3 de enero de 2017

Varsovia (1)



La llegada fue de lo más directa y cómoda, dejándome el autobús en la explanada que hay a los pies del hoy denominado Palacio de Cultura y Ciencia. Llama la atención que una ciudad tan alabada por su rápida reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial mantenga con tan mala imagen un lugar tan céntrico y concurrido. Dar con el alojamiento era sencillo, pues sólo había que hacer caminata runtástica todo recto hasta el río y girar a la derecha.

Ya con la energía recargada y la escasa luz que atravesaba la densa niebla, la ruta postdesayuno no fue por la "L" recientemente descrita, sino callejeando hasta volver al también ya citado edificio más alto de Varsovia. A medio camino hice una parada para el indispensable cambio de moneda.

Fue un regalo de la URSS al pueblo polaco, parte del cual aún no termina de asimilarlo. Es curioso que en España haya sido al revés, con el socialismo imponiendo el sesgo de la "memoria histórica". La historia es inamovible y manipularla para próximas generaciones es deplorable.

La parte más alta era imposible de discernir más allá de los cientos de tétricos paneles (cuadrados como las fichas del Tetris + hechos por rusos como el mismo Tetris + la siniestra imagen que provocaban) pero sin perder un fuerte atractivo a poco que se active la imaginación. Estoy seguro de que Wiston Smith hizo sus prácticas aquí antes de trabajar en Gran Hermano.

Dos cincuentonas autómatas manejaban sus casi propios ascensores para transportar a poca gente y nulo turismo, una para arriba y otra para abajo, recordándome a la aventura gráfica "Syberia" (no tan lejos me encontraba) o a la novela "Las luces de septiembre" (aún estando en diciembre). Las potenciales vistas desde la planta treinta y tres eran truncadas por el apalancado telón de niebla (que no de acero). Una muy caliente infusión en las alturas de aquella lóbrega y circunspecta ciudad terminó por asentar en mi memoria tan imponente construcción.

Igual que subí por una bajé por la otra; dos importantes avenidas de la ciudad que son paralelas. Me gustó el diseño de las recientes estaciones de metro que, sin ser una joya, son relativamente originales. Giré a la altura de la estatua de Copérnico y paré a almorzar enfrente de la muy bonita Iglesia de la Santa Cruz. En la sobremesa ya era de noche y fui caminando por la arteria principal y perpendicular, dejando a los lados instituciones públicas, universidades y hoteles de lujo con cierta majestuosidad en su iluminación (más allá de la navideña).

Poco después aparece la llamada Ciudad Vieja, con la Plaza del Castillo (Castillo Real y Columna de Segismundo III) y la Plaza del Mercado (Estatua de la Sirena), teniendo esta última un nombre diferente para cada uno de sus cuatro lados. Pegado a la muralla hay un mercadillo que desemboca en el Monumento al Pequeño Insurgente, un niño armado frente al cual me tomé un té en un bar muy "chic".

Detesto las franquicias, pues suelen ofrecer comida basura además de quitarle encanto al entorno. En este caso, al igual que me ocurrió en Lisboa, di con una de alimentos más que saludables, como tofu, quinoa y todos esos desconocidos por los mortales (casi literalmente). Tenían también purés, cremas y sopas típicas de Polonia que buena falta hacían para entrar en calor.

Crucé la calle y continué cuesta abajo muy Tranquillo Barnetta, con embajadas en ambas aceras tales como las de Canadá, Francia y, por supuesto, la de Suiza, con bloques de pocas plantas y ninguna tienda. El caso es que, sin comerlo ni beberlo (es sólo un dicho de Bel-Air, pues acababa de cenar) desemboqué justo en el hotel.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/sets/72157676833108541

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

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