24 de octubre de 2017

Estocolmo (4)














Las estaciones de los principales medios de transporte están cercanas las unas de las otras, formando un práctico conglomerado. Es por eso que localizamos la estación de autobús, dejamos el equipaje en la de tren y cogimos el metro hacia Södermalm, la isla más poblada de Estocolmo. En su interior está el SoFo, proveniente de "South of Folkungagata", el barrio hipster, cool, chic o como se le quiera llamar.

La calle Götgatan tiene tanto asfalto como aceras, pero aquel día era totalmente peatonal, suponiendo que ello depende de las fechas o las horas. Desemboca en la carretera que rodea la isla y que, caminando entre obras y paredes, hace llegar al Fotografiska un pequeño oasis.

Así como el CAC Málaga era un mercado de abastos, nos encontramos ahora ante un antiguo edificio aduanero, si bien ambos han sido reconvertidos con fines culturales. No es un museo como tal, pues las tres dependencias son para exposiciones temporales. La temática de la primera eran los caballos, ya fueran solos o con humanos. La segunda ya iba decayendo, pues aunque técnicamente no había problema, la temática de las negras africanas amamantando es poco innovadora. La tercera era la peor, las imágenes abstractas tan de moda hoy en día.

La última planta lo compensaba todo. Más allá del propio restaurante y su pequeña sala de conciertos, con un diseño sencillo y moderno, con una comida rica y de la tierra, había una cosa que atraía la mirada: las vistas. No es complicado coger un par de sillas tipo barra de bar, palpar y comprobar la existencia de la pulcra cristalera e invertir el tiempo más valioso en Estocolmo.

Regateando cruceristas y subiendo cuesta hacia la derecha nos volvimos a introducir en la zona neurálgica de la isla, con bicicletas de madera y bares cuyo nombre es el no tenerlo. Regresando al centro de la ciudad para recoger y coger las maletas y el autobús respectivamente, nos plantamos en Arlanda. Trabas tecnológicas y burocráticas típicas de este siglo y las correspondientes peripecias para lidiarlas, compensadas por el retraso del vuelo, nos permitieron relax sobre las nubes.

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19 de octubre de 2017

Estocolmo (3)














Esta vez sí nos adentramos en Gamba Stan, encontrándonos nada más llegar a la muchedumbre pendiente de la Guardia Real haciendo el correspondiente cambio de guardia presidido por la Catedral de San Nicolás. Aprovechamos para visitar el Palacio Real por dentro, muy recomendable.

La Plaza Mayor es una visita obligada, recordándome a la varsoviana Plaza del Mercado. Destacan los dos edificios uno al lado del otro y de llamativos colores. Está a la derecha la Casa de la Bolsa, construida allá por el siglo XIX y acogiendo en la actualidad el Museo Nobel, entregándose ahí el premio de Literatura. Muy sorprendente y motivadora la idea de que la información vaya moviéndose por el techo cual carrusel de una lavandería. Por último, no centrada en el centro de la plaza, unas gárgolas surten encastradas a su fuente.

Entre callejones, y dejando a un lado una iglesia luterana o alemana, dos cosas me llamaron la atención: la primera fue una especie de cabina de teléfono vistosa y alegre que resultó siendo un meadero. La segunda me sorprendió por haber una guardería o colegio de educación primaria en pleno centro histórico, además coincidiendo con la hora de salida.

Escalera para abajo desembocamos en una calle peatonal algo más ancha, con tiendas de temáticas concretas y  un restaurante llamado Magnus Ludula que fue una decepción. No lo parecía, pero tenía que ser una trampa para guiris, no queda otra. Aparecimos en el lado contrario de la plaza principal, girando la esquina del palacio, dejando a la izquierda el Museo Medieval y su correspondiente parque y encarado el camino hacia dos islas vecinas, una unida a la otra.

