciudad. Lo que quería era ver el estadio de Os Belenenses, donde se inició Eliseu Pereira, exjugador del Málaga CF. Entre campos donde entrenaban niños y pasillos interiores donde enchaquetados discutían sobre a saber qué, me adentré hasta el lateral del palco. Estadio mediano en un barrio tranquilo del que, tras repasar enfoque/desenfoque en el mundo de la fotografía, bajé a Pastéis de Belém.

Como su nombre indica, es una pastelería, concretamente la más famosa de Lisboa, teniendo como eslógan "Desde 1837" (mucho más decente que el citado párrafos atrás). A pesar de tener una buena orientación y fijarme mucho en los detalles, siendo el mío un órgano avanzado (el cerebro), ha tenido que ser a la vuelta, y echándole mano a Google Earth, cuando he descubierto que también estaba en modo de mosaico bajo mis pies. No consumí, pero sí que entré, quedándome asombrado por la cantidad de pequeños salones que había comunicados entre sí.

Con paradas en pequeños detalles de arte entre estrechos callejones terminé cogiendo un tranvía, esta vez de los clásicos y antiguos, para estar de nuevo por las zonas más céntricas de la ciudad. Tras trabajar mi tren inferior subiendo y bajando las infinitas escaleras de algunas de las estaciones de metro (las mecánicas son para vagos/as) y tras comprarme una pobre ensalada sin aliñar que me llevé al hotel, llegué a este con no más motivación que la de dormir.

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25 de junio de 2016

Lisboa (1)


























Lisboa es la única ciudad del extranjero que, por ahora, he visitando por segunda vez, pues me encantó y tenía mucha ilusión por repetir. Llegué con los recuerdos ya filtrados, quedándome con lo práctico, borrando lo inservible y dejando espacio en mi memoria para todo lo que estaba por venir.

La mañana comenzó como había terminado el día anterior, con nubes y lluvia de variable intensidad. La cristalera de la última planta del hotel permitía desayunar disfrutando de una amplia panorámica, incitando esta a salir a la parte no techada a disfrutar de sirimiri post-invernal.

El metro desde el alargado e inclinado parque de Dom Afonso Henriques me dejó en el mismo centro, en una de las cuatro plazas que lo conforman, siendo estas: Praça Restauradores, Praça do Rossio, Praça da Figueira y Praça Martim Moniz. Todas envuelven la reconstruida Baixa y pudiéndose atravesar esta por la Rua Augusta hasta la Praça do Comércio, donde los soportales te reciben con protección de lluvia y gaviotas.

Por las ya citadas plazas fui encontrándome e investigando lugares como la Estação Ferroviária do Rossio, donde multitud de personas invadían la bajada de la escalera mecánica, el Mercado Praça da Figueira, donde no descansaban de servir desayunos, y las paradas de tranvías y triciclos, una competencia desleal. La Praça de Martim Moniz me llamó especialmente la atención porque en mi anterior visita estaba penosamente abandonada, muy diferente a la actualidad, muy remozada.

Entre colinas, no subiendo esta vez Montmartre sino la Alfama, no dirigiéndome hacia la Basilique du Sacré-Cour sino al Castelo de São Jorge, historia e idiomas aparte, la experiencia de viajar hace que se enciendan, en cerebro retocado, coloridos pilotos de similitud. El ascenso a la primera de las ya citadas colinas era por calles cuadriculadas, mientras que a la segunda se hace por callejones serpenteantes como construcción árabe que es. Una con la pintura como arte, la otra con el azulejo portugués, ambas compartiendo clonadas e invasibas tiendas turísticas. La comparación termina en las alturas y con un claro vencedor, pues, a pesar de empate en cuanto a vistas, únicamente con murallas y almenas no se puede competir.

La Alfama te sorprende, y cuando crees que es el último mirador siempre hay uno más. Es uno mismo el que tiene que elegir donde parar y, descansando en Largo Da Graça, comencé la bajada dejando a mi izquierda la iglesia de São Vicente. Ya en una zona más auténtica, zigzagueaba cual manso minotauro, con la tranquilidad de no saber por donde tirar. Entre niños jugando y ancianas cargando, entre plazas en feria y locales de fado, terminé desembocando paralelo al río, en la Fundação José Saramago. Esta última me recordó, nada más mirar su fachada, a la Piazza San Marco de Venecia. Mmm... que nadie me pregunte POR QUÉ...

