14 de abril de 2018

Marrakech (2)


La mañana comenzó relajada con el desayuno en la azotea, donde nos pusieron por delante muchas y ricas opciones para elegir. Distintos tipos de panes, cremas saladas y dulces, zumo de naranja recién exprimido, café, leche y el remate del té de menta. Era un gustazo estar allí sentados bajo el sol primaveral, sin escuchar más que los pajaritos. Pero iba tocando salir a la calle para empezar a descubrir Marrakech. La luz del día cambiaba la imagen de la medina por completo y dejaba de parecerse al Bronx. Todas las mañanas estaba el gato de turno en el contenedor, el barrendero en la entrada/salida del callejón y el carnicero en la esquina. Muy Barrio Sésamo.

Esquivando motos por la Rue Gza hacia la salida de la medina atravesamos cientos de puestecillos callejeros e ignoramos a decenas de taxistas pesadillescos. Encaramos la Avenue Hassan II para llegar unos veinte o treinta minutos después a la estación de tren y su más que currada fachada (me recordó a la de Fez). De todas formas, no era exactamente allí a donde nos dirigíamos, sino a la pequeña estación de bus de detrás para comprar los billetes para Esauira con cierta antelación.

Con la escapada del día siguiente ya asegurada nos dirigimos hacia la medina por la larga y cuidada Avenue Mohammed VI y en la que están, aparte de la propia estación de tren, el teatro, el palacio de congresos y muchos hoteles y oficinas. A través de un par más de avenidas y pasando por la fachada del lujoso y conocido hotel La Mamounia, nos plantamos en el parque precedente a la mezquita, viéndose al fondo el minarete de la misma.

Dicen que fue la inspiración a la hora de construir la Giralda. Es cierto que las dos son de estilo almohade y se construyeron en el siglo XII. Como no soy experto en arte, me pareció un poco de risa, pues la de Sevilla es mucho más imponente. Pero, tras informarme un poco y por encima, resulta que sólo dos tercios de la Giralda fueron construidos por los árabes y, por lo tanto, es la parte a comparar. El resto fue añadido por los cristianos para las campanas y el Giraldillo. En cualquier caso, poco más puedo hablar de la Koutoubia (nombre de la mezquita) porque los no musulmanes no pueden acceder. Aquí ellos sí pueden entrar en las iglesias, ¿verdad?

La plaza de Jamaa el Fna es la estampa típica de la ciudad y centro neurálgico de la misma, un hervidero de personas por la mañana y más aún por la tardenoche. Le dimos un par de vueltas hasta elegir el restaurante Chez Brahim para almorzar. Me encantó la salsa "harissa", muy picante y sabrosa, típica marroquí. La intentaré hacer en la casa una vez que dé con alcaravea, uno de sus ingredientes. No había terraza, pero los ventanales daban a la tumultuosa y concurrida Derb Dabachi, un agradable sonido ambiente.

Regresamos a la plazade de referencia y encaramos esta vez la Rue Riad Zitoun el Kdim hacia el sur, terminando en la plaza Dar Loula. Había unos niños muy simpáticos jugando a la pelota, pero que se tornaron en maléficos al verme hacerles una foto (recordándome a una escena de Bobobo). Lo dicho, todos muy simpáticos para vender productos u ofrecer servicios hasta que levantas la cámara. Bueno, no hay por qué verlo desde el lado negativo, sirve también para ahuyentar.

Pasamos bajo un arco situado delante del Palacio El Badi. La puerta estaba entornada, pero el vigilante, encargado o sucedáneo que estaba al fondo del pasillo al aire libre comenzó a hacer desagradables aspavientos nada más poner un pie en el mismo. ¿Por qué no cierra la puerta y se ahorra esto? Otro más a la lista de simpáticos. Aún así, rodeamos un poco la construcción, encontrándonos ahora a un hombre en su puesto callejero y con muy malas pulgas. ¿Adivináis por qué? Sí, por la cámara...

Volvimos sobre nuestros pasos hasta Dar Loula y encaramos una gran avenida de nuevo hacia Jamaa el Fna, haciendo parada en un mercado donde las gallinas hacían espera para su decapitación y los gatos se relamían con ansiedad por las sobras. Los ecologistas se niegan a entrar porque son escenas muy crueles, pero morderlos, masticarlos y tragarlos parece que no...

Cuando ya no hay luz natural la plaza es un caos placentero de vida y actividades de mil formas diferentes. Nos subimos a una de las terrazas que la rodean para descansar y merendar disfrutando del bullicio y la cordillera tras él. La vuelta al riad fue atravesando de nuevo el laberinto, esquivando a vendedores y disimulando los disparos de la cámara. Entre platos, fuentes, tazas, vasos, teteras, zapatos, vestidos y todo lo imaginable de colores, voces y olores que dan alegría a los sentidos. Cuando uno tiene problemas en la cabeza el remedio siempre es viajar.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157688947646630

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

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