25 de diciembre de 2018

Parque del Norte

De igual forma que hay mañanas soleadas de otoño o invierno que aprovecho para sacar a Luna, la perra que no saca un vecino/conocido, otras es a una de mis cámaras a quien saco a pasear. Tras darme una buena caminata para recoger una Compact Flash comprada por Internet me planté en la que podemos llamar entrada oficial del parque.

A pesar de haber nacido y pasado mis primeros once años de vida cerca, no fue hasta hace relativamente poco que lo descubrí, sumándole las remodelaciones y mejoras que le han ido haciendo de un tiempo para acá. A la entrada hay una fuente y muchas flores de llamativos y bonitos colores, estropeado por ser donde se reúnen los borrachos con sus litronas a dar las voces que los delatan.

El parque está en cuesta, y continuando hacia arriba hay un parque infantil y un campo de fútbol en el que se puede jugar un partido a campo entero o varios dividiéndolo. Aquella mañana era esto último, con las voces de los entrenadores dando órdenes y de los padres animando. Había espectadores incluso detrás de las gradas y formando todo un ambiente que me recordaba a tiempos mozos. Hay caminos entre césped donde mucha gente saca al perro a pesar del absurdo cartel de "prohibido perros". Si no sacas al perro en un parque ¿dónde lo sacas? Otra cosa son los puercos dueños que no recogen los excrementos, que es tema aparte.

Más allá de eso hay recinto vallado para dejar sueltos a los animales y que se persigan los unos a los otros, etc. Continuando hay caminitos a distintas alturas donde poderse sentar en sol y sombra bajo un árbol a leer, escuchar música o mirar el móvil (esto último es lo que hace la mayoría). En un lateral hay un campo de baloncesto donde había tres gordas veinteañeras escuchando musicón a todo volumen con un altavoz, gritando y voceando mientras comían patatas fritas. Unas tristes y solitarias máquinas para hacer ejercicio dan paso al parque de monopatines. ¡Ups, perdón! Quería decir "skate park".

La verdad es que está bien montado y decorado, tanto para monopatines como bicicletas, incluyendo un bar y lo que parecen las oficinas de la asociación. En fin, más allá de pros y contras (ahora lo están vallando para que no entren drogadictos y chusmones por las noches), es un parque que me encanta, una estupenda zona de esparcimiento, sobre todo para los vecinos y las vistas que pueden disfrutar desde los bloques altos que rodean todo el recinto.

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30 de noviembre de 2018

Marsella (3)

Como ocurrió en Marrakech, el vuelo de vuelta salía por la tarde (otra cosa fue nosotros), con lo que teníamos toda la mañana para hacer visitas y pasear por Marsella. Por la estatua de la virgen situada tras hotel y estación nos incorporamos a una avenida de lo más vulgar, con talleres de coches, institutos, etc. Es por ello que llama la atención encontrarse un monumento tan importante e impresionante como el Parc Longchamp a la vuelta de la esquina.

La simetría es mi deleite, y esta construcción también lo fue. Dos edificios a los lados conteniendo un museo cada uno de ellos, unas imponentes estatuas, chorros y cascadas de agua (tsss, que podrían ser de chocolate, por ejemplo) y un estanque. Más allá de turistas o viajeros, que tampoco está masificada de ellos la ciudad, había muchos marselleses corriendo y subiendo escalinata por un lado y bajándola por el otro. Un trabajo de piernas más que reseñable.

Ya en la parte techada los toros nos ofrecían una nueva vista de la ciudad, con torres y picos salpicados por aquí y por allá a lo largo de la misma. Despidiéndonos de Notre-Dame en la distancia dimos una vuelta al parque trasero, entre adultos vagabundeando o reflexionando y niños saltando o persiguiendo gatos. Tocaron relax e infusión, silencio y brazos cruzados frente/de espaldas a Longchamp muy a lo Geroge Stobbar en Le Tricolore.

Preguntamos a un joven (más que nosotros) dónde estaba el Jardin Zoologique, quien correcta y educadamente nos indicó usando Google Maps. Le hicimos caso a medias para no cruzar de nuevo donde acabábamos de estar y conocer lo máximo de la urbe. Justo al lado de una parada de metro estaba la entrada a este original zoológico. Y digo esto porque, mas allá de estar enjaulados, los animales eran de plástico. La casa de Hansel y Gretel, un edificio de apariencia árabe que me recordó al del Jardín Majorelle y a buscar comida.

Del Parc Longchamp parte una avenida amplia pero poco concurrida y cuyo movimiento más destacado es el del silencioso y uniforme paso del tranvía por medio de la misma. Estuvimos probando sin éxito el almorzar por varios restaurantes con muy buena pinta y estética, pero el tema de los horarios nos volvió a jugar una mala pasada y terminamos en un bar digamos que de carretera, para entendernos. Filete de ternera con patatas fritas, más vasos que bebidas, el telediario en un soporte en la pared y mucha amabilidad en La Cerise.

Que la lluvia continuara era un plus para despedirnos de Marsella caminando paraguas en mano hacia la estación, en la cual cobran para entrar al servicio. Eso también me ha pasado en Marruecos y Barcelona (que cada uno tome sus conclusiones). También me llamaron la atención, en esta caso más positivamente, los trenes de dos plantas de la SNCF, los mismos que me llevaron de Mónaco a Niza hace más de diez años.

A la hora de valorar la ciudad de Marsella pongo en el lado malo de la balanza al tipo de público que te encuentras por barrios diversos y el ritmo de vida europeo de por allí, incluyendo los horarios de comida y demás. En el lado bueno de las cosas, éstas se me acumulan en la mente al salir como las ovejas de su redil. Las mañanas soleadas en el puerto, las tardes lluviosas sobre la hojarasca, el relax de cafés e infusiones en terrazas de bistrós y pastelerías, los ateliers a través de sus cristaleras y los áticos abuhardillados. ¡Tomo nota!

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Marsella (2)

Los hoteles no solamente están para dormir u otras actividades relajantes, sino que siempre está la opción de subir a la última planta en busca de buenas panorámicas. En esta ocasión estaba situado muy en alto, pudiendo captar torres de iglesias, vías de tren, obreros por los tejados y aves sobrevolando muy al estilo de la intro de Broken Sword.

Esta vez giramos a la izquierda en vez de a la derecha como la mañana anterior. Llegamos a la iglesia de Saint-Vicent de Paul, de estilo neogótico y construida donde antes había una capilla de los Agustinos Reformados. Silencio y bella luz a través de los coloridos rosetones en el interior, Juana de Arco presidiendo el exterior. Retomamos nuestro camino hacia el sur incorporándonos cual afluente a la arteria de Canabière y desembocando, como no podía ser de otra forma, en el mar. Más específicamente, en el puerto.

Una fila de puestecillos de pescado fresco y reciente, tras los cuales llegaban pescadores sonrientes por un amanecer provechoso u otros con el bocadillo de media mañana. El sol era radiante y creaba unos preciosos reflejos de los barcos en el agua. Fuimos bordeando por la parte este en paralelo a tareas como unir cabos o reforzar pinturas exteriores.

Tras terminar el puerto y atravesar un pequeño parque y un gran césped llegamos al Palais du Pharo. Un entorno para grupos escolares, personas sentadas en bancos de frente para disfrutar las vistas y otras sentadas de espalda para poder leer (libros, no móviles) sin dejarse la vista. Enfrente se veía la parte visitada la tarde anterior como una caja de diapositivas, con elementos como fuerte, museo, abadía, catedral y rascacielos, desde lo más cercano a lo más lejano.

Ya escarmentados, comenzamos a buscar dónde comer en modo previsor. Lo que había en una plaza hexagonal no nos convencía, comenzando por un restaurante con la carta en español pero sin chicha ni limoná, hasta un bareto de porretas y perroflautas. Arriesgándonos a quedarnos sin almorzar encaramos la Avenida de la Corse.

Y, como para ganar hay que arriesgar, terminamos dando con un local de comida a lo "prêt-à-porter" pero también con una larga y única mesa para comer allí. Lógicamente elegimos esta segunda opción, sentándonos entre una familia medio numerosa y una pareja mayor. Una comida deliciosa compuesta por un par de "Quiche Lorraine" y una ensalada de quinoa, todo compartido y rematado con un vino tinto.

La encantadora y angelical pareja de al lado fue sustituida por una mujer de unos cincuentaitantos. De físico gordo y de personalidad prepotente, hablaba por teléfono en español y más alto de la cuenta para demostrarnos su supuesta valía. Interrumpió nuestra conversación para contarnos que era dueña de una galería de arte cercana y que estaba esperando al artista en cuestión; un sesentañero sevillano, mas residente en Madrid, tranquilo, sencillo y agradable. La francesa nos dio el folleto de la expo, invitándonos a pasarnos un rato mientras ellos comenzaban a montarla. Tras comprobar que el sevillano era de los de tirar un cubo de pintura contra el lienzo y que la marsellesa pintaba de invitación lo que era petición de mano de obra gratuita, le respondí con mi positivo e irónico "hiii, hiii" de boca abierta y dentadura cerrada. Pagamos y salimos tras la singular pareja para tomarles fotos traicioneras y por la espalda antes de girar a la derecha y encarar la digestión cuesta arriba y sin freno de mano.

En un programa de los #DedondeseanEnElMundo aparecía un personaje diciendo que las distancias entre los puntos de interés eran imposibles de recorrer a pie y que las cuestas eran mortales. Ni una cosa ni la otra, menos aún para quien levanta ochenta y cinco kilos en sentadillas, ¡jojo! Hay tremendas escalinatas por China o Venezuela que quizá algún día compruebe, pero con las de Marsella nos plantamos en Notre-Dame en un plis-plas.

La ciudad tiene muchos emplazamientos desde donde disfrutar de buenas vistas gracias a lo poco llana que es la misma, pero no hay duda de que las mejores son las de aquí. Trescientos sesenta grados que cubren, lógicamente, todo. El puerto y el centro que ya habíamos recorrido, el mediterráneo y sus costas, las montañas que recogen y envuelven la ciudad, el State de Vélodrome y el Châteaun d´If se aprecian a primera vista.

Aparte del interior de la basílica y sus dos santuarios superpuestos, la cripta (sin misterio ni embrujo) y la iglesia (con una mujer ofreciendo Ferrero Rocher y barcos voladores a lo Skies of Arcadia), por el exterior me dediqué a captar discreta (e incluso indiscretamente) a un fotógrafo con sospecha, un joven a lo afro y a Mlle. Brigitte entre monedas y deseos.