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20 de mayo de 2016

Évora


























La otra vez que fui al país vecino pasé por Sevilla, bajé hacia el sur por la autovía del V Centeranio, cruzando el Guadiana y parando a desayunar en Tavira. En esta ocasión he subido desde Sevilla por la autovía de la Ruta de la Plata, pasando por Badajoz y haciendo descanso en Évora. En ambos casos, por supuesto, saliendo de Málaga.

Es un pueblo reconocido como uno de los más antiguos de Europa, con muchos restos y construcciones correspondientes a distintas épocas de la historia. Pueblerinos y turistas caminan por callejones de casas blancas con moho en sus fachadas, un entorno con aire entre andaluz y gallego. Esta zona de lo que era Lusitania tiene mucho bosque, lo que hace disfrutar de unas buenas vistas desde algunos puntos del centro.

He de reconocer que llegaba con grandes expectativas, habiendo cambiado la ruta hacia Lisboa, en parte, sólo para visitar Évora. No es que se le puedan poner pegas especialmente concretas y definidas, pues en general es un pueblo bonito, pero no da para más de una hora. El ya nombrado parecido andaluz y la modernización (que no restauración) de mucho mobiliario urbano y acerado me han hecho salir de allí con un ".

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7 de mayo de 2016

El CAC y más


























CAC (Centro de Arte Contemporáneo)

Las pocas veces que he ido al CAC han sido una pérdida de tiempo, y nunca ha sido por mi propia voluntad sino por acompañar a alguien. En esta ocasión, por la cercanía de viajar a Lisboa, me propuso una amiga ir a ver una exposición temporal llamada "Periplos | Arte portugués de hoy" que, si me hubieran dicho a la entrada que eran posavasos me hubiera convencido. Pero no, no me lo dijeron, sino que por lo visto era "arte". Si unimos otras exposiciones temporales de nivel parecido y la exposición permanente de la cual prefiero no hablar...

Pero no, no he decidido escribir sobre esto, sino sobre lo que me encontré nada más entrar en las instalaciones del CAC, una exposición del fotógrafo holandés Erwin Olaf que compensaba todo el tiempo perdido en mis anteriores visitas. Más allá de la interpretación conceptual de cada una de las fotografías, todas han sido muy estudiadas, muy preparadas, muy trabajadas. Una decoración y vestuario muy de los años sesenta/setenta, unas poses a un nivel muy superior a las revistas de moda, colores cálidos y contraste muy medido, imperceptible para el observador no profesional/experto pero casi la clave de las obras. Un verdadero sobresaliente.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157667745920156

The Jungle

El Muelle Uno de Málaga puede ser cualquier cosa menos desanimado o aburrido, pues organiza continuamente todo tipo de eventos, la mayoría relacionados de una u otra forma con el arte. Los hacen habitualmente en el Artsenal, aunque también delante de la capilla y mas localizaciones. También los suelen hacer coincidir con fechas o épocas señaladas donde la gente tiene más tiempo libre para disfrutarlos. No sólo los fines de semana, sino Carnaval, Semana Santa, Festival de Cine, Feria, Halloween, Navidad, etc.

Me acerqué hace un par de semanas a hacerle fotografías al grupo The Jungle, pues el anuncio del concierto en las redes sociales me dio buena espina. Y así fue, un muy buen acuerdo de colaboración (cobertura fotográfica para ellos y aún más difusión en la red de redes para mí), con música de calidad y ambiente distendido.

La pega fue que, fotográficamente, era complicado tomar unas buenas imágenes frontales debido a la distancia, ya  que estaban colocados entre la capilla y el rectangular y alargado estanque. Lógicamente, lo ideal hubiera sido un tele, pero con un 28 - 75 mm hice laterales y 3/4 delanteros.

Fotografías -> https://www.facebook.com/alvaro.martin.fotografia/photos/?tab=album&album_id=1018404888239785

La mudanza

Mi amiga Ana Muñoz se estaba mudando, dejando atrás un pequeño apartamento situado en el mismo centro de la ciudad y con unas vistas inigualables. Lo primero que se me vino a la cabeza, y antes de devolver las llaves a la casera, fue organizar una sencilla sesión de moda.

