23 de noviembre de 2016

The Legend of Zelda: Symphony of the Goddesses























La visita a Madrid no fue únicamente por la feria de videojuegos a la que dediqué la mañana, sino también para acudir por la noche a un concierto filarmónico sobre la banda sonora de The Legend of Zelda como colofón. Descubrí la saga allá por mi adolescencia y, grabada desde entonces en mi mente sin posibilidad de extracción quirúrgica, no dudé ni un momento a la hora de hacerme con las entradas.

El Pabellón de Vistalegre se encuentra en Carabanchel, ese barrio que, retrocediendo aún más en mi pasado, Elvira Lindo me hacía imaginar con todo pintado de rosa. Pero no, y extrapolando ahora esas experiencias noventeras a la misma noche del concierto, la caóticamente organizada cola de frikis alineados (que no "alienados", no quisiera ser repetido) tenía un público comepipas en balcones y ventanas comentando lo que les venía en gana a voces y con poca educación.

En fin, una vez descubierto el porqué de la elección de ese barrio por parte de "El Coletas" para sus mítines populistas, la decepción ya nombrada de Manolito Gafotas no se repitió sobre Link y su amada Zelda. Una muy buena orquesta arropada por una gran pantalla que mixturaba distintos momentos de la saga, haciendo disfrutar a mis sentidos de casi dos espasmódicas y orgásmicas horas, culminadas por el retumbar de los platos hollywoodianos sobre la mesa.

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9 de noviembre de 2016

Madrid Gaming Experience


























Los videojuegos y yo nacimos a la vez. De hecho, mi primera consola (llamémosle así) apareció en este mundo el mismo año que yo; ella en las tiendas y yo en el hospital. Ya antes había realizado ciertas pruebas jugando en casa de mi abuela al PONG de Atari, pero fue cuando llegó a mis manos el Spectrum ZX cuando comencé a disfrutar como un enano (nunca mejor dicho) con mitos tales como Phantomas, Freddy Hardest o Pijamarama.

Tras un período de transición en el que combinaba fútbol callejero con recreativas en los bares por cinco duros, y como no hay mal que por bien no venga, toqué la campanita para cambiar neumonía por Mega Drive. Ahí empezó todo, y como en Bobobó un pato jura amor eterno a un calzoncillo, yo hice lo mismo pero con los videojuegos.

Fui directo a la parte retro nada más entrar en la feria, emocionándome con consolas como la Saturn y la Dreamcast. Me arrepiento de haberme deshecho de ellas, supongo que locura realizada por el vacío de mis bolsillos en mi época veinteañera. Es más, me estoy planteando hacerme de nuevo con la última citada a pesar de los precios prohibitivos a los que se encuentran por Internet reliquias tales como Skies of Arcadia, Blue Stinguer o Carrier.

Dentro de ese mismo área me gustó la ristra de mesas con sus consolas y televisores sobre ellas, con juegos ya insertados, todo listo para sentarse y ponerse a jugar a maravillas como Resident Evil 2. Continué recorriendo el pabellón por delante de dos grandes pantallas y muchos público. La primera era una conferencia de no sé qué tema retransmitiéndose en "streaming" ante unos asistentes atentos y en silencio. Había también partes que encajaban presente y futuro próximo/alternativo con espectaculares juegos de baile, inquietante realidad virtual e independientes/emergentes desarrolladores nacionales. La segunda intercambiaba fragmentos de un concierto de la banda sonora de The Legend of Zelda con anuncios de otros juegos. En este caso, los espectadores estaban en modo díscolo y alborotador, gritando y golpeando con fuerza y estrépito esos globos duros y alargados que aparecen en mítines políticos y partidos de baloncesto. ¡Ah! ¡Y ahora que me acuerdo! ¡Vi una ocarina en venta!

Ya poco más, que no es poco. Tiroteos con balas de pintura en una esquina, muy a lo Counter Strike, y exposición de coches representativos en la contraria, muy a lo Collin McRae. Punto y aparte (aunque lo esté escribiendo seguido) para los frikis, esos seres alienados. Me topé con una interminable cola que me hizo pensar que, como mínimo, Sonic y Mario estaban firmando autógrafos recién llegados al mundo real. Pero no, sólo esperaban con ansia y desesperación para probar unos tallarines finos que un puestecillo servía sobre un cartón. Más allá de las vestimentas y el anime/manga del que proceda semejante acto, opino que un zombi pasaría más desapercibido con las manos en los bolsillos y silvando entre los estands.

Reconozco que me ha gustado mucho la feria, animándome a retomar/continuar con una afición proveniente de tiempos remotos con este ocio que representan los videojuegos. Sólo tengo una pega. Y es que, más allá de los frikis (es cuestión de gustos, pero no molestan a nadie), no encontré nada de Fringe ni de Bobobó...

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