La bajada la hicimos por una calle alternativa, muy tranquila salvo por ser la hora de salida de un colegio allá por la sobremesa. Me vinieron a la cabeza la bajada del Bastión de los Pescadores de Budapest y la de Üsküdar hacia la Torre de Leandro en Estambul. La parada y el descanso fueron sentados en la primera fila de la tranquila y silenciosa abadía de Saint-Victor. Muy vacía y acogedora para convertir a coristas en roqueros; a lo celestial en material.

A la salida nos llamaron la atención interminables y enormes bandadas de pájaros pequeños y negros de sudoeste a noreste. Fuimos bordeando lo que parecía un idílico circuito para videojuego de F1, con grandes pistas rodeando un atracadero. Tras jugarnos la vida para cruzar un túnel de F1, esta vez no parecido pero sí cercano (el monegasco, para quien no lo pille), comprobamos que el Fort Saint-Nicolas estaba cerrado por obras.

Necesitábamos comer, y entre ataques de risa sin recordar por qué y brazos cruzados sin saberlo tampoco, entre ratas comiendo en las mesas de un McDonald (cierto y lógico) y mujer teletransportada, hicimos parada en lo que parecía una franquicia pizzera y disfrute de gresca entre el camarero y una ladrona de servilletas (#LaLadronaDeLasServilletas: un título estupendo para Eduardo Mendoza e incluso para mí).

He de reconocer que, por mucho gimnasio al que estés acostumbrado, el cansancio tras kilómetros y horas de caminata es inevitable. Atravesamos el tétrico, recogido y totalmente circular Jardin de la Rotonde (un nombre de lo más currado) y que me recordó al Parque Karlaplan de Estocolmo (salvando las distancias, tanto físicas como de parecido), y también a otra de Roma a rebuscar en mi memoria. Unos pasos más al hotel y a dormir o lo que se tercie.

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29 de noviembre de 2018

Marsella (1)

La habitual matraca de trenes, autobuses y aviones se compensó ligeramente con la cercanía del alojamiento respecto a la estación, concretamente la Gare de Saint-Charles. Nada más bajar la escalera monumental comienza una larga avenida de la que salimos unos metros a la derecha. La fama de la ciudad no tardó en confirmarse con la totalidad de ciudadanos y negocios de origen árabe mientras callejeábamos hacia la Porte d´Aix, recordando y disfrutando a lo largo de la misma de nuestro viaje a Marrakech.

Ya casi llegando al mar me quedé prendado al girar mi cabeza y descubrir lo que había al final de una calle llena de obras y furgonetas de reparto. Se trataba de la Catedral de Marsella, concretamente la parte trasera o cabecera de la conocida como La Major. La bordeamos por la derecha, dando al puerto, y nos introdujimos en su interior.

El barrio de al lado es ese de muchas ciudades que era olvidado y recientemente tenido en cuenta, un típico soho de restaurantes alternativos, talleres originales y pintadas artísticas, todo combinado con yonkis y descampados. La cosa es que accedimos a él en busca de comida, pero descubrimos que en Francia, por muy al sur que estés, se come a horario guiri (me recuerda a Génova). Acompañados por los retortijones, y tras buscar cerca del MuCEM (Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo), terminamos almorzando perrito caliente y en lo último que quedaba abierto. Y porque hablo portugués...

El Fort Saint-Jean es más bien pequeño, pero aún así hicimos eso de salir por un lado de la plaza central y aparecer por otro repetidas veces, hasta por fin recorrernos todo el laberinto creado en nuestras mentes. Tanto la torre del propio fuerte como la parte superior del museo al que se llega por un puente metálico ofrecen vistas del puerto, la fortaleza de enfrente y Notre-Dame en las alturas.

Dejando a izquierda y derecha la iglesia de Saint-Laurence y una estatua de dudoso significado respectivamente, terminamos por bajar al puerto. Paseando por el lateral norte y pasando por la noria, encaramos la calle o avenida de Canebière, por fin una zona no tan desierta como el resto. No sólo que había muchas tiendas y transeuntes, sino que con sólo meterse por una calle perpendicular se aparecía en esa frustrada aspiración a medina quedada en un gueto sin más. Si en sus países y ciudades de origen tienen su encanto, en Europa es la enésima confirmación de su falta de respeto e integración. Plazoletas llenas de puestecillos, basura por el suelo, gritos y mal olor.

El lado positivo de aquello era que, tras hacer unas compras en un supermercado ecológico, aprovechamos esa falta de adaptación de los moros a los horarios franceses para cenar un decente kevap al lado de la Porte d´Aix y cercanos al hotel. Tenían hasta un compi para atender en español, el cual se llevó las manos a la cabeza cuando le pregunté si lo de una foto de la carta era cerdo. No, encima tengo que ser yo quien esté pendiente de sus costumbres, ¡no te digo!

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19 de octubre de 2018

Ciudad Real y Almagro

La vida me gusta tranquila y ordenada, lo cual no descarta planes repentinos o de última hora. Eso sí, no me encuentro a gusto entre el sí y el no. Esta vez me decidí por el sí y aparecí en la estación de tren de Ciudad Real sobre las diez y media de la mañana. Un zumo de naranja y limón tras mi desayuno tempranero y para el centro.

La ciudad estaba desierta, no sé si por ser fin de semana o por ser castellana-manchega si más. Sólo al llegar al centro empezaba a haber cierta actividad. La Plaza Mayor está presidida por el ayuntamiento y sus cuatro cristaleras puntiagudas. En el lado opuesto está la estatua de Alfonso X el Sabio tras los chorros de una fuente y la Casa del Arco con su reloj carillón y las figuras autómatas (me recuerdan a los videojuegos "Final Fantasy VIII" y "Syberia", así como al libro "Las Luces de Septiembre") de Miguel de Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza.

Echamos una muy buena mañana en busca de iglesia y catedral; debatiendo y compartiendo temas e informaciones diversas. Hicimos un poco de teatro para hacerle fotos a unos abuelos sin que se dieran cuenta, preguntamos a la policía por un monumento que teníamos al lado y discernimos sobre los niños que mean en los árboles. En la iglesia de San Pedro pudimos entrar en mitad de una misa; en la catedral no, pero rodeamos la plaza entre los invitados de una boda recién terminada la ceremonia.

Estuvimos un rato al lado del coche esperando que dieran las dos para evitar multa, hora que coincidía con la reserva en el "Carmen Carmen Resto-Bar". Decoración original, camareros con tirantes (ellas también), planta baja, sótano y patio interior, carta más que decente y precio final desconocido por mi parte (¡gracias por la elección, reserva e invitación!). Le vi el pito a un abuelo porque el cuarto de baño tenía roto el pestillo.

Tras acercarnos a la Puerta de Toledo para echarle un ojo nos dirigimos por los campos de Castilla, entre tractores y bicicletas, al cercano pueblo de Almagro. Esta vez atravesamos una boda rimbombante, de mucho continente y poco contenido, hasta llegar a la Plaza Mayor. El Corral de Comedias fue fácil de encontrar siguiendo a las multitudes y, entre la discapacidad del visitante y el estrés de la recepcionista, dentro que nos plantamos. Lo esperaba más grande en cuanto a longitud y anchura, pero lo compensaban las dos plantas superiores. Mientras un guía de poca monta contaba la historia de forma soporífera y monótona aprovechamos para echar fotografías.

Nos echaron porque iba a comezar una obra de teatro y nos sentamos en el barecillo de al lado a tomar agua con gas (la sin gas fue usada para refrescar el suelo) y té verde respectivamente (dando por hecho que primero cito a la tercera persona y luego a la primera que está aquí narrando). La intuida estafa de ir al baño cuando realmente era a pagar (no había ni baño) continúo con un paseo entre silenciosas callejuelas con casitas blancas de las que las abuelas sacan las sillas para refrescarse cuando se está yendo el sol.

Después de seguir a una mujer pasota a la que le preguntamos desorientados, descartando el Parador Nacional mas parándonos a mirar por la cristalera un elegante hotel pensando que era él, dedicamos la vuelta a la capital intercambiando ideas y aspiraciones vitales al anochecer.

Once horas que pasaron volando sirvieron para quitar sospechas y dudas de un solo plumazo, más allá de que ahora esté usando bolígrafo y en breve teclado. El tiempo es oro y en qué invertirlo es clave. No sé cómo lo haría en el Banco de España, pero en esta ocasión me forré. Counting down the days!

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23 de septiembre de 2018

Palacio Episcopal

Una de esas mañanas ya cercanas al otoño, pero en las que aún el sol pega con dureza, fui a visitar este histórico edificio malagueño. Construido en el siglo XVIII y reconstruido y rehabilitado en épocas posteriores, se encuentra en el mismo centro de la ciudad, en la Plaza del Obispo y junto a la Catedral de Málaga.

Hay dos zonas al aire libre: un patio al que se accede nada más entrar, más cerrada y menos luminosa; un jardín más al aire libre y con su fuente y árboles. Este último especialmente tranquilo y silencioso a pesar de la cantidad de gente que circunda el entorno. También es un reciento abierto, lógicamente, la cubierta de la catedral, a la que se puede subir comprando la entrada en el mismo palacio.

En la planta baja puede visitarse la exposición permanente del Museo Diocesano del Arte Sacro de Málaga, mientras que en la primera están las exposiciones temporales, siendo la de Francisco Buiza la que yo vi. Todo ello valorando y disfrutando la escalera imperial, cuya subida termina frente a la entrada de la bonita capilla.

Ya a la hora de comer y fuera del palacio visité el museo o sala de exposiciones recientemente abierto Ifergan Colleccion, situado en una paralela trasera al Mercado Central. Es pequeño y coqueto, pero tiene mucho que ofrecer en lo referido a historia y arte, rematando la oferta con un porcentaje de descuento en el restaurante de al lado (Snack Jerusalem) y, posiblemente, del mismo dueño. Ofrece comida mediterránea y especialmente judía de buen sabor y precio, con unos cuadros temáticos que merecen que se les eche un vistazo.

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7 de septiembre de 2018

Estambul (5)

Cuanto más sabes o conoces de la ciudad más lugares te vas apuntando para visitar. En esta lista, aparte del Palacio de Dolmabahce, había varios museos que me causaban cierto interés, como el Museo Arqueológico, el Museo de Arte Turco e Islámico o el Museo de Arte Moderno. De todas formas, si el día anterior preferí innovar e irme a Uskudar, en esta ocasión me atraía visitar las Islas Príncipe de las que me enteré de su existencia de refilón.

