16 de noviembre de 2017

Zaragoza (1)


























La estación de Las Delicias no es tan fea y sosa como había leído, pero sí que es excesivamente grande para una ciudad que parece más de tránsito entre Madrid y Barcelona que como destino final. Además, está más alejada de la cuenta respecto al centro de la ciudad. Tiene pinta de haber sido hecha para la exposición del 2008 y sin pensar en el futuro.

El Mercado Central de Zaragoza o de Lanuza era la prioridad, pues cerraba a las dos de la tarde. Dejé a un lado la Aljafería con la intención de verla a la vuelta y me desvié un poco a la derecha para pasar entre la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo y La Misericordia, la segunda plaza de toros más antigua de España (tras la de Béjar) y la primera en estar cubierta. Entre moros y pintadas me reincorporé a Conde de Aranda y terminé en el citado mercado.

Lo imaginaba más grande, pero lo compensaban las preciosas fachadas. Nada de turistas en el interior, sino tres pasillos repletos de zaragozanos decidiendo qué comer en sus casas o qué servir en sus restaurantes. La parte de atrás luce menos entre bloques, pero la de delante llama más la atención, presidida por la estatua de César Augusto y las Murallas Romanas. Un grupo de alumnos de la Universidad de Zaragoza lo plasmaban sentados en sus sillas plegables con reposabrazo.

La Plaza del Pilar es uno de los lugares urbanos más bonitos e impresinantes de España y el mundo. Es rectangular y alargada, con la Iglesia de San Juan de los Panetes a un lado y la Catedral del Salvador en el otro, con la Fuente de la Hispanidady el Museo del Foro Caesaraugusta delante de cada uno de forma respectiva. Por suerte, hay otros elementos que compensan, como la Bola del Mundo, el monumentos a Francisco de Goya y a la familia Goicochea, estos dos últimos en la Plaza la Seo.

Más allá de eso y a pesar del alto valor histórico, religioso o estético de iglesia y catedral, lo que se va a ver en Zaragoza es la Basílica del Pilar, una maravilla tanto por fuera como por dentro. Esa mañana de sábado había boda, con lo que sólo se podía visitar una mitad, suficiente para ver el camarín de la Virgen del Pilar y tocar el supuestamente desgastado propio pilar, a partir del cual dicen comenzó la construcción.

Callejeando de nuevo entre público irónicamente selecto y lavado de cara del ayuntamiento con frases y pinturas al estilo Lagunillas, tocaba poner los pies en alto en el hotel. Y bien altos, pues esa octava planta regalaba exclusivas e inesperadas vistas. Un mar urbano del que surgían las torres de la basílica y de Santa María Magdalena.

Por la tarde me alejé del centro para atravesar el Parque Bruil hasta el río Huerva y seguirlo hasta su desembocadura en el Ebro, continuando en paralelo a él. Por el camino un hombre descubrió que le estaba haciendo una foto con su perro y me pidió que ya se la hiciera "en condiciones", posando. Le di mi página web por si quería verse y me respondió que él también era fotógrafo y desde más de treinta años. No sé si era mi mala interpretanción del acento mañico o que él estaba subidito de tono. En fin, a mí me da igual. Crucé el río por el Puente del Pilar y lo volví a cruzar por el Puente de Piedra.

La Plaza del Pilar, ahora sábado por la tarde/noche, ya estaba realmente ambientada. La calle Alfonso I de Zaragoza es la calle Larios de Málaga, aunque con más tiendas tradicionales y menos franquicias. Termina en la Plaza de España, en la que ondeaba una enorme bandera nacional. Sí, esa que falta en la plaza del mismo nombre de Madrid. Los alcaldes de ambas ciudades son podemitas, pero la Sra. Carmena se lleva la palma en lo que a impresentabilidad e ineptitud se refiere.

De ahí el Paseo de la Independencia con cierto toque señorial. Edificios de cierta antigüedad con cines, teatros o grandes almacenes incrustados, soportales y catenarias. Pasa por la plaza de Aragón (también con su bandera correspondiente) y terminando en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, con exposiciones temporales en la planta baja y el Museo de Ciencias Naturales en el sótano, todo con una estética renovada y elegante. En resumidas cuentas, una avenida que parte del centro y atraviesa España, Aragón y Zaragoza, ese decir, país, comunidad autónoma y ciudad. A ver si todos nos aprendemos ese orden.

El Teatro Romano es de pago para atravesarlo por su pasarela interior, pero es perfectamente visible desde el exterior, tanto a través de su vallado como desde la terraza e interior de su cafetería. Es por ello que se le puede echar un ojo en cinco minutos. De todas formas ya era la hora de cenar, habiéndome decidido de antemano por La Republicana, en pleno Tubo, la zona de tapas por antonomasia. También había leído opiniones diversas, tanto buenas como malas, dándole yo más de un simple aprobado. Bohemia y castiza, tanto la decoración como la comida, sin guiris sino maños. Cené tapas de ensaladilla rusa, mudéjar, migas con huevo frito y bomba. Del establecimiento me gustó todo menos su nombre.

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13 de noviembre de 2017

Oslo (3)


























Me gusta visitar algún museo o galería en cada ciudad en la que me alojo y, además, el hotel estaba a escasos 700 metros del Museo Nacional de Arte, Arquitectura y Diseño. Hay muy buenas obras, pero no nos engañemos: la mayoría de los visitantes van por El Grito de Edward Munch. Se encuentra en una sala exclusiva para el pintor. La mañana de sábado en la que estuvimos había un pequeño grupo con música clásica. Por cierto, dicho pintor tiene museo propio en otra zona de la ciudad, pero eso, sin su obra más conocida. Aparte del arte como tal, había una sala que invitaba a dibujar, con muchas hojas de papel pegadas con fixo a la pared con la figura de una madre con su hijo, representando la escultura que presidia. Buena la estética del restaurante.

Los Hard Rock tenían el encanto de su exclusividad, pues solían estar en las capitales o grandes ciudades de algunos países, pero ahora empiezan a ser comunes por más lugares por su expansión capitalista, casi a lo McDonald´s. A pesar de eso, la comida continúa sana y rica. Más allá de la Original Legendary Burguer, el salmón (noruego y en Noruega) con bimi es una maravilla. Eso sí, la clavada de 75€ para dos personas duplica el precio de cualquier otro visitado de la cadena, dificultándome la digestión.

Noruega es famosa por los espectaculares fiordos de más al norte, pero no por ello Oslo es despreciable, pues está en un pequeño fiordo salpicado de pequeñas y atractivas islas. Nos sacamos la tarjeta completa, la que permitía visitar todas y, aunque no dio tiempo, incluso tirando algo de dinero, mereció la pena. Fuimos primero a Hovedøya, una de las más grades. Una estupenda sobremesa tirados en la hierba, adormilados bajo un suave sol y con Oslo justo enfrente. Continuamos entre naturaleza y restos de un monasterio hasta llegar al punto inicial y volver a la capital. Recargamos fuerza en uno de los "food tracks" (camiones de comida) y vuelta al embarcadero, esta vez con destino a Gressholmen.

Esta isla tiene forma de U, cuya parte más curvada y que hace unión es realmente estrecha. Al contrario que la anterior, esta isla estaba desierta, con caminos menos marcados y caminando bosque a través. Llegamos al último punto cuando empezaba a anochecer, con lo que tuvimos que despedirnos del velero que nos atraía cual sirenas en la cuarta prueba, haciendo una vuelta a paso ligero por miedo a la falta de luz, un poco al estilo Depredador. ¿He nombrado tranquilidad y buenas vistas? Pues aún más. Los barcos no sólo llevan a turistas, sino que también son el único medio de transporte para los residentes de las aisladas islas (semiredundancia al canto). Lo representaba una mujer bajándose en una de ellas, con pocas luces y casas salpicadas en la oscuridad, con una bolsa en cada mano rellenas de frutas y verduras traídas de la ciudad. En casi absoluto silencio, con el único ruido del motor, nos acercábamos al nocturno y oslense "skyline".

Ya cité un par de entradas atrás que el viaje de vuelta iba a ser movidito. Un ligero error de 15 minutos desencadenó caos. De entrada perdimos el autobús que salía de la hora correcta, haciéndonos desembocar en la estación de tren a comprar billetes de tal medio. Recalculando tiempo, volvimos minutos después para devolverlos y recibir un tocho de billetes (esta vez de valor económico) y comprar, ahora en la estación de autobús, la siguiente salida, sobrándonos dinero de poco uso en España y cruzando los dedos. De nuevo la puntualidad escandinava  fue exacta, a pesar de tráfico, semáforos y varias paradas. Ahora bien, llegamos al aeropuerto a la misma hora del despegue. El control de seguridad me hacía hervir la sangre, pues no podía pasarlo. El código habitual de la maleta había cambiado y no se podía abrir como pedían. Por fin la pasaron por segunda vez por el escáner, que por lo visto era posible... Atravesamos a la carrera todas las estancias (yo tuve que hacerlo dos veces), llegando al embarque justo cuando lo estaban cerrando y acoplándonos a los últimos pasajeros que subían al santificado Ryanair, esa compañía que incluye retrasos en el mismo precio. ¡Para que luego digan que lo cobran todo!

