18 de septiembre de 2016

Barranco Blanco



Pocos días después de mi caminata por el río Alaminos (afluente del río Fuengirola) comencé a escribir esta entrada, pero mi enfado por algunas cosas vistas me hicieron dejarlo para más adelante, concretamente para hoy. Ya con más calma y respiración profunda, voy a no entrar en detalles u opiniones sobre temas tales como los restos del gran incendio (provocado) de 2012, las construcciones (ilegales/corruptas) dispersas metastásicamente o el comportamiento incívico de la gente (chusma). Borrón en el borrador (del blog), valga la redundancia, y cuenta nueva.

Son muchas las formas de explicar cómo llegar a Barranco Blanco, siendo para mí la más sencilla el tomar como referencia a Coín. No hay más que preguntar dónde está el Cuartel de la Guardia Civil y, desde allí, seguir la MA-3303. Tras pasar sobre la relativamente reciente A-355 hay que estar ojo avizor hacia el lado derecho. Aunque no tiene pérdida, en caso de llegar al Castillo de la Mota sin haber encontrado la entrada, se da la vuelta (a empezar) en la rotonda de la gasolinera.

Hay que darse una paseo de unos veinte minutos cuesta abajo mientras te van apartando del camino coches tuneados con reguetón que quieren estacionar casi en la misma rivera, muy campestres ellos. Para la vuelta, lógicamente, hay que invertir más tiempo, pero las multas en los limpiaparabrisas de los citados vehículos resultan celestiales. En fin, ya estamos en el río como tal.

Es posible hacer la ruta por un sendero que va de un lado a otro del río cruzando el cauce del mismo. De todas formas, si no vas en modo dominguero, lo suyo es meterse en este último, siendo más deportivo, divertido y refrescante. Eso sí, aparte de proteger los dispositivos electrónicos (no me llevé cámara réflex ni activé Runtastic Pro), hay que llevar un calzado apto para saltos de agua y rocas mohosas. Mis heridas y cardenales así lo atestiguan tras tremendo guarrazo (perdón por la palabra mimetizadora). Eso sí, las agujetas en los glúteos en los días posteriores son prácticamente inevitables.

El agua de acuíferos, a pesar de ser verano, está realmente fría. No es recomendable estar mucho tiempo a la sombra porque el tembleque de cuerpo entero, más allá de no ser agradable, impide escalar con ayuda de una soga la cascada final. Tras la misma ya no hay remansos de agua con gitanos lanzándose en bomba desde las alturas (te recomiendo, querido lector, añadir espectadores barrigones comiendo patatas fritas en las gradas calizas de tu imagen mental), sino remansos de paz. Es a partir de ahí donde, aparte de la flora, se puede disfrutar de la fauna, refiriéndome ahora a la autóctona.

Después de pasar bajo un precioso túnel natural el río es más estrecho y menos caudaloso, yendo el recorrido a parar a su surgencia, conocida como El Nacimiento. En el punto de inicio, y una vez hecho el camino de vuelta, hay una gran cascada que también merece la pena ver para poner fin a la jornada. Una jornada que, a pesar de las críticas que al principio prometí no hacer pero que sí he hecho de soslayo, me encantaría repetir.

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