22 de abril de 2018

Marrakech (3)


Las calles estaban mojadas y el ambiente húmedo, pero no llovía. Esa parte de la medina estaba más tranquila, con hombres trabajando en sus locales de telas o metales y mujeres tirando del carro de la compra. Ya acercándonos a la zona de los dos museos aparecían grupos de turistas y las correspondientes voces desde las tiendas. Confundimos la madrasa con una mezquita, recibiendo un toque para que no entráramos. La madrasa estaba muy cerca, pero en obras. Todo un clásico en los viajes.

El Museo de Marrakech está en un palacio construido a finales del siglo XIX y acondicionado en 1995 para exposiciones temporales. Cuando estuvimos había pinturas, cuadros y objetos (sobre todo armas). Escenas llamativas y miradas penetrantes, habitualmente de mujeres. También escenas de peleas y batallas o un hecho representativo de la llegada de un embajador marroquí a Algeciras.

Pero lo que me pareció más valioso del museo no fueron las obras de arte, muy pasajeras ellas. Tampoco la estructura del palacio como tal, sino la decoración de su interior. No es algo nuevo, pues desde el mismo riad hasta los edificios y construcciones que íbamos viendo más adelante, pasando incluso por calles destartaladas, el estilo árabe y marroquí destella por cada una de las esquinas.

Más allá de la técnica ancestral del Tadelakt, un punto culmen entre los estucos, "tan suaves como la seda a pesar de ser tan dura como una piedra". Más allá del mármol y la terracota, materiales comunes en el mundo árabe en busca del frescor. Lo que me fue llamando la atención y el interés a lo largo del viaje fueron mosaicos y azulejos, una combinación hasta llegar al Zellige y dar luz y alegría, misterio y exotismo.

Nos tomamos con calma la estancia allí, tanto fotografiando techos, paredes, fuentes y columnas como haciéndonos sesiones entre nosotros, aunque la improvisación de estas, la falta de luz y el contínuo paso de turistas atolondrados no daba esperanza. No hizo falta andar mucho para llegar al otro destino de la mañana.

La Casa de la Fotografía (La Maison de la Photographie) no podía perdérmela y entramos de nuevo en una típica y común (así como ya citada) construcción "a lo riad". Un museo donde las imágenes están iluminadas tanto por luz natural como artificial a la vez no deja de ser curioso. Muy buenas fotografías, sobre todo retratos de mujeres o históricas de la ciudad. En la parte de arriba hay un sencillo restaurante que ofrece unas vistas limpias y claras de Marrakech, un mar de casas de no más de dos o tres plantas en el que van surgiendo almenas aquí y allá.

Un breve zigzagueo hasta aparecer en una plaza que me recordó a la Romanilla de Granada, con escalones, ligeramente empinada y salpicada de puestecillos. Está cerca de la catedral y la última vez que estuve chispeaba, igual que estaba ocurriendo en Marrakech. Aprovechamos que era la hora del almuerzo para resguardarnos en el Kafé Merstan. Comida extraordinaria en armonía con los guitarristas (no, no sé de instrumentos) que iban por las mesas.

Muchas de las calles de la medina están cubiertas con tablas de madera para que no dé el sol y, por lo tanto, el calor. De camino, también sirven para la lluvia, aunque lo poco que las atraviesa son goterones. Aún así, entre la hora y el tiempo (este segundo climático) las calles estaban más desiertas, limitándose a escenas pintorescas como la de un niño de no más de tres o cuatro años de la mano de su abuela de la misma altura (True Story...). Total, que convencidos de que íbamos bien terminamos en callejones sin salida y ambiente insalubre, y que donde menos lo esperábamos encontrábamos lo que buscábamos. Por ejemplo, una casa de cambio tras indicaciones del farmacéutico al girar la esquina. En fin, así pasa el tiempo (esta vez temporal, valga esta redundancia de alevines) y tocaba descanso.

Dimos por fin con la Place des Épices, salpicada de más puestecillos salpicados por los charquillos. En una primera planta de la cafetería del mismo nombre nos invitaron a esperar a que se quedara libre una mesa. Eso sí, en los escalones y ofreciéndonos un cojín, para que estuviéramos cómodos. Lo que puede parecer ironía lo digo completamente en serio, y es que va a terminar siendo cierto que los que menos tienen son los que más dan. Recuerdo unos meses atrás, en Budapest, a un camarero que ni me recibió nada más abrir la puerta, limitándose a un "FULL!!!" desde la lejanía, con mala cara y sin pararse. En fin, una tarde apacible y agradable, haciéndonos fotografías el uno al otro (de allí surgió una de las pocas en las que me veo decente), hablando, riendo y tomando té de menta con pastelitos. Y allí estaba, una especie (la plaza y la cafetería ya lo anticipaban) de Hemingway pensativo y enchaquetado a la antigua, mirando por la ventana al infinito.

Y así terminó el día, dándole unas pocas vueltas a Jamma el Fna y sus alrededores mientras se iba poniendo el sol y yéndonos a cenar relativamente cerca de nuestro riad, en Atay Cafe - Food. Lo buscamos y creo que dimos con la terraza que nos atrajo en la cena de la primera noche y desde la distancia. La pena es que estaba ya cerrada y tuvimos que consolarnos con la primera planta (que no la baja). Relax y silencio sólo marcados por un listillo que no paraba de chismorrotear sobre, por suerte, un tema olvidado. De todas formas nos permitieron acceder a las vistas nocturas de la ciudad. En TripAdvisor pueden verse fotografías y comentarios escandalosamente positivos, mas nosotros no vimos más que mesas y sillas recogidas en la oscuridad. Aún así, ver el "skyline" (lejos del concepto neoyorquino) de Marraquech no es para quejarse.

Y esta fué la última cena, con pan pero sin vino, con hermanamiento pero sin traición. ¡Qué mejor entorno para citar estas palabras! ¡Amén!

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157688947646630

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

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