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8 de noviembre de 2017

Oslo (2)


























El tiempo en esta vida es un recurso limitado y escaso, teniendo todos que elegir opciones y tomar decisiones constantemente, más aún en un viaje. Teníamos delante la entrada a la península de Bygdøy y, a pesar  de tener varias actividades y atracciones, decidimos girar a la izquierda (a la derecha mirando el mapa) para, tras el correspondiente descanso, caminar en paralelo al puerto deportivo. Tiene una autovía a cercana, pero aún así es tranquilo y silencioso, con el Palacio de Oscarshall surgiendo entre frondosas arboledas y el bonito edificio Kongen Marina en primer plano y al final de un embarcadero, recordándome al Santa Mónica Pier de Los Ángeles (bueno, con cierta objetividad no se parece en nada).

El paseo terminaba en un chiringuito de copas y aperitivos, con las mesas sobre arena de playa puesta allí "in espresso" y jarras de agua en la barra para sedientos viajeros como nosotros. Tras ello, cruzamos un puente sobre la citada autovía para evitar el puerto industrial y sus almacenes, introduciéndonos en un barrio nada rimbombante u ostentoso, de familias y no más. Me llamaron la atención aceras en las que todos los coches eran eléctricos y conectados a los sus correspondientes enchufes. Llegada ahora por el otro lateral al Palacio Real para una pausa.

La marca de helados que conocemos en España como Frigo cambia de nombre en casi todos los países que voy visitando. Y aquí no iba a ser menos, llamándose Hening Olson, con cambio incluso de logo. Ups, no, menos mal que me ha dado por confirmarlo, cosa que no ha sido posible. Se trata de una copia barata (es mi deducción) con logo, colores y tipo de letra de gran parecido, pues Frigo en los tres países escandinavos se denomina GB Glace. Y continuando con el tema de nombres de negocios, citar también un café/teatro llamado Chat Noir, que en París tiene cierto atractivo pero no por todo el mundo. En fin, cruzado las vías de los tranvías ("Rima, y juega felíz"), y continuando con mi habitual búsqueda de similitudes, aparecimos en el Muelle Uno de Oslo con un lateral muy Puerto Banús, encontrándonos de frente con el edificio del Premio Nobel de la Paz (sí, parece que Noruega tiene cierta participación en el tema).

El sol comenzaba a despedirse de nosotros, y quisimos aprovechar los últimos rayos atravesando el pequeño parque que precede a la entrada de la Fortaleza Akershus, lugar y momento donde parejas y no parejas disfrutan del anochecer entra gaviotas y cañones. Por cierto, los servicios de plástico y quitipon estaban putrefactos, no sé si por la guarrería de los turistas o por la supuesta (y decepcionante) pulcritud noruega.

Ya sabemos que cuanto más al norte antes cierran los negocios. Aún así, caminando por calles céntricas pero desérticas, me llamó la atención un restaurante de apariencia cara y antigua repleto de una engalanada tercera edad. También la celebración de la apertura o algún cambio significativo en una glamurosa tienda de... ¿café? No sé si no me acuerdo o nunca lo llegué a saber. No me constan imágenes en mi memoria, ni en la cerebral ni en la digital.

Por cierto, habíamos dejado atrás el Museo de Defensa, presidiendo la entrada un tanque. Me hice una fotografía con él, orgulloso de mis conocimientos adquiridos antaño para reconocerlo como un T42 soviético. Pero no, poco me duró la ilusión. Mi padre me paró en seco nada más volver. Era un M48 norteamericano.

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4 de noviembre de 2017

Oslo (1)



El conductor del autobús nos vio extranjeros y cansados, de forma que salió de él el dejarnos en una parada no oficial, es decir, como si fuera un autobús privado, lo más cerca del hotel, en Møllergata. Cenamos en un típico kebab que había enfrente, donde los moros hablaban de esa forma simpática e inocente pero que nos clavaron 30 euros, aprovechado también que éramos extranjeros y cansados. De camino intercambiaban droga en nuestras narices.

A la mañana siguiente desayunamos en la plaza de Youngstorget, y con sólo bajar un poco más la calle nos plantamos delante de la Catedral del Salvador. Si bien no me llamaba la atención especialmente, sí que me gustó el patio trasero, con una forma de U que la abrazaba. Aparecimos en Jenbanetorget, donde se jugaba a voleyplaya en una zona acondicionada, aprovechando nosotros para entrar en la estación central a informarnos de antemano para el viaje de vuelta y evitar así problemas. Pero sí los hubo, sí...

De ahí parte la calle principal de Oslo, cuyo nombre es Jarl Johans, de unos dos kilómetros. Con la catedral ahora a la derecha, fuimos dejando a ambos lados multitud de parques, monumentos, estatuas y demás. Podemos citar algunos como parlamento, teatro nacional y universidad. El paseo termina en el Palacio Real y el Slottsparken que lo rodea, con lagos y céspedes donde relajarse. También la rodeaban jóvenes soldados, un grupo de unos veinte o treinta que se iban parando por cada uno de los laterales con explicaciones de un superior. Al  terminar se metieron en una pequeña casa en un lado del palacio, supongo que para recibir clases. No hace mucho que leí que la mili volvía a ser obligatoria en Noruega y esto pareció confirmarlo.

El barrio de Uranienborg es de casas llamativas y señoriales, con torreones y techos abuhardillados. Construidos alrededor del siglo XIX, burgués y señorial, sin tiendas y la tranquilidad que conlleva. Eso sí, algún que otro bar de copas ambientado a medio día. Terminamos en un mercadillo muy concurrido, de esos en los que sólo un experto sabe diferenciar entre valioso arte, prendas o joyas y simples baratijas.

El Froner Stadium es una pista de patinaje, aunque a principios de septiembre se usa para fútbol americano, rugby o similar. Nos compramos algunos pasteles típicos de allí en un puestecillo entre las instalaciones deportivas en el que atendía una adolescente con un tremendo pavo. Nos introdujimos en el Frognerparken para encarar el famoso Vigelandparken, cruzando sobre el puente de las esculturas. Cuerpos de hombres y mujeres desnudos a ambos lados del mismo, entre dos estanques, terminando en escalinata y monolito de dudoso gusto.

Más allá continúa el parque con más esculturas cuyo significado desconozco, terminando en un cementerio. Saliendo de los lugares típicos de los asiáticos alienados nos introdujimos en un sendero para ciudadanos de a pie literalmente, pues estaba poco transitado. Entre el silencio y los árboles sólo se escuchaba el fluir de los riachuelos, cruzándonos con alguna que otra pareja a paso ligero.

Era un sábado y los comercios comenzaban a cerrar en la zona poco turística en la que terminamos. Una calle con un par de bares de los que podemos englobar como tipo irlandés llevaba a un polígono industrial. Bueno, que nadie se lleve las manos a la cabeza, no era como el Guadalhorce o el Santa Barbara de Málaga, sino más limpio y decente, con otro tipo de productos, servicios y clientela. Lejos de tirar por otro sitio, lo atravesamos, viendo escaparates de moda con llamativas fotografías, precisamente también un estudio/escuela fotográfica e incluso unas oficinas de Tesla. Tanto a los nórdicos como a mí nos gustan las energías renovables y ecológicas, pero he de decir que esta compañía siempre me recuerda a Command & Conquer, ese videojuego al que tantas horas le eché en mi adolescencia.

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24 de octubre de 2017

Estocolmo (4)


























Las estaciones de los principales medios de transporte están cercanas las unas de las otras, formando un práctico conglomerado. Es por eso que localizamos la estación de autobús, dejamos el equipaje en la de tren y cogimos el metro hacia Södermalm, la isla más poblada de Estocolmo. En su interior está el SoFo, proveniente de "South of Folkungagata", el barrio hipster, cool, chic o como se le quiera llamar.

La calle Götgatan tiene tanto asfalto como aceras, pero aquel día era totalmente peatonal, suponiendo que ello depende de las fechas o las horas. Desemboca en la carretera que rodea la isla y que, caminando entre obras y paredes, hace llegar al Fotografiska un pequeño oasis.

Así como el CAC Málaga era un mercado de abastos, nos encontramos ahora ante un antiguo edificio aduanero, si bien ambos han sido reconvertidos con fines culturales. No es un museo como tal, pues las tres dependencias son para exposiciones temporales. La temática de la primera eran los caballos, ya fueran solos o con humanos. La segunda ya iba decayendo, pues aunque técnicamente no había problema, la temática de las negras africanas amamantando es poco innovadora. La tercera era la peor, las imágenes abstractas tan de moda hoy en día.

La última planta lo compensaba todo. Más allá del propio restaurante y su pequeña sala de conciertos, con un diseño sencillo y moderno, con una comida rica y de la tierra, había una cosa que atraía la mirada: las vistas. No es complicado coger un par de sillas tipo barra de bar, palpar y comprobar la existencia de la pulcra cristalera e invertir el tiempo más valioso en Estocolmo.

Regateando cruceristas y subiendo cuesta hacia la derecha nos volvimos a introducir en la zona neurálgica de la isla, con bicicletas de madera y bares cuyo nombre es el no tenerlo. Regresando al centro de la ciudad para recoger y coger las maletas y el autobús respectivamente, nos plantamos en Arlanda. Trabas tecnológicas y burocráticas típicas de este siglo y las correspondientes peripecias para lidiarlas, compensadas por el retraso del vuelo, nos permitieron relax sobre las nubes.

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19 de octubre de 2017

Estocolmo (3)


























Esta vez sí nos adentramos en Gamba Stan, encontrándonos nada más llegar a la muchedumbre pendiente de la Guardia Real haciendo el correspondiente cambio de guardia presidido por la Catedral de San Nicolás. Aprovechamos para visitar el Palacio Real por dentro, muy recomendable.