El edificio es bien antiguo, con grandes ventanales de madera y un minúsculo y chirriante ascensor rodeado de enrejado, segunda puerta incluida. Me recordó esto último a cuando estuve en Génova hará ocho años, donde vi por primera vez este tipo de elevadores.

De todas formas, y más allá del entorno, una modelo guapa y con gracia, un par de mudas urbanas y la Farola y la Manquita como telón de fondo es más que suficiente para obtener buenos resultados, no teniendo el fotógrafo más que darle al botón (¡es ironía!).

Fotografías (1) ->

https://www.facebook.com/alvaro.martin.fotografia/photos/a.556623587751253.1073741829.331771663569781/1024619774284963/?type=3&theater

Fotografías (2) ->

https://www.facebook.com/alvaro.martin.fotografia/photos/a.556623587751253.1073741829.331771663569781/1027648820648725/?type=3&theater

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15 de abril de 2016

París (4)



























La ciudad amaneció lloviendo y con neblina, líneas de metro cruzando el río que se veían difuminadas por los humos de las fábricas. Esa idea de que un día nublado es el idóneo para hacer fotografías es una tremenda mamarrachada, pero yo no tenía otra opción.

Un amigo me había recomendado visitar el Institut Du Monde Arabe, sobre todo por las vistas desde la parte superior. Lo descarté tanto por el clima como por mi escaso interés en la temática. Zigzagueando sobre el Sena, desde la Garé de Lyon hasta la Isla de la Cité, terminé frente a la catedral de Notre Dame.

Me gusta prestarle atención a las tiendas pequeñas, esas que no hace muchos años que surgieron, donde normalmente autónomos lo dan todo para mantenerlas. A veces no me interesan los productos/servicios que ofrecen, pero sí el diseño de sus escaparates, la decoración de sus interiores o sus luces de neón. También me atrae el estilo casi opuesto, tiendas antiguas (que no "vintage") que jamás se han reformado. En Saint Germain des Pres hay mucha variedad.

Ya en esta parte sur de la ciudad, paseando por la calle que termina en el Odeón Théâtre de l´Europe, descubrí un buen número de librerías en ambas aceras. Hace diez o veinte años habría quien las definiera como decrépitas y caóticas, pero actualmente son verdaderas joyas y no sólo para ratones de biblioteca.

Había estado intentando encontrar una postal en concreto, encargada por una amiga, casi desde que aterricé. Se trataba de una fotografía muy antigua de mujeres, cogidas del brazo y sonriendo, bajando las escaleras de Montmartre. Era en blanco y negro y con sólo el grupo coloreado. En el exterior de una de estas librerías estaba la misma serie, mas faltaba justo la que buscaba. Entré y, hablando con el dueño, compré un par de ellas que formaron una combinación perfecta.

El Jardin du Luxembourg está situado de forma más hermética que los anteriormente visitados, y torcer una esquina y encontrarse con tal majestuosidad deja anonadado. Casi más grande que los otros, aunque con menos monumentos y museos, lo compensa todo con la cantidad de actividades que permite hacer. Teatro de títeres, estanque con barcos teledirigidos, paseos en velero, invernaderos, escuelas de horticultura, etc. Entre hospitales, facultades e institutos va estrechándose en la parte denominada Jardin Marco Polo y desembocando en Montparnasse.

Es un barrio muy concurrido con sus estaciones de tren y metro, aunque lo que más llamó mi atención fue el panorama desde el interior del cementerio, el contraste entre la iluminada Tour de Montparnasse y las tenebrosas lápidas, entre atareados ejecutivos e inconsolables viudas, entre la vida y la muerte.

Las ciudades visitadas estos últimos tres años, y para quitarme de una sola tacada las tres con más solera, han sido cronológicamente Londres, Roma y París. Sorprendentemente, la que menos expectativas me daba ha sido con diferencia la que más me ha gustado, pero no pienso dar la más mínima pista de cual ha sido. AU REVOIR!

