25 de agosto de 2018

Estambul (3)

En la mañana del tercer día me planté en la Cisterna de la Basílica, el más grande de los aproximadamente sesenta almacenes subterráneos de agua de la ciudad. Por lo visto fue construido hace siglos para asegurarse de tener recursos hídricos más allá de presas y embalses a la vista de los enemigos. No sé si es que no lo han terminado aún o que estaba en obras, pero es un tema que cansa y aburre, sobre todo en plena época turística.

Nada más bajar las escaleras me encontré un hombre, con un disfraz poligonero para despedida de soltero y ofreciendo, sobre todo a los niños, una foto con él. Me recordaba a reyes o pajes navideños en El Corte Inglés, pero con menos clase; o, mejor aún, a las Cuevas de Nerja. Perdón, pero me lo perdí en el modulillo que estudié, ¿qué gracia tiene hacer fotografías a turistas con flashazos en la cara en tenebrosas y oscuras cuevas subterráneas? Pasemos página...

Decenas o cientos de columnas a las que el agua a penas cubría un palmo y entre las cuales había una pasarela para la visita. Luz tenue y cálida para las que se necesitaría trípode y paciencia, de lo que carecía entre "selfies" de pavas, por lo que no he subido fotos de allí. Al final del camino había una profunda cuba con agua donde carpas y/o barbos parecían disfrutar del chorro que les caía. Las dos últimas columnas tienen en la base la grabada cara de Medusa, de forma tumbada y ladeada o bocabajo por temas griegos y gorgonas.

Por la misma avenida pasa el tranvía, siguiendo yo esta vez sus raíles hacia el oeste y encontrándome en el Gran Bazar. Esta vez lo hacía al revés, comenzando por la parte superior y apareciendo por la parte inferior, siempre bajo la atenta mirada del Ojo de Fátima a la enésima potencia.Ya fuera del mercado como tal, pero casi aún más hervidero de personas para acá y para allá, paré a almorzar. La importancia de este hecho fue el pedirme de postre, tras preguntarle a uno de los camareros qué era y qué hacía la máquina que tenía enfrente, un delicioso "ayran" o yogur turco.

En la sobremesa transité por calles con más sombra y silencio, a paso lento y cuesta arriba. Esto de cuesta arriba o abajo lo cito mucho, pero es que se quedan realmente marcadas en cuerpo y mente (sobre todo en lo primero). Creí que me había perdido, pero al mirar Google Maps comprobé que no, que estaba muy cerca de lo que buscaba; la Mezquita de Süleymaniye (Suleiman para los amigos).

Digo de antemano que fue el monumento que más me gustó de todo el viaje. A pesar de ser recomendado en toda guía turística y relativamente cercano a zonas masificadas como el Gran Bazar y el Bazar de las Especias, había muy poca gente. Citar también que, a poco de alejarse de la mezquita, es visible desde cualquier punto de la ciudad. Ello también implica, y desde el punto de vista opuesto, ofrecer vistas espectaculares. Y es en lo primero que me centré.

La mezquita está rodeada de césped (perdón, estoy acostumbrado a Málaga) o, más bien hierba cuidada y cortada sin más, donde había familias con niños, viajeros más que turista y creyentes lavándose/secándose los pies. Todo muy disperso y diseminado, un aire de tranquilidad y calma. Un japonés revisando a la sombra las últimas fotos tomadas por su cámara y su cañón-obús, un grupo de aparentemente la misma nacionalidad uniformados y de charla y un perro de los grandes presidiendo una de las entradas/salidas del patio de la mezquita. Destacar que estos perros que abundan por la ciudad, lejos de estar a la mano de Dios (Alá en este caso), tienen una chapa en la oreja. Investigando por la red de redes, resulta que no los cogen y los matan en masa en las perreras, sino que los recogen, los castran, los vacunan e incluso los curan, dejándolos de nuevo en las calles pero bajo control. Ojalá fuera así en España. Ya hablaré también de los gatos... ¡Viven como reyes!

En el interior de la mezquita no había obras, ¡aleluya! (ups, término cristiano que no pega por allí). Lejos de la Mezquita Azul, no tanto en distancia como en ambiente, y fuera de la zona de rezo como tal, había personas tiradas por las alfombras reflexionando o leyendo, absorbiendo y a la vez transmitiendo un máximo relax. Experiencia fotosintética muy recomendable.

El diccionario de la RAE, el cual consulto a menudo de forma cibernética, me acaba de explicar que la palabra "chusma" no sólo es ese tipo de persona que abunda en mi ciudad en su Seat León negro, tuneado y con "chimpún", sino que es sinónimo de, entre otras palabras, de tumulto o multitud. Y aquí es donde me iba inmiscuyendo conforme me acercaba al Puente de los Pescadores, todo muy estilo Matrix (una escena muy recurrente para mí) mas sin cruzarme con la chica angelical que veinticuatro horas atrás rompió mi corazón y, sólo temporalmente, mi respiración. Y es que es lo que dice mi amigo Juan: ¡es ahora o nunca!

Los escalones bohemios, artísticos y alternativos que bajé en mi día de exploración los subía ahora con un destino concreto: la Torre de Gálata. Qué decir de la cola que le daba casi la vuelta a esa construcción que hace tiempo era de madera y ahora de hormigón.  Como en toda torre, hay que darle la vuelta en las alturas con turistas que no se mueven o que te meten prisa. Las fotografías pro que aparecen en medios físicos o digitales son hechas por personas que viven en la ciudad de turno, que van expresamente para ello o que tienen mucha paciencia y/o tiempo. Yo no suelo cumplir ninguno de los requisitos en mis viajes. Mas allá de lo relacionado con las lujosas y exclusivas vistas, había restaurante, bar y una madre con su hijo e hija, hablando entre ellos de forma aleatoria en español, ingles y otro que no capté (tenían pinta de la India o alrededores). La madre, cuarentañera y atractiva, fue quien me hizo esa foto en la que siempre salgo como el c*** (rellene usted mismo, querido lector, este muy poco arriesgado ahorcado).

Fotografías -> https://www.flickr.com/photos/alvaromartinfotografia/albums/72157669087221467

Página web -> http://www.alvaromartinfotografia.com

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