Por cierto, mis experiencias viajeras me dicen que los que suelen montar espectáculos bochornosos son moros y negros, guiris borrachos y españoles. En el primero de los casos fue evidente nada más llegar, con negros que salían del metro dándole patadas a los cristales del mismo, mirando con sonrisa provocativa a los que continuaban su viaje. En el segundo no me hubiera hecho falta comprobarlo en Londres, Varsovia y demás, Magaluf me pilla más cerca. El tercero se repitió aquí, con una española de atuendos deportivos, aunque no hacía otra cosa que gritar por el teléfono móvil, puteando a gritos al teleoperador de turno de Vodafone. Todo ello pasando por delante del Grand Hotel, supongo que para que los del Premio Nobel le asignaran el de impresentable.

Las coronas que dan nombre al Puente de las Coronas se pusieron en su momento como decoración, aunque hoy en día son casi emblema de la ciudad. Subiendo y rodeando la iglesia de Skeppsholmen y continuando las esculturas llamémoslas llamativas. Y es que están al lado del Museo Moderno, un edificio antiguo. Te tientan tanto en el mismo museo como por toda la ciudad para visitarlo, pero es cierto que las tiendas de los museos venden lo más representativo de su interior, con lo que el quizás poco ortodoxo método de echarle un ojo a la entrada en vez de a la salida permite calificar. Y no, no visitamos el museo más allá de su tranquila terraza exterior a tomar infusión  y disfrutar de los gorriones.

Si esta isla es de unos 500 metros, la continua es de únicamente 200 metros. Eso no significa que no valga la pena. Nos sentamos en una pequeña loma de roca para regocijarnos de los gritos despavoridos provenientes del parque de atracciones de enfrente: Tivoli Grona Lund con su montaña rusa, caída libre, etc.

Bordeando las dos islas ya de vuelta nos encontramos con casas de postal, construcciones de madera con flores de miles de colores, así como un velero acondicionado en modo bar de copas. Una pareja que estaba cenando entre la iglesia de San Jacobo y la ópera posó ante mi descarada toma. La cena fue en un Zócalo, donde me llevé una grata sorpresa. ¡Primer lugar fuera de México con sabor real mexicano! ¡Aleluya! Repetí, por supuesto, un dos por uno es irrechazable.

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17 de octubre de 2017

Estocolmo (2)














Todavía no sé por qué en la plaza de la estación central hay una bandera sueca con el asta totalmente doblado. Supongo que es a cosa hecha, pero habría que confirmarlo en la oficina de turismo que está justo al lado. La cosa es que desde ahí partimos hacia el centro histórico, la isla conocida como Gamla Stan, aunque fue sólo pasar bajo los arcos del parlamento y darnos la vuelta, pues la torre del ayuntamiento nos animó a recorrer la ciudad de izquierda a derecha partiendo desde él.

En el interior, más allá de su enorme patio central, puede visitarse la Sala Azul (donde se hace el banquete de los Premios Nobel) y disfrutar de las vistas desde la torre de las Tres Coronas. Frente a la entrada arqueada hay unos escalones bajos que hacen como grada, permitiendo sentarse a observar el barrio de Söder al otro lado de las aguas y entre las desnudeces.

Caminando por el borde del lago Mälaren y uno de los múltiples atracaderos huele a río, a mar, a agua más que limpia para estar en plena ciudad. Adentrándonos en la isla de Kungsholmen tocó almorzar en un coreano que hacía esquina, cerca de un bonito puesto de flores. Los bares y restaurantes de Estocolmo tienen jarras de agua para que el cliente se sirva a su gusto.

La sobremesa la pasamos en el Kronobergsparken que, a pesar del complicado y desagradable nombre para los latinos, es estupendo para tumbarse a leer, charlar o hacer la digestión. Entre niños haciendo actividades extraescolares al aire libre y cuesta abajo está la estación de Radhuset, que lleva de vuelta a la estación central.