Elegí de forma prácticamente aleatoria, entre las cuatro islas pobladas de las ocho existentes, la de Heybeliada. El viaje en ferry es de una hora y media, llamándome la atención el hombre que lo recorría con su bandeja de zumos de naranja e infusiones entre viajeros, pasillos y meneos de la navegación. Pero el verdadero espectáculo era el de otro hombre que ponía su mesita ante todas las bancas para llevar a cabo la demostración de lo maravilloso que era su pelador de frutas y verduras. Cada vez sacaba una más grande de la bolsa y la cortaba a la voz de "¡¡¡ooohhh!!!" como exclamación de sorpresa. El público, lejos de ignorarlo o aburrise, respondía con el mismo grito de admiración e incluso aplaudía. Y no sólo eso, sino que cuando terminó su exhibición más de la mitad del pasaje se acercó a comprarle el producto.

Nada más bajarme di con una tiendecilla callejera del que colgaban decenas de lo que precisamente quería comprar para dos personas en particular y a precios de risa respecto a la ciudad. Comencé la visita a la isla en sentido opuesto a la agujas del reloj y pagando por entrar en un parque natural. A la izquierda eran todos pinos y a la derecha áreas de sol y sombra a donde llevarse el tape y echar el día.

Disfrutando de las muy bonitas vistas al mar, las islas de alrededor e incluso de Estambul a lo lejos (sobre todo la parte asiática) comencé a colarme entre coloridas construcciones otomanas. A pesar del turismo, este sólo deambulaba por la calle principal o central, surgiendo de ella cuestas con más casitas y tranquilidad. Llegué a una bifurcación en la que un perro (de los grandes, como todos los de allí) aprovechaba su puesto de sombra, comida y agua.

Terminé dando con lo que parecía un cuartel militar y terminó siendo un colegio/instituto. Había rodeado la parte noreste de la isla y me senté a almorzar en la zona del puerto donde desembarqué. Tras echarle un ojo al mapa, me lancé a darle la vuelta a la otra parte de Heybeliada recién comida una hamburguesa y bajo el solano de las tres de la tarde, esta vez sí en la dirección de las agujas del reloj. Por aquí había menos turismo (aparte de los que iban en los alocados carromatos de caballo) y más viajeros con ganas de trabajar piernas de lo lindo.

Durante la considerable caminata que me di (de antemano y en el móvil me parecía más ligerita) pasé por al lado de una playa de acceso privado con guiris/chusmones tumbados vuelta y vuelta con multitud de yates y veleros anclados frente a ellos. Continué cruzándome o adelantando a algún que otro grupo de aventureros hasta llegar a un asentamiento de caserones destartalados, con una pared de cemento, otra de madera y un techo de uralita. Allí es donde parecían vivir tanto los caballos como los dueños/conductores de los autos locos que rodeaban toda la isla con turistas del montón.

Con la botella de agua más que vacía y mi estado físico en alarma continué mi senderismo siempre acompañado por las chicharras. Por suerte, fui precavido y llevaba gorra y gafas de sol, lo que me permitió alcanzar la zona otomana, bajar esta hacia el puerto, echar un rato a la sombra, aguantar al vendedor del pelador de frutas y verduras y plantarme en tierra firme y continental.

Adelanté a un trío sospechoso en una escalinata que me encantó (ironía OFF), atravesé por enésima y última vez Taksim y bajé hasta el hotel. Allí, supercansado, tumbado y mirando al techo, me animé a convertir aquel punto y final en un punto y aparte, no terminando el viaje aún. Así, con mis ansias de ver sitios nuevos y aprovechar el tiempo, continué descansando durante veinte o treinta minutos sentado en un taxi a través de la megalópolis. El modo "Outrun" ya citado en mi primera entrada sobre Estambul se convirtió en barrios de cuestones y callejones tras cruzar el Cuerno de Oro. El taxista tuvo que preguntar un par de veces hasta llegar al bistró de Pierre Loti, nombre y estética que me retrotrajeron a la primera localización tras la intro de Broken Sword, pero sin templarios, payasos o explosiones. Una larga fila de mesitas con mantel de cuadros blancos y rojos para tomar cafés e infusiones al anochecer.

Rápidamente huí del mirador de abajo y de mi misma faz tras foto que pedí que me hicieran. La bajada era otro mundo; el de los muertos concretamente. Más silencioso y relajado anduve a través del cementerio. Nunca había estado en uno musulmán, sin cruces pero con muchas flores sobre las tumbas. También se podía considerar el hábitat de los gatos, muy dispuestos y acostumbrados a ser fotografiados con lo que tenía allí colgado. Me inventaba e imaginaba una película de Disney donde las decenas de gatos que vivían en el cementerio hablaban y comentaban sus historietas hasta que ocurría lo inesperado. Resulta que acabo de poner en Google "la ciudad de los gatos" y... ¡sorpresa! Lo primero que me aparece es "ESTAMBUL, la ciudad de los gatos". En fin, quizá hasta me denuncie Pérez-Reverte por esto de humanizar animales urbanos o de compañía.

Desemboqué en la concurrida plaza de Eyup, mismo nombre del cementerio y de la mezquita que se encuentra en ella y, en general, de todo el barrio o distrito. Y ahí terminó mi viaje, entre el taxi que me llevó esa noche al hotel y el que me recogió a la mañana siguiente en el mismo. Un viaje en el que no se cumplió el primer plan que tenía (o más bien, que no tenía) en mi cabeza ni me acompañó la persona que deseaba (y que también tenía en ella). Nada de esto implica que el viaje haya sido un fracaso, sino, más bien, todo lo contrario. Sólo toca cambiar el punto de vista o perspectiva para valorar la ciudad extranjera en la que más tiempo he estado, más kilómetros he recorrido y más cantidad y variedad de sitios he visitado. Con todo esto la incluyo en el Top10, e incluso Top5, de mis ciudades preferidas y en las que no me importaría vivir. La próxima vez me llevo a Chuky.

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31 de agosto de 2018

Estambul (4)

A poco de alejarme de Taksim hacia el norte todo estaba más calmado, dando ejemplo de ello el Macka Park (también Demokracy Park). Nada más entrar me crucé con un grupo de jardineros cargados de utensilios y manos a la obra, y es que los parques de la ciudad están muy cuidados. Este es alargado y ligeramente inclinado, con zonas tanto de esparcimiento y relax como de recreo infantil. Me hicieron gracia las fuentes grandes y circulares, situadas en cascada una respecto a las otras, donde los niños disfrutaban como si de piscinas se tratara. Quién diría que hace año y medio hubo un atentado allí, con policías y civiles como víctimas mortales.

Dirigiéndome hacia el nivel del mar dejé a mi derecha el estadio del Besiktas, uno de los principales  equipos de fútbol de Estambul junto al Galatasaray y el Fenerbahce. Con "sólo" cruzar la carretera de la costa (hay que poner en riesgo la integridad física) me planté bajo/ante la Torre del Reloj perteneciente y precedente al Palacio de Dolmabahce. Con el mismo nombre del palacio y su torre también se encuentra la mezquita adyacente. Por suerte, no eran mis objetivos del día, pues me apetecía algo diferente a taquillas, colas y esperas.

Mi plan era pisar Asia por primera vez en mi vida, para lo que fui a la terminal de ferris de Kabatas. Me dijeron que allí era para las Islas Príncipe, que para Uskudar (la parte asiática de Estambul) partían desde el otro lado del palacio. Hacia allí me dirigí, con una pared muy continuada y con plantas colgantes a mi izquierda y el Museo Marítimo a mi derecha. Uhm... Eso de Islas Príncipe se me quedó archivado y pendiente de consulta.

Tras disfrutar la sensación de poner pie en suelo asiático continué, como comencé la mañana, caminando hacia el norte pero desde el otro lado del Estrecho del Bósforo. Y sí que había camino, mas me hacía masoca al andar. Mientras me pasaban continuamente taxis y autobuses por un lado y calles muy brasileñas por el otro. Sí, de esas en las que las aceras están al mismo nivel que la calzada empedrada, todo con casas coloridas y árboles frondosos. Me entraron ganas de bailar samba como Bobobo (vean la imagen en Google). ¡Ay! Los efectos de patearme Estambul bajo el sol del  mediodía...

Todavía quedaba mas de una hora para el cierre del Palacio Beylerbeyi, aprovechando pues para almorzar en un pequeño muelle o embarcadero. Me pedí un lomo de salmón fresco y recién hecho; vuelta y vuelta y al plato. ¡Salmón sí, siempre salmón! Un lujazo viendo los barcos pasarme por al lado, el otro lado de la ciudad y el enorme puente que acababa de atravesar por un túnel semiartísticamente decorado.

Los jardines del palacio son sosegados, invitando a sentarse a leer como hacía una mujer o a tomarse un café como hacían dos hombres, todo con no más sonido que el del chorro de una fuente de la terraza. Entre monumentos llamativos y estatuas de animales se descubre un portón metálico que da directamente al mar. Aparte de que se le da una capa de pintura cada dos por tres, porque estaría oxidado si no, dibuja en la mente la escena de un burgués poniendo pie en tierra mientras un plebeyo le da la bienvenida y la mano al bajar.

El parque continúa a distintos niveles de altura cual plantación de arroz. Yo, como diría el padre de Bobobo, pasé por al lado de un "prohibido el paso" pelillos a la mar (continuaba con pelo y estaba al lado del mar). Si había poca gente abajo, aún menos arriba. Entre estanques iba fotografiando plantitas y florecitas hasta que se me acercó un policía, desde un grupo de ellos con mirada de malas pulgas, a revisar mis últimas imágenes tomadas y a decirme que me largara. De hecho, hay un protocolo de actuación antirrerorista en la policía turca que dice: - ¡Nos fotografían flores, señor! - Pues revisad cámaras o algo, por Dios!

Entré a echarle un ojo al área recreativa que se encuentra justo al lado del palacio, fotografiando a niños lanzándose al agua como locos e intentando entender lo que me decía un simpático y alegre hombre en turco (¿para qué lo intenté?). Tras ello, di por supuesto que todos los autobuses iban hacia el centro de Uskudar, desde donde comencé la ida. Crucé los dedos para que me quedara dinero en la tarjeta de transporte urbano y poder hacer la vuelta. Todo salió bien.

