14 de agosto de 2018

Estambul (2)



Retomando mi entrada anterior y tomando el metro en Taksim, llegó un momento en el que aparecí en superficie cruzando el Cuerno de Oro y comenzando a subir en modo tranvía la cuesta por la que pausé y ahora continúo mis escritos.

Con buena planta y cara me dispuse a visitar tres de las joyas de la ciudad. Comencé con la Basílica de Santa Sofía que, si ya era imponente por fuera, qué decir por dentro. La construcción cristiana y su posterior tuneo musulmán terminaron dando esa maravilla en la que me encontraba. No suelo ponerme a dar datos históricos o arquitectónicos porque, como digo siempre, ahí está la Wikipedia. Lo que no dice esta es la pesadez de los turistas alienados, desde chinos sonrientes sin saber ni donde están hasta chicas pavas poniendo poses que no pegan ni con cola.

Tampoco avisa la Wikipedia de que me iba a encontrar gran parte del monumento en restauración, fastidiando en parte tanto la visión en directo como las fotografías. Hay una primera planta por la que se puede bordear y casi rodear completamente la estancia. Me creí el original de turno tomando fotos de la Mezquita Azul a través de una pequeña ventana, pero a la vuelta me llevé un sopapo al comprobar por redes sociales que no era tan poco común. Tsss, tranquilidad, la excepción que confirma la regla; que soy un crack.

Una vez fuera me coloqué en la fuente central del limpio y cuidado parque para fotografías de minaretes por aquí y por allá, muy en modo Pi. Pero sin horas de retoque posterior, pues tras los viajes sólo doy ligero lavado de cara a las centenas seleccionadas. Aproveché que tenía que esperar un rato a que terminaran los rezos para sentarme en el suelo a la sombra y a descansar.

Para entrar en la mezquita hay que quitarse los zapatos para andar por su interior sobre infinidad de alfombras. Siempre hay una línea a partir de la cual sólo pueden o deben pasar los que van a rezar. Sólo pasaban hombres, pues las mujeres tienen en la parte trasera donde hacerlo escondidas/ocultas. Se llama Mezquita Azul, pero también abundan colores que tienden al rojo. Todo una maravilla salvo que, efectivamente, también estaba en obras. Esto, entre otras cosas, limitaba la entrada de luz natural y, por tanto, quitaba vida a los mosaicos.

Esperar, esquivar ineptos, arrancar y parar cada dos pasos para fotografiar termina por cargar piernas y hombros, necesitando otro descanso en la sombra. Esta vez en el parque pero más cercano a la Fuente Alemana, disfrutando de un par de hamburguesas llenas de especias semipicantes, compradas en un puestecillo y en el que, adelanto, al día siguiente repetí.

Antes de entrar en el Palacio de Topkapi como tal hay unos parques y jardines con sus caminitos bien marcados. Aparte de un museo al que descarté entrar por la inoperancia de la mujer de la taquilla frente a los turistas que me precedían, me desvié ligeramente  para visitar la iglesia de Santa Irene. El jardín interior con las puertas cerradas y el interior como tal absolutamente vacío, no pudiéndose disfrutar ni de la cúpula por una redecilla de protección. Por muy barata que sea la lira respecto al euro, ¿cómo se atreven a cobrar por un lugar en el que sólo se está dos o tres minutos porque no hay nada que ver? Además, la de la ventanilla me recordó a la que cobraba por mear/cagar en la estación de autobuses de Esauira; desagradable y sosa.

De nuevo con mis más o menos alocados parecidos razonables de viajes recientes. En primer lugar la entrada al palacio me recordó a la del Castillo de Vajdahunyad de Budapest, pero mejorada por la no presencia del mal personificado. En segundo lugar la desesperante e interminable cola para hacerse con la entrada del palacio, acercándose a la del Jardín Majorelle de Marrakech, pero sin la compañía que acortó aquella espera diurna así como la nocturna. La cara y la cruz de mi sexo opuesto.

Tras estos dimes y diretes conmigo mismo, tanto negativos como positivos respectivamente, paso a resumir el palacio como tal. Se trata de un gran área al aire libre con plantas y árboles, fuentes para adornar y otras para refrescarse/beber. Todo está rodeado por habitaciones y estancias a modo de museo. Exposiciones de prendas, muebles, armas y todo lo relacionado con historia turca/estambulí. También estaba la opción del "hamman" o baño turco, pero la entrada que me compré no lo incluía aunque mi cuerpo bien que lo necesitaba. ¡Más no sólo el cuerno es oro sino que el tiempo aún más!

Al lado del palacio, y ya en espacio público, está el Parque Gülhane que, si bien es zona superturística, en él lo que abundaban eran familias con niños y parejas con tonteo, todo entra estatuas de mayor o menor gusto, fuentes, pérgolas y mucha sombra. En la parte de más abajo ya no hay casi nadie y, callejeando entre cuartel y comisaría, fui en paralelo a las vías hasta llegar a la estación de tren, esta vez atravesándola e informándome de que fue inaugurada como la terminal del Orient Express.

Esta vez no paré aquí, sino que continué hasta el muy concurrido estuario, donde muchas personas se relajaban sentadas con las piernas colgando sobre el agua mientras otras entraban o salían de barcos para turistas o ciudadanos. Lo completaban kiosqueros vendiendo maíz a voces y gatos exigiendo pescado con malas pulgas (ellos, no el pescado).

Las otras tres veces que atravesé el puente (taxi, metro y a pie) daba por hecho que no era más que de paso para transeúntes y de trabajo para pescadores. Sin embargo, ahora que iba acercándome en ángulo de noventa grados, me llevé la sorpresa de que en la parte de abajo había dos pasillos laterales entre los que había decenas de restaurantes abarrotados y ofreciendo pescado fresco.

Un encuentro de miradas de un segundo en un reloj; más de mil años para olvidar lo que ocurrió. Ella andaba y yo la seguía; yo paraba y ella me adelantaba. En el corazón punzadas y latidos que aumentaban. Nos entrelazábamos entre la gente, nos volvíamos a buscar. Nos perdimos en la muchedumbre; todo se quedó atrás. Quizá nada, sólo fantasía. Mucho espacio por liberar; muchas heridas que curar. Echado en la ventanilla y reflexionando en el cristal. Descansar para cenar; dormir para soñar.

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157669087221467

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

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