30 de enero de 2018

Budapest (3)


El cuarto día teníamos el vuelo de vuelta por la tarde pero, si nos organizábamos bien, la mañana podía ser más que productiva. Comenzamos parando en la estación de Deák Ferenc Tér, callejeando un poco y apareciendo prácticamente al inicio de la avenida Andrássy Út, la más grande y señorial de la ciudad. En los más de dos kilómetros y medio de caminata nos fuimos encontrando con edificios antiguos y cuidados, muchos de ellos ocupados por embajadas. También atravesamos dos plazas y a la vez cruces para vehículos: la Plaza Octogonal, muy leída y escuchada pero de atractivo nulo y la Plaza Kodáy, menos rimbombante pero más elegante. No olvidar la Ópera de Budapest, inagurada en el siglo XIX y rival de la de Viena.

La avenida termina en la Plaza de los Héroes. Si bien la caminata había sido tranquila, de la estación de metro aquí situada surgían turistas por doquier. Y es que a la gente no parece gustarle pasear por las ciudades, mas ir de un punto a otro a hacerse "selfies". En cualquier caso, nada que ver con la masificación de puntos clave en ciudades como Roma, París o Londres.

Fuimos introduciéndonos en el Parque de la Ciudad o Parque Városligel, dejando a ambos lados varios museos, destacando el Castillo de Vajdahunyad que, más allá de albergar el Museo de Agricultura, es una copia de el original situado en Transilvania.

Había una pista de hielo, pero nosotros íbamos a por el agua. Sí, a pesar de estar a las puertas del invierno, porque allí se encuentran los Baños Széchenyi, los termales y medicinales más grandes de Europa y nuestra ansiada presa y premio. Por 17 € te puedes pasar el día sumergido en las muchas piscinas existentes: exteriores o interiores, calientes o frías, grandes o pequeñas. Sólo por eso merece la pena el viaje.

Tras casi dos horas de relax y placer nos metimos en la estación de metro situada en el lateral, línea amarilla hasta la catedral y el parque de la noria. Eligiendo con cierta aleatoriedad entramos en el bar/restaurante Duran Szendvico donde, si bien los trozos de pizza eran ciertamente insípidos, había una enorme variedad de, digamos pinchos, y que estaban buenísimos.

Me gustaría haberme visto los 13 episodios de World War II in HD Colour antes de haber visitado Budapest y otras ciudades europeas, pues hubiera aprendido, entendido y disfrutado más exponencialmente. De todas formas, y aunque lo haya visto a la vuelta, quita el aliento el pararse a reflexionar lo que ocurría 70 años atrás en lugares donde turistas y ciudadanos van de acá para allá centramos en nimiedades, una pausa entre la estresada y estresante muchedumbre muy a lo Neo en Nueva York o Alice en Tokio, entre vestidos rojos y paraguas multicolor.

Tal y como hice con Lisboa, espero volver a Budapest. No sólo por lo último citado, para visitar la ciudad con otra mirada y mentalidad, sino porque me han quedado muchas cosas por ver y otras que repetir. En el primer grupo están como ejemplos los interiores de parlamento y castillo, así como la Isla Margarita. En el segundo está en primero puesto el balneario.

Toca invertir el camino de ida, llegando a la ahora última parada de la línea azul, hora y media de autobús, colas y esperas infinitas en los, literalmente, barracones que Ryanair cede tan amablemente para que pasemos sus, por desgracia, habituales retrasos. Toca llegar a casa, asentar hechos e ideas, ordenar y retocar fotografías y escribir. Ya está marcado en mi mapa Google Earth el próximo destino. ¡Ya os lo haré saber, mis ocultos e incluso inexistentes seguidores!

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/7215768849192419

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23 de enero de 2018

Budapest (2)



Sólo al llegar a la ciudad había un sol radiante, siendo el resto de la estancia húmeda y nublada. Lo confirmamos al salir de la estación de metro de Kálvan Tér y encarar la Avenida del Museo (Múzeum Körút), nombre proveniente del Museo Nacional de Hungría que en ella se encuentra, con la fachada en obra como muchos de los elementos a lo largo de mis viajes que fastidian la fotografía de turno. En la acera contraria se entremezclan librerías antiguas con restaurantes de comida rápida y sana.

El siguiente "checkpoint" previsto se encontraba pegado a la misma avenida, aunque ligeramente escondido. Se trata de la Gran Sinagoga de Budapest, también conocida como la Sinagoga de la Calle Dohány. Es la más grande del mundo tras la de Nueva York. Los horarios oficiales no coincidían con los reales, pues estaba cerrada. No me atrae especialmente la temática judía, pero viendo su interior a través de Internet me hubiera encantado entrar. De todas formas, la bordeamos por la izquierda junto a imágenes  de conocidos personajes hasta llegar a la Memoria de los Mártires Judíos, ese sauce llorón de ramas metálicas.