Cerca de la plaza central, entre supermercados, mezquitas y barcos que vienen y van se encuentra el mercado. Unas terracitas por fuera y conversaciones de puesto a puesto en el interior. Pequeño, coqueto y de barrio. Me compré una mochila de la tan de moda marca Fjallraven. Creo recordar que estaba a unos irresistibles 10€ pero, mientras buscaba monedas en mi cartera, el hombre me dijo que venga, que con 5€ era suficiente. Por lo visto no hay ni que regatear, sino que te rebajan porque sí, sin decirles nada. Creo que salí de allí reflexionando sobre la diferencia de turcos y moros que de Santa Sofía o la Mezquita Azul...

En los alrededores del mercado me crucé con lo que ya era la repanocha. Un puestecito clavado sobre la hierba, con su techo para dar sombra y su comedero y bebedero. Tenía los logos de Uskudar, imágenes de perros y gatos y una frase que venía a decir: "Pequeños amigos; buenos amigos". Delante y a la sombra, un precioso gato callejero sobando en plena siesta (una de las mil que hacen a lo largo del día).

Me zambullí en pleno distrito a sumergirme en su día a día, dejando una línea de bares donde todo el mundo veía el mundial a mi izquierda, comenzando a subir cuestas y más cuestas, con sol y más sol. Las casas otomanas se mezclaban con bloques de los sesenta o setenta, con tiendas, colegios e incluso pequeñas mezquitas e incluso cementerios de por medio. Ya a la vuelta y cuesta abajo, tras atravesar mercadillos callejeros cubiertos con lonas y merendar una de esas tremendas pizzas alargadas tipo turco, presencié una llamativa escena.

En una plaza/parque considerablemente grande y arbolada escuchaba un tumulto y murmullo conforme cruzaba. Resultó ser una pelea entre mujeres intentando matarse literalmente, con patadas y puñetazos a la cara intercalados con tirones de pelo. Un grupo también de mujeres, supongo que de uno y otro bando, no llegué a saber si intentaban separarlas, animarlas o incluso participar. A pesar de que la gente miraba, tampoco es que estuviera especialmente sorprendida. Parece que allí hacen eso en plena calle, no sólo de puertas hacia adentro como más de una vez he vivido personalmente en mi país.

También lo digo una y otra vez: bloques no muy altos y sin tiendas son mi predilección y debilidad para vivir. Hojas callendo por los balcones, gorriones piando de rama en rama, paredes llenas de sencillos mosaicos y un coche de higo a breva. Otro barrio a apuntar en mi lista de "A donde me mudaré en esta vida o en las posteriores" y desembocando en pleno paseo marítimo, todo un plus.

Entre chiringuito y chiringuito no había arena, sino cuatro o cinco escalones de cemento dando a las rocas y al mar. Empezaba a concentrarse gente por allí, con lo que me apresuré a pillar sitio. Mientra me tomaba con lentitud y calma la infusión que me acababan de traer, iba combinando ratos de fotografiar con otros de pleno relax, mirando a la preciosa Torre de la Doncella (o también de Leandro) en primer plano y a todo el lado europeo de Estambul de fondo. El sol se iba poniendo, la escena tendía a cálida y yo venga a disfrutar como "cuando en tu mente no hay más que lo que ves".

Igual que por la mañana caminé en paralelo al mar hacia el norte desde el muelle, esta vez lo hacía hacia él. Si la ida fue en barco, la vuelta fue a través del túnel submarino más hondo del mundo y por donde pasa el relativamente moderno y nuevo Marmary (Marmara + Ray). Durante travesía salió de un joven que iba con sus amigos el orientarme por las mil vías, paradas, escaleras mecánicas y demás. No recuerdo si sirio o irani, la mar de simpático y agradable, por lo que le di mi número de móvil cuando me lo pidió. Pero, claro, cambiando uno de los números. ¡Nunca te fíes de lo que dice el Tato, que escuchó el Luiii que vio el Mortadelo!

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25 de agosto de 2018

Estambul (3)

En la mañana del tercer día me planté en la Cisterna de la Basílica, el más grande de los aproximadamente sesenta almacenes subterráneos de agua de la ciudad. Por lo visto fue construido hace siglos para asegurarse de tener recursos hídricos más allá de presas y embalses a la vista de los enemigos. No sé si es que no lo han terminado aún o que estaba en obras, pero es un tema que cansa y aburre, sobre todo en plena época turística.

Nada más bajar las escaleras me encontré un hombre, con un disfraz poligonero para despedida de soltero y ofreciendo, sobre todo a los niños, una foto con él. Me recordaba a reyes o pajes navideños en El Corte Inglés, pero con menos clase; o, mejor aún, a las Cuevas de Nerja. Perdón, pero me lo perdí en el modulillo que estudié, ¿qué gracia tiene hacer fotografías a turistas con flashazos en la cara en tenebrosas y oscuras cuevas subterráneas? Pasemos página...

Decenas o cientos de columnas a las que el agua a penas cubría un palmo y entre las cuales había una pasarela para la visita. Luz tenue y cálida para las que se necesitaría trípode y paciencia, de lo que carecía entre "selfies" de pavas, por lo que no he subido fotos de allí. Al final del camino había una profunda cuba con agua donde carpas y/o barbos parecían disfrutar del chorro que les caía. Las dos últimas columnas tienen en la base la grabada cara de Medusa, de forma tumbada y ladeada o bocabajo por temas griegos y gorgonas.

Por la misma avenida pasa el tranvía, siguiendo yo esta vez sus raíles hacia el oeste y encontrándome en el Gran Bazar. Esta vez lo hacía al revés, comenzando por la parte superior y apareciendo por la parte inferior, siempre bajo la atenta mirada del Ojo de Fátima a la enésima potencia.Ya fuera del mercado como tal, pero casi aún más hervidero de personas para acá y para allá, paré a almorzar. La importancia de este hecho fue el pedirme de postre, tras preguntarle a uno de los camareros qué era y qué hacía la máquina que tenía enfrente, un delicioso "ayran" o yogur turco.

En la sobremesa transité por calles con más sombra y silencio, a paso lento y cuesta arriba. Esto de cuesta arriba o abajo lo cito mucho, pero es que se quedan realmente marcadas en cuerpo y mente (sobre todo en lo primero). Creí que me había perdido, pero al mirar Google Maps comprobé que no, que estaba muy cerca de lo que buscaba; la Mezquita de Süleymaniye (Suleiman para los amigos).

Digo de antemano que fue el monumento que más me gustó de todo el viaje. A pesar de ser recomendado en toda guía turística y relativamente cercano a zonas masificadas como el Gran Bazar y el Bazar de las Especias, había muy poca gente. Citar también que, a poco de alejarse de la mezquita, es visible desde cualquier punto de la ciudad. Ello también implica, y desde el punto de vista opuesto, ofrecer vistas espectaculares. Y es en lo primero que me centré.

La mezquita está rodeada de césped (perdón, estoy acostumbrado a Málaga) o, más bien hierba cuidada y cortada sin más, donde había familias con niños, viajeros más que turista y creyentes lavándose/secándose los pies. Todo muy disperso y diseminado, un aire de tranquilidad y calma. Un japonés revisando a la sombra las últimas fotos tomadas por su cámara y su cañón-obús, un grupo de aparentemente la misma nacionalidad uniformados y de charla y un perro de los grandes presidiendo una de las entradas/salidas del patio de la mezquita. Destacar que estos perros que abundan por la ciudad, lejos de estar a la mano de Dios (Alá en este caso), tienen una chapa en la oreja. Investigando por la red de redes, resulta que no los cogen y los matan en masa en las perreras, sino que los recogen, los castran, los vacunan e incluso los curan, dejándolos de nuevo en las calles pero bajo control. Ojalá fuera así en España. Ya hablaré también de los gatos... ¡Viven como reyes!

En el interior de la mezquita no había obras, ¡aleluya! (ups, término cristiano que no pega por allí). Lejos de la Mezquita Azul, no tanto en distancia como en ambiente, y fuera de la zona de rezo como tal, había personas tiradas por las alfombras reflexionando o leyendo, absorbiendo y a la vez transmitiendo un máximo relax. Experiencia fotosintética muy recomendable.

El diccionario de la RAE, el cual consulto a menudo de forma cibernética, me acaba de explicar que la palabra "chusma" no sólo es ese tipo de persona que abunda en mi ciudad en su Seat León negro, tuneado y con "chimpún", sino que es sinónimo de, entre otras palabras, de tumulto o multitud. Y aquí es donde me iba inmiscuyendo conforme me acercaba al Puente de los Pescadores, todo muy estilo Matrix (una escena muy recurrente para mí) mas sin cruzarme con la chica angelical que veinticuatro horas atrás rompió mi corazón y, sólo temporalmente, mi respiración. Y es que es lo que dice mi amigo Juan: ¡es ahora o nunca!

Los escalones bohemios, artísticos y alternativos que bajé en mi día de exploración los subía ahora con un destino concreto: la Torre de Gálata. Qué decir de la cola que le daba casi la vuelta a esa construcción que hace tiempo era de madera y ahora de hormigón.  Como en toda torre, hay que darle la vuelta en las alturas con turistas que no se mueven o que te meten prisa. Las fotografías pro que aparecen en medios físicos o digitales son hechas por personas que viven en la ciudad de turno, que van expresamente para ello o que tienen mucha paciencia y/o tiempo. Yo no suelo cumplir ninguno de los requisitos en mis viajes. Mas allá de lo relacionado con las lujosas y exclusivas vistas, había restaurante, bar y una madre con su hijo e hija, hablando entre ellos de forma aleatoria en español, ingles y otro que no capté (tenían pinta de la India o alrededores). La madre, cuarentañera y atractiva, fue quien me hizo esa foto en la que siempre salgo como el c*** (rellene usted mismo, querido lector, este muy poco arriesgado ahorcado).

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14 de agosto de 2018

Estambul (2)



Retomando mi entrada anterior y tomando el metro en Taksim, llegó un momento en el que aparecí en superficie cruzando el Cuerno de Oro y comenzando a subir en modo tranvía la cuesta por la que pausé y ahora continúo mis escritos.