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13 de abril de 2016

París (3)



El primero y único de los días soleados invitaba a no coger metro, con lo que encaré el Boulevard de la Chapelle, enlacé con el Boulevard de Clichy y me planté ante el Moulin Rouge. Con el logo en la misma acera y un par de bloques convencionales a sus costados, el local estaba cerrado esa mañana, aunque en la entrada se podían ver carteles de espectáculos, no sé si históricos o actuales. En la tienda, en el lateral de la manzana, no llegué a encontrar una taza decente y terminé comprándola en un moro cercano. No fue con referencias del Moulin Rouge, sino del desaparecido Le Chat Noit, que me recuerda a mi gato.

Ya subiendo cuestas, entre bares como el "SYMPA" y floristerías como la "Au nom de la rosa", haciendo vídeo en el Saint Jean de Montmartre y plantándome en un jardín frente a la frase "aimer c´est du dósordre... alors aimons!". Surge de un bocadillo tipo TBO y este de la boca de una mujer de vestido azul (descartamos a la de Matrix). Todo pintado/escrito en una pared con un "te quiero" en decenas de idiomas en la parte inferior. Como curiosidad, una amiga ya me había hablado de ese pequeño parque, pero describiéndome distinta postura y frase de la ya citada mujer. Incluso en la revista turística del hotel, de ese mismo mes, aparecía una fotografía diferente. No era mentira ni montaje, pues aún quedaba ligero rastro de ello, pero había que fijarse y relacionarlo.

Tabernas y bares con nombres de más o menos originalidad, largas escaleras de las de subir los escalones de dos en dos y guitarristas que intentan vivir de su voz. En la Place du Tertre los pintores hacen retratos a turistas y capturas de paisajes/monumentos de alrededor. En este siglo va cambiando lo bohemio por lo comercial, el arte por la mercadotecnia. No lo veo negativo o que haga perder valor, sino más bien una sinergia que produce motivación. La plaza mantiene su encanto y relax.

Tanto tiempo con el gorro que ni me acordaba de tenerlo puesto y me lo recordaron con educación a la entrada de la basílica del Sacré-Coeur. No podían hacerse fotografías independientemente de si se usaba flash o no, claro que no hacían referencia al vídeo. No contaron con mi astucia.

Las vistas de París desde Montmartre, a 130 metros sobre el nivel del mar, son una maravilla empañada por la maldita polución, que le resta nota al "skyline" de la metrópolis. Tras bajar las casi infinitas escalinatas y esquivar vendedores negros de nula educación me crucé con un nuevo molino, pregunté a un francés en inglés y "voilà", el Cimentiére de Montmartre. Habiendo comentado ya que me gustan los cementerios no voy a explayarme en la descripción de este o el de Montparnasse pues, aparte de sus dimensiones, son muy parecidos al malagueño de San Miguel. Parte porque también hay mucho arte aquí, parte porque también hay mucho enterrado de allí. Todo un popurrí.

Metro hasta la Place de la Nation, rodeo a la Place de la Bastille (mucho ruido y pocas nueces, mucha historia y poco caché) y giro a la derecha a la Place des Vosges. Es una plaza de ensueño del que hace despertar el guarda de la misma a la hora de cerrar. De toas formas, los alrededores del Centre Pompidou merecen callejear por ellos pues, sin ser la parte mas bella de la ciudad, tienen mucha vida y actividad. Tiendas de todos los colores a las que se le suma el ambiente turístico/artístico del museo, del cual me ahorro hablar...

Fotografía -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157665000727550

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11 de abril de 2016

París (2)



Los elementos más significativos de los lugares a los que viajo no suelen coincidir con los que más me interesan, y una vuelta alrededor del Arc de Triomphe junto con algunas pocas originales fotografías bastaron para abandonar el primer "checkpoint" del día.

La moda me interesa, ya sea para mi propio día a día como para inspiración e ideas que proyectar en la fotografía. Es igualmente cierto que, cuando el cóctel de lujuria, glamur y patetismo se agita más de la cuenta, la emoción cambia de forma inversamente proporcional. Eso hizo que ignorara ese tipo de establecimientos a lo largo de la Avenue des Champs-Élyseés y me centrara en otros elementos, tanto llamativos como cotidianos.