La Plaza Mayor es una visita obligada, recordándome a la varsoviana Plaza del Mercado. Destacan los dos edificios uno al lado del otro y de llamativos colores. Está a la derecha la Casa de la Bolsa, construida allá por el siglo XIX y acogiendo en la actualidad el Museo Nobel, entregándose ahí el premio de Literatura. Muy sorprendente y motivadora la idea de que la información vaya moviéndose por el techo cual carrusel de una lavandería. Por último, no centrada en el centro de la plaza, unas gárgolas surten encastradas a su fuente.

Entre callejones, y dejando a un lado una iglesia luterana o alemana, dos cosas me llamaron la atención: la primera fue una especie de cabina de teléfono vistosa y alegre que resultó siendo un meadero. La segunda me sorprendió por haber una guardería o colegio de educación primaria en pleno centro histórico, además coincidiendo con la hora de salida.

Escalera para abajo desembocamos en una calle peatonal algo más ancha, con tiendas de temáticas concretas y  un restaurante llamado Magnus Ludula que fue una decepción. No lo parecía, pero tenía que ser una trampa para guiris, no queda otra. Aparecimos en el lado contrario de la plaza principal, girando la esquina del palacio, dejando a la izquierda el Museo Medieval y su correspondiente parque y encarado el camino hacia dos islas vecinas, una unida a la otra.

Por cierto, mis experiencias viajeras me dicen que los que suelen montar espectáculos bochornosos son moros y negros, guiris borrachos y españoles. En el primero de los casos fue evidente nada más llegar, con negros que salían del metro dándole patadas a los cristales del mismo, mirando con sonrisa provocativa a los que continuaban su viaje. En el segundo no me hubiera hecho falta comprobarlo en Londres, Varsovia y demás, Magaluf me pilla más cerca. El tercero se repitió aquí, con una española de atuendos deportivos, aunque no hacía otra cosa que gritar por el teléfono móvil, puteando a gritos al teleoperador de turno de Vodafone. Todo ello pasando por delante del Grand Hotel, supongo que para que los del Premio Nobel le asignaran el de impresentable.

Las coronas que dan nombre al Puente de las Coronas se pusieron en su momento como decoración, aunque hoy en día son casi emblema de la ciudad. Subiendo y rodeando la iglesia de Skeppsholmen y continuando las esculturas llamémoslas llamativas. Y es que están al lado del Museo Moderno, un edificio antiguo. Te tientan tanto en el mismo museo como por toda la ciudad para visitarlo, pero es cierto que las tiendas de los museos venden lo más representativo de su interior, con lo que el quizás poco ortodoxo método de echarle un ojo a la entrada en vez de a la salida permite calificar. Y no, no visitamos el museo más allá de su tranquila terraza exterior a tomar infusión  y disfrutar de los gorriones.

Si esta isla es de unos 500 metros, la continua es de únicamente 200 metros. Eso no significa que no valga la pena. Nos sentamos en una pequeña loma de roca para regocijarnos de los gritos despavoridos provenientes del parque de atracciones de enfrente: Tivoli Grona Lund con su montaña rusa, caída libre, etc.

Bordeando las dos islas ya de vuelta nos encontramos con casas de postal, construcciones de madera con flores de miles de colores, así como un velero acondicionado en modo bar de copas. Una pareja que estaba cenando entre la iglesia de San Jacobo y la ópera posó ante mi descarada toma. La cena fue en un Zócalo, donde me llevé una grata sorpresa. ¡Primer lugar fuera de México con sabor real mexicano! ¡Aleluya! Repetí, por supuesto, un dos por uno es irrechazable.

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17 de octubre de 2017

Estocolmo (2)

























Todavía no sé por qué en la plaza de la estación central hay una bandera sueca con el asta totalmente doblado. Supongo que es a cosa hecha, pero habría que confirmarlo en la oficina de turismo que está justo al lado. La cosa es que desde ahí partimos hacia el centro histórico, la isla conocida como Gamla Stan, aunque fue sólo pasar bajo los arcos del parlamento y darnos la vuelta, pues la torre del ayuntamiento nos animó a recorrer la ciudad de izquierda a derecha partiendo desde él.

En el interior, más allá de su enorme patio central, puede visitarse la Sala Azul (donde se hace el banquete de los Premios Nobel) y disfrutar de las vistas desde la torre de las Tres Coronas. Frente a la entrada arqueada hay unos escalones bajos que hacen como grada, permitiendo sentarse a observar el barrio de Söder al otro lado de las aguas y entre las desnudeces.

Caminando por el borde del lago Mälaren y uno de los múltiples atracaderos huele a río, a mar, a agua más que limpia para estar en plena ciudad. Adentrándonos en la isla de Kungsholmen tocó almorzar en un coreano que hacía esquina, cerca de un bonito puesto de flores. Los bares y restaurantes de Estocolmo tienen jarras de agua para que el cliente se sirva a su gusto.

La sobremesa la pasamos en el Kronobergsparken que, a pesar del complicado y desagradable nombre para los latinos, es estupendo para tumbarse a leer, charlar o hacer la digestión. Entre niños haciendo actividades extraescolares al aire libre y cuesta abajo está la estación de Radhuset, que lleva de vuelta a la estación central.

De nuevo ante el asta curvado tocó esta vez a la izquierda, entrando en la zona más comercial de la ciudad, esa que menos me gusta siempre que viajo. Edificios modernos, avenidas amplias e invasoras franquicias. Poco de lo que hablar más allá de la plaza de Hötorget, donde se encuentra la Sala de Conciertos de Estocolmo y los controvertidos y sosos rascacielos. Una de las arterias de la ciudad (Berger Jarbgatan) termina en el parque presidido por la Biblioteca Nacional de Suecia, aunque aquella tarde la gente estaba en el bar de copas al aire libre que le precede. El viajar y dar caminatas urbanas me encanta, pero cada cierto tiempo o espacio hay que descansar. En esta ocasión nos desplomamos en uno de los clones de la cadena Espresso House, clon y competencia a su vez de otras cadenas como Starbucks o Costa Coffe. Lo dicho, una invasión.

Saliendo del bullicio nos encontramos el Dramate, el teatro más importante del país. En una de sus esquinas exteriores tiene la estatua de Margarete Lasson, cuya peculiaridad es la aplicación de calor interior, fácil de comprobar nada más tocarla. No recuerdo exactamente para qué era, creo que para que no pasara frío por la noche o, al menos, ese es el concepto.

Encaramos el bulevar Strandvägen (Calle de la Costa), construido para la Exposición Universal de Estocolmo de 1897, caminata de algo más de un kilómetro que permite prestarle atención a las construcciones, especialmente a la Casa Bünsow y sus elaborados patrones de ladrillo. Todo el recorrido está presidido por la llamativo Museo Nórdico; imponente, majestuoso e incluso siniestro. Me encanta.

Termina en una rotonda partida que permite cruzar hacia su derecha el puente de las esculturas que lleva hacia la isla de Djurgården, con grandes extensiones de naturaleza donde los holmenses echan parte de su tiempo libre. De todas formas ya era casi de noche y poco se podía disfrutar en él, con lo que tomamos la rotonda partida hacia la izquierda para encarar la avenida del Museo de Historia Sueca a un lado y la Iglesia de Oscar al otro, finalizando en la plaza o parque de Karlaplan.

Mi mente plantea relaciones y parecidos a lo largo de los viajes que, si bien pueden ser más o menos lógicos o correctos, cierto es que denotan crecimientos sinápticos. En este caso, tanto el último puente citado como la última plaza también citada me recordaron a París, concretamente al puente de Alejandro XIII y al lago octogonal a la entrada del Jardín de las Tullerías respectivamente. Si eres historiador, arquitecto o similar pasa página.

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7 de octubre de 2017

Estocolmo (1)


























Hay cosas que se quedan marcadas aunque no tengan relación directa con el viaje en cuestión, y es que en la cola del aeropuerto de Málaga no sé cómo se nos acopló una sueca de avanzada edad que no paraba de hablarnos sobre la situación de su país en temas de inmigración. Yo iba con la mosca detrás de la oreja tras haberme informado con antelación sobre guetos de árabes y negros, así como por donde se pasaban las leyes y culturas de los países nórdicos. Pues esta mujer se me pegó como una lapa conforme avanzaba lentamente la cola, criticando la inmigración legal pero que debería ser ilegal, la ilegal como tal, los refugiados y, según ella, la invasión que estaba sufriendo su país. Yo, aunque entendiendo y compartiendo muchas de sus ideas, crucé los dedos para no tenerla cerca en el avión, pues era un poco cotorra. De todas formas, todo lo que escuche de ella lo tengo muy en cuenta, pues hablaba con sentido y propiedad.

El lento descenso permitía disfrutar de un anochecer sobre bosques e islas dispersas. Una hora de autobús nos plantó en la estación central, en la que está incluida la de metro. Esta, como muchas otras de la ciudad, más allá de estar muy profundas (lógico, tienen que pasar bajo el mar), son de estética lúgubre y fría, como cuevas de viaje al centro de la tierra. Lo compensó el metro que cogí, muy antiguo pero muy bonito y relativamente cuidado. Otra cosa era el público presente...