Con buena planta y cara me dispuse a visitar tres de las joyas de la ciudad. Comencé con la Basílica de Santa Sofía que, si ya era imponente por fuera, qué decir por dentro. La construcción cristiana y su posterior tuneo musulmán terminaron dando esa maravilla en la que me encontraba. No suelo ponerme a dar datos históricos o arquitectónicos porque, como digo siempre, ahí está la Wikipedia. Lo que no dice esta es la pesadez de los turistas alienados, desde chinos sonrientes sin saber ni donde están hasta chicas pavas poniendo poses que no pegan ni con cola.

Tampoco avisa la Wikipedia de que me iba a encontrar gran parte del monumento en restauración, fastidiando en parte tanto la visión en directo como las fotografías. Hay una primera planta por la que se puede bordear y casi rodear completamente la estancia. Me creí el original de turno tomando fotos de la Mezquita Azul a través de una pequeña ventana, pero a la vuelta me llevé un sopapo al comprobar por redes sociales que no era tan poco común. Tsss, tranquilidad, la excepción que confirma la regla; que soy un crack.

Una vez fuera me coloqué en la fuente central del limpio y cuidado parque para fotografías de minaretes por aquí y por allá, muy en modo Pi. Pero sin horas de retoque posterior, pues tras los viajes sólo doy ligero lavado de cara a las centenas seleccionadas. Aproveché que tenía que esperar un rato a que terminaran los rezos para sentarme en el suelo a la sombra y a descansar.

Para entrar en la mezquita hay que quitarse los zapatos para andar por su interior sobre infinidad de alfombras. Siempre hay una línea a partir de la cual sólo pueden o deben pasar los que van a rezar. Sólo pasaban hombres, pues las mujeres tienen en la parte trasera donde hacerlo escondidas/ocultas. Se llama Mezquita Azul, pero también abundan colores que tienden al rojo. Todo una maravilla salvo que, efectivamente, también estaba en obras. Esto, entre otras cosas, limitaba la entrada de luz natural y, por tanto, quitaba vida a los mosaicos.

Esperar, esquivar ineptos, arrancar y parar cada dos pasos para fotografiar termina por cargar piernas y hombros, necesitando otro descanso en la sombra. Esta vez en el parque pero más cercano a la Fuente Alemana, disfrutando de un par de hamburguesas llenas de especias semipicantes, compradas en un puestecillo y en el que, adelanto, al día siguiente repetí.

Antes de entrar en el Palacio de Topkapi como tal hay unos parques y jardines con sus caminitos bien marcados. Aparte de un museo al que descarté entrar por la inoperancia de la mujer de la taquilla frente a los turistas que me precedían, me desvié ligeramente  para visitar la iglesia de Santa Irene. El jardín interior con las puertas cerradas y el interior como tal absolutamente vacío, no pudiéndose disfrutar ni de la cúpula por una redecilla de protección. Por muy barata que sea la lira respecto al euro, ¿cómo se atreven a cobrar por un lugar en el que sólo se está dos o tres minutos porque no hay nada que ver? Además, la de la ventanilla me recordó a la que cobraba por mear/cagar en la estación de autobuses de Esauira; desagradable y sosa.

De nuevo con mis más o menos alocados parecidos razonables de viajes recientes. En primer lugar la entrada al palacio me recordó a la del Castillo de Vajdahunyad de Budapest, pero mejorada por la no presencia del mal personificado. En segundo lugar la desesperante e interminable cola para hacerse con la entrada del palacio, acercándose a la del Jardín Majorelle de Marrakech, pero sin la compañía que acortó aquella espera diurna así como la nocturna. La cara y la cruz de mi sexo opuesto.

Tras estos dimes y diretes conmigo mismo, tanto negativos como positivos respectivamente, paso a resumir el palacio como tal. Se trata de un gran área al aire libre con plantas y árboles, fuentes para adornar y otras para refrescarse/beber. Todo está rodeado por habitaciones y estancias a modo de museo. Exposiciones de prendas, muebles, armas y todo lo relacionado con historia turca/estambulí. También estaba la opción del "hamman" o baño turco, pero la entrada que me compré no lo incluía aunque mi cuerpo bien que lo necesitaba. ¡Más no sólo el cuerno es oro sino que el tiempo aún más!

Al lado del palacio, y ya en espacio público, está el Parque Gülhane que, si bien es zona superturística, en él lo que abundaban eran familias con niños y parejas con tonteo, todo entra estatuas de mayor o menor gusto, fuentes, pérgolas y mucha sombra. En la parte de más abajo ya no hay casi nadie y, callejeando entre cuartel y comisaría, fui en paralelo a las vías hasta llegar a la estación de tren, esta vez atravesándola e informándome de que fue inaugurada como la terminal del Orient Express.

Esta vez no paré aquí, sino que continué hasta el muy concurrido estuario, donde muchas personas se relajaban sentadas con las piernas colgando sobre el agua mientras otras entraban o salían de barcos para turistas o ciudadanos. Lo completaban kiosqueros vendiendo maíz a voces y gatos exigiendo pescado con malas pulgas (ellos, no el pescado).

Las otras tres veces que atravesé el puente (taxi, metro y a pie) daba por hecho que no era más que de paso para transeúntes y de trabajo para pescadores. Sin embargo, ahora que iba acercándome en ángulo de noventa grados, me llevé la sorpresa de que en la parte de abajo había dos pasillos laterales entre los que había decenas de restaurantes abarrotados y ofreciendo pescado fresco.

Un encuentro de miradas de un segundo en un reloj; más de mil años para olvidar lo que ocurrió. Ella andaba y yo la seguía; yo paraba y ella me adelantaba. En el corazón punzadas y latidos que aumentaban. Nos entrelazábamos entre la gente, nos volvíamos a buscar. Nos perdimos en la muchedumbre; todo se quedó atrás. Quizá nada, sólo fantasía. Mucho espacio por liberar; muchas heridas que curar. Echado en la ventanilla y reflexionando en el cristal. Descansar para cenar; dormir para soñar.

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7 de agosto de 2018

Estambul (1)

El traslado del aeropuerto al hotel comenzó por una casi interminable carretear/avenida con decenas de puentes para peatones sobre ella. Estilo "Outrun", cambiaba de repente (pero no la música), circulando por curvas y cuestas que se iban combinando entre colinas masificadas de bloques cubiertos de antenas y la luz cálida del anochecer. Una vez soltado el equipaje en la habitación salí en busca de cena con dos almerienses que acababa de conocer. Rodeamos la cercana y céntrica Plaza Taksim, atravesando una feria de no sé qué temática y decidímonos por un restaurante al principio de la caótica calle Istiklal.

Ya por la mañana y después de medio resolver temas médicos y burocráticos en la quinta planta de un edificio de cierto toque futurista me dispuse a encarar la enorme Estambul en modo exploración y avanzadilla respecto al resto de la semana. El comienzo fue donde lo dejé, pasando por esa larga avenida de tiendas de todo tipo y entrando en una perpendicular y saliendo por la siguiente. Más de una hora después me desvié a la altura de la estación de metro de Sishane.

Estaba en una zona más tranquila y menos transitada, de toque bohemio y artístico, con tiendas particulares, galerías de arte y teterías a la sombra, desembocando todo en la Torre Gálata y su habitual cola alrededor. Fui descendiendo por cuestas escalonadas hasta terminar en el Cuerno de Oro y el Puente de los Pescadores. Y el nombre de este último no es turístico o histórico sin más, pues todo el lado derecho estaba lleno de hombres concentrados en su tarea entre cañas, hilos y artilugios variados.

Relativamentte cerca hay otro puente más reciente y ambos, como toda la ciudad, empapelados con la cara de Erdogan. Ya en el lado sur me costó un rato atravesar la alocada avenida, y era por un también masificado y con tiendas túnel subterráneo. Lo más cercano a visitar una vez en superficie era el Bazar de las Especias (también llamado Bazar Egipcio). En su interior bonito y ordenado descubrí que tiene forma de L. En el exterior y en su parte de 90 grados hay un mercadillo de pájaros, peces, etc.

Tanto por el puente como en el bazar comencé a descubrir que no todos los musulmanes son moros o, al menos, no del mismo tipo. A lo largo de mi estancia en Estambul fui confirmado que los turcos son mucho más civilizados, educados y avanzados que los marroquíes. Lo primero que me llamó la atención (no podía ser de otra forma) es que a la hora de hacer fotos en las que salieran no gritaban o ponían la mano delante de la cámara haciendo aspavientos, sino que incluso sonreían o hacían alguna gracieta.

Conforme subía, las calles se iban despejando de turistas y eran más de barrio, con sus tiendas de lencería, costura y demás. De todas formas, no tuve más que preguntar un par de veces para introducirme en el Gran Bazar. El tener las decenas o cientos de calles en paralelo o perpendicular no llega a ser tan laberíntico como una medina, pero también es fácil perderse en él. En cualquier caso, las compras no eran mi interés y, salvo alguna que otra parada en lámparas de colores y juegos de tetera y vasos, terminé por atravesarlo y aparecer en la Plaza Beyazit, donde destacan la universidad politécnica y la torre. Esta última, además de tener el mismo nombre que la plaza, fue construida para temas de incendios y ahora adaptada también para telecomunicaciones.

A partir de ahí, en vez de girar a la izquierda hacia los dos monumentos más famosos de la ciudad como hacía todo el mundo, continué recto y todo cuesta abajo hacia el mar. Toda esta zona es estambulí de pura cepa. Sorprendente que tan cercano a puntos turísticos hubiera tanta diferencia, siendo yo el único al que miraba el mecánico mientras arreglaba un coche o el transportista mientras descargaba una furgoneta.

Entre preciosas e inesperadas casas de estilo otomano y niños jugando o abuelos echando el rato anduve en paralelo a carretera y paseo marítimo, me volví a introducir en la urbe para encarar el Hipódromo de Constantinopla. Ya no funciona como tal, siendo más bien un parque de forma alargada por el que se van dejando a la derecha la Mezquita Azul y la Basílica de Santa Sofía, terminando el trío en el Palacio de Topkapi

Soy consciente de las expectativas generadas, pero la descripción de estos tres monumentos queda para mi próxima entrada. Después de los bien calculados 6,5 kilómetros de esta "ligera internada" por Estambul, Constantinopla, Bizancio o como los próximos le quieran poner, yo me limité a bajar por una calle serpenteante y a la par del tranvía para coger un taxi frente a la estación de tren

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5 de agosto de 2018

Mijas

El tener dos nuevas mascotas tecnológicas coincidiendo con el sexto mesiversario de mi libertad motiva e invita a sacarlas a pasear lo antes posible. Y así fue lo que hice, aunque sin caer en que era el primer viernes de agosto, estando bloqueada con atasco la autovía A7, dándome la vuelta para tomar la del Valle del Guadalhorce y salirme de ella justo antes de convertirse en carretera nacional.

