25 de junio de 2016

Lisboa (1)


























Lisboa es la única ciudad del extranjero que, por ahora, he visitando por segunda vez, pues me encantó y tenía mucha ilusión por repetir. Llegué con los recuerdos ya filtrados, quedándome con lo práctico, borrando lo inservible y dejando espacio en mi memoria para todo lo que estaba por venir.

La mañana comenzó como había terminado el día anterior, con nubes y lluvia de variable intensidad. La cristalera de la última planta del hotel permitía desayunar disfrutando de una amplia panorámica, incitando esta a salir a la parte no techada a disfrutar de sirimiri post-invernal.

El metro desde el alargado e inclinado parque de Dom Afonso Henriques me dejó en el mismo centro, en una de las cuatro plazas que lo conforman, siendo estas: Praça Restauradores, Praça do Rossio, Praça da Figueira y Praça Martim Moniz. Todas envuelven la reconstruida Baixa y pudiéndose atravesar esta por la Rua Augusta hasta la Praça do Comércio, donde los soportales te reciben con protección de lluvia y gaviotas.

Por las ya citadas plazas fui encontrándome e investigando lugares como la Estação Ferroviária do Rossio, donde multitud de personas invadían la bajada de la escalera mecánica, el Mercado Praça da Figueira, donde no descansaban de servir desayunos, y las paradas de tranvías y triciclos, una competencia desleal. La Praça de Martim Moniz me llamó especialmente la atención porque en mi anterior visita estaba penosamente abandonada, muy diferente a la actualidad, muy remozada.

Entre colinas, no subiendo esta vez Montmartre sino la Alfama, no dirigiéndome hacia la Basilique du Sacré-Cour sino al Castelo de São Jorge, historia e idiomas aparte, la experiencia de viajar hace que se enciendan, en cerebro retocado, coloridos pilotos de similitud. El ascenso a la primera de las ya citadas colinas era por calles cuadriculadas, mientras que a la segunda se hace por callejones serpenteantes como construcción árabe que es. Una con la pintura como arte, la otra con el azulejo portugués, ambas compartiendo clonadas e invasibas tiendas turísticas. La comparación termina en las alturas y con un claro vencedor, pues, a pesar de empate en cuanto a vistas, únicamente con murallas y almenas no se puede competir.

La Alfama te sorprende, y cuando crees que es el último mirador siempre hay uno más. Es uno mismo el que tiene que elegir donde parar y, descansando en Largo Da Graça, comencé la bajada dejando a mi izquierda la iglesia de São Vicente. Ya en una zona más auténtica, zigzagueaba cual manso minotauro, con la tranquilidad de no saber por donde tirar. Entre niños jugando y ancianas cargando, entre plazas en feria y locales de fado, terminé desembocando paralelo al río, en la Fundação José Saramago. Esta última me recordó, nada más mirar su fachada, a la Piazza San Marco de Venecia. Mmm... que nadie me pregunte POR QUÉ...

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