2 de mayo de 2018

Esauira











Igual que la otra vez estuve en Fez e hice una escapada a Mequinés, en esta ocasión estaba en Marrakech y escapé a Esauira con ida y vuelta en un autobús espacioso y cómodo, con las comunes dos líneas de asientos en el lado derecho pero sólo una en el izquierdo. Lo que iba a ser como casi tres horas de monotonía aportó más de lo que se esperaba. La cordillera Atlas me fascinó durante todo el viaje, más aun durante este trayecto. Los kilómetros a los que se encontraba se compensaban con su tamaño enorme y sus cumbres nevadas (me recordaron a Pico Nevado de The Legend of Zelda: Twilight Princess); relax y seguridad.

Más allá de la corta parada para desayunar llamó la atención un ligero detalle... ¡había cabras subidas a las ramas de los árboles! En uno de tamaño medio podía haber cuatro o cinco cabras posando y mascando. Con la edad van sorprendiendo cada vez menos cosas, pero en esta ocasión  me sorprendí como si tuviera cinco años. Las Cabras de Cheshire que rozaban el surrealismo. El autobús atravesó un frondoso bosque (muy Cordobés) hasta llegar al pueblo.

Nada más poner pie en tierra firme aparecieron lluvia y viento, ambos con fuerza. Esperamos un rato en la entrada de un restaurante pero, como no tenía pinta de escampar, nos lanzamos a la aventura para llegar pronto al puerto, pues por lo visto era la hora de la llegada de los barcos de pesca y la compra/venta muy estilo lonja callejera. Y, sí, por lo visto (en modo confirmación) así fue.

Las estampas eran preciosas, incluyendo las voces de los subastadores y los reclamos de las gaviotas, el olor a pescado y mar, las gotas de agua dando en nuestras caras. Las olas rompían contra las murallas antiguas y las casas oxidadas, provocando niebla y vaho. En la práctica y cámara en mano no era lo mismo, con la lente siempre empañada y el cuerpo siempre húmedo. Y, como era de esperar, se volvió loca (la cámara). La cámara disparaba cuando quería, el flash se activaba sin pedírselo, etc. Pero bueno, la fui domando a pesar de salirnos mal una sesión de moda en el patio de un precioso riad.

Por pequeña que sea una medina siempre termina, al menos, por desorientar, si no por perder. Nos dejamos llevar y seguimos un cartel para llegar a un vegetariano de sólo cuatro mesas, realmente minúsculo. Había un par de guiris y un nuevo Hemingway, esta vez más modernizado con su portátil. Todo lo hacía una decrépita mujer aunque no por ello especialmente mayor, tanto camarera como cocinera, viniendo cada dos por tres el que parecía ser su hijo para hablar pero no colaborar. La señora no se enteraba ni entendía nada por más que señalábamos en la carta. O, quizá, éramos nosotros los obtusos. Pero da igual porque, aunque el almuerzo tardó mil años, estaba buenísimo.

De nuevo tocaba lo típico y habitual, desenvolverse por el laberinto a ninguna parte. Nos hicimos con un paraguas de esos que crecieron de la nada con sólo chispear, mientras también nos ofrecían baratijas delante de nuestros ojos y nos sorprendían rarezas en la oscuridad. La poca paciencia ante la incesante lluvia (mi cámara necesitaba cuidado intensivo) nos llevó a descansar en la estación, no sin antes pagarle a la desagradable limpiadora para entrar en el cuarto de baño. La cosa es que no había aún autobús ni pasajeros y, como ya no llovía, decidimos andar por el paseo marítimo en la otra dirección y por la playa en la que ya había vida. Al volver, el conductor esperaba sólo a nosotros y menos mal. Reconozcamos que gestionamos el tiempo de forma extrema.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157693006913171

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

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