Realmente espectacular el diseño exterior e interior del Citroën C-42, escaparate y vitrina que conforma el edificio de la marca francesa. Especial atención a un muy cuidado Citroën CS, primer coche en el que me monté en mi tierna infancia. Continué visitando los espacios de Renault y Toyota, la tienda del París Saint-Germain y pequeños centros comerciales como Galerie des Arcades. Giro a la izquierda, me pregunta un italiano desde su coche cómo llegar a la autovía, dejo a la derecha la Place des États-Unis y llego a lo más turístico de París.

Son muchas las veces que me viene a la cabeza la escena de Matrix en la que se cruzan con una mujer de vestido rojo. Esta fue una de las ocasiones, sentado con bocadillo en mano, pies cruzados y piernas colgando. La multitud cuasi desenfrenada y robótica, donde unos ocupaban el metro cuadrado recién dejado por los anteriores, "selfie" y ya están presionando los siguientes. Intentando retraerme de aquel "time-lapse" en vivo y en directo, mirando las amplias vistas, con la Tour Eiffel presidiendo y la Tour Montparnasse intentando hacerse hueco en la postal.

En aquel momento no sabía que tenía detrás el Cimentière de Passy, pues suelen ser bonitos y tranquilos y me hubiera encantado irlo a visitar. En su lugar atravesé los Jardins du Trocadéro, crucé el Sena, pasé bajo la torre y, tocando el edificio del final por mí y todos mis compañeros, intenté ignorar el Mur pour la Paix tras recorrerme el Champ de Mars.

El patio central e L´Invalides es seco, amplio e imponente, rodeado de tanques y cañones. Al igual que el almirante Nelson en la londinense Trafalgar Square es aquí Napoleón quien preside tanto con escultura representativa como con su propia tumba. En países tan democráticos y europeístas  como Francia e Inglaterra son héroes nacionales personajes históricos que masacraron, entre otros, a miles de españoles, tanto militares como civiles. Es curioso que en España no se puedan nombrar ni figuras como Hernán Cortés ni lugares como el Valle de los Caídos, aunque no se tenga la más mínima idea de qué hicieron o representan.

El Pont Alexandre III, el puente más antiguo de la ciudad, da para estar mucho tiempo fotografiando, o simplemente disfrutando, la coincidencia de colores entre los revestimientos de sus farolas con la ya lejana cúpula de la iglesia de Saint-Louis des Invalides. Dejando a la izquierda los inocentemente enfrentados Gran Palais y Petit Palais llegué a la muy anodina Place de la Concorde compensada con un casi indescriptible anochecer.

El Jardin des Tuileries es largo y ancho, desde una común noria hasta la representativa Pyramide du Louvre, comenzando con una librería en una cueva y terminando con una tienda en un contenedor marítimo. Por medio se pueden observar personas paseando o haciendo deporte, alimentando patos en la fuente octogonal o echándole un vistazo al Arc du Carrousel.

Entre soportales y bastidores fui a parar a la Rue de Rivoli, donde se encuentran las franquicias de ropa más comunes y locales de exposiciones de arte moderno, dando con la tolkiniana Tour Saint-Jacques para encarar el Boulevard de Sébastopol hacia el hotel.

Cuando hago mi habituales caminatas por Málaga suelo activar en el móvil el Runtastic Pro para ir guardando en mi historial kilómetros, tiempos, calorías y demás. No lo hice en este caso, pero estoy prácticamente seguro de que fue una de las mayores rutas urbanas de mi vida, una tremenda U sobre el mapa de París. Ducha, cena y a dormir.


8 de abril de 2016

París (1)



El autobús del aeropuerto me dejó en la estación de Porte Maillot y, con la intención de evitar en lo posible más cambios de transportes y transbordos, anduve por la Avenue de la Grande Armée hasta la Place Charles de Gaulle, desde donde pude coger metro directo hasta el hotel, al noreste de París.

Ya nos miramos como quien no quiere la cosa en Beauvais, sabiendo ambos que nos conocíamos pero sin saber de qué. No era tan extraño, pues recién aterrizados desde Málaga era como habernos encontrado en nuestra misma ciudad. Lo que sí es más llamativo fue el volver a encontrármelo en la recepción del hotel hora y media después y en la otra punta de la ciudad. Resultó ser Antonio Campana, un compañero de cuando estudiaba fotografía y vídeo en el IES Jesús Marín.