La última parada de la línea azul es Akalla, un barrio o área en el que nada más salir te sientes un extraño, y no sólo por estar en un país distinto, sino porque los rasgos caucásicos llaman la atención en plena Suecia. Como suelo comprobar en viajes y no viajes, mi orientación es buena, pero en aquella ocasión cometí el error de tomar como referencia una única salida de la estación, cuando realmente había dos. Era plena noche y lo que quedaba por las calles eran grupos de jóvenes sentados en los respaldos de los bancos y levantando la mirada al paso de los visitantes.

Con todos los negocios cerrados, entré al único que aún tenía luz. El dueño, árabe, hay que reconocer que fue correcto. Puso interés, le dio unas pocas vueltas al mapa que le entregamos y se lo pasó a otro que estaba solo en una mesa, pero no sabían donde estaba el hotel (era el único de la zona).

Tras caminatas sin rumbo por las solitarias calles dimos con un hombre con uniforme de trabajo y paso directo hacia un aparcamiento subterráneo. Se paró con expresión de sorpresa e inseguridad, la cual fue cambiando conforme veía que no había mala intención. Terminó intuyendo el hotel en el mapa, diciendo que tenía prisa, que tenía que coger el coche para el trabajo y que si queríamos nos acercaba. Ahora los de las sospechas éramos nosotros, dándole las gracias y continuando las caminatas sin dirección.

Nos plantamos delante de un pequeño hospital o clínica, o al menos eso indicaban las tenebrosas letras rojas en la oscuridad, muy a lo Silent Hill. En la explanada de delante había un único taxi, de esos tipo furgoneta con ocho o diez plazas. El conductor estaba viendo un programa en una cadena árabe en la tableta con soporte pegado al cristal.

Al acercarnos, bajó la ventanilla no más de dos dedos. La escena tuvo cierto parecido a las anteriores, cogiendo nuestro mapa pero combinándolo esta vez con su GPS, explicándonos más o menos cómo llegar. Le dimos las gracias y nos dimos la vuelta para volver a perdernos en la oscuridad. A los pocos pasos nos llamó por la ventanilla ahora del todo bajada, diciendo que nos subiéramos y que nos llevaba. De nuevo el traspaso de inseguridades, diciéndole que no teníamos dinero y demás. Ante su insistencia aceptamos. Durante el corto viaje nos contó que era de Siria  y alguna que otra peripecia ininteligible. Paró al lado del hotel, sin más. Ligeramente avergonzado por mis suposiciones y consciente de que destaparía mi mentira, le pregunté que cuanto era. Dijo que nada, que nada.

Pero sí que ganó. Es más, ganamos. Él tenía cara de orgullo por la obra benéfica y nosotros por una redención ante las sospechas más o menos infundadas por un lado; la de maligno y dañino por el otro. Aquella noche fue de gorilas selváticos con osos polares. Unas relaciones lentas y poco fluidas, guardando las distancias pero sin llegar a poner un muro, terminando en buen puerto.

La puntilla fue la entrada al hotel, cuya recepción cerraba a las diez de la noche y había que teclear un código para entrar. Menos mal que había habitaciones en la planta baja, por lo que se pudo llamar con los nudillos en una ventana con luz. A la primera miró en silencio y a la segunda ya respondió saliendo de su habitación y abriéndonos la puerta del hotel para que, al menos, no nos quedáramos en la calle y pudiéramos dormir en el salón de la entrada. Pero, como decían en Shakespeare in Love, "todo saldrá bien, aunque no sé por qué, pues todo es un misterio". Y así fue, pues investigando la recepción terminé dando con un sobre con mi nombre y apellidos. La tarjeta de la habitación en su interior.

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7 de agosto de 2017

Frigiliana


























Me llevaron a Frigiliana muy de chico, quedándome únicamente en la memoria una calle estrecha, cuesta arriba, con casas blancas y luminosas, con plantas y flores llenas de color.

Unos quince años después, en los veranos entre curso y curso de la universidad, transportaba personas y materiales en el ámbito de los conciertos. Hubo uno en el campo de fútbol de Chayanne, nocturno y al aire libre que me encantó. Más allá del pseudocantante soberbio y arrogante (no permitió que se le recogiera en furgoneta, sólo admitía coche de lujo) al que desde el "backstage" se le descubría su patético "playback", lo que activó mis recuerdos fue el entorno, con río, montes, árboles y estrellas que incluso se veían.

Cuando terminé mis estudios de imagen hice una sesión de intercambio a una conocida en la Casa de Apero, que había sido recientemente remodelada para albergar el Museo Arqueológico. Mientras reponía fuerzas en un bar-restaurante típico con comida casera se me reactivó (que no "activó") mi memoria axárquica.

A pesar de mis diversas visitas a Frigiliana a lo largo de los años, nunca había ido con mi madre, que siempre había estado deseando descubrir dicho pueblo. Y qué mejor que en su cumpleaños.

La parte derecha conforme se entra es la del museo y el campo de fútbol, con muchas personas mayores pasando la tarde sentadas a la sombra. Si uno se dirige a ellos dan palique y más palique, no por ello dejando de ser encantadores.

El centro del pueblo está presidido por una escultura representativa de las cuatro religiones más comunes. Cuarenta y cinco minutos en coche para encontrarse esto nada más llegar. No recuerdo símbolos cristianos cuando estuve por Marruecos. Los españoles somos muy hospitalarios, sí, pero también masocas y estúpidos.

En la zona de tiendas de regalos y recuerdos es donde los guiris toman cerveza frente a sol y mar, sin importarles nada más. Ello es una suerte, porque detrás de ellos está lo más atractivo de Frigiliana. Presididas por el escudo de armas, comienzan las cuestas y escaleras, sombras y silencios. La tranquilidad. Los pocos niños que habitan este tipo de pueblos juegan con juguetes (no, no es una redundancia, pues sorprende que no estén pegados a móviles), trabajadores descansan tras su jornada y ancianos dejan pasar el tiempo. Me encanta ver perros echando la siesta en los balcones echando mirada indiferente sobre los viandantes. Gatos durmiendo por escalones y bancos y escalones, sin miedo a las personas. Nada que ver con ciudades y pueblos grandes, donde huyen de cualquiera. La experiencia es un grado.

El simple sonido del agua refresca, terminando la caminata pueblerina dejando a un lado la Fuente Vieja y bajando una escalinata con un pequeño canal central por el que fluía ese oro transparente y menospreciado (ya nos arrepentiremos), y recordándome a la Alcazaba o la Alhambra. Y es que había tiempos en los que los árabes aportaban...

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20 de julio de 2017

Madrid (2): Valle de los Caídos


























"Uh, ha ido al Valle de los Caídos, ¡qué facha!". Si piensas eso o algo mínimamente parecido te recomiendo que dejes de leer. Si, al contrario, estás más allá de ese estándar cuando lees experiencias y opiniones, bienvenido.

A pesar de ser principios de Junio, de camino al Valle de los Caídos y acercándome a la Sierra de Guadarrama, el cielo se puso realmente oscuro y comenzó a diluviar, Más allá de las precauciones al volante, adoro la fuerza de la naturaleza.

El aparcamiento estaba casi vacío y continuaba lloviendo. Me planté delante de la basílica, quedándome tan inmóvil como la misma estructura, majestuosa e imponente. Lo típico, una imagen vale más que mil palabras, pero si la imagen es en persona, aún más.

La sola presencia de los vigilantes y meditadores de los ángeles custodios da aviso de que el respeto a todo el recinto es obligatorio. La libertad de creencias religiosas, políticas y de demás índoles van en ambos sentidos. Quien no entienda o comparta que se vaya a las barricadas a hacer manifestaciones/botellones/orgías pensando en argonautas con banderas de un par de herramientas o divertidos colorines.

La gran nave es colosal, dejando casi sin palabras y respiración. Avanzando por ella y entre las seis vírgenes se llega al crucero, presidido por Cristo crucificado y donde se encuentran las tumbas de Francisco Franco y Primo de Rivera.

No voy a centrarme mas en detalles, pues todo está en Internet. Pero, por favor, eviten páginas web de información sesgada o manipulada, con la Wikipedia vale para empezar.

Con dificultades para apartar la mirada de la embriagadora cúpula y dirigiéndome de espaldas hacia la salida, nunca olvidaré la sensación de haber visitado esta explosión de historia y arte, de respeto y honor hacia los más de treintamil españoles caídos por ambos bandos.

Rodeando el monumento bajo la mirada de una cruz de 150 metros de altura, evangelistas y símbolos, me puse a almorzar en la Abadía de la Santa Cruz, un nombre como anillo al dedo dado lo que la preside en la distancia. Y familias con risas pero sin voces, escuchándose poco más que el piar de los pájaros en un entorno natural, tranquilo, relajado y saludable. Tampoco olvidar que fue repoblado y por quién (como tantos entornos españoles que hoy en día están siendo quemados y/o construidos).

Después de una curiosa e interesante conversación con una de las camareras de origen indio, eché un ojo a las habitaciones situadas en la planta superior. Un ambiente seco y sencillo con poco más de una buena limpieza y estupenda iluminación.

Entre la basílica y la abadía/hospedería hay árboles, plantas y pequeños estanques, permitiendo disfrutar la cruz desde atrás, donde muestra el mismo o incluso más esplendor. Zonas de ocio y esparcimiento como campo de fútbol y mesas para merendar, la Sierra de Guardamuros ofrece senderismo através de un bosque de pinos, cipreses, abetos, etc.