Me gustan mucho las zonas o lugares que llevan en su nombre la palabra "nacional", como carretera, parque, parador, etc. Creo que dan un toque chirriante a los subconscientes podemitas. Eso sí, el Yellowstone National Park con Yogui, Bubu y el Guardabosques es muy gracioso. Eso si las nuevas generaciones saben algo de lo que estoy hablando/escribiendo más allá de escupir mierda en redes sociales. Ese típico "no lo cuento, lo hago" que me hace tanta gracia de Goyo Jiménez no merecería la pena en esta ocasión.

Para rematar con punto y aparte la temática del párrafo anterior, indicar que la carretera comienza en Villafranco de Guadalhorce. Si bien ya había una carretera, esta ha sido puesta en paralelo para mejorar supuestamente la conducción, pero destrozando campo y más campo como está tan de moda desde hace décadas (#ExterminioHumanoYA). De aquí a nada harán nuevas carreteras para ir al quiosco, con carril para quien vaya a comprar el Marca o el As y otro para el Hola o el Diez Minutos.

Fui dejando a ambos lados salidas como las de Coín, Monda o Guaro hasta cruzar Ojén y hacer breve parada en la salida. En verdad lo tenía como destino pero, a pesar de ser un pueblo bonito, pensé en otro que me daría más juego a la hora de hacer fotografías. Es por eso que todo cuesta abajo hacia Marbella, marabunta de rotondas/coches y dirección a Fuengirola para tomar salida hacia Mijas.

Son unas pocas las veces que he estado en este pueblo, recordando una de las primeras de pequeño y flipando con eso de darme un paseo en burro-taxi. Ahora, pasados los años, me lo planteo con cierta comparación respecto a los toros, pues si ambos animales estarían extintos si no fuera por el uso humano, esto no termina de convencerme. Si bien los toros pasan una vida de lujo tumbados en las sombras de encinas y alcornoques  de dehesas andaluzas o extremeñas hasta una más que digna muerte y final alimenticio (comparad con pollos electrocutados, queridos podemitas que quedáis en el McDonald), los burro-taxi no saben de este mundo más allá de asarse bajo uralita a la espera de la vuelta de siempre al pueblo de siempre. En fin, los guiris siguen yendo...

Otra de las veces que fui fue con mi primera novia allá por mi tierna adolescencia y aprovechando el parque donde se encuentran la plaza de toros y el auditorio para besitos y carantoñas (lo que había esta última vez era chusma fumando porros). Y sin esto último, sino como un simple pseudoguía turístico, fue con una china hongkonesa perfectamente sustituible cual ficha de parchís en cuanto a interés por la cultura se refiere con quien pisé Mijas por última vez.

Me sorprendió nada más llegar la existencia de fuentes con agua potable y fresquita, esas que Paco de la Torre quitó de su ciudad hace mil. Muy buenas también las vistas desde la plaza de la Ermita de la Peña como las de toda Mijas en general. Centros comerciales abiertos construidos y pintados en concordancia con lo andaluz. Tiendas de ropa o decoración hechas a mano en vivo y en directo a los ojos del paseante. Placitas y pequeñas intersecciones con bares y restaurantes donde sólo oír los chorros de las fuentes.

Por suerte, a pesar de ser habitual para turistas y guiris, la espectacular cascada de casas blancas que cae por el monte mantiene lo típico y autóctono. Perros echando la siesta en el escalón de la entrada, puertas abiertas y cortinas de tiras (me recuerda a Chocholá y a las similitudes con México), voces de abuelas y programas de sobremesa.

Dejando a un lado los cabreantes sueldos de políticos, policías y barrenderos de este tipo de pueblos, así como informáticos sin carrera colocados a dedo por ser "hijos de", Mijas me parece encantador, que no ha cambiado demasiado su esencia a lo largo de los años. Si bien no para vivir por la cercanía del Amusement Park en que se ha convertido toda la Costa del Sol (me ha surgido en inglés por venirme a la cabeza Fatal Fury), sí para visitarlo de vez en cuando con cualquier excusa e incluso sin ella.

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2 de mayo de 2018

Esauira











Igual que la otra vez estuve en Fez e hice una escapada a Mequinés, en esta ocasión estaba en Marrakech y escapé a Esauira con ida y vuelta en un autobús espacioso y cómodo, con las comunes dos líneas de asientos en el lado derecho pero sólo una en el izquierdo. Lo que iba a ser como casi tres horas de monotonía aportó más de lo que se esperaba. La cordillera Atlas me fascinó durante todo el viaje, más aun durante este trayecto. Los kilómetros a los que se encontraba se compensaban con su tamaño enorme y sus cumbres nevadas (me recordaron a Pico Nevado de The Legend of Zelda: Twilight Princess); relax y seguridad.

Más allá de la corta parada para desayunar llamó la atención un ligero detalle... ¡había cabras subidas a las ramas de los árboles! En uno de tamaño medio podía haber cuatro o cinco cabras posando y mascando. Con la edad van sorprendiendo cada vez menos cosas, pero en esta ocasión  me sorprendí como si tuviera cinco años. Las Cabras de Cheshire que rozaban el surrealismo. El autobús atravesó un frondoso bosque (muy Cordobés) hasta llegar al pueblo.

Nada más poner pie en tierra firme aparecieron lluvia y viento, ambos con fuerza. Esperamos un rato en la entrada de un restaurante pero, como no tenía pinta de escampar, nos lanzamos a la aventura para llegar pronto al puerto, pues por lo visto era la hora de la llegada de los barcos de pesca y la compra/venta muy estilo lonja callejera. Y, sí, por lo visto (en modo confirmación) así fue.

Las estampas eran preciosas, incluyendo las voces de los subastadores y los reclamos de las gaviotas, el olor a pescado y mar, las gotas de agua dando en nuestras caras. Las olas rompían contra las murallas antiguas y las casas oxidadas, provocando niebla y vaho. En la práctica y cámara en mano no era lo mismo, con la lente siempre empañada y el cuerpo siempre húmedo. Y, como era de esperar, se volvió loca (la cámara). La cámara disparaba cuando quería, el flash se activaba sin pedírselo, etc. Pero bueno, la fui domando a pesar de salirnos mal una sesión de moda en el patio de un precioso riad.

Por pequeña que sea una medina siempre termina, al menos, por desorientar, si no por perder. Nos dejamos llevar y seguimos un cartel para llegar a un vegetariano de sólo cuatro mesas, realmente minúsculo. Había un par de guiris y un nuevo Hemingway, esta vez más modernizado con su portátil. Todo lo hacía una decrépita mujer aunque no por ello especialmente mayor, tanto camarera como cocinera, viniendo cada dos por tres el que parecía ser su hijo para hablar pero no colaborar. La señora no se enteraba ni entendía nada por más que señalábamos en la carta. O, quizá, éramos nosotros los obtusos. Pero da igual porque, aunque el almuerzo tardó mil años, estaba buenísimo.

De nuevo tocaba lo típico y habitual, desenvolverse por el laberinto a ninguna parte. Nos hicimos con un paraguas de esos que crecieron de la nada con sólo chispear, mientras también nos ofrecían baratijas delante de nuestros ojos y nos sorprendían rarezas en la oscuridad. La poca paciencia ante la incesante lluvia (mi cámara necesitaba cuidado intensivo) nos llevó a descansar en la estación, no sin antes pagarle a la desagradable limpiadora para entrar en el cuarto de baño. La cosa es que no había aún autobús ni pasajeros y, como ya no llovía, decidimos andar por el paseo marítimo en la otra dirección y por la playa en la que ya había vida. Al volver, el conductor esperaba sólo a nosotros y menos mal. Reconozcamos que gestionamos el tiempo de forma extrema.

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29 de abril de 2018

Marrakech (4)

Teníamos aún toda una mañana y no íbamos a desperdiciarla. Es cierto que nos llevó tiempo el último desayuno al sol, pues sabíamos que lo echaríamos de menos, pero a partir de ahí ya nos tocó una pequeña caminata hasta el Jardín de Majorelle y una gran cola de turistas de todas las nacionalidades y colores para acceder a él (alrededor de una hora sin exagerar).

El parque fue diseñado por el artista francés Jacques Majorelle a principios del siglo pasado y adquirido por el diseñador de moda también francés Yves Saint-Laurent, donde actualmente yace. Dividió el chalet en residencia personal y museo, además de ampliar el jardín en cuanto a terreno, plantas, decoración y aves se refiere. Pero vayamos al grano: para venir en todos los Top 10 de visitas a realizar en Marrakech, me decepcionó. Es verdad que es bonito y original, pero he estado en otros parques y jardines menos rimbombantes pero que le dan mil vueltas. Al menos nos cruzamos con un postboda asiático (muy "The future is coming on" a lo Gorillaz).

Miramos el reloj y, sí, aún había tiempo para dirigirnos a La Mamounia, un hotel para que los que quieran lujo vayan a tiro certero. Bueno, también para viajeros y turistas, aunque por lo visto hacían filtro según las pintas. Tendremos estética de clase alta porque nos dejaron entrar sin problema y dándonos libertad para visitar a nuestras anchas. Eso sí, tras una mirada de abajo a arriba y de arriba a abajo. Entre la entrada como tal y la de la fachada del edificio hay un terreno para que los huéspedes bajen de su coche recibidos por dos porteros con vestimenta en concordancia. Pero también había una construcción en un lateral donde comenzar nuestro habitual "pack" de turismo más sesiones fotográficas sobre la marcha.

Por dentro es enorme y la decoración sublime. Techos de madera, grandes alfombras y muebles antiguos pero más que cuidados. Patios con fuentes o estanques en los que la luz permitía fotografías estupendas. En los interiores como tal la falta de luz y la contrarreloj no permitieron virguerías sobre la marcha. De todas formas atravesamos entre espejos el bar Churchill, dejando a nuestra izquierda la pequeña barra y su piano a lo Casablanca. ¡Uy! Nos encontrábamos ante los hilos del destino o, más en concordancia con la relación recién nombrada, cordales del piano. Para finalizar llegamos a los enormes parques y jardines, perfectamente comparables con Majorelle.