Atravesamos las calles aledañas en dirección centro ojeando cierto ambiente alternativo tan de moda hoy en día, con grafitis, alimentación sana, etc. En este viaje, y dentro de los parecidos razonables que me van surgiendo, vi un edificio que comunicaba el barrio en cuestión con la gran avenida Bajcsy-Zsilinszky Út (a saber qué significa...) por medio de un arco abovedado que me recordó a Estocolmo (¡miren y comparen! | A -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/24466448307/in/album-72157688491924192/ | B -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/36706789900/in/album-72157685738138091/ ). Cruzando la avenida se planta uno en la catedral. Otro edificio a rodear, esta vez para situarse en su frontal y la plaza donde se encuentra.

La catedral de San Esteban es neoclásica y con planta de cruz griega (87 x 55 metros). El interior cuenta con decoración de los siglos XIX y XX, presidiéndolo la mano del santo que da nombre a esta también basílica. A la cúpula se sube una parte en ascensor y otra por escalera de caracol de 364 escalones, recompensándonos con unas espectaculares vistas de 360 (esta vez grados) para que descansemos nuestro tren inferior (sobre todo si has subido de dos en dos).

Nos detuvimos ante la hermosa fachada de la Antigua Caja Postal de Ahorro, representante del estilo Art Nouveau o Secesión Húngara que abunda en la ciudad. Ese estilo también aparece en la muy cercana Plaza de la Libertad, presidida por un monumento de la URSS. Pleno siglo XXI y la cruz gamada sigue siendo de los malos y la hoz y el martillo de los buenos. Que le pregunten a los polacos, a ver qué diferencia ven...

Un absurdo puente que representa a un marxista de turno conecta con la parte de atrás del parlamento, donde un mirlo (negro, no os emocionéis) bombardeaba una y otra vez con la misma almendra para poder extraer su desayuno. En fin, estas escapadas de tiempo tan limitad no permiten entrar en cada edificio de interés, con lo que saludamos al omnipresente San Esteban y nos dirijimos al Puente de Margarita.

Desde muchos emplazamientos parece un puente normal en lo referente a su rectitud, mas caminando sobre él se descubre su forma de V. En su vértice está la corona y es de donde se puede acceder a la Isla Margarita, enésimo punto de interés no visitado. De nuevo unas pocas fotografías del parlamento desde la orilla contraria, es decir, desde Buda, y esta vez con luz diurna. Paramos a almorzar en un vegano más que recomendable, ligeramente escondido tras la plaza del mercado y la iglesia de Santa Ana. Se llama Eden Vegán.

Empezaba a oscurecer y grandes bandadas de aves recorrían el Danubio en sentido opuesto al del mismo para buscar cobijo. Nosotros cruzamos de nuevo el Puente de las Cadenas, saludando con burla a los fieros mas deslenguados felinos. Encaramos la calle peatonal Zrínyi U. (el nombre parece provenir de un conde) donde al fondo se divisa la torre central de la catedral. Esta vez no es un parecido razonable, sino cercanía a la clonación. Me refiero a lo recién escrito en comparación con la calle zaragozana Alfonso I y El Pilar al fondo (¡miren y comparen! | A -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/25416006808/in/album-72157688491924192/ | B -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/38078839102/in/album-72157690003137246/).

Entre franquicias y norias de turno tomamos la calle Váci U. para echar nuestro ojo turístico (que no viajero) a bonitos vasos para sostener velas (no, no venía nadie con nosotros), comunistas tazas metálicas y descubrir  la marca FjallRaven KanKen, regalo navideño para uno de los dos bandos/mitades. Desembocamos en la plaza del Mercado Central, donde compramos en el puesto de una encantadora viejecita unos "strudels" o similares que tuve que repetir. Estábamos en mesas y asientos de madera al aire libre pero, aunque cubiertos, la lluvia nos invitó a marchar y la caminata de 10 kms a descansar. Pero que nadie se preocupe, ¡no hay dos sin tres!

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157688491924192

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13 de enero de 2018

Budapest (1)


La mañana era soleada y el viaje del aeropuerto al hotel resultó agradable, tanto en el autobús como en el metro, con la comodidad de poder compartir el mismo tipo de billete en los distintos medios de transporte. En las estaciones no había tornos, mas sí un hombre de normalmente avanzada edad echado en la pared con brazos cruzados y mirada desafiante, muy a lo Clint Eastwood. No llegué a distinguir si siempre era el mismo teletransportado o clones, pero... ¡ay si te intentabas colar! En fin, la parada de Határ Út nos dejaba justo delante del hotel, dándonos tiempo a ver al Málaga ganar a la Real Sociedad wifi a través.

La boca de metro Kálvin Tér está cerca del Puente de la Libertad, que comunica el Mercado Central con la Colina Gellért. En la parte izquierda el conocido hotel del mismo nombre, donde clientes y no clientes disfrutan de su hermoso balneario. En la derecha la Iglesia Rupestre o de la Cueva. Subiendo la colina no en línea recta sino bordeándola ligeramente atravesamos un barrio de caserones lujosos y tenebrosos, con algún que otro vecino sacando al perro en la oscuridad. El cansancio del vuelo y la falta de luz nos hicieron volver a los aposentos nada más llegar a la Estatua de la Libertad.