Quedaba más de una hora para poder entrar en mi habitación, con lo que dejé la maleta y fui a visitar el muy cercano Canal Saint-Martin. En la guía de viaje no me había parecido más que un simple riachuelo pero, una vez allí, me podrían haber dicho que era el Sena y me lo habría creído sin problema. Un muy ancho canal con barcos y restaurantes a los lados hasta estrecharse con una esclusa en obras junto a La Rotonde, un área de esparcimiento donde hay mercadillo cada último día de la semana.

La tarde había que aprovecharla, con lo que bajé por la Rue la Fayette cruzando puente sobre vías de tren y dejando a los lados la Gare du Nord y la Gare de l´Est, dos concurridas estaciones que desembocan en el Boulevard de Magenta. Hacia arriba por una acera y hacia abajo por la contraria, con media vuelta a la altura de la estación de metro de Barbés-Rochechouart. Bien por invención, bien por intuición, la alta concentración de negros y árabes no invitaba a pasear por allí, menos aún cámara en mano.

Los hombres parados en grupo ante oscuros portales y hablando de temas que supongo poco trascendentales. Las mujeres invadían locales donde ponerse pelucas y uñas postizas. Me llamaron la atención y me gustaron las numerosas tiendas de vestidos de novia que había en la avenida. Con precios bajos y más que cutre decoración, lo llamativo de los diseños y la relación con mi trabajo me hicieron parar en muchos de los escaparates. Entré en el mercado de Saint-Quentin, lúgubre y ávido, si no de reformas, de un mayor dinamismo. Suerte tuve de pasar por al lado de un puesto de comida brasileña, onde eles falaban sua lingua enquanto eu escutava e entendia com um sorriso. Terminé apareciendo entre dos arcos: Porte Saint-Martin y el que deduje como Porte Saint-Denis, pues en ellos desembocaban calles de mismo nombre respectivamente.

La Place de la République está flanqueada por edificios parisinos de cierta antigüedad que rodean un acerado de reciente construcción. Hay "skaters" que patinan, valga la redundancia bilingüística, junto a la escultura habitualmente usada por partidos de izquierda y sindicatos. Personas alrededor de flores e imágenes teóricamente conmemorando los cercanos en el tiempo atentados terroristas. El populismo no entra en la temática de mi cuaderno de bitácoras, mas recurro al "tweet" de Arturo Pérez-Reverte tras lo acaecido también en Bruselas: "Los yihadistas deben de estar acojonados por las florecitas, las velitas y nuestro enérgico `todos somos Bruselas´. Y hasta la próxima".

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157665000727550

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

6 de abril de 2016

Las ferias



En la feria de bodas ya había participado en todas las de tres años para acá. La primera vez puse un estand cutre, pero conociendo compañeros relacionados con la temática y cogiendo información de aquí y de allá terminé casi en el extremo opuesto, buscando la perfección. Ni una cosa ni otra, y en esta ocasión me he centrado en lo práctico. Además de haber ahorrado tiempo y reducido estrés, he informado aún mejor a las parejas sobre mi estilo fotográfico, las tarifas y demás. Los resultados lo demuestran.

A la feria de vida saludable y sustentable no he ido como expositor sino como visitante. Ya iba avisado pero, como más vale ver que creer, allí me planté. Los estands de temáticas básicas no aportaban nada, muchas cáscaras y pocas nueces (salvo en los "brownies"). Vaya, para entendernos: que el mejor té es el verde y el mejor zumo el de naranja.

En cuanto a los que presentaban supuestas novedades, nada interesante o con sentido, como esa cosa rara que hace luz. Muchas personas entre dulces y bebidas alcohólicas y que luego se iban a hacer cola para conferencias sobre psicología, yoga, etc. Los puestecillos de ropa eran sustentables, pues tenían perchas, pero no saludables. Las tiendas más interesantes ya las conocía y el único descubrimiento que hice fue la cúrcuma troceada en vez de en polvo. En resumen: tres euros a la basura.

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com