Las mentes lobotomizadas por la decadente educación o manipuladas por grupos mediáticos (Prisa, Atresmedia, etc) creo que se sentirán más a gusto haciéndose "selfies" de perfil, una pierna semidoblada, manos en la cintura y labios atrayentes ante héroes pacificadores presidiendo Los Inválidos o Trafalgar Square, por citar algunos con ironía.

En fin, porque recordar, narrar y escribir asienta los viajes, pero cruzo los dedos para que poca gente lea esto, continuando el Valle de los Caídos como un lugar reconciliación y paz. Por cierto, me queda por ver el cercano Monasterio de San Lorenzo del Escorial.

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8 de julio de 2017

Madrid (1): El Prado y el Reina Sofía



El veinticinco aniversario de la inauguración del AVE ha hecho que RENFE ofrezca billetes de 25 euros a modo de celebración. Merece la pena estar de madrugada delante del ordenador y luchar pacientemente con la pésima página web si se obtiene una recompensa como una escapada, más aún teniendo alojamiento gratis.

La última vez que estuve en la capital dejé la maleta en Atocha y entré directo al Museo Nacional de El Prado. Inexperto yo en temas museísticos, pensaba que en un par de horas estaría más que visto. Iluso yo, pues llegó la hora de cerrar cuando sólo tenía vista la mitad de las obras. En esta ocasión repetí la operación, pero cambiando las velocidades. Nada más entrar hice un repaso ligero a lo ya visitado e invertí más tiempo en lo que me quedaba por ver.

Llega uno allí para casi cumplir el trámite porque son unos cuadros más que vistos desde la niñez a través de medios de educación o comunicación. Pero no, nada de eso. Plantarte delante de tan espectaculares obras de arte es un "shock" inesperado y positivo. Muchos pintores españoles con otros tantos extranjeros que están entremezclados en una colección compacta y diversa, representando hechos históricos, cumpliendo encargos concretos o dejándolos a la imaginación.

No voy a entrar a valorar (¡Dios me libre!), pero bajo mi humilde opinión y gusto son Velázquez y Goya quienes se llevan la palma, haciéndome parar el tiempo ante obras de incalculable valor como "La Rendición de Breda" o "Los Fusilamientos del 2 de Mayo". Y no dio para más, que no es poco, y teniendo ya el libro del museo, esta vez tocaron marcapáginas.

Cuarenta minutos en metro para el Ensanche de Vallecas, soltar el equipaje y vuelta al centro para hacer un "kit-kat" con arte alternativo. Se trataba de un concierto más que íntimo de Russian Red en el Círculo de Bellas Artes. Una treintañera pija y delicada que canta y versiona de forma psicodélica y somnolienta, contando supuestos y poco interesantes hechos de su vida entre tema y tema. Ya leí en el tren de ida artículos periodísticos que citaban cómo la chica se echaba novios para que le hicieran discos o la llevaran a vivir a Hollywood. Todo con un muy vacío tono "vintage", "chic", "urban" y Pi.

La mañana siguiente la dediqué al Museo Reina Sofía (abreviado). Es un edificio neoclásico del siglo XVIII que era el Hospital General de Madrid. En el centro de su estructura rectangular se encuentra un patio que permite disfrutar de tranquilidad en pleno centro de la urbe y al que dan los pasillos de las distintas plantas. Lo que eran habitaciones para enfermos encamados son ahora salas de exposiciones, haciendo que las obras de arte estén ligeramente dispersas y habiendo que cambiar de sala a pasillo y de pasillo a sala continuamente. Me recuerda, y guardando las distancias, al Hospital Civil de Málaga, aunque este aún conserva sus funciones originales.

Comencé por una exposición pretoriana y temporal de Picasso alrededor del permanente Guernica. Soy consciente de que en la actualidad el informarse es cosa de las minorías y el criticar sin ton ni son de las mayorías. Yo me encuentro en ambas, pues no hay más que consultar la sencilla Wikipedia para asentarse en el área común de ambas circunferencias. Estamos hablando de una obra discutible artísticamente como cualquiera, pero no históricamente. Se trata de un cuadro encargado por los republicanos para dar pena en la Exposición Internacional de París y que poco resultado práctico les dio. Todavía estoy esperando un cuadro de similar impacto social y económico sobre, por ejemplo, el atentado del Hipercor. Claro que nadie tira piedras sobre su propio tejado.

En el resto de cuadros del museo, ya no sólo en los recién nombrados de Picasso sino en general, hay algunos de forma salpicada que me gustan y colgaría en mi salita, pero no más. De todas formas, el fuego capitalista que mantiene este tipo de "arte" no me lo permitiría dado el vacío de mi bolsillo. Pero sí, algunos de Picasso, Dalí, Gris o Miró dan merecimiento a la entrada, sobre todo si es gratis.

Los modernos ascensores no desentonan con el edificio, llevándome a la última planta. Me sorprendió gratamente el tomarme un piscolabis franquista al girar una esquina, dándole un toque de sabor a la previa del Valle de los Caídos. Y no por ser lo último es lo que menos me gustó, sino más bien al revés. Una gran cantidad de simples dibujos y otras veces imágenes hechas a modo "collage" (no sé si manual o digitalmente) que, tal y como ya cité en mi viaje a Edimburgo, me encantan, representando/combinando hechos históricos y originalidad.

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24 de mayo de 2017

Entre pasos y casetas





















He perdido la cuenta de las veces que he ido a Sevilla desde que era niño, pero resumiendo aproximadamente de cinco años para acá la he visitado para hacer de guía turístico con amigas extranjeras, ver partidos del Málaga CF, coger vuelos o, simplemente, para salir de fiesta. En la mayoría de los casos ha sido aparcando en los alrededores del Mercado de la Puerta de la Carne, cerca del centro pero sin llegar a estar en el tumulto.

Esta vez fui en tren, comenzando el día en la misma zona al bajarme en la estación de San Bernardo y con desayuno saludable en el mercado ya citado. A pesar de estar en remodelación es accesible y está practicable aunque, eso sí, a pesar de tener techo hay que asegurarse cobertura bajo una lona. ¡Las palomas están dentro y no paran de cagar!

Recuerdo la frase de mi profesor de fotografía cuando la estudiaba hace más de diez años, viniendo a decir que "no hay fotografía mal hecha siempre que seas consciente de haberla hecho mal". Pues tal cual lo hice, llevándome una cámara Full Frame como es la Canon EOS 6D con un objetivo no compatible con Full Frame como es el Tamron AF SP 17-50 mm F/2.8 XR Di II LD Aspherical. El resultado es más que evidente, con imágenes muy angulares y viñeteadas. Me ha encantado el método, lo repetiré con frecuencia.

Era el finde entre la Semana Santa y la Feria de Sevilla, siendo posible visitar la ciudad a pesar de ser un hervidero, con tremendas colas para monumentos como el Real Alcázar de Sevilla o la catedral. Por suerte, ya subí a La Giralda unos años atrás, invitado por una hongkonesa (que no una mexicana...). Da gusto callejear de plaza en plaza por el Barrio de Santa Cruz, terminando por la calle Aire, donde se puede disfrutar de baños, masajes e infusiones.

Me gusta probar lugares y cosas nuevas, pero a la hora de comer en Sevilla suelo ir a tiro fijo. Esta vez, entre Las Columnas y Don Eloy, terminé por elegir esta último. Tienen tapas de toda la vida y un atrayente pastel salado y vegetariano que probé y me decepcionó, siendo el interior lo que le da carisma. Cuido mucho mi alimentación, pero hice un remate final en La Campana.

Dejando a un lado el Pasaje de Villasís, recordándolo como alojamiento familiar en mi visita a la Expo'92 (hace ahora 25 años de ello), me acerqué al Metropol Parasol, más conocido como Setas de Sevilla supongo que por su forma. La última vez continué hacia la Plaza de la Alfalfa, aunque en esta ocasión fui en dirección al río, dejando a los lados la Plaza del Duque de la Victoria y el Museo de Bellas Artes. Este último lo visité con unos doce años, cuando tenía alojamiento familiar en San Diego y me pateaba solito la ciudad. ¡Viajar solo está chupado!

El C.C. Plaza de Armas me llevó cerca de la Plaza de Toros de la Maestranza y a cruzar el Guadalquivir. Y continuando con pinceladas de mi pasado, también tuve alojamiento en el Barrio de Triana, esta vez amistoso y para salida nocturnas. La calle Betis a las tres de la tarde no es ideal ni recomendable, aunque sirve igualmente para descubrir el "skyline" catedralicio de la ciudad.

La Torre del Oro fue mi torre guía para volver a cruzar el río, bordear el Pabellón de Portugal y llegar a la Plaza de España. No importa cuantas veces vaya, siempre me impresiona lo mismo o más. Y no es porque en ella se rueden o dejen de rodar superproducciones hollywoodienses, sino por su simple magestuosidad. Las tremendas torres, la combinación de colores, las sombras de sus arcos y la simetría en su construcción. "Spain is different"; sin ironía.

El Puente de Buhaira me recuerda a lo que ya no me acuerdo, todo lo contrario que la avenida del mismo nombre, donde tuve mi enésimo alojamiento familiar en forma de hotel de concentración antes de hacer el Camino de Santiago. Vibrante caminata para encarar la estación de Santa Justa, donde hay más gorriones que en los parques. Falto de justicia el ser humano, tiene que reflexionar rápido sobre ello. Dos horas en el AVE.