Recogimos nuestras maletas de detrás del mostrador del riad, comimos en la pizzeria de al lado junto a guirs obesos, nos despedimos de nuestro amigo de la casa de cambio y compramos dulces a nuestros enemigo el pastelero. Para el aeropuerto con tiempo de sobra..., o eso creíamos. Pero no adelantemos acontecimientos, que todavía tocaba regatear con el taxista. Le ofrecimos no recuerdo si 40 o 50 dirhams (lo mismo que al de la ida) y decía casi llevándose las manos a la cabeza que eso era imposible. Salió del coche para señalarnos una pegatina superoficial en el cristal. Nosotros, ya curtidos en mil batallas, hacíamos oídos sordos y, tras insistir e insistir, torció la mano. Tenía que intentarlo...

El taxista, que conversaba con un "colegui" en el asiento de al lado para no aburrirse, se comportó de forma muy correcta, dejándonos en la misma puerta del aeropuerto y perfectamente a tiempo. De hecho, nuestro vuelo nos pasaba por encima para aterrizar y esperarnos. Al menos es lo que pensábamos hasta que nos negaron el acceso al control de equipaje a pesar de llevar los billetes impresos como solicitaban en la compra en línea de meses atrás. Por lo visto había que facturar a pesar de llevar equipaje de mano. Los puestos de Ryanair estaban cerrados y la única que representaba a la compañía estaba desaparecida/oculta, no respondiendo a los problemas de los clientes.

Los miedos y nervios estresantes fueron tornando en cabreo y enfado conforme se acercaba la hora del despegue, yendo de aquí para allá sin soluciones. El avión estaba ahí, pero nadie nos aclaraba por qué había que facturar ni nos facilitaban poder embarcar. Tocaba aceptar y asimilar la situación. Unos pocos de euros en la factura telefónica para que familiares nos ayudaran a hacernos con otra forma de volver.

Mi relación con la compañía (me refiero a Ryanair, por supuesto) ha sido de amor-odio, pues lo mismo me ayudó a no perder el vuelo en Oslo que ahora me deja tirado sin razón alguna. Es poco fiable y estable, mas ya se sabe que algunas son tóxicas y, por más que te hagan pasar noches sin poder dormir e incluso fuera de la cama preguntándote qué has hecho mal para un final así, la conclusión termina en no darle más vueltas a la cabeza, recordando los viajes estupendos pero echándole, como suelo decir, una cruz de plomo.

No todo es malo, pues en este paréntesis inesperado en tu viaje pueden acaecer hechos inesperados. En este caso otro viajero plantado en tierra (no podía ser de otra forma) con el que se nos hizo la espera más corta. El hombre, de casi sesenta años pero con la actividad de un chaval, era de El Gastor y, entre su gracia gaditana y sus alucinaciones petarderas, no paraba de hablar.

Como teníamos más tiempo que nunca tras haberse convertido las prisas en calma total, nos fuimos paseando hasta donde poder cenar, no parando él de darnos palique. El bucle alocado de tajines, pastelas y cuscus había que culminarlo con falafel y Orangina. Las conversaciones iban de aquí para allá, comenzando con lo ocurrido con el vuelo, pasando por hábitos y experiencias de cada uno, hasta llegar a su confesión. En resumen: toda la vida sentado ante una pantalla de sucursal bancaria hasta darle un ictus cerebral con su correspondiente operación.

Y ahí cambiaron su mente y su estilo de vida (la incapacidad permanente absoluta con complemento de gran invalidez y los miles de euros del seguro de la empresa le ayudaron). Ahora se dedica a viajar, con su mujer cuando ella puede y sin ella cuando no (sí, hay mujeres que no tratan de ponerte una correa). Me hice el sorprendido e interesado, pero la temática me resultó y resulta cansina. No conté nada.

Mientras el No Name (nunca supimos su nombre) dormía a pierna suelta como resultado de sus hierbecitas, yo me di un paseo para estirarlas, descubriendo que, ahora sí, teníamos que hacer el "check in". Le dejamos una tarjeta para no despertarlo (no sirvió, no se supo más) y nos fuimos a la puerta de embarque a echar otro par de horas. Si la vuelta establecida era Marrakech - Sevilla, gracias a nuestras amistades irlandesas ahora era Marrakech - Casablanca - Málaga, con su hora de transbordo de por medio y un segundo recorrido en avión de hélices y casi de juguete (Royal Air Maroc). Ya, a toro pasado, el sufrimiento y la desesperación se convierten en una historia divertida y a recordar.

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22 de abril de 2018

Marrakech (3)


Las calles estaban mojadas y el ambiente húmedo, pero no llovía. Esa parte de la medina estaba más tranquila, con hombres trabajando en sus locales de telas o metales y mujeres tirando del carro de la compra. Ya acercándonos a la zona de los dos museos aparecían grupos de turistas y las correspondientes voces desde las tiendas. Confundimos la madrasa con una mezquita, recibiendo un toque para que no entráramos. La madrasa estaba muy cerca, pero en obras. Todo un clásico en los viajes.

El Museo de Marrakech está en un palacio construido a finales del siglo XIX y acondicionado en 1995 para exposiciones temporales. Cuando estuvimos había pinturas, cuadros y objetos (sobre todo armas). Escenas llamativas y miradas penetrantes, habitualmente de mujeres. También escenas de peleas y batallas o un hecho representativo de la llegada de un embajador marroquí a Algeciras.

Pero lo que me pareció más valioso del museo no fueron las obras de arte, muy pasajeras ellas. Tampoco la estructura del palacio como tal, sino la decoración de su interior. No es algo nuevo, pues desde el mismo riad hasta los edificios y construcciones que íbamos viendo más adelante, pasando incluso por calles destartaladas, el estilo árabe y marroquí destella por cada una de las esquinas.

Más allá de la técnica ancestral del Tadelakt, un punto culmen entre los estucos, "tan suaves como la seda a pesar de ser tan dura como una piedra". Más allá del mármol y la terracota, materiales comunes en el mundo árabe en busca del frescor. Lo que me fue llamando la atención y el interés a lo largo del viaje fueron mosaicos y azulejos, una combinación hasta llegar al Zellige y dar luz y alegría, misterio y exotismo.

Nos tomamos con calma la estancia allí, tanto fotografiando techos, paredes, fuentes y columnas como haciéndonos sesiones entre nosotros, aunque la improvisación de estas, la falta de luz y el contínuo paso de turistas atolondrados no daba esperanza. No hizo falta andar mucho para llegar al otro destino de la mañana.

La Casa de la Fotografía (La Maison de la Photographie) no podía perdérmela y entramos de nuevo en una típica y común (así como ya citada) construcción "a lo riad". Un museo donde las imágenes están iluminadas tanto por luz natural como artificial a la vez no deja de ser curioso. Muy buenas fotografías, sobre todo retratos de mujeres o históricas de la ciudad. En la parte de arriba hay un sencillo restaurante que ofrece unas vistas limpias y claras de Marrakech, un mar de casas de no más de dos o tres plantas en el que van surgiendo almenas aquí y allá.

Un breve zigzagueo hasta aparecer en una plaza que me recordó a la Romanilla de Granada, con escalones, ligeramente empinada y salpicada de puestecillos. Está cerca de la catedral y la última vez que estuve chispeaba, igual que estaba ocurriendo en Marrakech. Aprovechamos que era la hora del almuerzo para resguardarnos en el Kafé Merstan. Comida extraordinaria en armonía con los guitarristas (no, no sé de instrumentos) que iban por las mesas.

Muchas de las calles de la medina están cubiertas con tablas de madera para que no dé el sol y, por lo tanto, el calor. De camino, también sirven para la lluvia, aunque lo poco que las atraviesa son goterones. Aún así, entre la hora y el tiempo (este segundo climático) las calles estaban más desiertas, limitándose a escenas pintorescas como la de un niño de no más de tres o cuatro años de la mano de su abuela de la misma altura (True Story...). Total, que convencidos de que íbamos bien terminamos en callejones sin salida y ambiente insalubre, y que donde menos lo esperábamos encontrábamos lo que buscábamos. Por ejemplo, una casa de cambio tras indicaciones del farmacéutico al girar la esquina. En fin, así pasa el tiempo (esta vez temporal, valga esta redundancia de alevines) y tocaba descanso.

Dimos por fin con la Place des Épices, salpicada de más puestecillos salpicados por los charquillos. En una primera planta de la cafetería del mismo nombre nos invitaron a esperar a que se quedara libre una mesa. Eso sí, en los escalones y ofreciéndonos un cojín, para que estuviéramos cómodos. Lo que puede parecer ironía lo digo completamente en serio, y es que va a terminar siendo cierto que los que menos tienen son los que más dan. Recuerdo unos meses atrás, en Budapest, a un camarero que ni me recibió nada más abrir la puerta, limitándose a un "FULL!!!" desde la lejanía, con mala cara y sin pararse. En fin, una tarde apacible y agradable, haciéndonos fotografías el uno al otro (de allí surgió una de las pocas en las que me veo decente), hablando, riendo y tomando té de menta con pastelitos. Y allí estaba, una especie (la plaza y la cafetería ya lo anticipaban) de Hemingway pensativo y enchaquetado a la antigua, mirando por la ventana al infinito.

Y así terminó el día, dándole unas pocas vueltas a Jamma el Fna y sus alrededores mientras se iba poniendo el sol y yéndonos a cenar relativamente cerca de nuestro riad, en Atay Cafe - Food. Lo buscamos y creo que dimos con la terraza que nos atrajo en la cena de la primera noche y desde la distancia. La pena es que estaba ya cerrada y tuvimos que consolarnos con la primera planta (que no la baja). Relax y silencio sólo marcados por un listillo que no paraba de chismorrotear sobre, por suerte, un tema olvidado. De todas formas nos permitieron acceder a las vistas nocturas de la ciudad. En TripAdvisor pueden verse fotografías y comentarios escandalosamente positivos, mas nosotros no vimos más que mesas y sillas recogidas en la oscuridad. Aún así, ver el "skyline" (lejos del concepto neoyorquino) de Marraquech no es para quejarse.

Y esta fué la última cena, con pan pero sin vino, con hermanamiento pero sin traición. ¡Qué mejor entorno para citar estas palabras! ¡Amén!