La mañana siguiente nos bajamos una estación más adelante, la de Ferenciek Tere, cercana en esta ocasión a otro puente, el de Elisabeth. De todas formas, no llegamos a cruzarlo, sino que anduvimos pegados al río Danubio hasta el puente de la tarde antes. Y es que queríamos repetir la subida a la colina de una forma más ligera y directa para, ahora sí, disfrutar de las espectaculares vistas con luz. Y la luz no sólo se paga en recibos caseros, sino en número de turistas a esquivar, teniendo también en cuenta que ya no era domingo sino lunes.

Con el resto de Buda a la izquierda y todo Pest enfrente, no importaba en cual de los miradores situarse, todos permitían saborear la ciudad desde las alturas. Río Danubio como referencia, castillo y parlamento como presidencia y los puentes como unión, decenas de torres surgían aquí y allá, destacando las de la catedral. Era para echar un buen rato, no ya por disparar mi cámara como un mono con dos pistolas (y puntería), sino para aprovechar el panorama urbano cual mapa de la ciudad en tres dimensiones.

Tras haber tomado la tarde antes un chocolate caliente proveniente de un chocolatero estafador con precios desorbitados y una bajada de mil y un escalones, esa mañana lo hicimos atravesando un gran grupo de jóvenes mexicanos y cuesta abajo, deteniéndonos en el Monumento de Saint Gellért para saltar una valla y soltar disparos por doquier. Entre algunas de las muchas iglesias y sus respectivas torres nos plantamos en el parque del castillo, subiendo mediante escalera mecánica al castillo como tal.

Ya se sabe que los lunes cierran la mayoría de los museos, con lo que poco pudimos disfrutar del interior del castillo. Sí que estaba abierta la biblioteca, pero ni era el objetivo del viaje ni sabemos húngaro. En los alrededores vimos un cambio de guardia ante el Palacio Sándor, que es la residencia y despacho del presidente de la república, y unas ruinas que permitían visualizar la Buda más de vivir y menos de visitar, más casas que monumentos. Era la hora de comer y nos detuvimos en un restaurante llamado Tárnok, de atrayentes colores rojo y amarillo por fuera y con un menú que incluía "gulash", tanto en plato de cuchara como de tenedor. No provocó queja, pero sí sentido de ser muy estándar y para turistas dada la zona en la que se encontraba.

El Bastión de los Pescadores supera como mirador a la Colina de Gallért, que ya es decir... Pasear por sus escalinatas y pasillos al aire libre es gratis, mas hubo que pagar para disfrutar del clímax visual del torreón más alto. Sólo un euro y con calefacción en el bar, muy a tener en cuenta esto último. Hay una bajada al Danubio partiendo de la plaza con la estatua del rey San Esteban I de Hungría, pero también se encuentran allí las taquillas para visitar la Iglesia de San Matías, un punto ineludible.

Fue construida alrededor del año mil, recibiendo reformas a lo largo del tiempo, pasando por diferentes estilos como gótico, renacentista e incluso dándole uso de mezquita los "amigos" turcos durante el tiempo que duró su invasión, estancia y expulsión. Tanto por fuera como por dentro es realmente preciosa, mereciendo más que la pena visitar las partes altas del interior. Una vez terminado el recorrido y descansado en sus asientos, comenzamos la bajada. Pasamos por al lado del edificio de los archivos medievales, donde un guía español soltaba su charla sobre el mismo: tenía menos tiempo del que aparentaba, era un intento de reproducir la arquitectura no recuerdo si de Praga o Viena, etc. Y es que toda esa parte de Buda en la que nos encontrábamos era eso: medieval. Continuando la bajada atravesamos un parque donde cada árbol tenía el nombre de cada una de las capitales de los países europeos, rodeando una estatua que parecía representar al sol y desembocando frente al parlamento.

Es una maravilla dar un paseo nocturno por el lado oeste del Danubio, más aún si este finaliza en la Plaza de Clark Adam, en la que confluyen o de la que parten (según se mire) varios detalles de interés. De allí parten un túnel que permite el paso de vehículos bajo el castillo, un funicular que lleva a los visitantes hacia el castillo y el remate final, una de las entradas/salidas del Puente de las Cadenas, símbolo representativo por excelencia si uno se fija en cualquier página web o guía turística de la ciudad. Más que su historia, elegancia y la bienvenida de los leones, lo que más me llama la atención de él es una minihistoria de mi adolescencia. Era por aquella época, cuando Internet comenzaba a expandirse por los hogares, cuando me iba a la facultad a descargar archivos JPG de Lara Croft para no gastar megas, cuando ver un vídeo era como haber entrado en las entrañas de la red. Pues no recuerdo como me apareció un vídeo de escasos segundos y totalmente pixelado de un coche atravesando el puente con visión desde el interior. Me quedé con la boca abierta, un majestuoso puente en el que sus luces lucían (valga la redundancia) en la noche de un país lejano. Pues sí, allí estaba yo, unos 18 o 20 años después.

Lo crucé y continué el paseo por la otra orilla. La este, la de Pest. Me planté de nuevo en Ferenciek Tere y volví para el hotel, no sin acercarme al cercano centro comercial Europark para hacerme con refrigerios variados.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157688491924192

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