26 de marzo de 2018

Marrakech (1)


Un viaje que iba a ser con una persona y que terminó siendo con otra, pasando también por la opción de hacerlo solo. Conocer a una persona en persona un par de horas antes de tomar un vuelo juntos es una inversión que puede sumar o restar puntos a la escapada. Por suerte, o más bien por concordancia de caracteres entre ambas partes, la prueba aportó la guinda a la ciudad de los pasteles.

Me voy a retrotraer a una semana atrás (cuando fue el viaje respecto a ahora que escribo) para no ir con prisas, pues entre inicio y final hay un maravilloso desarrollo a desgranar. La historia comienza en la estación de San Bernardo para atravesar Sevilla hacia el oeste y haciendo una parada en Las Columnas, un clásico entre tapas y tizas sobre la barra. De la Giralda a la Torre del Oro para coger el autobús con destino al aeropuerto de San Pablo, tercera vez que lo uso como origen.

El aeropuerto de Menara (el destino) ha sido remodelado hace a penas dos años y su fachada es imponente, casi futurista (eché de menos mi recientemente adquirido ojo de pez). Primer "zas" en toda la cara, porque es lo último que uno se espera al llegar a Marruecos. Y así continuaron apareciendo sorpresas durante la estancia, con carriles y aparcamientos/alquileres de bicicletas, farolas con paneles solares, etc. Pero no es oro todo lo que reluce o, más acorde con el hábitat, no todo es el oro y el moro. Como ocurre en estos países, el contraste es mayúsculo, con lugares y momentos que nos teletransportaban a los años 50 e incluso más atrás en España. Por eso de que el mundo es de todos, sí, pero con fronteras.

Marruecos no era nuevo para mí, pues estuve hace unos años en Fez y Mequines, con lo que ya estaba curado de espanto respecto a taxis compartidos, conducción imprudente, regateos y demás. Con estas habilidades es como aparecimos en Bab Doukkala, una de las entradas a la medina. Más allá de lo que puedan opinar historiadores y arquitectos, la ambientación trae a mi cabeza el África negra de Resident Evil 5 o las mezclas continentales de los Assassin´s Creed. No nos cruzamos con zombis o asesinos, al menos que sepamos, pero sólo con salir indemnes de los temerarios y locos motoristas, evitar balas a lo Neo sería pan comido.

Allí nos encontrábamos, entre reuniones sopechosas y miradas de soslayo. Es complicado captar las intenciones de los ofrecimientos, pero esas contínuas e incesantes voces de "¿taxi? ¿taxi?" o "¿español? ¿español?" hacen dar la mano a torcer y venderse aleatoriamente al mejor/peor postor. Uno de esta segunda opción nos llevó, sin tener mucha idea y preguntando a los niños que jugaban en las calles, hasta nuestro riad. La simpatía con las que nos aseguró que era gratis tornó en bordería y estupidez al negarnos a pagar. Bah, ¿qué contar? Habíamos llegado.

A pesar de los rodeos y la oscuridad se me quedó el cómo llegar, pero no aclararé localización ni denominación para evitar que llegue más gente de la cuenta a ese remanso de tranquilidad y paz. Poca mercadotecnia por aquellos lares, pues luce mejor en vivo que por Internet. Terminó siendo como el de Fez y, supongo, que como la mayoría: un entorno histórico pero sin mantenimiento, ruinoso por fuera y lujoso por dentro, con sillas y mesas para sentarse. Y es que las pocas habitaciones dan al patio interior, como antiguo corralón pero más cuidado y con sus extras.

En los restaurantes tardan mucho en servir la comida, pero la razón es porque la hacen partiendo de cero y con buena mano. En los riads ocurre aún más, pues su principal servicio no es la comida sino el alojamiento, habiendo que hacer el pedido, al menos, con doce horas de antelación. Y eso es lo que ocurrió. Menos mal que lo tienen previsto, recomendándonos un restaurante cercano, desde el que viene un encargado a recogerte para que no te pierdas. Por cierto, también podríamos haberles llamado (así nos dijeron) para recogernos en la entrada de la medina y evitar la pataleta del pseudoguía estafador.

Y así terminó la jornada, descansando en la segunda planta de La Maison Berbère, una terraza para cenar y conversar a la luz de la Luna y de las otras tenues y dispersas terrazas salpicadas por Marrakech.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157688947646630

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

4 de marzo de 2018

Castillo de las Águilas


El Castillo de Colomares (también conocido como en el título por sus espectáculos con aves rapaces) me suena desde pequeño, no sé si porque realmente fui o por haber sido siempre una opción latente. Resurgió en mi mente muchos años después por el mundo de la fotografía, pues parece ser un enclave habitual para hacer exteriores de boda. Es por eso por lo que me planté allí a conocerlo.

El nombre me trae a la cabeza "El Desafío de las Águilas", peliculón de los años 60. Pero mi gozo en un pozo, pues poco tiene que ver. Este edificio fue construido a mano por el Dr. Esteban Martín y dos albañiles malagueños alrededor de los 90, teóricamente en honor a los Reyes Católicos, Cristóbal Colón y el Descubrimiento de América. Hay representación de diferentes religiones/culturas, todo muy forzado.

No hay acceso al interior si es que existe un interior más allá de la capilla más pequeña del mundo (¿le habrán dado el Guinness?) y un mausoleo para cuando le reconozcan a Colón su origen mallorquín (WTF?). Rodeándolo y agachándose ligeramente se descubren ladrillos a simple vista. Todo, unido a su escasa historia, invita en un principio a darle un valor nulo.

Bueno, no seamos sibaritas. Si lo consideramos y aceptamos como un monumento decorativo de cartón piedra es más que útil para la celebración de eventos ya citados como bodas, cetrería, etc. Además, permite disfrutar de unas buenas vistas de la parte menos masificada de Benalmádena, Fuengirola de lejos y el mar. Vale, sí, si no tienes nada que hacer vale para una visita...

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157666020592568

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com