Fotografías (2017) ->
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Fotografías (2015) ->
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9 de mayo de 2017

Caminito del Rey


























Soy yo el que normalmente organiza los viajes y escapadas, pero en esta ocasión tuve la suerte de que, sin comerlo ni beberlo, fueron mis tíos los que me invitaron y se encargaron de todo. ¡Todo un lujo merecedor de agradecimiento!

A pesar de haber hecho hace unos años una sesión fotográfica de moda por aquellos lares, no he sabido hasta hace poco que hay tren de Málaga a Ronda, y menos aún que hacía parada en El Chorro. Poca memoria infantil la mía, pues antes del AVE era el único acceso ferroviario a la capital, habiendo sido usado por mí mismo en tiempos inmemoriales. Es por ello que debería limitarse el acceso de vehículos privados (especialmente turismos) en la entrada y salida, pues también hay un autobús que conecta ambos puntos.

No suelo estar muy de acuerdo con la humanización de entornos naturales, menos aún de este incomparable Parque Natural. Para eso ya tenemos el resurgimiento de la construcción y su implícita ansia de dinero. También debo reconocer que se trata de un caso peculiar, y no me refiero a la nueva seguridad durante el recorrido respecto a la que había antes, pues quien quería (y quiere, pues he visto gente andando por las vías de tren) hacerse la Lara Croft de turno, allá él. Me refiero a la protección del entorno; flora, fauna y parque en general. Hay incluso vigilantes, muy a lo Jellystone Park.

La espera a la hora de entrada se hace corta entre pinos y eucaliptos, ante las aguas de un gran embalse presidido por la conocida como Casa del Ingeniero. De todas formas, te avisan si puedes entrar antes de tiempo, teniendo que cruzar un túnel de unos cientos de metros y escasa iluminación para llegar a la entrada; llamémosle oficial.

No hace falta tener vértigo para que te impresionen las alturas cuando vas por los tramos del Desfiladero de los Gaitanes de reciente construcción. Aún así, creo que la mente humana no termina de ser consciente por más que sepa que va sobre simples maderas, por muy profesional y firmemente que estén soldadas a la roca. Una imagen vale más que mil palabras, e imaginar lo que se vería en un espejo en el lado contrario haría dar un paso atrás a más de uno. Por cierto, me viene a la cabeza, aunque no especialmente relacionada, la caída de Arthur Galt en Acorralado. ¿No has visto la película? ¡Ya tardas!

En los tramos de terreno sólido hay un par de sitios para descansar y comer disfrutando del paisaje, el cual incluye la version antigua y derruida del Caminito del Rey, túneles y vías de tren, casas a modo de refugio e incluso un área concebida como helipuerto para emergencias.

En paralelo a canales de agua con sus camuflados sapos y bajo la atenta mirada de aves rapaces por el desfiladero, se termina llegando a un antiguo acueducto del que aún surge un imponente chorro de agua. A su lado, un moderno puente colgante y suspendido en las alturas que, no sólo es la imagen representativa y casi icónica del recorrido, sino también punto típico para que valientes e inconscientes paren a tomarse fotografías.

Ya no queda más que subir escalera y bajar cuesta al punto inicial. Toca reponerse y descansar en "La Garganta", comentando la jornada de senderismo frente a la central hidroeléctrica y esperando que los tenebrosos y majestuosos túneles escupan nuestro regreso.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157683077383035

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30 de abril de 2017

Centre Pompidou Málaga


Lo hago porque me gusta escribir y actualizar mi blog regularmente, pero que conste en acta que el tiempo que voy a invertir en ello vale mucho más que la propia entrada al museo. Lejos de la sorpresa, tampoco ha sido una decepción, sino una confirmación. Masoca yo, era precisamente lo que buscaba.

El arte comtemporáneo no es más que un negocio en el que los creadores se vanaglorian y enriquecen a costa de una alienada sociedad. Un hombre bocabajo y con la cabeza metida en un cubo representa lo que el visitante se va a encontrar en la bajada a un estafador inframundo "artístico" cuyo cubo realmente valioso se encuentra en el exterior. Cuando te tienen que explicar el significado de una obra de arte es que no es arte.

Más allá de los habituales retrasos y discusiones en las administraciones públicas, no se tardó demasiado en casar al continente con el contenido. Doy por hecho que lo mismo está ocurriendo con el edificio de los cines de la Plaza de la Merced, cruzando los dedos para que no tenga el mismo desenlace. Ya sería el tercer caso si incluimos al CAC, también un edificio al que se le aplicó uso alternativo. De todas formas, la comparación entre CPM y CAC sería injusta porque, si bien ambos centros tienen como exposiciones permanentes pura bazofia, en cuanto a las temporales no hay color; este último me ha maravillado a lo largo del tiempo con verdaderos artistas como Vik Muniz, Erwin Olaf o Mark Ryden, muy distintos entre ellos.

Ahora bien, desde el punto de vista mercadotécnico, la creación de estos museos la veo estupenda (punto y aparte son los resultados en la práctica). Realzan la imagen de Málaga a nivel internacional, situados en puntos claves como el CPM, fácilmente visible y visitable nada más salir de los cruceros. En cualquier caso, si yo fuera crucerista ávido de arte y cámara en mano, preferiría ametrallar fotográficamente la tienda de pintura de paisajes y monumentos malagueños situada justo antes de llegar al museo, a la derecha.

¡Menuda jugada maestra y post mortem la que le hicieron a Monsieur Pompidou!

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4 de abril de 2017

Edimburgo (2)

El día siguiente se inició con el mismo trayecto en tren, aunque a través de las ventanas no lo llegaba a parecer. La nieve se había derretido, dando lugar a verdes terrenos arbolados y agrícolas de tono resplandeciente.

Repetí también la subida desde la estación de destino a la entrada del castillo, estableciendo The Hub como punto inicial. Se trata de una imponente iglesia cuyo interior ya no es para fines religiosos, sino para albergar la sede del Festival Internacional de Edimburgo.

La Royal Mile es la arteria de la capital escocesa, teniendo a ambos lados numerosas tiendas de mantas y maltas (entendiéndose whisky). La St. Giles´ Cathedral posee preciosas y numerosas vidrieras que colorean todo con luces a través.

Entre propuestas para visitar pasadizos, mazmorras y catacumbas del tipo "City of the Dead Tour" o "Edimburgh Underground Ghost Tour", llegué al Royal Mile Market, una pequeña iglesia también rehabilitada, esta vez para un mercadillo.

Había retratos de mujeres, fotografías de medio cuerpo y a tres cuartos con un tone sepia. Lo llamativo eran materiales pegados encima en modo "collage", con marcos. Unas obras de arte de estilo elegante pero informal, con un fondo de coloridas vidrieras (sí aquí también) eclesiásticas, un resultado explosivo. Lo detallo mucho porque ha sido lo que mas ha quedado en la memoria, no sólo en la de la cámara, sino en la de mi mente. Para gustos, colores ¡Que para eso se viaja!

Me despedí de mi viejo amigo Adam Smith y continué calle abajo, ya más despejada. Ahora un nuevo mercadillo, esta vez al aire libre y de comida ecológica, todo muy "urban". Cierto es que fue lo más sano que comí por allí; un pollo cocido con curry picante y rúcula. Don Quijote de La Mancha estaba allí.

La Royal Mile termina en el Palacio Holyroodhouse, centro histórico de la ciudad y considerado Patrimonio de la Huanidad. Y es extraño esto último, pues allí también se encuentra el Parlamento de Escocia, un terrorismo arquitectónico obra de un catalán.

Toca girar a la izquierda y empezar a subir cuesta, con un cementerio entre tejados casi a los pies y el pico del Artur´s Seat al otro lado de la ciudad. Más arriba se pasa cerca del New Parlamient House, de imponentes figuras humanas sobre su entrada. Ahora bien, ¿por qué este es el "nuevo" siendo mucho más antiguo que el citado en el párrafo anterior? Es más, ¿por qué me viene a la cabeza Blade Runner al recordar las estatuas citadas dos frases atrás? ¿dónde está Wally? Viajar hacer trabajar el cerebro.

La parte superior es Calton Hill, la zona más alta de la ciudad junto a la del castillo, y ofreciendo por lo tanto unas vistas panorámicas en trescientos sesenta grados. Todo lo que hay por allí se puede consultar en las guías, pero quiero nombrar The Nelson Momument. Puede verse desde toda la ciudad, pero merece la pena hacerlo de cerca.

Y casi sin darse cuenta se planta uno en pleno centro neurálgico de la ciudad. Si antes bajamos por la arteria ahora aparecemos por en la vena, conocida como Princes Street, donde turista y no turista va a parar. Terminemos con la terminología médica y corporal definiendo a la estación de trenes como el corazón urbano, escupiendo multitudes hacia una infinita acera de tiendas. Por suerte, por atrás hay calles peatonales algo mas calmadas. 

Que no se me olviden dos construcciones. En primer lugar, lo que estuve creyendo los dos días que era parlamento, gobierno, ayuntamiento o sucedáneo terminó siendo un hotel de lujo, concretamente The Balmoral. En segundo lugar está el muy alto Scott Momument, al que por lo visto se puede subir. Dos gaiteros hacían el cambio de turno.

No me explayo más, pues con textos y fotografías he representado y aportado de sobra mis vivencias por Escocia. Me gustaría haberme acercado a Aberdeen, pero demasiado comprimida en el tiempo estaba ya la escapada. De todas formas, hay vuelto directo desde mi ciudad. Otra vez será.