De nuevo ante el asta curvado tocó esta vez a la izquierda, entrando en la zona más comercial de la ciudad, esa que menos me gusta siempre que viajo. Edificios modernos, avenidas amplias e invasoras franquicias. Poco de lo que hablar más allá de la plaza de Hötorget, donde se encuentra la Sala de Conciertos de Estocolmo y los controvertidos y sosos rascacielos. Una de las arterias de la ciudad (Berger Jarbgatan) termina en el parque presidido por la Biblioteca Nacional de Suecia, aunque aquella tarde la gente estaba en el bar de copas al aire libre que le precede. El viajar y dar caminatas urbanas me encanta, pero cada cierto tiempo o espacio hay que descansar. En esta ocasión nos desplomamos en uno de los clones de la cadena Espresso House, clon y competencia a su vez de otras cadenas como Starbucks o Costa Coffe. Lo dicho, una invasión.

Saliendo del bullicio nos encontramos el Dramate, el teatro más importante del país. En una de sus esquinas exteriores tiene la estatua de Margarete Lasson, cuya peculiaridad es la aplicación de calor interior, fácil de comprobar nada más tocarla. No recuerdo exactamente para qué era, creo que para que no pasara frío por la noche o, al menos, ese es el concepto.

Encaramos el bulevar Strandvägen (Calle de la Costa), construido para la Exposición Universal de Estocolmo de 1897, caminata de algo más de un kilómetro que permite prestarle atención a las construcciones, especialmente a la Casa Bünsow y sus elaborados patrones de ladrillo. Todo el recorrido está presidido por la llamativo Museo Nórdico; imponente, majestuoso e incluso siniestro. Me encanta.

Termina en una rotonda partida que permite cruzar hacia su derecha el puente de las esculturas que lleva hacia la isla de Djurgården, con grandes extensiones de naturaleza donde los holmenses echan parte de su tiempo libre. De todas formas ya era casi de noche y poco se podía disfrutar en él, con lo que tomamos la rotonda partida hacia la izquierda para encarar la avenida del Museo de Historia Sueca a un lado y la Iglesia de Oscar al otro, finalizando en la plaza o parque de Karlaplan.

Mi mente plantea relaciones y parecidos a lo largo de los viajes que, si bien pueden ser más o menos lógicos o correctos, cierto es que denotan crecimientos sinápticos. En este caso, tanto el último puente citado como la última plaza también citada me recordaron a París, concretamente al puente de Alejandro XIII y al lago octogonal a la entrada del Jardín de las Tullerías respectivamente. Si eres historiador, arquitecto o similar pasa página.

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7 de octubre de 2017

Estocolmo (1)














Hay cosas que se quedan marcadas aunque no tengan relación directa con el viaje en cuestión, y es que en la cola del aeropuerto de Málaga no sé cómo se nos acopló una sueca de avanzada edad que no paraba de hablarnos sobre la situación de su país en temas de inmigración. Yo iba con la mosca detrás de la oreja tras haberme informado con antelación sobre guetos de árabes y negros, así como por donde se pasaban las leyes y culturas de los países nórdicos. Pues esta mujer se me pegó como una lapa conforme avanzaba lentamente la cola, criticando la inmigración legal pero que debería ser ilegal, la ilegal como tal, los refugiados y, según ella, la invasión que estaba sufriendo su país. Yo, aunque entendiendo y compartiendo muchas de sus ideas, crucé los dedos para no tenerla cerca en el avión, pues era un poco cotorra. De todas formas, todo lo que escuche de ella lo tengo muy en cuenta, pues hablaba con sentido y propiedad.

El lento descenso permitía disfrutar de un anochecer sobre bosques e islas dispersas. Una hora de autobús nos plantó en la estación central, en la que está incluida la de metro. Esta, como muchas otras de la ciudad, más allá de estar muy profundas (lógico, tienen que pasar bajo el mar), son de estética lúgubre y fría, como cuevas de viaje al centro de la tierra. Lo compensó el metro que cogí, muy antiguo pero muy bonito y relativamente cuidado. Otra cosa era el público presente...