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14 de abril de 2018

Marrakech (2)


La mañana comenzó relajada con el desayuno en la azotea, donde nos pusieron por delante muchas y ricas opciones para elegir. Distintos tipos de panes, cremas saladas y dulces, zumo de naranja recién exprimido, café, leche y el remate del té de menta. Era un gustazo estar allí sentados bajo el sol primaveral, sin escuchar más que los pajaritos. Pero iba tocando salir a la calle para empezar a descubrir Marrakech. La luz del día cambiaba la imagen de la medina por completo y dejaba de parecerse al Bronx. Todas las mañanas estaba el gato de turno en el contenedor, el barrendero en la entrada/salida del callejón y el carnicero en la esquina. Muy Barrio Sésamo.

Esquivando motos por la Rue Gza hacia la salida de la medina atravesamos cientos de puestecillos callejeros e ignoramos a decenas de taxistas pesadillescos. Encaramos la Avenue Hassan II para llegar unos veinte o treinta minutos después a la estación de tren y su más que currada fachada (me recordó a la de Fez). De todas formas, no era exactamente allí a donde nos dirigíamos, sino a la pequeña estación de bus de detrás para comprar los billetes para Esauira con cierta antelación.

Con la escapada del día siguiente ya asegurada nos dirigimos hacia la medina por la larga y cuidada Avenue Mohammed VI y en la que están, aparte de la propia estación de tren, el teatro, el palacio de congresos y muchos hoteles y oficinas. A través de un par más de avenidas y pasando por la fachada del lujoso y conocido hotel La Mamounia, nos plantamos en el parque precedente a la mezquita, viéndose al fondo el minarete de la misma.

Dicen que fue la inspiración a la hora de construir la Giralda. Es cierto que las dos son de estilo almohade y se construyeron en el siglo XII. Como no soy experto en arte, me pareció un poco de risa, pues la de Sevilla es mucho más imponente. Pero, tras informarme un poco y por encima, resulta que sólo dos tercios de la Giralda fueron construidos por los árabes y, por lo tanto, es la parte a comparar. El resto fue añadido por los cristianos para las campanas y el Giraldillo. En cualquier caso, poco más puedo hablar de la Koutoubia (nombre de la mezquita) porque los no musulmanes no pueden acceder. Aquí ellos sí pueden entrar en las iglesias, ¿verdad?

La plaza de Jamaa el Fna es la estampa típica de la ciudad y centro neurálgico de la misma, un hervidero de personas por la mañana y más aún por la tardenoche. Le dimos un par de vueltas hasta elegir el restaurante Chez Brahim para almorzar. Me encantó la salsa "harissa", muy picante y sabrosa, típica marroquí. La intentaré hacer en la casa una vez que dé con alcaravea, uno de sus ingredientes. No había terraza, pero los ventanales daban a la tumultuosa y concurrida Derb Dabachi, un agradable sonido ambiente.

Regresamos a la plazade de referencia y encaramos esta vez la Rue Riad Zitoun el Kdim hacia el sur, terminando en la plaza Dar Loula. Había unos niños muy simpáticos jugando a la pelota, pero que se tornaron en maléficos al verme hacerles una foto (recordándome a una escena de Bobobo). Lo dicho, todos muy simpáticos para vender productos u ofrecer servicios hasta que levantas la cámara. Bueno, no hay por qué verlo desde el lado negativo, sirve también para ahuyentar.

Pasamos bajo un arco situado delante del Palacio El Badi. La puerta estaba entornada, pero el vigilante, encargado o sucedáneo que estaba al fondo del pasillo al aire libre comenzó a hacer desagradables aspavientos nada más poner un pie en el mismo. ¿Por qué no cierra la puerta y se ahorra esto? Otro más a la lista de simpáticos. Aún así, rodeamos un poco la construcción, encontrándonos ahora a un hombre en su puesto callejero y con muy malas pulgas. ¿Adivináis por qué? Sí, por la cámara...

Volvimos sobre nuestros pasos hasta Dar Loula y encaramos una gran avenida de nuevo hacia Jamaa el Fna, haciendo parada en un mercado donde las gallinas hacían espera para su decapitación y los gatos se relamían con ansiedad por las sobras. Los ecologistas se niegan a entrar porque son escenas muy crueles, pero morderlos, masticarlos y tragarlos parece que no...

Cuando ya no hay luz natural la plaza es un caos placentero de vida y actividades de mil formas diferentes. Nos subimos a una de las terrazas que la rodean para descansar y merendar disfrutando del bullicio y la cordillera tras él. La vuelta al riad fue atravesando de nuevo el laberinto, esquivando a vendedores y disimulando los disparos de la cámara. Entre platos, fuentes, tazas, vasos, teteras, zapatos, vestidos y todo lo imaginable de colores, voces y olores que dan alegría a los sentidos. Cuando uno tiene problemas en la cabeza el remedio siempre es viajar.

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26 de marzo de 2018

Marrakech (1)


Un viaje que iba a ser con una persona y que terminó siendo con otra, pasando también por la opción de hacerlo solo. Conocer a una persona en persona un par de horas antes de tomar un vuelo juntos es una inversión que puede sumar o restar puntos a la escapada. Por suerte, o más bien por concordancia de caracteres entre ambas partes, la prueba aportó la guinda a la ciudad de los pasteles.

Me voy a retrotraer a una semana atrás (cuando fue el viaje respecto a ahora que escribo) para no ir con prisas, pues entre inicio y final hay un maravilloso desarrollo a desgranar. La historia comienza en la estación de San Bernardo para atravesar Sevilla hacia el oeste y haciendo una parada en Las Columnas, un clásico entre tapas y tizas sobre la barra. De la Giralda a la Torre del Oro para coger el autobús con destino al aeropuerto de San Pablo, tercera vez que lo uso como origen.

El aeropuerto de Menara (el destino) ha sido remodelado hace a penas dos años y su fachada es imponente, casi futurista (eché de menos mi recientemente adquirido ojo de pez). Primer "zas" en toda la cara, porque es lo último que uno se espera al llegar a Marruecos. Y así continuaron apareciendo sorpresas durante la estancia, con carriles y aparcamientos/alquileres de bicicletas, farolas con paneles solares, etc. Pero no es oro todo lo que reluce o, más acorde con el hábitat, no todo es el oro y el moro. Como ocurre en estos países, el contraste es mayúsculo, con lugares y momentos que nos teletransportaban a los años 50 e incluso más atrás en España. Por eso de que el mundo es de todos, sí, pero con fronteras.

Marruecos no era nuevo para mí, pues estuve hace unos años en Fez y Mequines, con lo que ya estaba curado de espanto respecto a taxis compartidos, conducción imprudente, regateos y demás. Con estas habilidades es como aparecimos en Bab Doukkala, una de las entradas a la medina. Más allá de lo que puedan opinar historiadores y arquitectos, la ambientación trae a mi cabeza el África negra de Resident Evil 5 o las mezclas continentales de los Assassin´s Creed. No nos cruzamos con zombis o asesinos, al menos que sepamos, pero sólo con salir indemnes de los temerarios y locos motoristas, evitar balas a lo Neo sería pan comido.

Allí nos encontrábamos, entre reuniones sopechosas y miradas de soslayo. Es complicado captar las intenciones de los ofrecimientos, pero esas contínuas e incesantes voces de "¿taxi? ¿taxi?" o "¿español? ¿español?" hacen dar la mano a torcer y venderse aleatoriamente al mejor/peor postor. Uno de esta segunda opción nos llevó, sin tener mucha idea y preguntando a los niños que jugaban en las calles, hasta nuestro riad. La simpatía con las que nos aseguró que era gratis tornó en bordería y estupidez al negarnos a pagar. Bah, ¿qué contar? Habíamos llegado.

A pesar de los rodeos y la oscuridad se me quedó el cómo llegar, pero no aclararé localización ni denominación para evitar que llegue más gente de la cuenta a ese remanso de tranquilidad y paz. Poca mercadotecnia por aquellos lares, pues luce mejor en vivo que por Internet. Terminó siendo como el de Fez y, supongo, que como la mayoría: un entorno histórico pero sin mantenimiento, ruinoso por fuera y lujoso por dentro, con sillas y mesas para sentarse. Y es que las pocas habitaciones dan al patio interior, como antiguo corralón pero más cuidado y con sus extras.

En los restaurantes tardan mucho en servir la comida, pero la razón es porque la hacen partiendo de cero y con buena mano. En los riads ocurre aún más, pues su principal servicio no es la comida sino el alojamiento, habiendo que hacer el pedido, al menos, con doce horas de antelación. Y eso es lo que ocurrió. Menos mal que lo tienen previsto, recomendándonos un restaurante cercano, desde el que viene un encargado a recogerte para que no te pierdas. Por cierto, también podríamos haberles llamado (así nos dijeron) para recogernos en la entrada de la medina y evitar la pataleta del pseudoguía estafador.

Y así terminó la jornada, descansando en la segunda planta de La Maison Berbère, una terraza para cenar y conversar a la luz de la Luna y de las otras tenues y dispersas terrazas salpicadas por Marrakech.

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4 de marzo de 2018

Castillo de las Águilas


El Castillo de Colomares (también conocido como en el título por sus espectáculos con aves rapaces) me suena desde pequeño, no sé si porque realmente fui o por haber sido siempre una opción latente. Resurgió en mi mente muchos años después por el mundo de la fotografía, pues parece ser un enclave habitual para hacer exteriores de boda. Es por eso por lo que me planté allí a conocerlo.

El nombre me trae a la cabeza "El Desafío de las Águilas", peliculón de los años 60. Pero mi gozo en un pozo, pues poco tiene que ver. Este edificio fue construido a mano por el Dr. Esteban Martín y dos albañiles malagueños alrededor de los 90, teóricamente en honor a los Reyes Católicos, Cristóbal Colón y el Descubrimiento de América. Hay representación de diferentes religiones/culturas, todo muy forzado.

No hay acceso al interior si es que existe un interior más allá de la capilla más pequeña del mundo (¿le habrán dado el Guinness?) y un mausoleo para cuando le reconozcan a Colón su origen mallorquín (WTF?). Rodeándolo y agachándose ligeramente se descubren ladrillos a simple vista. Todo, unido a su escasa historia, invita en un principio a darle un valor nulo.

Bueno, no seamos sibaritas. Si lo consideramos y aceptamos como un monumento decorativo de cartón piedra es más que útil para la celebración de eventos ya citados como bodas, cetrería, etc. Además, permite disfrutar de unas buenas vistas de la parte menos masificada de Benalmádena, Fuengirola de lejos y el mar. Vale, sí, si no tienes nada que hacer vale para una visita...

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157666020592568

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