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27 de marzo de 2017

Edimburgo (1)


























Es mucho más caro alojarse en Edimburgo que hacerlo en Glasgow y hacer ida/vuelta en tren un par de veces desde esta última. Además, estar en un cálido vagón disfrutando de preciosos paisajes nevados es una muy buena forma de iniciar el día.

Desde la céntrica estación no hay más que comenzar a subir cuesta, curva a la izquierda y curva a la derecha, para plantarse en el Edimburgh Castle. No escribo en el blog para hablar de historia, cultura y arte, sino para narrar mis peripecias por el mundo. Es por ello que, aprovechando que tengo a mi lado la guía con la que me hice en el mismo castillo, puedo resumirlo como una construcción antigua sobre una loma de base y origen volcánico, con usos reales y militares. Y tal cual es, habiendo entre las murallas salones de aristocracia y museos/cárceles de hazañas bélicas.

Situado en las alturas para poder vigilar y defender la ciudad, hoy es un lugar, como ya ocurrió en el cementerio de Glasgow, para disfrutar, en esta ocasión, de una maravillosas vistas de Edimburgo. Detalles entre detalles, destacar "el cañón de la una en punto" (que a pesar de encontrarme allí a esa hora no lo escuché) y el curioso cementerio de perros.

Me pareció cara la entrada al castillo, pero a la salida ya había cambiado de opinión. No sólo es grande, sino que tiene mucho que ver en su interior, animando a invertir casi todas las horas de luz natural en él.

Ya de vuelta hacia la estación con el objetivo del día ya cumplido, bajé por Grassmarket, destacando la cuesta de bajada. En ella hay edificios tan bellos y antiguos como los del resto de la ciudad, pero lo que la hace aparecer en las guías no es eso, sino el tener pintados sus bajos con colores llamativos, a lo que no acabo de verle atractivo alguno.

Tuve el atrevimiento de comer en un Fish and Chips, no llevándome con ello decepción alguna, siendo lo que esperaba: Fucking Shit! Ya no sólo que el pescado pueda ser la misma panga desechada por los supermercados o que las patatas estén refritas, sino lo impresentable de las cocineras/camareras, que entre rebuzno y rebuzno lo mismo se llevaban las manos a la cabeza por no aceptar el ketchup y la mayonesa como que decían no te echaras mucho...

Como ya he dicho alguna que otra vez, es a la vuelta de los viajes cuando realmente me informo más allá de los datos prácticos, evitando así llegar al país de turno con prejuicios. En "Españoles en el mundo" de TVE había un hombre que llevaba al reportero de turno al mismo sitio que acabo de describir. OMG!

En fin, no fue más que una aguja en un pajar, habiéndome encantado ese primer día en la capital de Escocia. Vuelta a Glasgow para dormir y deseando ver el resto de Edimburgo el día siguiente.

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18 de marzo de 2017

Glasgow


























Es la ciudad más grande de Escocia y también la más industrializada. Esto último hace que no sea especialmente atrayente para el turista, pero sí para el viajero. De todas formas, poco puedo contar de la llegada, más que una rápida visita al TESCO (digamos que el Mercadona del Reino Unido) en busca de provisiones y a la cama.

Mi alojamiento estaba a escasos metros del río de la ciudad, el Clyde. El sol de estos países suele ser traicionero porque cuando sales al exterior te llevas una bofetada de aire frío. En cualquier caso, esta combinación de luces rebotadas por las cristaleras del embarcadero y el propio agua daba un toque de vida que contrarrestaba las calles desoladas.

El recientemente construido puente peatonal de Tradeston lleva al sur de la ciudad, donde lo más o menos interesante está relativamente concentrado. La insípida zona de finanzas da paso al centro neurálgico, haciendo como nexo de unión la Glasgow Central Station. No importa donde ni cuando, siempre hay cosas que llaman la atención, como carteles de publicidad perfectamente enmarcados y espaciados contrastando con las sucias y oscuras paredes.

Nada más entrar en Buchanan Street la relacioné con Calle Larios. Es más larga pero, por lo demás, tienen muchas cosas en común: edificios antiguos de pocas plantas y bien cuidados, invasión de franquicias ladronas de encanto, peatonalización y, ahora sí, con mucha gente.

La que hace no mucho tiempo era la cerniente globalización es lo más cotidiano a día de hoy, con las ya citadas franquicias a la cabeza de la misma. Por suerte, no todas son globales o internacionales, pudiendo ser atractivas curiosidades o novedades para los extranjeros. Llamativa también en esta calle es la parada de metro del mismo nombre, transporte que fluye en la misma dirección que los viandantes, pero bajo ellos.

Girando a la izquierda frente a la Glasgow Royal Concert Hall (no sin hacer las casi obligatorias fotografías sobre su escalinata), almorzando en la cadena de comida rápida (y supuestamente sana; lo mas decente que pude encontrar) EAT, rodeando la Buchanan Bus Station y atravesando el pequeño puente frente a la Queen Street Station (sí, son dos estaciones de tren en el mismo centro) se llega a la George Square, una gran plaza presidida por el Ayuntamiento de Glasgow, además de esculturas históricas y elementos representativos. Por allí pasaban tres hombres con la típica falda escocesa, demostrando que no sólo de tocadores de gaitas es la vestimenta, sino más que habitual.

En ambos lados de una larga avenida hay numerosos edificios de construcción reciente o aún pendiente de su finalización, pertenecientes a facultades o residencias universitarias. En la terminación se encuentra la catedral, dando paso a la Necrópolis de Glasgow que se encuentra tras ella. Se trata de una colina que, aparte de las lápidas y demás elementos concernientes a un cementerio, permite disfrutar de unas muy buenas vistas al atardecer (más bien pronto anochecer por aquellos lares).

Ya dirigiéndome a recorrer de nuevo la Buchanan Street en sentido contrario descubrí la imponente Tron Church, haciendo una parada en la The Willow Tearooms, famosa pero apacible, silenciosa por su acristalamiento pero vibrante sobre el "subway". Un buen sitio para descansar con una infusión antes del camino de vuelta. Esquivando a multitud de corredores por las riveras del río, atravesando la ratonera de la urbanización The Waterfront y lleganando hasta el cuartel general enclavado en el Parque Comercial Quay.

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27 de febrero de 2017

Lagunillas


Mi adolescencia la viví en la Plaza de los Monos y alrededores, con una gran parte de mis estudios en un par de colegios privados/concertados de la zona. En los recreos nos acercábamos a Ultramarinos Caferina en busca del desayuno, donde nos terminó por enviciar tener que insistir para que echaran más jamón y queso al bocadillo y partirnos de risa con el careto del rata que nos atendía. En vacaciones y fines de semana el hambre hacía que me despegara temporalmente de la videoconsola para ir a comprar el almuerzo en Asador Padilla, menú de campero, patatas fritas y refresco. Y ahí siguen, al pie del cañón, quince o veinte años después. A día de hoy, como treintañero que soy, valoro detalles diferentes, como la escasa salubridad de locales y alimentos, pero la nostalgia es inevitable.

Estuve hace un tiempo fotografiando los grafitis del Soho, sirviéndome aquello para hacer las, como se suele decir, odiosas comparaciones, pues son los nombrados grafitis lo único en común con Lagunillas. Si bien en el primero de los barrios no fue un simple lavado de cara, sino una auténtica regeneración, en el segundo los cambios son tan necesarios como inexistentes. Un claro ejemplo es la eliminación casi total de la prostitución en el Soho, cuando los vecinos de Lagunillas continúan con la lacra de la drogadicción y el chusmerío que se concentra en la Cruz Verde, una paralela. Pero no todo es malo, es más, hay mucho bueno. Sobre todo la gente. Detalles como que una madre con los niños se detenga para no cruzarse cuando estoy haciendo una fotografía son de muchos quilates, pues la educación cada vez vale y sorprende más porque cada vez hay menos.

Una vez llegados a este punto, poco puedo decir de los grafitis en sí más que mi propia opinión, pues no soy experto en esta materia (pero sí curioso y admirador). Hay de todo, pero si tuviera que poner una nota media sería de notable. Hay algunas creaciones que evidencian mucho trabajo, incluyendo tiempo. Representación de conceptos abstractos, homenajeados/inmortalizados personajes de barrio (no sólo de este) o momentos del día a día. Más allá del arte, también está surgiendo algún que otro negocio de aire original y asociaciones para eventos sociales, educativos, infantiles, etc. ¡Hasta guiris haciendo turismo! No hay más que recorrer toda las calles, callejones y recovecos, sin olvidar mirar también hacia arriba y no perder detalle. Para gustos, colores, y nunca mejor dicho.

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9 de enero de 2017

Cracovia



Hice un intermedio varsoviano que dediqué a visitar Cracovia, esa ciudad que, según las siniestras estadísticas, fue de las menos bombardeadas por la Luftwaffe. Ello conlleva, supuestamente, que tiene más patrimonio histórico y, consecuentemente, turismo.

Durante el camino de la estación de tren al centro hay contraste entre edificios nuevos de empresas/universidades con otros casi derruidos y con sus terrenos en venta. Algo parecido ocurre, por ejemplo, con los tranvías, quedándome en este caso con los antiguos.

Muchos de los puntos de interés se concentran en la Plaza del Mercado y sus alrededores, dando también el dato de que esta es la más grande de Europa en cuanto a estilo medieval, con 40.000 metros cuadrados. En la parte central se encuentra la Lonja de Paños, actualmente un mercadillo turístico, aunque no por ello poco interesante.

