7 de agosto de 2017

Frigiliana


























Me llevaron a Frigiliana muy de chico, quedándome únicamente en la memoria una calle estrecha, cuesta arriba, con casas blancas y luminosas, con plantas y flores llenas de color.

Unos quince años después, en los veranos entre curso y curso de la universidad, transportaba personas y materiales en el ámbito de los conciertos. Hubo uno en el campo de fútbol de Chayanne, nocturno y al aire libre que me encantó. Más allá del pseudocantante soberbio y arrogante (no permitió que se le recogiera en furgoneta, sólo admitía coche de lujo) al que desde el "backstage" se le descubría su patético "playback", lo que activó mis recuerdos fue el entorno, con río, montes, árboles y estrellas que incluso se veían.

Cuando terminé mis estudios de imagen hice una sesión de intercambio a una conocida en la Casa de Apero, que había sido recientemente remodelada para albergar el Museo Arqueológico. Mientras reponía fuerzas en un bar-restaurante típico con comida casera se me reactivó (que no "activó") mi memoria axárquica.

A pesar de mis diversas visitas a Frigiliana a lo largo de los años, nunca había ido con mi madre, que siempre había estado deseando descubrir dicho pueblo. Y qué mejor que en su cumpleaños.

La parte derecha conforme se entra es la del museo y el campo de fútbol, con muchas personas mayores pasando la tarde sentadas a la sombra. Si uno se dirige a ellos dan palique y más palique, no por ello dejando de ser encantadores.

El centro del pueblo está presidido por una escultura representativa de las cuatro religiones más comunes. Cuarenta y cinco minutos en coche para encontrarse esto nada más llegar. No recuerdo símbolos cristianos cuando estuve por Marruecos. Los españoles somos muy hospitalarios, sí, pero también masocas y estúpidos.

En la zona de tiendas de regalos y recuerdos es donde los guiris toman cerveza frente a sol y mar, sin importarles nada más. Ello es una suerte, porque detrás de ellos está lo más atractivo de Frigiliana. Presididas por el escudo de armas, comienzan las cuestas y escaleras, sombras y silencios. La tranquilidad. Los pocos niños que habitan este tipo de pueblos juegan con juguetes (no, no es una redundancia, pues sorprende que no estén pegados a móviles), trabajadores descansan tras su jornada y ancianos dejan pasar el tiempo. Me encanta ver perros echando la siesta en los balcones echando mirada indiferente sobre los viandantes. Gatos durmiendo por escalones y bancos y escalones, sin miedo a las personas. Nada que ver con ciudades y pueblos grandes, donde huyen de cualquiera. La experiencia es un grado.

El simple sonido del agua refresca, terminando la caminata pueblerina dejando a un lado la Fuente Vieja y bajando una escalinata con un pequeño canal central por el que fluía ese oro transparente y menospreciado (ya nos arrepentiremos), y recordándome a la Alcazaba o la Alhambra. Y es que había tiempos en los que los árabes aportaban...

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157683476094993

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

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