La última parada de la línea azul es Akalla, un barrio o área en el que nada más salir te sientes un extraño, y no sólo por estar en un país distinto, sino porque los rasgos caucásicos llaman la atención en plena Suecia. Como suelo comprobar en viajes y no viajes, mi orientación es buena, pero en aquella ocasión cometí el error de tomar como referencia una única salida de la estación, cuando realmente había dos. Era plena noche y lo que quedaba por las calles eran grupos de jóvenes sentados en los respaldos de los bancos y levantando la mirada al paso de los visitantes.

Con todos los negocios cerrados, entré al único que aún tenía luz. El dueño, árabe, hay que reconocer que fue correcto. Puso interés, le dio unas pocas vueltas al mapa que le entregamos y se lo pasó a otro que estaba solo en una mesa, pero no sabían donde estaba el hotel (era el único de la zona).

Tras caminatas sin rumbo por las solitarias calles dimos con un hombre con uniforme de trabajo y paso directo hacia un aparcamiento subterráneo. Se paró con expresión de sorpresa e inseguridad, la cual fue cambiando conforme veía que no había mala intención. Terminó intuyendo el hotel en el mapa, diciendo que tenía prisa, que tenía que coger el coche para el trabajo y que si queríamos nos acercaba. Ahora los de las sospechas éramos nosotros, dándole las gracias y continuando las caminatas sin dirección.

Nos plantamos delante de un pequeño hospital o clínica, o al menos eso indicaban las tenebrosas letras rojas en la oscuridad, muy a lo Silent Hill. En la explanada de delante había un único taxi, de esos tipo furgoneta con ocho o diez plazas. El conductor estaba viendo un programa en una cadena árabe en la tableta con soporte pegado al cristal.

Al acercarnos, bajó la ventanilla no más de dos dedos. La escena tuvo cierto parecido a las anteriores, cogiendo nuestro mapa pero combinándolo esta vez con su GPS, explicándonos más o menos cómo llegar. Le dimos las gracias y nos dimos la vuelta para volver a perdernos en la oscuridad. A los pocos pasos nos llamó por la ventanilla ahora del todo bajada, diciendo que nos subiéramos y que nos llevaba. De nuevo el traspaso de inseguridades, diciéndole que no teníamos dinero y demás. Ante su insistencia aceptamos. Durante el corto viaje nos contó que era de Siria  y alguna que otra peripecia ininteligible. Paró al lado del hotel, sin más. Ligeramente avergonzado por mis suposiciones y consciente de que destaparía mi mentira, le pregunté que cuanto era. Dijo que nada, que nada.

Pero sí que ganó. Es más, ganamos. Él tenía cara de orgullo por la obra benéfica y nosotros por una redención ante las sospechas más o menos infundadas por un lado; la de maligno y dañino por el otro. Aquella noche fue de gorilas selváticos con osos polares. Unas relaciones lentas y poco fluidas, guardando las distancias pero sin llegar a poner un muro, terminando en buen puerto.

La puntilla fue la entrada al hotel, cuya recepción cerraba a las diez de la noche y había que teclear un código para entrar. Menos mal que había habitaciones en la planta baja, por lo que se pudo llamar con los nudillos en una ventana con luz. A la primera miró en silencio y a la segunda ya respondió saliendo de su habitación y abriéndonos la puerta del hotel para que, al menos, no nos quedáramos en la calle y pudiéramos dormir en el salón de la entrada. Pero, como decían en Shakespeare in Love, "todo saldrá bien, aunque no sé por qué, pues todo es un misterio". Y así fue, pues investigando la recepción terminé dando con un sobre con mi nombre y apellidos. La tarjeta de la habitación en su interior.

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