En el lateral noreste está la Basílica de Santa María, de estilo también gótico/barroco y con dos torres desiguales. En la más alta aparece cada hora un trompetista para rememorar un hecho histórico relacionado con la invasión mongola.

Voy a contar, por más que me pese, el ligeramente vergonzoso hecho que me acaeció. Ya me ocurrió a principios de año en la parisina Basílica del Sagrado Corazón, donde un hombre mayor  me pidió que me quitara el gorro nada más entrar. Aquí me volvió a ocurrir, sólo que me lo vino a indicar el mismo cura, un hombre de unos 40 años, 2 metros de altura y todo vestido de negro, que impone más. En mi defensa he de decir que, tras muchas horas con la prenda puesta y casi sellada por el tremendo frío, uno se olvida de ella. No por ello dejé de pedir disculpas en ambos casos.

Más cosas que hay en esta plaza: una parada de coches de caballo, conductores de vehículos eléctricos ofreciendo rutas urbanas, puestecillos de comidas muy calientes y calóricas, etc. Destacar también la Torre del Antiguo Ayuntamiento y la estatua de Adam Mickiewicz. Este último era poeta y patriota a inicios del Romanticismo. Ya que el apellido es difícil de recordar y para que nos entendamos: lo que en España es hoy en día un facha para parte de los partidos políticos (valga la redundancia).

Huyendo del oxímoron creado por el infernal frío, entre atestadas áreas comerciales y ruidosas obras, alcancé los medios de transporte para salir de la ciudad. Entre que ambas estaciones tienen zonas en común y que mi polaco es nulo, terminé comprando para la vuelta billete de autobús y no de tren. Cinco horas y media de paradas intermedias y rotondas interminables. Eso sí, me permitió/obligó a disfrutar de las modernas estaciones de metro de la capital.

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7 de enero de 2017

Varsovia (2)



La soleada y gélida mañana comenzó hacia el sur, pasando bajo una avenida cuyas columnas de sostén tenían grafitis de dudosa estética, y dejando la Embajada de España a la izquierda, con grandes fotografías de lugares representativos en su vallado.

El Parque Lazienki es el más extenso de Varsovia, una zona de exparcimiento como puede ser El Retiro. Pero, al contrario de este último, a poca gente se ve paseando por él. Un grupo de ancianos conversando y un par de mujeres paralizadas, disfrutando hasta el último rayo de sol. Lo que sí hay son muchas aves. Los reyes de allí son los patos, durmiendo o patinando sobre los estanque helados, aunque había un pájaro de varios colores que me encantó.

Entre palacetes y estatuas dos cosas me llamaron la atención. La primera fue una valiente madre corriendo mientras empujaba el carrito de su hijo, con todo muy adaptado a deporte y clima en cuanto a abrigo y ergonomía. La segunda se refiere al comportamiento de las encantadoras ardillas, que no sólo no huyen sino que se acercan descarada e inocentemente. También es cierto que yo estoy acostumbrado a las de El Morlaco, donde chusmas saltan la valla por las noches para hacer botellón, romper mobiliario, etc.

Me tomé una infusión en una taza de tres piezas que llamó mucho mi atención y con la que ya me he hecho al recibirla como regalo de Navidad. Cruzando por arriba una muy congestionada avenida caminé paralelo a la ribera del río y sus embarcaderos. Llegué al barrio de Praga por el puente del mismo nombre, haciendo parada al lado del reciente y moderno estadio del Legia de Varsovia.

El ya nombrado distrito fue de los menos bombardeados por los alemanes, mezclando hoy en día lo comunista con lo bohemio. De hecho, se me acercó un polaco para contarme en español sus frecuentes visitas a Andalucía para temas de flamenco, demostrando la combinación.

La luz del anochecer a la entrada en Praga y la iluminación urbana a la salida eran bien diferentes, pero ambas tenían en común la espectacularidad que aportaban al "skyline" de Varsovia en la otra orilla del Vístula. Dejando atrás la impresionante catedral de San Miguel Arcángel y San Florián, así como la iglesia ortodoxa de Santa María Magdalena, aparecí de nuevo en la Ciudad Vieja a través del puente de Slasko-Dabrowski.

De nombre parecido para hispanohablantes, pero de construcción bien distinta para arquitectos, por la mañana dejé atrás el puente de Swietokrzy hacia el museo de Chopin. Había desechado el Museo de Copérnico por haberme informado de su parecido con el Parque de las Ciencias de Granada, con un entorno  interactivo al que había que echarle horas. Además, me picaba la curiosidad por el videojuego Eternal Sonata, en el que el músico tiene protagonismo. Pff, mi gozo en un pozo, no merece ni descripción. Y es que hay que darle muchas vueltas a la cabeza para hacer un museo de música, y no un decepcionante robo de tiempo y dinero a los turistas en vez de un poco de interactividad a la competencia.

Ya en busca de refugio para los frioleros me topé con una manifestación fluyendo por la Ruta Real. Desconozco las reclamaciones/quejas/sugerencias que llevaban consigo por no entender el clamor, pero era fácil de percibir la única presencia de banderas polacas y, quizá, alguna europea. Llevo un rato pensando como explicar lo que quiero decir pero, al fin y al cabo, creo que a todo el mundo se le ha encendido la bombilla nada más leerlo. No es un mensaje entrelíneas, sino sobre ellas.

El tiempo restante hasta el vuelo lo pasé encerrado en un establecimiento de la cadena Costa Coffe que, si bien es conocida mi animadversión a las franquicias, esta en concreto fue mi salvavidas a lo largo del viaje. Y allí estaba, reflexionando sobre Varsovia, una ciudad que ha superado mis expectativas. Los inesperados rápidos anocheceres y la persistente niebla, unidos a mi grave error a la hora de elegir el objetivo para la reflex (me llevé el más petardo), son excusa perfecta para volver a Warszawa.

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3 de enero de 2017

Varsovia (1)



La llegada fue de lo más directa y cómoda, dejándome el autobús en la explanada que hay a los pies del hoy denominado Palacio de Cultura y Ciencia. Llama la atención que una ciudad tan alabada por su rápida reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial mantenga con tan mala imagen un lugar tan céntrico y concurrido. Dar con el alojamiento era sencillo, pues sólo había que hacer caminata runtástica todo recto hasta el río y girar a la derecha.

Ya con la energía recargada y la escasa luz que atravesaba la densa niebla, la ruta postdesayuno no fue por la "L" recientemente descrita, sino callejeando hasta volver al también ya citado edificio más alto de Varsovia. A medio camino hice una parada para el indispensable cambio de moneda.

Fue un regalo de la URSS al pueblo polaco, parte del cual aún no termina de asimilarlo. Es curioso que en España haya sido al revés, con el socialismo imponiendo el sesgo de la "memoria histórica". La historia es inamovible y manipularla para próximas generaciones es deplorable.

La parte más alta era imposible de discernir más allá de los cientos de tétricos paneles (cuadrados como las fichas del Tetris + hechos por rusos como el mismo Tetris + la siniestra imagen que provocaban) pero sin perder un fuerte atractivo a poco que se active la imaginación. Estoy seguro de que Wiston Smith hizo sus prácticas aquí antes de trabajar en Gran Hermano.

Dos cincuentonas autómatas manejaban sus casi propios ascensores para transportar a poca gente y nulo turismo, una para arriba y otra para abajo, recordándome a la aventura gráfica "Syberia" (no tan lejos me encontraba) o a la novela "Las luces de septiembre" (aún estando en diciembre). Las potenciales vistas desde la planta treinta y tres eran truncadas por el apalancado telón de niebla (que no de acero). Una muy caliente infusión en las alturas de aquella lóbrega y circunspecta ciudad terminó por asentar en mi memoria tan imponente construcción.

Igual que subí por una bajé por la otra; dos importantes avenidas de la ciudad que son paralelas. Me gustó el diseño de las recientes estaciones de metro que, sin ser una joya, son relativamente originales. Giré a la altura de la estatua de Copérnico y paré a almorzar enfrente de la muy bonita Iglesia de la Santa Cruz. En la sobremesa ya era de noche y fui caminando por la arteria principal y perpendicular, dejando a los lados instituciones públicas, universidades y hoteles de lujo con cierta majestuosidad en su iluminación (más allá de la navideña).

Poco después aparece la llamada Ciudad Vieja, con la Plaza del Castillo (Castillo Real y Columna de Segismundo III) y la Plaza del Mercado (Estatua de la Sirena), teniendo esta última un nombre diferente para cada uno de sus cuatro lados. Pegado a la muralla hay un mercadillo que desemboca en el Monumento al Pequeño Insurgente, un niño armado frente al cual me tomé un té en un bar muy "chic".

Detesto las franquicias, pues suelen ofrecer comida basura además de quitarle encanto al entorno. En este caso, al igual que me ocurrió en Lisboa, di con una de alimentos más que saludables, como tofu, quinoa y todos esos desconocidos por los mortales (casi literalmente). Tenían también purés, cremas y sopas típicas de Polonia que buena falta hacían para entrar en calor.

Crucé la calle y continué cuesta abajo muy Tranquillo Barnetta, con embajadas en ambas aceras tales como las de Canadá, Francia y, por supuesto, la de Suiza, con bloques de pocas plantas y ninguna tienda. El caso es que, sin comerlo ni beberlo (es sólo un dicho de Bel-Air, pues acababa de cenar) desemboqué justo en el hotel.

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